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Evaluar para formar “profesionales para el cambio”
Juan
Carlos Lucero Schmidt
Decano de la Faculta de Filosofía, Historia y Letras de USAL
El presente artículo analiza las notas distintivas de la actual época de
cambios, deteniéndose en particular en el modo en que ella afecta a la
vida universitaria. En una segunda parte describe el proceso de formación
de profesionales que, en respuesta a aquella realidad, se implementa en la
Escuela de Turismo y Hotelería de la Facultad de Filosofía, Historia y
Letras.
INTRODUCCION
Toda
propuesta formativa debe hacerse en sintonía con el momento histórico
que vive la sociedad que es destinataria de los esfuerzos que ella misma
supone. La convicción de atravesar tiempos de profundos e irreversibles
cambios históricos que, entre otras muchas realidades, afectan a la vida
universitaria, sugiere la conveniencia de repensar las notas distintivas
del perfil profesional que aspiramos a formar.
A
partir de la visualización de esos rasgos es todo el proceso de
formación el que debe replantearse. Se trata, por una parte, de dar
respuesta a demandas propias de los últimos lustros, que requieren
iniciar caminos nuevos. Pero, por otro lado, de profundizar la perenne
tradición universitaria en la que hemos sido fundados.
Propongo
aquí los puntos principales de aquel perfil y señalo las estrategias
diseñadas para su logro, tomando como ejemplo el caso concreto de nuestra
Escuela de Turismo y Hotelería. Es la evaluación de esas líneas de
trabajo esenciales la que nos permite establecer en qué medida cada
cohorte y cada estudiante en nuestra Casa está accediendo a la
posibilidad de formarse como “profesional para el cambio”.
NOTAS
SOBRE UN MUNDO ENCAMBIO.
Comienzo,
entonces, por la afirmación menos controvertible que puede hacerse en
nuestros días: vivimos en un mundo de cambios acelerados. Las
transformaciones son profundas y el riesgo de caer en disfuncionalidades
nacidas de la desactualización, tanto a nivel de instituciones como de
roles sociales, es percibido por todos.
Hace
ya mucho tiempo que expresiones como “aldea global”, “sociedad
posindustrial”, “pensamiento posmoderno” y otras muchas locuciones
asociadas a éstas, despiertan de inmediato en quienes las pronuncian o
escuchan, imágenes vinculadas a la percepción del cambio, la fugacidad y
lo transitorio de nuestra situación.
Dejo
de lado el problema de la valoración que de esta realidad quiera hacerse.
Ya sea que las transformaciones se reciban con el entusiasmo más ingenuo
o con el recelo más suspicaz, ellas están ahí, independientemente de
nuestra voluntad y del agrado o disgusto que nos produzcan.
Por
momentos se tiene la sensación de atravesar un tembladeral: el piso firme
de ayer en el que basábamos nuestras construcciones se ha tornado
inestable, y presenta aristas nuevas que no entraban antes en nuestros
cálculos.
Los
tiempos de cambio son tiempos difíciles. La noticia que nos instruye
sobre la desactualización de lo adquirido y nos advierte sobre la
necesidad de crear algo nuevo en su reemplazo, causa en algunos temor y en
otros un sentimiento de derrota. Lo útil es precisamente lo contrario:
para las dificultades que presentan los tiempos de cambio se requiere
confianza en la obra que se realiza y espíritu de empresa.
Esto
es posible porque las transformaciones de la realidad que introduce el
tiempo no sólo obtura posibilidades antes abiertas, sino que también
genera otras nuevas que antes no estaban disponibles. Si se sabe leer en
perspectiva histórica el presente —es decir, el instante de la
decisión—, se encuentran en él también opciones nuevas. El tiempo de
cambio es, por esencia, bifronte: por un lado desactualiza realidades,
pero al mismo tiempo otorga al presente nuevas potencialidades.
No
haré aquí un análisis de esta realidad de cambio, tarea que excede los
límites del presente trabajo, y que debería comenzar por la distinción
entre los aspectos meramente formales y las transformaciones
auténticamente profundas. Voy a limitarme a subrayar algunos corolarios
fundamentales que se desprenden de lo anterior.
ADVERTIR
EL FIN DE UNA EPOCA
Primer
corolario o consecuencia práctica: es preciso revisar las vigencias de
los dos últimos siglos y preguntar, con espíritu abierto, qué ocurre
con ellas. Sea con resignación o con alegría —insisto en dejar de lado
el aspecto valorativo— el marco de referencia, concretamente para
nosotros, argentinos, no es hoy la que teníamos hace dos décadas o medio
siglo, o uno o dos siglos atrás. Esto puede decirse empleando una
expresión acuñada por los historiadores: vivimos cambios de coyuntura y
mediano plazo pero, lo fundamental, es que también asistimos a
transformaciones en lo que ellos llaman la “larga duración”.
En
la inmediata posguerra, a mediados de siglo, las más lúcidas reflexiones
indicaron el inocultable final de una época. Recuerdo el trabajo pionero
de Romano Guardini, titulado precisamente El fin de los tiempos modernos,
una obra de referencia obligada en nuestras aulas muchos años antes del
surgimiento de los así llamados filósofos de la posmodernidad.
Convendrá
pensar, entonces, si para ser hoy “moderno” —en el sentido propio
del término, que significa “lo reciente”— no tendremos que ir más
allá de la “modernidad”. Modernizar nuestros puntos de vista,
nuestras instituciones, nuestro país, en el sentido de actualizar, es
decir, de hacernos capaces de actuar en el presente y preparar el futuro,
probablemente nos exija superar aquella modernidad.
No
se trata, naturalmente, de un salto desarraigado hacia el vacío. Al
contrario, se avanza con una actitud “crítica e innovadora”
incorporando “lo mejor y lo más válido” del mundo que se supera.[1]
ACEPTAR
EL FIN DE UNA ÉPOCA
Con
esto ingreso en el segundo corolario o consecuencia práctica: la
aceptación de ese “mundo nuevo” se manifiesta en una conducta
adecuada al mismo. Algo tiene que cambiar en mi propia acción, y ese
cambio debe estar en relación al mundo nuevo.
Podríamos
aquí describir dos actitudes contrapuestas. Una de ellas, que en realidad
es una tentación, consiste en imitar la conducta de un náufrago, que
habiendo perdido imprevistamente las seguridades del mundo de referencia
que encontraba en su barco ahora destruido, se dedica a buscar entre los
restos que han quedado de ese antiguo mundo una recuperación imposible.[2]
Otra
actitud diferente, o mejor dicho, opuesta, parte de la aceptación de lo
real. La del náufrago que está sólo consigo mismo y con su propia
historia, y no niega su incertidumbre sino que la enfrenta desarrollando
la fuerza creativa que surge de su situación. Así, en estos difíciles
tiempos de cambio, ¿no tendremos que apelar a nuestras potencialidades y
nuestra herencia cultural y, a partir de ella, animarnos a enfrentar
creativamente una época nueva? Creo que debe evitarse en la formación de
los nuevos profesionales la tentación de aferrarnos a lo que ya no
existe, cuando es hora de proyectar lo que todavía no existe pero está
ya diseñándose y golpeando nuestra puerta.
El
mundo empresario está menos expuesto en teoría a este peligro, porque
por su propia naturaleza debe creérselo inclinado a la innovación y el
emprendimiento de lo nuevo. El riesgo en este caso es no advertir el cauce
profundo del presente curso histórico y comprometerse en un juego
equivocado que, en el mejor de los casos, desaproveche oportunidades. En
este sentido estamos familiarizados con el análisis de corto y mediano
plazo. El estudio de coyuntura y de los ciclos periódicos que
caracterizan, por ejemplo, el análisis económico o el sociológico. Las
transformaciones que afectan la larga duración llevan, en cambio, una
fuerte impronta de orden cultural.
La
universidad en tiempos de cambio.
Una
última consecuencia práctica nace a su vez de la aceptación de lo
anterior: la necesidad de identificar las tendencias fundamentales
vigentes del proceso histórico en curso. También éste es un tema
complejo, del que voy a abordar únicamente lo relacionado con la
formación universitaria, limitándome a tres tendencias significativas.
El
paradigma o modelo vigente de universidad propio de los tiempos que han
acabado se difundió por buena parte de Occidente y el mundo durante los
dos últimos siglos. Se lo identifica en general como el modelo de
universidad napoleónica, y si bien es cierto que su transformación se ha
operado hace ya tiempo en otros lugares, en nuestro medio ha entrado en
crisis sólo con los cambios de los últimos lustros. Lo esencial de ese
modelo hoy perimido, se fundaba en la secularización de la universidad,
la ruptura de la unidad del saber, y la reducción de la vida
universitaria a la instrucción del profesional concebido como un técnico
de especialidad restringida en la que podría ejecutar casi mecánicamente
una variedad de acciones aprendidas.
De
aquí se desprendía un conjunto de elementos típicos que van ahora
quedando atrás:
-
Una metodología áulica pasiva; a veces incluso con una sobresaturación
de estudiantes en el aula que impedía incluso la mera consulta al
académico.
-
Programas de espíritu enciclopédico, que suponían la posibilidad de
adquirir de una vez y casi para siempre toda la información fundamental
sobre una materia determinada.
-
Cátedras autosuficientes que impartían cursos paralelos, desarticulados
unos respecto de otros. La Universidad estaba aislada de la sociedad y del
mundo del trabajo. El estudiante debía construir esa relación sólo
después de egresar.
Esto
era así, al menos en parte, porque en rigor se pensaba en un profesional
que a lo largo de su vida activa repetiría un conjunto de acciones dentro
de su propio campo específico, pudiendo permanecer perfectamente ajeno a
toda otra cuestión. Esa vida profesional activa, además, tenía una
expectativa de duración muy breve comparada con lo que ocurre
actualmente.
Aquel
modelo universitario entró en crisis sobre todo por la coincidencia de
dos factores que marcan una tendencia profunda de nuestro tiempo. Por un
lado lo que se ha llamado explosión de los conocimientos. Éstos son
tantos y en muchos campos configuran tan alto grado de especialización
que el saber enciclopédico a nivel personal resultó imposible. Hay en
esto una verdadera mutación histórica.
Durante
siglos el hombre consagró grandes esfuerzos a obtener información. Hoy
se lanza cotidianamente un caudal de novedades accesibles que configuran
una masa documental cuyo tratamiento no está en la escala de una
conciencia individual.
La
clave no es ya la búsqueda sino en el tratamiento y la interpretación de
la información. ¿Quién enseñará cómo debe tratarse ese cúmulo de
datos? ¿Quién formará el criterio que permita una rápida
identificación de lo importante? ¿Cómo se evitará la confusión que
nace del bombardeo cotidiano de datos, muchos de los cuales llegan
rodeados de una aureola que esconde su irrelevancia? La formación
universitaria tiene en esto una carga principal, como diré más adelante.
Junto
a la mutación cuantitativa de la masa de conocimientos e informaciones,
los recursos técnicos han adquirido una importancia fundamental. Y
precisamente por ello, paradójicamente, surge un nuevo interrogante: ¿es
suficiente el dominio de las técnicas? La transformación permanente de
los procedimientos técnicos ha vuelto ilusorio un aprendizaje que
confiera habilidades útiles en el mediano y largo plazo.
La
innovación tecnológica hace que ese aprendizaje se desactualice a una
velocidad tal, que en ciertas oportunidades los procedimientos adquiridos
en el curso de los estudios han quedado superados en la práctica cuando
se produce la inserción laboral. A este problema debe responder también
la formación del “profesional para el cambio” mediante el reencuentro
de las humanidades y las técnicas. A ello voy a referirme más abajo.
A
la crisis del modelo universitario y al crecimiento exponencial de la
información disponible debe agregarse una tercera línea de
transformación profunda: la inserción del profesional en una escala
regional y aún mundial. Para el universo mental, para el horizonte de
comprensión del presente de un profesional, los límites nacionales son
hoy absolutamente insuficientes. Aún cuando no se desplace físicamente
—cuestión enteramente accesoria— e incluso si su desempeño no supera
nunca los límites de la localidad, un profesional universitario no puede
excusarse de dominar esa escala.
Sobre
el particular no necesito extenderme, porque en nuestro caso concreto este
es un dato incontrovertible y esencial. El ámbito de las actividades
turísticas y afines, precisamente, es uno de aquellos en los que con
mayor facilidad se advierte el impacto de las transformaciones en curso.
La
confrontación de la Argentina turística del pasado no muy remoto con el
presente y con las perspectivas de futuro es suficientemente elocuente.
Debemos formar profesionales que miren con naturalidad al mundo como
ámbito de su desempeño. Esta regionalización y mundialización del
desempeño profesional tiene exigencias propias. Se admite pacíficamente,
como una necesidad de carácter instrumental, el requisito de dominar
idiomas o instrumentos de comunicación. Más abajo se verá que ello es
indispensable pero no suficiente. La dimensión cultural en la formación
profesional es fundamental.
En
síntesis: señalo tres tendencias principales referidas al mundo
universitario: la superación de un modelo que entre nosotros se resiste a
desaparecer; la necesidad de desplazar el núcleo principal de las tareas
académicas desde la transmisión de información a la formación del
criterio y las habilidades intelectuales; y el cambio en el escenario del
desempeño profesional, con tendencia a la universalización.
Perfil
y proceso de formacion de profesionales en época de cambio
Para
desarrollar este punto parto de la experiencia práctica que
cotidianamente tiene lugar en la Facultad de Filosofía, Historia y Letras
de la Universidad del Salvador.
1.
La transición hacia los estudios universitarios.
La
incorporación de los estudiantes a la vida universitaria no debe pensarse
hoy en nuestro medio como una acción automática. Por distintas razones
la vida universitaria en general, la pertenencia a un medio institucional
concreto y el compromiso con una opción profesional enmarcada en un
proyecto de vida, suponen para los jóvenes que se integran a nuestra Casa
un proceso que es preciso acompañar.[3]
En
las primeras etapas formativas del estudiante universitario hemos dejado
atrás el modelo que pretendía reducir la universidad a la formación de
técnicos profesionales aislados en su especialidad. Asumimos el cada vez
más extendido acuerdo acerca de la conveniencia de ofrecer estudios
básicos o generales, en los que crecientemente se reconoce también el
lugar que en ellos deben ocupar las humanidades.
Se
parte así de lo fundamental para introducir luego al estudiante en una
progresiva especialización que incluye no sólo los años superiores del
grado sino también otras alternativas entre las que se destacan las
múltiples maestrías que pueden cursarse para agregar una cualificación
profesional al título obtenido en la carrera.
De
esta forma evitamos el riesgo de una especialización extrema desde el
mismo inicio de los estudios superiores, que privaría al universitario de
la necesaria visión integradora del saber que debe caracterizarlo.
Sin
ella, quedaría el estudiante desprovisto de una verdadera educación
superior que le prepare para la actualización permanente.
2.
La adquisición de saberes propios
a) De la adquisición a la aplicación
del método de los estudios superiores. Recurso a las humanidades
De lo anterior se desprende que es
preciso que en un proceso gradual, a la adquisición de las herramientas
intelectuales siga cada vez más su aplicación a los asuntos más arduos
del campo de estudios orientado ya que no se trata, quiero ser claro, de
pretender que el universitario deje de ser un individuo poseedor de un
alto conocimiento profesional y dotado de un entrenamiento técnico
actualizado en el dominio de lo procedimental de última generación. Se
trata de que no sea solamente eso.
Porque la universidad es más que un
“centro de capacitación profesional”. No prepara idóneos, así sea
en los más sofisticados o prestigiosos desempeños sociales. Y la
diferencia que califica el saber académico no se establece por un
cuantum, por una cantidad de información que venga a agregarse como
añadido o suplemento de la formación profesional. O esa formación está
transida por lo propiamente universitario, o no es tal en modo alguno.
Es esa formación que sobrevive a la
mera información, una vez que ésta ha sido olvidada o ha quedado
superada por la realidad, la que cualifica al estudiante. Supone un
hábito mental de enfoque trascendente a la materia que considera, y un
método.
Queda implícito, y sin embargo quiero
subrayarlo expresamente, que en la base de todo esto, está el trabajo y
la disciplina del estudiante, sin la cual nada es posible. El método de
los estudios superiores supone un dominio del conocimiento, en el sentido
de su cabal comprensión.
Esto exige la apropiación, crítica y
aplicación del autor o pensamiento que se estudia. Quienes han recorrido
este camino —etimológicamente “método” quiere decir camino—
conocen el esfuerzo que implica, pero también experimentan la diferencia
que separa el “tener información” del “saber”. Son los hábitos
mentales, los intereses, las actitudes y las metodologías apropiadas, las
que van formando las facultades superiores y humanas por antonomasia.
Dejo así claramente establecida la
primacía del trabajo áulico, concebido, en la mejor tradición
intelectual clásica, como un ámbito de búsqueda de la verdad mediante
el esfuerzo intelectual del estudiante que ejercita un pensamiento
crítico, disputa y deduce las conclusiones prácticas de las cuestiones
que considera.
b) El encuentro entre universidad y
empresa en la formación profesional
Junto a ese trabajo áulico, la
capacitación profesional debe acentuar un contacto estrecho con los
ámbitos de desempeño del futuro egresado. Esto sólo es posible
estableciendo positivos vínculos entre universidad y mundo empresario.
Naturalmente los mundos empresario y
académico siguen siendo dos mundos diferentes. Sus fines son diversos y
entre sí cada uno de ellos es autónomo. Sin embargo, una universidad que
se propone servir a la sociedad en que está inserta debe formar con un
criterio de realidad que obliga al contacto íntimo con la esfera del
desempeño futuro del profesional.
En el caso de la Universidad del
Salvador, ese sentido de responsabilidad social está expreso en sus
documentos doctrinarios y cabalmente cifrado en su escudo: para formar “profesionales
para el cambio” el primer requisito es que ellos estén fuertemente
insertos en la realidad concreta en que deben operar. Que tengan de ella
un conocimiento directo, no ideológico. Este encuentro de los mundos
académico y empresarial tiene lugar en diversos niveles, todos ellos
significativos.
Voy a referirlos en directa relación
con la actividad de nuestra Escuela de Turismo y Hotelería, que es la que
aquí interesa.
En primer término, y ocupando un
lugar formativo fundamental, señalo la experiencia de las prácticas y
pasantías. Un dato estadístico pondrá de manifiesto la importancia
cuantitativa de este aspecto en el cuadro general de la capacitación que
imparte nuestra Escuela de Turismo y Hotelería. Anualmente se realizan
como parte de sus tareas regulares, aproximadamente 1800 pasantías y
prácticas profesionales.
Bajo el programa de “Practur”
(Prácticas de Formación en Turismo) se brinda a los estudiantes la
posibilidad de aplicar los conocimientos teóricos adquiridos durante los
cursos de aula en los destinos turísticos más relevantes de nuestro
país, a fin de que posean una visión objetiva e integral, fundada en la
experiencia directa de la problemática turística argentina.
Las pasantías suponen un compromiso
aún mayor y una inserción más profunda en el ámbito del futuro
desempeño profesional. La experiencia cotidiana, prolongada durante un
razonable lapso temporal, permite experimentar de un modo vívido la faz
práctica del saber adquirido, brindando un triple beneficio: En primer
lugar, facilita una más ajustada comprensión de los contenidos
aprehendidos en abstracto; en segundo término, conduce a la
jerarquización del conocimiento en relación con su funcionalidad; y, por
último, hace posible la reversión crítica del ejercicio concreto sobre
su fundamentación teórica. Esto se refiere al enriquecimiento en el
campo nocional. Puede agregarse —y es con frecuencia tanto o más
importante que lo anterior— la dimensión formativa del carácter y el
conocimiento vivencial de los entresijos que se derivan de la naturaleza
humana de todo emprendimiento, cuyo valor se potencia dada la posibilidad
de discutir con profesores y pares el desarrollo de la experiencia. Cada
una de estas prácticas y pasantías es objeto de evaluación, para lo
cual se establece un seguimiento a través de informes acordados con las
empresas involucradas y un sistema de tutorías.
Así la integración entre Universidad
y empresas es en la Escuela de Turismo y Hotelería de la Universidad del
Salvador una realidad cotidiana y, desde un punto de vista cuantitativo,
masiva. Constituye una de las transformaciones más claras que
experimentó esta Escuela en los últimos quince años, dejando de ser un
hecho extraordinario para convertirse en una actividad formativa
absolutamente normal y sujeta a evaluación sistemática. Nos propusimos
que la enriquecedora experiencia adquirida por algunos de nuestros
estudiantes en las empresas a las que habían concurrido como complemento
de su formación profesional fuese la norma para todos, y lo hemos
logrado.
En este sentido una diligente
conducción académica de nuestra Unidad permite aprovechar al máximo las
posibilidades que ofrece la ley vigente en materia de educación
universitaria, y ofrece posibilidades únicas que marcarán el perfil
profesional del egresado otorgándole una ventaja comparativa inestimable.
En la Universidad en que se forman “profesionales
para el cambio” la relación activa y armónica con la actividad
pública y privada es natural; diría más: es en sentido estricto,
rutinaria; es decir, forma parte de los procedimientos formativos
previstos y habituales. Hay otras formas de encuentro entre empresa y
Universidad.
Entre ellas voy a mencionar, al menos,
la importancia de contar en algunas cátedras especialmente
significativas, con dirigentes del mundo empresario en actividad. Seguimos
en esto un muy antiguo principio de la pedagogía clásica que recomienda
el contacto del alumno con quienes son, en un determinado campo, figuras
salientes. Nada sustituye ese encuentro personal, y esto vale también
para el caso del turismo y la hotelería.
c) Saber técnico actualizado
A lo anterior —el recurso a las
humanidades y el estrecho contacto con los ámbitos del futuro desempeño
profesional— agrego ahora un tercer aspecto cuya importancia mencioné
incidentalmente más arriba al hablar de las transformaciones por las que
atraviesa nuestra época: el acceso a los últimos desarrollos
tecnológicos. Aquí se apunta, a lo largo de años de estudio y en
instancias tanto curriculares como de extensión universitaria, al dominio
progresivo -y a su actualización continua- de los sistemas informáticos
aplicados al turismo. La importancia de este punto es reconocida por
todos. La capacitación técnica es fundamental y debe llevarse adelante
con la mejor y más actualizada tecnología.
d) Preparación para el diálogo
cultural
Quiero puntualizar, por último, una
cuestión temática de la mayor importancia. Me refiero a la dimensión
cultural de la formación superior. En un mundo que en el que constatamos
a diario la creciente interrelación de pueblos y culturas, y en un campo
de acción como el del turismo y las actividades afines, esto es
fundamental.
En este aspecto hay dos notas que
deben ofrecerse en la formación del “profesional para el cambio”, y
las dos concurren al fin de hacer posible su inserción en el
formidable diálogo intercultural que caracterizará el siglo que se
inicia. Esas dos notas son precisamente los requisitos para que ese
diálogo sea posible.
El “profesional para el cambio”
necesita formarse para el reconocimiento y la apertura a lo diferente y lo
plural del mundo en el que va a desempeñarse. Junto a este aprecio de lo
distinto, el conocimiento y el aprecio por su propia cultura, le permite
concurrir a ese diálogo con el otro como un sujeto que tiene un rol
activo en la construcción de su tiempo.
Así, pues, se presenta una aparente
paradoja: la formación universitaria del “profesional para el cambio”
lo capacita para un desempeño exitoso de su rol, precisamente por la
diferencia cualitativa de la preparación recibida en aspectos no
específicamente identificados con la información, los procedimientos y
las rutinas del desempeño laboral de su especialización.
Es más bien la formación liberal que
acompaña a lo estrictamente profesional aquello que potencia los aspectos
propios de un rol social determinado. Es su formación en tanto que
persona la que permite multiplicar la funcionalidad de sus conocimientos
profesionales.
La expresión “formación liberal”,
tan antigua como nuestra tradición cultural nacida con los griegos del
mundo clásico, se refiere a los conocimientos que, en principio, no se
traducen en una aplicación práctica. Precisamente porque están “libres”
de esa preocupación reciben aquel nombre. Sin embargo, son ellos los que,
al desarrollar las facultades específicamente humanas, instalan al hombre
en su circunstancia con un sentido superior de la realidad.
Esa formación que no se orienta a una
acción práctica inmediata, asociada a los conocimientos instrumentales
que configuran los desempeños profesionales, permite a quien la posee ir
más allá en el ejercicio de un rol laboral.
conclusión.
El “profesional para el cambio”: un perfil
Creo que con lo anterior estamos ahora
en condiciones de caracterizar el perfil de lo que hemos llamado “profesional
para el cambio”. Si hubiera que resumir en una proposición simple el
núcleo del que nace la formación del “profesional para el cambio”,
diría que se trata de una perspectiva integradora del saber, en la cual
se reúnen las humanidades y la ciencia y la técnica propias de cada una
de las profesiones para las que nuestra Facultad capacita. A partir de
ella puede describirse un perfil que voy a caracterizar someramente en
tres dimensiones.[4]
En cuanto al saber propio de su área
de incumbencia, “el profesional para el cambio” posee al egresar un
sólido conocimiento de las bases que estructuran la disciplina de su
especialización; un dominio de los últimos adelantos tecnológicos que
se vinculan con ella y una adecuada noticia de las tendencias en curso de
desarrollo. Sabe, además, que el desempeño profesional exige una
actualización permanente, y ha adquirido los hábitos, la actitud y las
herramientas metodológicas que le permiten por una parte, el
autoaprendizaje, y por otra lo habilitan para transitar con éxito en los
posgrados de su especialidad. Esto significa que el “profesional para el
cambio” es capaz de incorporar con rapidez lo nuevo al patrimonio ya
adquirido y actualizar su saber sin demoras ni conflictos. No como un
agregado inconexo sino como un conocimiento integrado.
En cuanto a la comprensión del
presente en el que actúa —segunda dimensión que considero— destaco
dos rasgos vinculados a las coordenadas de tiempo y lugar. En el primer
punto, es consciente de las circunstancias singulares del momento
histórico que atravesamos, en su doble dimensión de riesgo y
oportunidad. Sabe que su gestión no se desenvuelve en un tiempo neutro o
inmóvil, sino que constantemente debe auscultar en el presente las
tendencias del proceso en que se inscribe.
En la coordenada “espacial”, el
horizonte del “profesional para el cambio” incluye la comprensión del
fenómeno relevante y decisivo de los próximos decenios: las relaciones
interculturales. Este punto es fundamental, pues esta coordenada que llamo
“espacial” es en buena medida virtual: como consecuencia de la
revolución de las comunicaciones que nos ponen en contacto directo con
todos los lugares, todos los hombres, todas las culturas, esta realidad se
experimenta sin traslados, sin abandonar nuestro propio techo.
La actitud del “profesional para el
cambio” no es la de quien sale al mundo a la búsqueda de lo imitable.
Cuando capta lo valioso del otro sabe adaptarlo a la realidad propia.
Pero, además, tiene algo suyo para ofrecer, y en el entrecruzamiento de
nuevos mestizajes culturales que anuncia el tercer milenio, cuenta con que
su propio bagaje dejará una impronta.
Precisamente porque conoce y valora su
propia riqueza, puede abrirse confiado a un diálogo que será
enriquecedor, no enajenante. Será activo sujeto del encuentro de
culturas, no pasivo receptor de decisiones o programas.
En cuanto a su potencial como
dirigente —tercera y última de las dimensiones que voy a describir—
el “profesional para el cambio” no sólo es capaz de orientarse,
integrarse y actuar en la época de profundas transformaciones que se
anuncia, sino que podrá ser quien oriente y conduzca la evolución del
ámbito en el que se desempeña. Es un conductor social de esos cambios.
Esto significa capacidad para el planteo creativo de opciones y
estrategias.
Concluyo aquí esta rápida
descripción de los puntos esenciales que, a mi juicio, se refieren al
tema de estas páginas.
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