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Responso para mi maestro Leopoldo Marechal Doctor José María Castiñeira de Dios No con llantos ni pena te despido, maestro. de tu pedagogía si tan sólo una lágrima de amargura o de sal derramara en tu muerte. Allá entre las billardas de la infancia me diste una lección alegre como el rostro de Dios y rompiste en mi crisma las albricias de] júbilo. Entonces me dijiste: la muerte es un viaje del nacer, una alegre travesía hacia el día de la resurrección; que lloren los que quieren viajar sin pasaje, sin pagarle al Señor sus peajes de amor; esos son saltamontes o «colados» del Cielo. No sé si estas palabras fueron tuyas o mías; brincan ante los ojos absortos de mi alma como el gozo del fuego o como el resplandor de los relámpagos en la celebración de las tormentas. Es que, caro maestro, no me sentaste en vano sobre tus dos rodillas las del alma y del canto en esos patios escolares donde te tuve a tiro y solté de mis hondas los versos iniciales que te hicieron mirarme con lástima y amor porque nacía ante tus ojos un destino de llanto. (Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.) me apeo del respeto protocolar que siempre te rendí con el gesto de un aprendiz machucho y entro familiarmente a tutearte y palmearte, ya que somos dos muertos: vos andás remontando tu ascenso hacia la vida; yo llevo en las valijas del alma el contrabando de una muerte ordinaria. (Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.) hemos quedado. Parlemos de las cosas que acamalamos juntos con ese amor indescifrable del ebanista y la madera; la Patria, por ejemplo, que nos hurtó avarienta sus lujos litográficos. No fue para nosotros esa gorda gloriosa de las viejas estampas; de niño me mostraste sus pechos verdaderos reventones de espigas y carnaza; su leche, me dijiste, sabe a mieles y acíbar. La Patria fue en tu sueño de alfarero una tierra de moldear día a día, fue «un dolor sin bautismo» y una alondra en la espera de su primer gorjeo. La Patria, me dijiste, «ha de ser una hija y un miedo inevitable». Y yo te vi abrigarla como a una niña pobre, desnuda en su pavor, como si presagiaras la muerte numerosa que cayó entre los nuestros y el castigo impiadoso de las persecuciones. (Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.) junto a los asadores y saltaba tu pipa, como un clown, en tu boca, mientras templabas la amistad y su hierro candente con la sabiduría de tu abuelo el herrero de las aguas cantábricas. Y te vi engayolar, febrilmente, a las Musas en tu exilio porteño de la avenida Rivadavia, solo con Elbiamor, cuando ardían las hojas de tu otoño y caían las últimas escamas de tu vida ordinaria y empalomabas las palabras en el edén que te inventaste para rajar del mundo. (Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.) Y yo te vi, maestro de guardapolvo blanco, acariciar las ancas de la Patria en los mapas, y te vi cabalgar su hermosura piafante, firmes tus piernas sobre el lomo arisco, calzados tus talones con espuelas de bronca como si la incitaras a saltar, tensa en su exaltación, hacia días mejores. Cuarenta ojos infantiles eran tus aparceros y argonautas en esos días escolares, y yo estaba entre ellos y te rodeaba con mis brazos como a un árbol sonoro para robar tus frutos y el rumor de tu sombra. (Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.) cuando el sol dibujaba sus rayuelas brillantes sobre los patios grises de la escuela de Trelles: yo te vi levantar los dos brazos al cielo, y eran como aleluyas, y eran como dos naves con las velas al viento, y eran, tal vez, dos aves que soltó el Paraíso. Y entonces me dijiste: Has de saber, muchacho, que tendrá más espinas que flores tu viaje; que el poeta es tan sólo un voceador de Dios, y tu oficio es vocear con un gesto de garza que juega el equilibrio sobre una sola pata. Has de saber, Joseph, esta regla dorada de la Hermana Pobreza. Ahora despepita las uvas (¡y están verdes!) de la risa y el canto; tenga tu marcha el aire de un caballo pasuco, bello como la estampa de un pájaro que hablara y lánzate hacia el mundo: ¡toda la luz es tuya! Yo escuché esas palabras como una epifanía; aún las guardo, entre migas de pan, en mis bolsillos (Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.) puedo dar vuelta al tiempo, su clepsidra de arena, y verte como acaso me viste y contemplarte como un hijo que advierte que su padre es un niño en los pañales de su corazón, y quiere preservarlo de penas y dolores y limpiarle de piedras el camino y pedirle que se cuide de todo y especialmente de la vida y de su herida absurda. ¡Ah, si acaso pudiera desovillar el tiempo! Tal vez te aconsejara retornar al exilio y montar nuevamente aquel centauro inaugural que un día jineteaste bajo el signo imperioso de nuestra Cruz del Sur. Tal vez te aconsejara partir de nuevo, Adán, a reventar la noche y alborear esas calles que dan a los suburbios, para alzar del olvido sus destinos frustrados. ¡Ah, si acaso pudiera librarte de maldades, para que sólo fueras esa guitarra ardiente que rasgueabas en medio de un colmenar de sordos y transeúntes distraídos! (Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.) Quiero, amado maestro, dejar así las cosas como fueron y son «sólo es fatal en nuestra patria joven» y alzar mi vaso lleno de buen vino carlón y decirte: Maestro, ¡hasta que llegue el día de juntarnos allí donde nadie hace sombra! guardalo en tu memoria.) |
| mod: 23-jun-04 |