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Ser universitario Licenciada Marcela Crespo Ser universitario no es sólo tomar el programa de cada materia, leer la bibliografía allí indicada, asimilarla y rendir un examen final. Es mucho más que eso, pero por sobre todas las cosas, es investigar, reflexionar y trabajar para un futuro mejor, tanto en lo personal como en lo social. Juan Pablo II, en sus palabras de inauguración al año académico 1998/1999 de las universidades eclesiásticas pontificias, dice algo que completa esta idea: «Todos nosotros [ ] somos herederos de esta progresiva maduración del saber, elaborada por las generaciones anteriores. En particular, vosotros, queridos rectores, profesores y estudiantes de las universidades eclesiásticas romanas, con vuestro compromiso científico os insertáis en este itinerario de investigación en las diferentes disciplinas». Por lo tanto, sería decididamente hipócrita esconderse detrás de un escudo como el de la usal, en el que versan las ya conocidas palabras Scientiam do menti cordi virtutem, sin comprender y apoyar el principio que sustentan. Con respecto a esto, es menester referirnos a las palabras que Monseñor Jorge Bergoglio pronunciara el pasado 25 de mayo en la Catedral Metropolitana. No es mi intención explicarlas: son lo suficientemente transparentes; tampoco deseo repetirlas: están al alcance de todos nosotros en el suplemento especial que publicara la Revista Noticias en julio. Sólo quiero referirme a un hecho que despertó mi interés: los alumnos de segundo año de la Escuela de Letras presentaron para la asignatura Metodología de la Investigación Literaria, a cargo de las profesoras Dra. Alicia Sisca y Lic. María Elena Cincunegui, un conjunto de ensayos sobre estas palabras en cuestión. Y digo que despertaron mi interés por dos motivos: primero porque, aunque el estudiar en la Universidad del Salvador ya representa una elección académica y personal significativa, es la primera vez que veo, de parte de los alumnos, una participación tan manifiesta en lo que respecta a los principios sobre los que descansa la formación brindada por la institución, y segundo porque esto demuestra un nivel de compromiso universitario verdaderamente sorprendente. Cuando alguien elige una casa de estudios, no sólo está optando por una carrera, sino también por el marco ideológico y espiritual desde el cual será enfocada. Enunciada, esta cuestión parece totalmente lógica, pero no siempre se explicita en actitudes concretas. Creo, pues, que los trabajos a los que me refiero son un buen ejemplo de ello. No me es posible transcribir aquí lo que contienen los mismos, ni me parece justo citar sólo algunos, pues todos merecen ser considerados, pero al menos quiero acercar algunas frases que me resultaron paradigmáticas, pues demuestran que, entre quienes proponen los principios que todos aceptamos al ingresar a la usal en este caso, Monseñor Bergoglio y los miembros que la componen estudiantes, profesores, etcétera hay una coherencia tranquilizadora. ¿Por qué digo esto? Porque a veces alguien puede no estar de acuerdo con una regla, con una decisión, con un sistema, pero indefectiblemente debe coincidir en los principios fundantes. Si no es así, resulta imperioso replantearse qué es lo que estamos haciendo juntos. Uno de los ensayos, por ejemplo, contiene la siguiente afirmación: «Alejarnos de la verdad de la memoria nos aleja de la vida [ ] Cuando Monseñor Bergoglio pronuncia estas palabras está acercando, al que escucha, a la esencia misma del ser. Recordemos que este discurso se pronunció, repito, un 25 de mayo, fecha del nacimiento de nuestra patria. No hay mayor homenaje para un nacimiento que el recuerdo viviente de un acto trascendente: la verdad». Quisiera conectar esta frase con lo que sostiene otra alumna del mismo curso: «ser estudiante de Letras es, para muchos, una orientación errada e incomprensible. La pregunta ¿Para qué? es frecuente hallarla en boca de todos los hombres contemporáneos; cuando lo que se cuestiona tiene un fin ulterior, es aceptable, cuando tiene un fin en sí mismo, la cara es de desconcierto. ¿Sabrán qué es tener fin en sí mismo? No lo sé. Lo cierto es que los valores se encuentran profundamente alterados, tanto, que a veces no se los reconoce y la respuesta de la Universidad es un camino viable para cambiar una realidad apabullante.» ¿Por qué nos resultará tan difícil entender que sólo a través de la revitalización de los valores que han forjado nuestros antepasados y el accionar de acuerdo con los mismos podemos ofrecer un futuro más digno para todos? Ésta no es únicamente la tarea del gobernante, sino también la de todos nosotros, y, principalmente, de los intelectuales. Si cinco años de formación académica y personal no logran concientizarnos, ¿cuál es el sentido de la misma? Creo que, en definitiva, ésta es la idea tanto de Monseñor Bergoglio como la de nuestros alumnos y, mientras este acuerdo continúe, tenemos la esperanza de poder lograrlo. © Marcela Crespo, 2000 |
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