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UNIVERSIDAD,
ECONOMÍA Y EVALUACIÓN
Primera
Parte
El
Devenir Histórico
Juan
Carlos Iorio
Sociólogo, Especialista en Metodología de la Investigación
Profesor Universitario
La dimensión económica de
la educación constituye uno de los temas centrales de los procesos de
evaluación, en especial a nivel universitario, donde las dificultades
presupuestarias - que no agotan el problema de la evaluación -
han adquirido una dimensión crítica, en particular a partir del
estallido y diversificación de la matrícula en todo el mundo. La
Argentina no ha escapado a esta problemática, es más, las sucesivas
crisis económico-financieras no han hecho otra cosa que otorgarle al
problema un cariz aún más dramático.
La
evaluación, aún en un contexto de graves limitaciones presupuestarias,
es lo que permite saber si tuvo sentido la inversión. Si no se evalúa,
para qué se invierte?. Y si se evalúa hay que hacerlo en función de los
objetivos buscados y de los resultados obtenidos.
Por
eso, el abordaje de la relación entre universidad, economía y evaluación
presenta una complejidad que no se agota para nada en las cuestiones de
financiamiento sino que tiene una profunda connotación en social, y ha
tenido diversas interpretaciones a lo largo de la vida universitaria en
nuestro país.
De
hecho, hasta mediados de la década del ochenta, estos tres términos
no aparecían tratados sistemáticamente como polos de una
relación triangular merecedora de un abordaje técnico especializado.
El
tema de la evaluación de la educación en general y de la educación
superior en particular, tal cual se la entiende hoy, era algo
completamente ajeno a nuestra realidad; esto no quiere decir que no
existieran universidades que gozaran de un mayor prestigio que otras y que
a la hora de decidir, se practicara una evaluación de hecho de las
ventajas y beneficios que cursar estudio en una determinada universidad
podría otorgar al aspirante.
Tradicionalmente
la elección de una casa de estudio se hacía en función de los
saberes privilegiados en cada época, que aseguraban una mejor educación
y por lo tanto una mejor preparación para su inserción en la
sociedad. Eran buenas por tradición, por el prestigio al que se habían
hecho acreedoras, que se transmitía de generación en generación,
y por las consideraciones que gozaban sus alumnos y egresados, y nadie se
planteaba la eficiencia en el manejo de los recursos o su “contribución
a las demandas del aparato productivo”
La
relación entre educación y economía, por su parte, si bien
estaba instalada en el discurso de algunos políticos, educadores y
funcionarios, por lo general giraba básicamente alrededor de cuestiones
presupuestarias. Los planes de desarrollo que se
elaboraban desde las oficinas gubernamentales concentraban toda su atención
los aspectos específicamente económicos, agregando simplemente algunas páginas
referidas al tema educativo, pero completamente descolgadas del resto.
En
la práctica, no se había avanzado mucho más allá del pensamiento
sarmientino: educar era bueno para las personas y bueno para el país. Las
personas con mayor educación tenían mejores posibilidades de triunfar en
la vida, de “ser alguien” y los países, de posicionarse en
“el concierto de las naciones” y de contar con ciudadanos
probos, libres, y capaces de vivir en democracia. Una visión lineal
que establecía una relación directa, casi necesaria,
entre educación, movilidad social, asociada al mundo del trabajo[1]
y progreso nacional, y la universidad se insertaba, a su manera,
dentro de este modelo.
La
fe en la educación, no era menor que la fe en el conocimiento, en
particular del conocimiento científico, fuera de toda discusión. A nadie
se le ocurría plantear el tema de la educación en términos de relación
costo-beneficio, competitividad o “mejoramiento de la
calidad”. Una lógica desconocida en el ámbito educativo, la
educación no era un “recurso”, como la tierra, o el capital, de la
cual sacaba provecho el aparato productivo, sino un bien en sí mismo que
enaltecía y dignificaba al ser humano. [2]
La educación tenía que ver con las humanidades y no con las capacidades.
Por
su parte, la calidad del sistema universitario – en realidad una expresión
ajena a la época -, en su conjunto, era una premisa que nadie ponía
en tela de juicio y que se consumaba en el acto mismo de educar. Era
parte de la cultura universitaria y operaba como un mecanismo espontáneo
de selección. La vocación y nivel de los docentes y alumnos, la
transparencia en la asignación de cargos, el compromiso del Estado
y la actitud vigilante de las organizaciones estudiantiles, imbuidas
del espíritu reformista, funcionaban como garantía
suficiente. La evolución histórica de nuestro país hasta
fines de la década del cincuenta, demostraba el acierto de estas
consideraciones.
“Sin
embargo es posible afirmar que a partir de la década del ’60, el
sistema productivo argentino mostró crecientes dificultades para dar
cabida a la oferta cada vez mayor de mano de obra calificada que surgió
de la masificación de los niveles medio y superior” [3]
Hasta
ese momento, los espacios estaban delimitados, los roles educativos eran más
o menos claros y el ejercicio de cada uno de ellos se cumplía
básicamente con las expectativas depositadas sobre los actores.
Esto
no significaba que el conflicto estuviera ausente, siempre la
universidad, en particular los estudiantes universitarios, fueron
fuente de cuestionamiento político e ideológico, y protagonistas
de hechos que alteraron profundamente la vida del país.
Sin
embargo la universidad no dejaba por esto de actuar como
proveedora de profesionales de alto nivel, reconocidos
internacionalmente, respetados más allá de su identificación política,
y capacitados para satisfacer la demanda de los sectores públicos y
privados.
Las
universidades argentinas, en particular las de Córdoba, La Plata y Buenos
Aires, eran polos de atracción de estudiantes de América Latina, que en
gran cantidad acudían a sus aulas.
El
Estado encontraba en ella un mecanismo de recomposición
de sus clases dirigentes y para los nuevos sectores sociales, sobre
todo de origen inmigratorio, constituía de hecho un seguro canal
de ascenso social y económico, especialmente en el campo de
las denominadas profesiones liberales.
La
sociedad en su conjunto acunaba no sólo las expectativas,
motivaciones y aptitudes de los que se nutría la universidad, sino que la
imbuía de un prestigio y consideración que involucraba a
todos sus miembros, en especial los docentes universitarios.
La
docencia universitaria era básicamente una carrera honorífica, y
el Estado no sólo preservaba la gratuidad de la enseñanza satisfaciendo
el financiamiento educativo sin pedir rendimiento de cuentas, sino
que mostraba siempre frente a la universidad, una
consideración que no propinaba a otros sectores.
El
principio de autonomía, que era una pieza clave en este contexto, operaba
como un reaseguro frente a cualquier intento del Estado de inmiscuirse en
la vida de la universidad.
Sin
embargo, aun superados los momentos más críticos y más allá de
los indiscutibles beneficios que este principio tuvo, la idea de
autonomía adquirió en la práctica una
cierta forma de aislamiento academicista, que terminó
dificultando una mejor articulación entre la universidad, el estado
y la sociedad, al momento en que los nuevos desafíos exigían una
acción mas consensuada entre las partes.
La
reapertura de los espacios institucionales permitió que el
denominado pensamiento crítico se reinstalara y llegara a ocupar
posiciones de relevancia en lugares donde otrora había tenido una
presencia muy destacada: cultura, medios de comunicación, educación, e
instituciones académicas en general.
En
el caso particular de la universidad pública se restauró plenamente el
ideario reformista expresado fundamentalmente en el reestablecimiento
de la autonomía, del ingreso irrestricto y del
gobierno tripartito, y en el predominio político de las organizaciones
estudiantiles, y docentes enrolados en esa línea de pensamiento.
Esto,
en tanto implicaba una visión de la universidad y de su rol respecto del
resto de los actores sociales, iba a generar recelos, cuando no
resistencia, respecto al tema de la evaluación en general y en
particular respecto de la relación entre educación,
economía y evaluación de la educación superior.
Simultáneamente
otros hechos iban ocurriendo tanto en la misma universidad, como del
contexto nacional e internacional, [4] como el estallido y
diversificación de la matrícula universitaria, y el agravamiento
de los problemas presupuestarios.
Las
finanzas del estado, de las que se nutre la universidad pública, no
encontraban un camino de crecimiento sostenido, con más alumnos, para
menos recursos reales y presupuestos que se agotaban mucho antes de
los plazos establecidos para su utilización.
A
partir de la década del noventa, comienzan a crearse nuevas universidades
privadas – que junto a las denominadas históricas como la Universidad
Católica Argentina, la Universidad del Salvador, UADE, Belgrano, Museo
Social Argentino, etc – fueron instalando otros modelos de
universidad que impactaban más allá del reducido número de alumnos que
proporcionalmente llegaban a convocar [5]
.
Este
nuevo modelo apuntaba a una universidad
orientada más por la lógica de las profesiones que por la lógica académica
que introducía la idea de “criterios de calidad”, especialmente
en vinculación con el sector productivo, y que dado su
sostenimiento privado y su riesgo de supervivencia, inevitablemente
tenía que poner mucho cuidado en la gestión y en el manejo de sus
recursos.
En
muchos casos sometieron desde el principio la evaluación de sus carreras
a agencias y universidades de primera línea de países
avanzados, como un mecanismo de control voluntario de su calidad,
en términos de estándares internacionales. Una universidad que
efectivamente, asumía en cierta medida la lógica empresaria,
lo que la llevaba entre otras cosas a establecer mecanismos selectivos de
ingreso para asegurarse en términos de calidad la productividad de sus
inversiones. [6]
Poco
a poco se fue instalando en el imaginario colectivo la existencia de un
paralelismo entre “universidades de excelencia”, ligadas a los
sectores más modernos y dinámicos de la economía con los cuales sus
docentes y directivos mantenían estrechos vínculos personales,
institucionales, académicos, profesionales y hasta financieros, y
la “universidad tradicional”, con sus diferentes niveles de calidad.
Una
universidad abarrotada de alumnos, sumergida permanentemente en sus
problemas presupuestarios, dominada por las internas políticas, sin
infraestructura, ni equipamiento, donde el nivel de los egresados pasaba a
ser un producto fortuito de la combinación entre la capacidad de
supervivencia individual y al acceso a cátedras de reconocido prestigio.
Este
paralelismo, iba a tener mucho que ver en las distintas reacciones frente
a la problemática de la evaluación, en especial respecto a los distintos
modelos y a las lógicas puestas en juego por cada uno de ellos, donde los
aspectos económicos, en términos de encuadre metodológico,
dimensiones a tener en cuenta, y criterios de evaluación mostraban
características muy diferentes.
La
aparente facilidad con que se abrían nuevas universidades privadas, su
carácter altamente selectivo en muchos casos, ocurría junto
a un proceso político de privatizaciones de empresas públicas,
apertura de la economía, desregulación y retirada del Estado en áreas
en las que tradicionalmente había ejercido una presencia monopólica.
Esa
aparente facilidad fue visualizada por muchos, como parte de ese mismo
proceso, y de una mercantilización de la universidad, orientada por
una clara intención privatizadora. Se sostenía que la idea de
calidad y su evaluación, que asociaba el saber con el “saber hacer”,
según las palabras de Peter Drucker y tal cual comenzaba a instalarse en
los medios educativos, tenía que ver más con el
mercado, que con la enseñanza y su incorporación no podía producir otra
cosa que una desnaturalización de la vida y el rol de la
universidad.[7]
No
obstante el principio de garantizar la calidad de la educación superior
es consolidado por la sanción de la Ley de Educación Superior, que no sólo
coloca a las universidades privadas en un pie de igualdad con las
universidades estatales, en lo que hace a la autonomía, sino que además
al crear la CONEAU – Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación
Universitaria – y legalizar la creación de agencias privadas de
evaluación y acreditación, las coloca en igualdad de condiciones en
cuanto a dichos mecanismos de evaluación y acreditación para garantizar
la calidad educativa.
A
través de la nueva legislación, los instrumentos de control de
calidad que muchas de las nuevas universidades privadas incorporaban
como parte de su modelo, fueron extendidos por el Estado a las
universidades de su propia jurisdicción, e inclusive más, ya que la Ley
obliga a las instituciones de su dependencia a someter a evaluación
la gestión, comprendidos los aspectos económico financieros, de la que
quedan eximidas las instituciones privadas.
Todo
esto, como se decía en un trabajo sobre el tema [8],
hizo que para muchos, la evaluación en la Argentina naciera “bajo
sospecha” y el problema de la calidad de la educación superior
quedara enredado en un debate político e ideológico, que más allá
de sus reales connotaciones, bloqueaba la posibilidad de una discusión
seria y necesaria sobre el tema, sobre todo en un contexto que ponía
fuertemente en duda el rol del sistema educativo en general y su
capacidad para satisfacer las nuevas demandas del aparato
productivo, consecuencia de los profundos cambios que estaban
ocurriendo tanto en nuestro país como en el mundo.
Por
su parte las empresas, ante esta nueva realidad, fueron
fortaleciendo cada vez mas su rol en la capacitación directa de su
personal, especialmente gerentes, mandos intermedios y analistas
profesionales. [9]
lo que mostraba con toda claridad la desarticulación entre la
oferta y demanda tradicionales que se había anunciado en la década
del sesenta, e indicaba una presencia cada vez mayor de las empresas
en una tarea que hasta ese momento parecía reservada exclusivamente a las
instituciones universitarias, a los institutos terciarios y a las escuelas
técnica. Los roles que en otra época estaban completamente claros, ya no
lo estaban tanto.
La
inversión en capacitación directa, en las compañías, mostró un
constante crecimiento desde 1989 hasta 2001, en valores absolutos, a pesar
de las distintas crisis económicas ocurridas en el período, lo que puso
de manifiesto que se trataba de una verdadera tendencia y no
simplemente de un conjunto de hechos aislados.
La
necesidad creciente del sector empresario de capacitar
directamente a sus propios recursos, frente a lo que estimaban era una
falencia del sistema educativo para satisfacer sus necesidades, poco
a poco se fue asociando con una preocupación por lograr un mayor
acercamiento con las instituciones universitarias y con la temática
de la calidad del sistema educativo.
Se
trataba por una lado de una necesidad, pero por otro de la
extrapolación de una lógica que tradicionalmente había sido propia del
sector empresario a un ámbito que le era ajeno, como la universidad.
Instituciones
de gran peso en el ambiente empresario, como la Fundación de
Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL), la Fundación
Mediterránea y la Unión Industrial Argentina,[10]
comenzaron a elaborar estudios sobre la situación de la educación en la
Argentina, a evaluar sus resultados y desempeño, con particular énfasis
en cuestiones de capacitación y financiamiento, y a desarrollar
propuestas para su transformación. [11]
En
síntesis, la aparición de nuevas dimensiones en la relación entre la
universidad y su contexto; de nuevos actores, modelos y
demandas; de nuevas políticas acerca del rol del Estado; de nuevos
parámetros para juzgar su funcionamiento y de nuevos instrumentos
jurídicos, le otorgan al problema una complejidad que va más mucho
más allá de la cuestión del financiamiento, la deserción o el costo
por alumno.
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