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jueves, 2 de septiembre de 2010
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Publicación de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador
Año I Nº 1 Setiembre 2000

La inscripción de la inmigración española en la literatura argentina

Licenciada Marcela Crespo

América Latina ha recibido, por lo menos, tres grandes movimientos inmigratorios españoles: el primero ocurrido a fines del siglo XVIII, el segundo a fines del XIX y el tercero a partir del año 1939 aproximadamente. Cada uno de ellos ha dejado su huella en la literatura argentina, configurando así espacios de encuentro cultural en los que es posible reflexionar sobre fenómenos hartamente complejos, tales como los procesos de identificación y el exilio.

Inmigración española de fines del siglo XVIII

Marco histórico

Cuando en 1808 España sufrió un colapso ante la embestida de Napoleón, dominaba un territorio que se extendía desde California hasta el cabo de Hornos. Quince años más tarde solamente mantenía en su poder a Cuba y Puerto Rico, y ya proliferaban las nuevas naciones. La independencia, aunque precipitada por un choque externo, fue la culminación de un largo proceso en el cual Hispanoamérica fue elaborando su propia identidad y tomó conciencia de su cultura, entendida a partir del mencionado encuentro español-americano.

Alexander von Humboldt observa que "desde la Paz de Versalles y especialmente desde 1789, se les oye decir muchas veces con orgullo ‘Yo no soy español; soy americano’". Sin negar la soberanía de la corona, o incluso los vínculos con España, los americanos empezaban a poner en duda las bases de la fidelidad.

A finales del siglo XVIII España había operado cambios en lo que respecta a su presencia en Hispanoamérica: su administración había sido reformada, su defensa reorganizada, su comercio reavivado.

Creáronse nuevos virreinatos y otras unidades administrativas. Nombráronse nuevos funcionarios: los intendentes. Éstos eran instrumentos de control social, enviados por el gobierno español para recuperar América.

En un momento dado de principios del siglo XVII, en un periodo de gran crisis económica, la corona dejó de pagar el salario a sus principales funcionarios en América, los alcaldes mayores y corregidores. En lugar de pagarles les permitió conseguir ingresos por medio del comercio.

Esta segunda conquista de América se vio reforzada por las continuas oleadas de inmigración procedentes de la península. Durante el periodo 1780-1790 el nivel de inmigración desde España a América fue cinco veces más alto que en 1710-1730.

En Literatura, este proceso, por ejemplo, se registra en la novela Zama de Antonio Di Benedetto. A raíz de ello, Beatriz Álvarez ha estudiado especialmente esta novela como un caso conflictivo de novela histórica. En su trabajo cita como punto de partida para su disertación a Malva E. Filer que en su estudio sobre Zama, abarcador del escenario físico y del contexto tanto geográfico como histórico de la población compuesta por españoles, criollos e indígenas y de las imágenes y símbolos que aparecen en la novela, acepta la existencia de un posible proyecto de novela histórica, aunque no se advierta el interés por la exactitud arqueológica.

Pero, por su parte, en un artículo publicado en el diario Clarín de Buenos Aires, Juan José Saer alude a la obra de Di Benedetto, situada entre el olvido y la escasa comprensión, estimándola como una intencional refutación del subgénero.

Aparentemente, la línea argumental de la novela es simple: el protagonista cuenta, en primera persona, algunos años de su vida (1790-1799) en los que la decadencia física y moral crecen con la misma agudeza de la espera. El libro se abre con la dedicatoria: "A las víctimas de la espera".

En el comienzo del texto se identifican dos juegos metafóricos: la descripción de un mono muerto balancéandose sobre las aguas, cautivo entre la vegetación, y la reflexión de Ventura Prieto, personaje de la novela, acerca de una especie de pez que vive en constante vaivén dentro del río. Ambos recursos se emplean en clara alusión a Zama, corregidor español confinado en Paraguay, quien se encuentra en una eterna espera de un relevamiento que nunca llegará, atrapado, como el mono y el pez, en dicho territorio. Saer considera estos procedimientos como una probable variante de la puesta en abismo.

Noemí Ulla dedica un trabajo a Di Benedetto y hace hincapié en la idea de "una poética de la destrucción", Afirma que "los personajes de Di Benedetto se mueven entre los límites de la realidad y la fantasía; encerrados en una interioridad que los agobia, hecha de culpas, de postergaciones, de desarraigos [...] No han apostado a la vida: han elegido, en cambio, la destrucción".

El río posee una condición ambivalente: admite la posibilidad de la comunicación y también de la incomunicación. El río es, en Zama, agua que fluye e inmovilidad de la espera.

Finalmente, estalla una sublevación y un grupo armado dicta sentencia contra Zama. Pero, en lugar de la muerte, le llega la mutilación. La muerte podría haber sido liberadora, al permitir la trascendencia, la paz definitiva. La mutilación, en cambio, es una condena, una forma de vida devaluada, un permanente padecimiento.

Se ha cerrado un círculo: el de la disolución que continúa generando la expectativa sin remedio.

Inmigración española (1880-1910)

Marco histórico

Desde la Revolución de Mayo hasta la etapa posterior a Caseros la sociedad argentina permaneció fundamentalmente estática y homogénea, aunque diferenciada en blancos y mestizos. Era una sociedad de predominantes relaciones patriarcales y de marcada homogeneidad étnica.

Desde 1853 asumen el poder los antiguos unitarios y nuevos antirrosistas no unitarios. Ambos grupos sostuvieron una política progresista.

Cuando se dicta la Constitución de 1853, la necesidad de un rápido aumento de la población adquiere categoría institucional. El art. 25 de la misma explicita: "El gobierno federal fomentará la inmigración europea y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar la industria e introducir las ciencias y las artes".

En 1854 llegaron las primeras familias europeas. Ése fue el comienzo del proceso de ingreso masivo de extranjeros y del concomitante aumento y heterogeneización de la población.

El gaucho, pastor por excelencia, fue rápidamente desplazado y en la transformación económica su desaparición fue inevitable. En ese hecho reside un primer conflicto social entre nativos y extranjeros. Con el correr de los años, la población criolla y los inmigrantes constituyeron una clase campesina con similares problemas ante los propietarios a los que tenían en Europa.

En las ciudades, en cambio, residía la elite criolla dueña de la tierra y del poder. En esa misma ciudad comenzó, a partir de la década del ‘80, a concentrarse gran cantidad de europeos inmigrantes.

Por razones de sociabilidad y economía, los inmigrantes tendieron a agruparse en sociedades recreativas y de socorros mutuos, que se constituyen con el paso del tiempo en factores diferenciales que propiciaban el rechazo de los nativos.

Los españoles eran, lógicamente, los que menos problemas asimilatorios tuvieron (por obvias razones históricas y étnicas, y también por provenir preferentemente de las ciudades y estar mejor preparados para los oficios urbanos). Los italianos, en cambio, por su aspecto físico, su idioma y su origen predominantemente rural, fueron objeto de la creación de un estereotipo que se rotuló "el gringo" y que se cargó de sentido peyorativo en la figura del "cocoliche".

En Literatura, la narrativa resulta ser, en el siglo XIX hasta 1910, la que mejor elabora este tema, pues la lírica se preocupa esencialmente de la exaltación patriótica y el teatro, del conflicto del gaucho con la civilización.

En las primeras muestras de la narrativa se comprueba la ausencia del tratamiento del "español" como personaje.

Poco antes de la revolución del ‘68, algunos españoles calificados se instalan en la Argentina. Otro momento de exilio es la Restauración del ‘74. Entre ellos figuran: Francisco Grandmontagne, José María Salaverría, Ricardo Monner Sanz, etc.

Ya en este siglo, llegan Guillermo de la Torre y Amado Alonso en 1927 y Ramiro de Maeztu en 1928.

Con el final de la guerra civil, los nombres aumentan: Claudio Sánchez Albornoz, Ángel Ossorio y Gallardo, Luis Jiménez de Asúa, Ramón Pérez de Ayala, Rafael Alberti, Manuel de Falla, etc.

El lugar de "el otro", el extraño, no es ocupado por el español. El único momento en que el español es "otro" es en la mirada del gringo.

En textos como En la sangre de Eugenio Cambaceres, Libro extraño de Francisco Siccardi, La sombra del convento de Manuel Gálvez, entre otros, emergen los mitos acerca del origen humilde que puede dejarse atrás gracias al esfuerzo y al trabajo.

Las primeras novelas que hablan de inmigrantes que no se convierten en héroes, sino que pertenecen a las oleadas de buenas gentes que quieren trabajo y prosperidad son las de escritores que pertenecen a las generaciones de los hijos, como La traición de Rita Hayworth de Manuel Puig.

Finalmente, aparecen obras en las que se extrema la situación y plantean emigrados que arrastran su miseria por el mundo, como Enrique Medina en su novela Transparente .

Inmigración española desde el año 1939

Marco histórico

Buenos Aires se constituyó en uno de los grandes centros de la política del exilio. En esa ciudad se desarrollaba una gran actividad cultural española; allí se encontraban importantes editoriales, tales como Losada, Sudamericana y Emecé.

El exilio republicano reconoce como momento inicial el fin de la guerra civil en el frente de Cataluña y el paso de miles de españoles a través de la frontera de los Pirineos. Cerca de 400.000 españoles ingresaron a Francia y 40.000 partieron rumbo a América.

Desde 1936 muchos emigrados eligieron Buenos Aires para escapar de las consecuencias de la guerra. El proceso inmigratorio anterior facilitó que los españoles eligieran Argentina, pues tenían parientes aquí.

En conjunto, entre 1857 y 1930 los españoles representaron más del 30% de la inmigración neta.

En toda la bibliografía sobre inmigración se hace una diferencia entre inmigración voluntaria e involuntaria.

Los inmigrantes, en general, dejan su país para realizar un cambio permanente de residencia; en cambio, los exiliados son forzados a dejar el país y tienen la esperanza de tarde o temprano retornar.

El exilio debido a la guerra civil fue republicano, político, diferenciándose así de la inmigración anterior.

La población exiliada en América estuvo formada en su inmensa mayoría por intelectuales y sectores privilegiados de la sociedad (segunda diferencia con la anterior inmigración). Algunos aspectos de esta inmigración son:

a) La política migratoria argentina no fue favorable para el inmigrante. Debían entrar ilegalmente por Chile, Paraguay o Uruguay, lo cual trajo como consecuencia que las llegadas fueran más escalonadas, siendo la comunidad de inmigrantes mayor en la década del ‘50, que a principios del ‘40.

b) Muchos españoles eligieron Buenos Aires porque era la ciudad más europea de América Latina, la ciudad con mayor prestigio y movimiento cultural.

c) A pesar de que el gobierno no propiciaba la inmigración, la población los recibió con simpatía (en México sucedió al revés)

La distinción respecto del inmigrante (siglo XIX, principios del XX), así como también de los que no combatieron en la guerra, fue parte de una compleja trama que constituyó la identidad del exilio. La identificación como exiliados dio origen a una "comunidad de republicanos". Los hombres se reunían en los cafés de la Avenida de Mayo, desde siempre identificados con la comunidad española.

Si el inmigrante buscaba asimilarse idiomáticamente al país, el republicano hizo un esfuerzo consciente por conservar intactos su acento y su vocabulario.

El retorno fue una idea siempre presente para estos últimos. El sentimiento de transitoriedad del exilio fue penetrando en los hijos de los refugiados que heredaron la nostalgia de algo que casi no conocían.

Cuando el régimen franquista se hizo más flexible, muchos regresaron a España. Para éstos se planteó el tema del segundo exilio. Muchas familias dejaron hijos y nietos en la Argentina y nuevamente se hizo necesario enfrentar la división del núcleo familiar.

Con el paso del tiempo, se fueron desvinculando de la realidad española, que idealizaron en el recuerdo. Desarrollaron así un sentimiento fronterizo de no ser o no pertenecer a ningún sitio.

En Sociología, la diferencia entre persona e individuo radica en la exterioridad de la primera en contrapartida de la interioridad del segundo. La persona, en tanto que arquetipo, vive y repite los instintos creativos de la colectividad. Como máscara escenifica o participa de la escenificación de tipos generales. La máscara permite representar el espanto o la angustia, la ira o la alegría, etc, como estados afectivos elementales que sólo tienen valor porque son colectivos. Cada uno, de diferentes maneras, interpreta un papel que lo integra en el conjunto societal, fenómeno que constituye el fundamento de la dialéctica cuerpo propio/cuerpo social.

Maffesoli recuerda el paralelismo tomista hábito-habitus. La vestimenta concuerda con las costumbres. Resultaría sencillo demostrar que esta relación entre apariencia y cuerpo social ha dejado de ser patrimonio exclusivo de los estamentos para convertirse en el signo de reconocimiento de la multiplicidad de los grupos informales que constituyen la sociedad posmoderna. El cuerpo propio se exacerba por una parte, y por otra, tiende a consumirse en el cuerpo colectivo.

Al liberar al sujeto de las "angustias de la elección" lo identifica como miembro del grupo, es decir, como "receptáculo de contenidos sociales". Lo cual nos permite abundar en el hecho de que la apariencia es cualquier cosa menos individual. En tanto persona, me identifico en función a los demás, en función del entorno natural y social.

En la imitación se da el deseo de ser reconocido por el otro, la búsqueda de un apoyo o de protección social y el hecho de seguir una vía común.

Lo más característico de la ciudad contemporánea es una especie de travelling a través de espacios múltiples.

Halbwachs observa que los grupos "dibujan de alguna manera su forma en el suelo y encuentran sus recuerdos colectivos en el marco espacial definido de este modo [...] hay tantas maneras de representar el espacio como grupos".

La ciudad es sensible y relacional. Las sensaciones, olores y ruidos conforman una teatralidad cotidiana que la convierte en un objeto animado.

El espacio crea una memoria colectiva que permite la identificación.

El ethos posmoderno ya no se forja en la evolución histórica, sino en la naturaleza recuperada, en el espacio compartido, en la participación colectiva en el mundo de los objetos.

La lengua es también un marcador simbólico de la identidad sociocultural, mediante el cual el individuo puede sentirse miembro de un grupo y los miembros de otro pueden ser discriminados.

En antropología se sostiene que el factor que señala la identidad étnica puede ser cualquier objeto o comportamiento que la gente tenga en común. La etnicidad es una categoría mayor que la de minoría/mayoría, ya que estos dos últimos términos se refieren a relaciones donde hay estratificación, pero las etnias pueden existir en igualdad de condiciones.

El problema está en que casi todas las sociedades modernas son multiétnicas. El concepto de etnicidad implica de alguna manera la aceptación de las multietnias.

A un sujeto lo que lo relaciona con los otros son los criterios de adscripción que definen su identidad y le dan un sentido de destino compartido con "su pueblo".

Por su parte, Smolicz se refiere a los valores básicos que se pueden considerar como los componentes fundamentales de la cultura de un grupo: la solidaridad y la lealtad.

La etnicidad relaciona elementos del pasado y del futuro: los miembros de un grupo son antecesores, contemporáneos y descendientes. La identidad es individual, pero existe sólo en interrelación con los valores culturales del grupo. Se trata de actitudes de la persona hacia valores básicos del grupo social en particular.

Clastres sostiene que la misma jamás es considerada una diferencia positiva, sino que siempre es una inferioridad según un esquema jerárquico.

Desde la Literatura, son numerosas las obras que tratan este período. Pero me resulta más interesante citar la opinión de dos escritores argentinos contemporáneos. El primero de ellos es Juan Martini, quien sostiene que "dejar un testimonio de lo que pasó es un tema frecuentemente evocado en el exilio, no cabe duda. El exilio es una experiencia traumática que fragmenta el tiempo y el espacio. El castigo de no poder volver paraliza el tiempo presente, de manera que el pasado se transforma en la única referencia válida. El exilio es otro lugar de conocimiento." Por su parte, Griselda Gambaro dice: "El exilio puede ser voluntario o forzado, pero siempre implica un destierro y un extrañamiento (privación de trato y comunicación, sentimiento de falta). Lo que determina la cualidad dolorosa e incluso degradante es la expulsión de un sentimiento colectivo. Todo contacto a distancia impone carencia y subraya ausencias. Pero el desgajamiento de lo colectivo puede producirse en el exilio externo tanto como en el interno."

Lo planteado hasta el momento es simplemente un esbozo de lo que en el grupo dirigido por la Dra. María Rosa Lojo: "El pasado colonial en la narrativa hispanoamericana" estoy investigando. Por lo tanto, este trabajo no pretende ser más que la enunciación de un núcleo temático que tanto en la Embajada de España como en la Universidad del Salvador se está considerando en los equipos de investigación literaria.

© Marcela Crespo, 2000.



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