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La concepción de locura en el Ensayo de las enfermedades de la cabeza de
Immanuel Kant Ignacio Barreira Sapere aude! ¡Tened el valor de utilizar vuestra propia razón! Es por tanto el lema de la Ilustración. Immanuel Kant,
¿Qué es la Ilustración? ¿Cómo puede aguardarse que de una madera tan retorcida como es la naturaleza humana se labre algo enteramente recto? Immanuel Kant, La religión dentro de los límites de la razón. Se ha investigado y escrito mucho acerca de a la
historia e ideología de las ideas psicopatológicas. Esto es muy cierto aunque
desde siempre este territorio se ha presento al estudioso como un área
inmensamente vasta. Tenida en cuenta la magnitud de un proyecto que contemple
en su totalidad el historiar dichas ideas en una obra termina volviéndose una
empresa imposible debido a la inherencia de su carácter sumamente complejo. Tal complejidad radica en la
amplitud y el carácter francamente inaprensible del objeto propuesto en dicha
tarea. Pero tal vez, la imposibilidad ha sido la consecuencia lógica de las
pretensiones con que esto se ha hecho. ¿Es posible dar cuenta de la historia de
las ideas psiquiátricas en su totalidad? Quizá allí radique la imposibilidad,
en la aspiración de una perspectiva completa y/o definitiva. Es justamente por el exceso en
el nivel de aspiraciones que me parece más honesto renunciar desde el inicio a
una empresa imposible a priori. Me contento con el esclarecimiento que pudiera
proporcionar una lectura, quizá genealógica, de algunas ideas que se vienen
acompañando en este campo del conocimiento y que terminan por dar las
concepciones científicas que estudiamos como históricas. Tal expectativa es la que he
depositado en este breve escrito que pretende dar cuenta de algunas ideas que
Kant expuso en su texto Ensayo sobre las
enfermedades de la cabeza (1764). El objetivo que me propongo en el estudio
de este ensayo es, no tanto analizar las ideas que Kant tenía sobre la locura y
las mencionadas enfermedades, sino más bien, intentar una comprensión puntual
de la concepción de lo normal y lo patológico que allí radican. Este modo de
enfocar el estudio del ensayo permitirá esclarecer los fundamentos
epistemológicos implícitos del mismo y esclarecer el entendimiento que Kant
tenía de tales fenómenos. El valor de esta perspectiva consiste en echar algo
de luz a lo que plantea la historia de las ideas en general, y la historia de
las ideas psiquiátricas y filosóficas en particular. He estructurado esta pequeña
investigación en dos partes, la primera parte consistirá en ubicar las
coordenadas ideológicas que sostienen el planteo del ensayo. Esta tarea tiene
como correlato el análisis de la concepción de locura, no desde en el contexto
histórico, ideológico y cultural que ubica a Kant como filósofo del siglo
XVIII, sino más bien qué concepción de locura, o de enfermedades de la cabeza,
Kant presenta allí. Esta tarea implica reflexionar sobre el lugar que el autor
da en el ensayo a diferentes ideas tales como pasiones, entendimiento, locura,
voluntad, etc. Estas nociones serán rastreadas para esclarecer la importancia
de los conceptos que se hallan en el seno del planteo kantiano. En un segundo momento
revisitaré la nosología kantiana sobre las enfermedades de la cabeza y los
vericuetos de la misma. Así mismo, intentaré establecer en qué punto ciertas
ideas planteadas en el ensayo anticipan la concepción crítica de Kant. No es mi
objetivo plantear aquí una génesis de los conceptos fundamentales de la
filosofía kantiana, aunque sí me interesa destacar hasta qué punto, cierto modo
de concebir el tema nos muestra un sentido que se hará bien patente en la Crítica de la razón pura (1781-7). Por último, las conclusiones
versarán sobre la importancia de este ensayo que, paradójicamente, no ha
sobresalido en la historia de las ideas psiquiátricas, pero no por eso es menos
importante, y resulta mucho más que una mera curiosidad para quién se interesa
en el estudio de la materia. Ubicación
del Ensayo en la obra de Kant El Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza (1764)[1]
fue escrito por Kant a los 42 años de edad. Se denomina a este ensayo como pre-crítico dado que es un escrito
previo a la célebre Crítica de la razón
pura (1781-7). Llama la atención la poca trascendencia que ha tenido este
ensayo tanto para los estudiosos de la obra kantiana como para los
historiadores de la psiquiatría y la psicopatología. Cuando se quiere averiguar qué
concepción tiene Kant de la locura, generalmente se recurre a la famosa Antropología en sentido pragmático
(1898)[2].
Es célebre el apartado titulado De las debilidades
y enfermedades del alma respecto a su facultad de conocer (Kant, 1991,
págs. 118-142). Algunos autores como Loewenberg (1953), Saurí (1968, 1996),
Ellenberger (1970), García y Espino (1989) o Béjar Trancón (2001), tratan el
tema que me he propuesto estudiar, pero lo hacen como un mero desarrollo de las
ideas psiquiátricas. Estos autores, no sólo parten de las ideas más conocidas
de Kant, por ejemplo las que figuran en la mencionada Antropología, sino que tampoco vislumbramos un desarrollo o análisis
profundo de la concepción kantiana de locura. En el trabajo de Richard
Loewenberg, From Immanuel Kant’s
Self-Analysis (1953), hay algunas menciones al ensayo, pero no figura allí
un estudio sobre la concepción kantiana de locura. El trabajo de Loewenberg
considera, más bien, cuestiones sobre el sujeto Immanuel Kant, haciendo
apreciaciones psicoanalíticas del filósofo. Obtuve dos referencias de
Jorge Saurí (1968, 1996). La primera consiste en una nota sobre Las
ideas psiquiátricas de Immanuel Kant (1968) en la que hace una síntesis de
las ideas de Kant sobre la locura presentadas en el mencionado apartado de la Antropología. Sin embargo, su nota no
pasa de ser un resumen de dicho capítulo. Por otro lado, en su obra El naturalismo psiquiátrico (1996), Kant
es mencionado pero en función del eje rector de su libro, el naturalismo. Allí
tampoco hay un estudio de esta cuestión. Podemos encontrar algo al
respecto en la monumental obra El
descubrimiento del inconsciente (1970) de H. Ellenberger, sin lugar a dudas
un trabajo excepcional. Rescato de ese trabajo los comentarios del autor acerca
de concepción ilustrada de la enfermedad mental y los perjuicios que resultan
de de dicha concepción; pero su trabajo no contempla la concepción kantiana en
particular. García y Espino (1989),
ofrecen una historia del pensamiento psiquiátrico desde la perspectiva
ideológica. Le dedican a Kant un apartado importante en el que destacan la
importancia de la Crítica de la razón
pura y su posterior influencia ideológica en el desarrollo de las ideas
psiquiátricas alemanas. Sin embargo, en ningún lugar aparece estudiada la
concepción de kantiana de la locura. Es un estudio que considera más bien la
importancia de la concepción científica kantiana. La ausencia de una mayor
cantidad de referencias nos indica lo poco que ha sido estudiado el asunto en
general. No existen estudios rigurosos o sistemáticos de la concepción general
de la locura en Kant, y tampoco se ha estudiado el ensayo sobre las
enfermedades de la cabeza en particular. La única excepción es el prólogo al
ensayo, escrito por Agustín Béjar Trancón, Kant
y la locura (2001)[3],
pero ese prólogo no es más que una “puesta en contexto” del ensayo en la obra
de Kant y en las ideas psiquiátricas de la época. El autor no se propone a
analizar allí las ideas de Kant, aunque intente explicarlas. Planteo
de Kant en el Ensayo No podemos negar que Kant
propone una nosología acorde a los conocimientos médicos de la época. Su
procedimiento se fundamenta en el método científico moderno, es decir el método
cartesiano: se parte de ideas claras y distintas[4],
luego, la disposición adecuada de la materia de estudio[5],
y la ejecución del procedimiento partiendo de lo más simple a lo más complejo[6]. En las primeras páginas del
ensayo, ya Kant comienza a discriminar que en el seno mismo de la “organización
civil de la sociedad” da lugar a “hombres ingeniosos y razonadores” por un
lado, y a “locos y tramposos” por el otro (Kant, 2001, pág.61). Este planteo
inicial no es inocente ya que marca un primer criterio de taxonomía: el hombre
racional de un lado y el hombre irracional del otro. A partir de este criterio
y siguiendo el “método de los médicos”, que parece haber sido el más efectivo,
Kant comenzará con la “onomástica de las dolencias de la cabeza” (Kant, 2001,
pág.63). Pero es importante advertir también que refiere a ambos hombres como
individuos que pertenecen a la sociedad. Este dato es importante, Kant no entra
en la polémica sobre la naturaleza del hombre natural y la del hombre cultural.
Para él, tanto la razón como la locura son fenómenos que se dan dentro de un
orden social. Al dualismo
racional-irracional, Kant lo va a tematizar del siguiente modo: El hombre
procede de dos modos en la vida, guiado por el entendimiento, es decir,
racionalmente ó arrastrado por las pasiones. Aquí entramos en el análisis:
vemos que el hombre es guiado o arrastrado, por lo que está sugerido que
en sendos casos el sujeto está en posición activa y pasiva. Vamos por partes,
¿qué es proceder “racionalmente”? Nos dice el filósofo de Königsberg: “El entendimiento sólo interviene para
apreciar la suma global de la satisfacción de todas las inclinaciones en su
conjunto con respecto al fin ideado, así como para descubrir los medios para
alcanzarlo” (Kant, 2001, pág. 66). Cuando Kant dice que “el entendimiento
interviene”, allí es donde ubicamos la actividad del sujeto. Por el otro lado, ¿Qué son las
pasiones? “Los impulsos de la naturaleza humana, que cuando son muy fuertes se
llaman pasiones, son las fuerzas motrices de la voluntad.” (Kant, 2001, pág.
66). Pareciera que en estos casos el entendimiento no puede intervenir
activamente. Pero no tomemos estas citas como reveladoras, sino más bien en
sentido inverso, como observaciones poco claras[7]. La cuestión central reside en distinguir
en qué se diferencia el proceder racionalmente del proceder pasionalmente. Si
bien las definiciones de Kant son claras y distintas, hay algo que se escapa y
que considero como fundamental para entender el planteo kantiano. La pregunta
esencial es la siguiente: ¿de qué depende esta discriminación? El ensayo no lo
explica, necesitamos salir del mismo para entender un poco mejor la cuestión. Revisando la bibliografía
kantiana, hallamos por intermedio de Ellenberger (1970), un escrito Sobre el poder de la mente para dominar los
propios sentimientos morbosos mediante la simple decisión[8].
Parece ser, según Ellenberger, que Kant tenía muy en cuenta que la expresión, o
no, de las pasiones era una cuestión que dependía exclusiva y directamente del
entrenamiento de la voluntad y de la subordinación de las pasiones a la razón.
El mismo Kant, en el mencionado escrito, da una serie de reglas para vencer el
insomnio, las hipocondrías y las diversas alteraciones físicas mediante la
dieta[9],
la respiración, la relajación y el “establecimiento de hábitos sólidos,
especialmente la realización de actos frecuentes y conscientes de la voluntad.”
(Ellenberger, 1970, pág. 232)[10]. Es curioso que a raíz de esta
cita, el mismo Ellenberger considere ciertos puntos negativos de la
Ilustración. “(La Ilustración) trató de colocar a todos los hombres en la misma
categoría y a subestimar las diferencias físicas y mentales, así como las
tradiciones culturales. Promovió un concepto unilateral de las emociones como
alteraciones de la mente racional, sin reconocerlas en sí mismas.”
(Ellenberger, 1970, págs. 232-3). Aunque sepamos que la diferencia del hombre
racional con el irracional no es para Kant homologable a la diferencia entre
naturaleza y cultura, seguimos sin saber qué es concreta y puntualmente qué los
diferencia. Sin embargo, en toda esta explicación encontramos un indicio muy
interesante: la voluntad; “actos frecuentes y conscientes de voluntad”. ¿Qué
papel juega la voluntad para Kant? En la Fundamentación
de la metafísica de las costumbres (1785)[11],
Kant destaca el carácter moral de la voluntad; la buena voluntad es autónoma,
no heterónoma. La buena voluntad se rige por la ley moral, único vector y
rector de las conductas morales que se fundamentan en el imperativo categórico.
Pero resulta que la buena voluntad, parece no consistir en otra cosa que algo
que puede ser leído como una reedición del pensamiento platónico y aristotélico[12].
Siguiendo la lógica del Ensayo,
resuena algo del pensamiento de Platón y Aristóteles, de lo que ellos entendían
por voluntad. Tanto para Platón como para
Aristóteles, la voluntad no era por sí misma “una facultad intelectual, pero
tampoco es una facultad irracional” (Ferrater Mora, 1998, pág. 3722). Para
ellos los actos voluntarios son aquellos que únicamente se ejecutan en
conformidad con la razón. Seguir los deseos no tiene nada que ver con el
ejercicio de la voluntad; seguir los deseos es simplemente estar ciegamente
dominado. La voluntad es ubicada en las facultades racionales, que son las que
deben dirigir tanto al hombre como a la sociedad; siempre por encima del
apetito sensible o mero deseo (Ferrater Mora, 1998, pág. 3722). De este modo, comprendemos que
históricamente, la voluntad es la variable de la que depende el ejercicio de la
razón. Y, partiendo de aquí, no debemos hacer un manipuleo conceptual para
advertir que la locura es entendida desde la moral, no sólo en el postrero
planteo kantiano del imperativo categórico, sino desde el lastre histórico que
el término voluntad viene arrastrando de la Grecia Antigua[13].
Las
Dolencias Despreciadas. Gracias a esta ubicación de
los términos entendimiento, pasión y voluntad, entendemos el consecuente
desarrollo con el que Kant prosigue el ensayo. Para el filósofo no habría
ningún problema si las pasiones meramente nos arrastrasen. El dejarse arrastrar
por las pasiones es considerada como condición necesaria, aunque no suficiente
para que se den las enfermedades de la cabeza. Kant lo resuelve así: uno se
puede dejar llevar por las pasiones, pero estas pasiones pueden ser de dos
tipos: benignas o malignas. En el caso de ser arrastrados por pasiones
benignas, ubicamos a los insensatos,
de naturaleza opuesta a los sabios[14].
Pero, ¿cuándo aparece la
locura? Como mencioné, que las pasiones arrastren al sujeto es condición
necesaria pero no suficiente para que se de la locura. La condición suficiente
consiste en que la naturaleza de dichas pasiones debe ser maligna, “odiosa y
absurda”, sólo a partir de esta convergencia, se advierte el estado de razón
invertida, o sea, la locura (Kant,
2001, págs. 68-9). Pero hallamos aquí otro
obstáculo. En ningún momento Kant explicita qué es la razón invertida más allá de ser un término homologado a locura.
Este concepto puede parecer a priori
confuso. Sin embargo, si entendemos razón invertida como razón pervertida, obtenemos el sentido que Kant quiso imprimirle al
término: que la razón se pervierte quiere decir para Kant que no funciona
racionalmente, no funciona de acuerdo a un mecanismo de relojería. Adviértase
que el adjetivo pervertida no remite
a “connotaciones morales” tanto como el término invertida, de ahí la opción del traductor por el término “razón
invertida” en lugar de “razón pervertida”[15]. Como vemos, aunque el
traductor hubiera querido esquivar la trampa, no pudo eludirla del todo y
terminó por caer en ella. Quizá la cuestión más problemática que el traductor
quiso eliminar, era exactamente, no-eliminable. La connotación moral de
“pervertido” en castellano nos remite en la actualidad a una categoría
específica, y a un género psicopatológico[16],
que connotan moralmente una conducta desviada trasgresora. El perverso es un
individuo que trasgrede constantemente las normas sociales implícitas del marco
social de referencia, efectuando actos (o actings) condenados como abominables por el
individuo normal. Insertar allí el término invertido, elimina este sentido.
Pero elimina también la otra connotación moral que tiene pervertido como el de entendimiento o pensamiento desviado, lo que no está conforme a la recta razón, lo
que no se debe; en definitiva, lo desviado como algo que no es moralmente
correcto. De hecho, cuando Kant divide las pasiones buenas de las malas, ¿qué
criterio más moralista que este para hacer una clasificación que lo bueno y lo
malo? No critico la elección del autor, tampoco digo que la traducción hecha
sea mala; sí quiero señalar lo problemático de su tarea ya que queriendo
solucionar un problema, introduce otro. A esta altura de nuestro
análisis, parece algo un poco obvio decir que de ningún modo es inocente la
nomenclatura elegida por Kant para ubicar a la locura como razón pervertida, y que esta implica un sentido netamente moral.
Cuando vemos que en el estado de razón invertida, el apasionado es arrastrado
por pasiones malignas, vemos con qué dureza las condena Kant. Me refiero al orgullo y la avaricia, las
causas de la locura. Entendiendo que el planteo
pudiera ser totalmente acorde a las ideas de la época, y aunque la locura sea
ubicado en las coordenadas de lo irracional más despreciable, no es posible
inferir qué sucede para que el sujeto sea paciente de sus pasiones benignas o
malignas. Simplemente se advierte, se ve que es así sucede. Quiero destacar que
no hay nada que explique este modo de establecer la ubicación nosológica de la
locura más allá de la moral. El procedimiento de Kant consiste en ubicar al
loco en el lugar de… en el lugar del loco: es decir, en el lugar de lo
irracional (primer requisito, la veta pasional) y de lo caprichoso (segundo
requisito, pasiones malignas, avaricia y orgullo). Por eso agrupa a estos bajo
la denominación de “dolencias despreciadas”. Para tomar dimensión del lugar
despectivo de la locura leamos la siguiente frase de Kant inserta en el corazón
del texto: “El insensato no es sabio, el loco no es listo (…) no se debe
desesperar del todo de ver que un insensato pueda volverse alguna vez cuerdo,
pero quien piensa hacer un listo de un loco es como quien quiere lavar un
negro” (Kant, 2001, pág. 70). Esta metáfora racista dice mucho de la oscuridad con la que se ve al loco, y
nuevamente, en qué postura tan opuesta a la de hombre lúcido (claro y distinto) se ubica al
irracional. La locura es un continente negro no conocido aunque inmodificable.
Esta metáfora sirve para ilustrar qué se puede hacer frente al loco: resignarse,
sino el loco es uno. Pero también quiere decir que no hay ni idea sobre qué
hacer con él, ¿qué es una terapéutica?, esta es una pregunta absurda e
imposible para la época “la locura se lleva en la piel”. Las
Dolencias de la Debilidad y de la Inversión Dolencias de la debilidadKant pasa a otra categoría
nosológica, de las dolencias de la cabeza despreciadas (la locura), pasa a
aquellas que por lo común son consideradas con compasión: dolencias de la
debilidad y dolencias de la inversión. A las dolencias de la debilidad Kant las
agrupa en la entidad nosológica estupidez,
a las dolencias de la inversión las denomina trastornos del ánimo. Nótese que en ningún momento Kant hace una
aclaración específica de por qué pasa de un grupo al otro, tampoco define aquí
el criterio de diferenciación de enfermedades más a allá de ser dolencias
despreciadas y dolencias tratadas con compasión. No queda claro el criterio
médico de discriminación, pero, de nuevo, sí queda muy claro el criterio moral.
Volveremos sobre este punto. Kant no se detiene en el
primer grupo, dice en unas pocas líneas que el estúpido “muestra gran debilidad
de la memoria, de la razón y por lo común también respecto a las sensaciones”
(Kant, 2001, pág. 72). Se trata de desordenes incurables ya que es casi
imposible inyectarle vida a órganos muertos. Dolencias de la InversiónPero el segundo grupo es, para
él, más interesante. Este grupo va a consistir en dolencias de la cabeza trastornada, dichos trastornos son
clasificados según la capacidad del ánimo afectado en alucinación, delirio y
manía: 1. La inversión[17]
de las nociones de la experiencia en la alucinación.
2. El desorden al que es conducida la facultad de juzgar primariamente sobre la
experiencia en el delirio. 3. La
razón invertida por lo que se refiere a los juicios más universales en la manía. ¿Qué es la alucinación para
Kant? “Esta cualidad del trastornado, según la cual, sin presentar un grado
especialmente notable de una grave enfermedad, (el enfermo) está acostumbrado
en estado de vigilia a representarse como claramente percibidas determinadas
cosas de las cuales, sin embargo, nada hay presente, se denomina alucinación.
El alucinado es, pues, un hombre que sueña despierto” (Kant, 2001, pág. 75).
Kant enfatiza que en este grupo el trastorno se ubica a nivel de la
sensibilidad, lo que falla aquí son los sentidos, si la percepción es errónea,
la explicación del trastorno es ubicado a nivel sensibilidad. Pero, ¿qué es
sensibilidad? Sensibilidad es utilizado aquí en el sentido de Condillac (1714-1780)
en el Tratado de las sensaciones
(1754). Para el filósofo francés, de la sensación brotan todas las demás
nociones por medio de una serie de transformaciones sucesivas (Ferrater Mora,
1998, pág. 637). Para Kant, los fantaseadores son quienes están más propensos a
las alucinaciones. El alucinado es un fantaseador de quimeras, justamente lo
que allí falla no es la actividad mental, sino que falla el modo organizativo
de la sensibilidad. La alucinación es producto de una percepción juiciosamente
correcta, aunque la materia prima (sensaciones), es aportada por una
sensibilidad distorsionada. Por todo esto, el término más importante aquí es
“quimera”. La quimera es lo que se propone a la imaginación como posible y
verdadero no siéndolo. El modo más sencillo de
comprender, no sólo el lugar de la alucinación en la nosología, sino más bien,
la clasificación de enfermedades mentales en sí, es desde la Crítica de la razón pura. Aún faltando
17 años para la primera edición de la misma (24 para la segunda y definitiva)[18],
el esquema que Kant utiliza para esta clasificación de dolencias por inversión, es acaso el mismo que utilice para
postular su gnoseología de 1781:
estética trascendental (sensibilidad), analítica trascendental (entendimiento),
dialéctica trascendental (razón). El trastorno del concepto en la sensibilidad
va a producir la alucinación, el trastorno del juicio en el entendimiento va a
producir el delirio, y del trastorno de la razón va a resultar la manía. Si
seguimos avanzando en la clasificación de Kant, podemos ir encontrando los
rudimentos de la Crítica de la razón pura.
Cuando Kant ubica el trastorno
alucinatorio al nivel de la sensibilidad, se refiere concretamente a un
trastorno de los conceptos. Esto es lo que se entiende cuando Kant dice en su
ensayo “Hasta aquí, en la cabeza
trastornada no se ha visto afectada propiamente la facultad del entendimiento[19],
al menos no era necesario que lo estuviera, puesto que el defecto residía
propiamente sólo en los conceptos” (Kant, 2001, pág. 80). Lo que aquí Kant dice
es que el concepto es aquella parte trastornada que hace que se de el
“mecanismo” de inversión de la razón; y que ese trastorno no es del
entendimiento, más bien es de lo que en la Crítica él llamará sensibilidad. Cuando Kant habla de concepto
se refiere a algo muy distinto de sensibilidad o percepción. La primera
distinción que hay que establecer es entre intuición y concepto. Para Kant, las
intuiciones sin conceptos son ciegas, es decir, imposibles; y los conceptos sin
intuiciones son vacíos, imposibles también; nótese la diferencia entre ciego y
vacío que es importante. Para que haya conocimiento es preciso que los
conceptos sean aplicados a un “material” que está “dado” en las intuiciones.
Los conceptos son aquí lo “puesto” por el sujeto (pertenece a la esfera
subjetiva) a diferencia del material que es “dado” en el momento del
conocimiento (cuestión que pertenece a la esfera objetiva). El concepto enmarca
la materia prima que se da en la intuición. De este modo tenemos bien
delimitado qué lugar ocupa cada uno de estos términos en el acto de
conocimiento de Kant, y por ende qué se produce cuando se altera el concepto.
El problema de la alucinación se debería entonces, a un incorrecto
encuadramiento por parte del concepto en el momento en que sucede la intuición.
Si bien el concepto interviene en el “armado” de la realidad[20],
desde lo que llamamos sensibilidad, el concepto es propiedad (no facultad) del
entendimiento. Y aquí hay que hacer otra distinción; una cuestión es el
concepto en general y otra son los conceptos del entendimiento. A los primeros
los conocemos meramente como conceptos,
a los segundos como categorías del
entendimiento[21]. Ahora bien, que el concepto
sea erróneo no quiere decir que el juicio sea incorrecto, o mucho menos que el razonamiento
sea inválido; me refiero a simples cuestiones que se pueden observar el
silogismo de la lógica aristotélica. El concepto va a ser ubicado en el
entendimiento aunque ligado a la sensación, pero el juicio articula los
conceptos en doce modos irreductibles. Para Kant, sólo existen doce modos de
predicar acerca del mundo, es decir de hacer juicios, a estos modos los
denomina categorías puras del conocimiento[22].
Cuando estas categorías se “invierten” o “pervierten”, nos ubicamos frente al
delirio: el trastorno del entendimiento, en el sentido más riguroso, es el
delirio. Kant dice, “un trastorno en el entendimiento consiste en que, a partir
de todo tipo de experiencias correctas, se juzga de un modo completamente
invertido. De esta enfermedad, el primer grado es el delirio, que en los juicios más inmediatos a partir de la
experiencia actúa contra las reglas comunes del entendimiento” (Kant, 2001,
págs. 80-1). Por último, ubica nuestro
filósofo a la manía como un trastorno
de las reglas de la razón: “El segundo grado de la cabeza trastornada respecto
a la facultad superior de conocimiento es propiamente el de la desorganización
de la razón, en cuanto que ésta se extravía de un modo disparatado en supuestos
juicios sutiles sobre conceptos generales, y pueden ser denominado manía.” (Kant, 2001, pág. 81). La manía engloba a los juicios más
universales porque lo que aquí se hallan trastornadas son las tres ideas de la
razón: yo, mundo y Dios. Este gran desorden de las ideas hace que, “(en) este
trastorno revolotea (en su más alto grado) por el cerebro ardiente todo tipo de
ideas pretenciosas y sofisticadas: el descubrimiento de las dimensiones del
mar, la interpretación de las profecías, o quién sabe qué mezcolanza de
absurdos rompecabezas” (Kant, 2001, pág. 82). Las ideas están trastocadas y la
concepción del maníaco es la máxima
expresión de la razón invertida. Lo que llama la atención es
que si bien hay una gran coherencia en estos planteos y su posterior obra sobre
la razón a priori[23], en ningún
momento Kant advierte una explicación de las enfermedades de la cabeza más allá
de la biología mecánica. De hecho, el mecanismo de inversión de la razón, más
que un mecanismo, es una descripción de lo que sucede cuando las cosas escapan
a la lógica. Entonces, no extraña que hacia el final del Ensayo Kant diga que ha denominado enfermedades de la cabeza a las
dolencias de la facultad del conocer[24],
y que ha “prestado atención sólo a las manifestaciones de las mismas en el
ánimo, sin pretender descubrir su raíz, que se halla propiamente en el cuerpo,
y que por cierto, puede tener su localización principal más en las partes de la
digestión que en el cerebro…” (Kant, 2001, págs. 85-6). Si bien la causa de las
enfermedades mentales es ubicada como física, para Kant no es el cerebro el
órgano afectado, sino que concibe a estas enfermedades en relación al aparato
digestivo. Las teorías de la época se inclinaban más hacia la primera teoría,
la falla cerebral. Sin embargo, en este respecto, Kant sigue a Johan August
Unzer (1727-1799), quien sostenía que la última causa de las enfermedades de la
cabeza es ubicable en el bajo vientre (Kant, 2001, pág. 86, infra. nota 28). Para Kant, dado que las
enfermedades de la cabeza, son producto de una base corporal, el encargado del
cuidado de estos pacientes (arrastrados por las pasiones), deben ser los
médicos. De hecho, es importante destacar que el título del ensayo es sobre las
enfermedades de la cabeza, no sobre las enfermedades
del alma, como se referirá a estas dolencias en su Antropología. En este último grupo de
dolencias de la inversión es bien evidente la articulación señalada del Ensayo con la Crítica de la razón pura, pero cuesta mucho más entender esta
nosología desde la perspectiva médica que desde un planteo gnoseológico o moral.
Las enfermedades de la cabeza son explicadas por mecanismos psicológicos y
gnoseológicos y su causa es el aparato digestivo; extraña concepción de las
enfermedades de la cabeza. Algo similar sucede si
planteamos la misma pregunta referida a la nosología general del Ensayo. Aunque las dolencias
despreciadas correspondan a un grupo enteramente distinto al de las dolencias
por compasión, tampoco hallamos allí un criterio de clasificación
exclusivamente médico. Si bien observamos que la discriminación obedece a una
concepción moral de cómo ver al loco –se tiene desprecio o compasión-, nada que
tenga que ver con la medicina explica el criterio taxonómico. Quizá podamos advertir allí un
modo explicativo distinto: en las dolencias despreciables advertimos un criterio
que podríamos ubicar del lado de lo psicodinámico,
mientras que en el grupo de las dolencias por compasión notamos un criterio de
agrupación más biologista. En las
dolencias despreciables aparece mucho más claramente una clasificación en
función de la dinámica psíquica del acto moral: el dejarse llevar por las
pasiones, concretamente por pasiones malignas; se entrevé allí el interjuego de
elementos de la psicología del acto moral. En las dolencias por compasión, se
ubica una falla, que no es explicada a nivel psicológico, allí es en donde
claramente aparece la concepción médica y la naturaleza corporal de la
enfermedad. Es aquí en donde Kant sigue más concretamente a la psiquiatría del
siglo XVIII, pero también están sus ideas pre-críticas. Sin embargo, todas
estas cuestiones no están explícitas en el Ensayo. Conclusiones. La idea central del presente
trabajo ha sido ubicar la concepción ideológica de Kant sobre la locura en el Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza.
Si bien el Ensayo es una de las
primeras obras de Kant, no siendo una de las fundamentales, para la historia de
las ideas psiquiátricas tiene una importancia especial en conjunto del apartado
De las debilidades y enfermedades del
alma respecto a su facultad de conocer de la Antropología. Hemos visto que más allá de
todas las cuestiones analizadas y la advertencia de una constante falta de
precisión por parte de Kant en la explicación de los mecanismos a los que se refiere, la concepción moral
impregna todo el ensayo. El valor de este análisis
consiste en rescatar un elemento el mencionado moral-, omnipresente en el Ensayo, y, sin embargo, ausente en los
análisis que de la locura se ha hecho histórica e ideológicamente. Cuando los
historiadores de la psiquiatría y de la psicopatología se remiten a la figura
de Kant, es para rescatar las innovaciones que este introduce a la filosofía y
a la ciencia, y el posterior impacto de estas innovaciones sobre la medicina
como ciencia. Sin embargo, no se subraya debidamente cuán teñido de moralismo se
encuentran sus escritos. Alzar la relevancia del
moralismo en el planteo kantiano nos permite humanizar la psiquiatría y prever
la pregnancia que el mismo tuvo en la historia de la psiquiatría, planteo que
nos hace punto ciego a la hora de considerar el desarrollo de las ideas
psiquiátricas. Incluso, qué poco se tiene en cuenta el origen de la
psiquiatría, me refiero a la necesidad social de una figura como la alienista
para hacerse cargo de esos seres desprovistos de razón, los locos. Tampoco se
debate debidamente acerca de la concepción original de esta disciplina médica
que ha nacido por una necesidad social y no por una propia necesidad de las
ciencias médicas, producto de la complejización y la especificación de las
mismas. No advertir esto es no tener en cuenta el sentido que originalmente se
ha dado a la psiquiatría, y el peligro adherido que implica este
desconocimiento, es el de estar imposibilitado de preguntarse por el sentido
más propio de la psiquiatría y la psicopatología. Conocer la propia condición no
quiere decir que vaya a ser en función de una consecuente modificación, dicho
conocimiento es para saber con qué opciones contamos a la hora de actuar. Anexo
I Breve
nota sobre la ética aristotélica Para Aristóteles el hombre
busca la felicidad como fin último de su vida, a esto se refiere el término eudemonología. La felicidad se define
como la actividad del alma según la virtud. Para ser feliz, hay que ser
virtuoso, y la virtud humana es sólo aquella en la que interviene la actividad
de la razón. Para Aristóteles hay tantos modos de virtud como niveles anímicos.
En la antropología aristotélica hallamos tres partes del alma, y en
correspondencia a cada una de estas, tres virtudes: alma vegetativa, cuya virtud es la vida; el alma sensitiva, cuya virtud -a la luz de la facultad superior- de
la razón es la virtud ética; y el alma
racional cuya virtud es dianoética o racional (Reale, 1992, págs. 97-112). En el caso de las virtudes éticas, vemos que estas son
hábitos, hábitos domesticados por la razón. La virtud ética consiste en el dominio de las sensaciones y apetitos
desde la facultad de la razón. Es en referencia a éstas virtudes que
Aristóteles formula su célebre definición de virtud: la virtud implica la justa
proporción que es vía media entre dos excesos: “La virtud es, por tanto, un
hábito selectivo, selectivo consistente en una posición intermedia para
nosotros, determinada por la razón y tal como la determina el hombre prudente”
(Aristóteles, 1967, pág. 23). Por otro lado, las virtudes del alma racional deben ser
dos, una que contemple la parte práctica y contingente de las cosas y otra que
contemple la parte teorética e inmutable de las cosas. De aquí surgen la razón práctica y la razón teorética o pura. La razón práctica supone para
Aristóteles una psicología del acto moral en la que intervienen la elección, la
deliberación y la voluntad. La deliberación y la elección consideran los medios
en el acto moral, la voluntad, considera el fin del acto moral[25]. Este planteo tiene su
importancia para Kant, ya que tanto en su ética como en otros escritos de su
obra, del que nos interesa rescatar puntualmente el Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza, se entreve implícita
esta concepción de proceso del acto moral en sus tres momentos: deliberación, elección
y volición a un fin. De hecho, hablar de ser
arrastrado por las pasiones también nos remite a Aristóteles ya que la pasión
es introducida como categoría[26]
en el libro de la Metafísica. Pasión es allí una categoría planteada en
contrasentido a la categoría de acción. La pasión es una afección, indica la
posición de un “ser pasivo”. En Kant, la dualidad
entendimiento/pasión supone la concepción de un sujeto agente/paciente. Y en
definitiva esto es lo que Kant no puede explicar, dónde reside la posibilidad o
imposibilidad de ser un sujeto activo y moral o no. Sin embargo, más allá de lo
explicable, para Kant esta cuestión es en última instancia algo del orden de la
elección. Es fundamental rescatar estos
temas que a priori parecen filosofía antigua, o sencillamente cuestiones que
pertenecen al pasado. La perspectiva que sigue la historia de la ideas nos
enseña la importancia y el valor necesarios que los diferentes términos han
tenido en su metamorfosis histórica, quizá mucho más en esos términos que parecían
inmutables. Anexo
II Nosología
de Immanuel Kant en el Ensayo sobre las
enfermedades de la cabeza. 1. Hombres
racionales (Normalidad) 2. Hombres
apasionados. 2.1. Pasiones benignas: Insensatos
(Normalidad). 2.2. Dolencias
despreciadas. Pasiones malignas: Locos (Razón Invertida). 3. Dolencias
tratadas con compasión (Razón Invertida). 3.1. Dolencias de la debilidad (estupidez). 3.2. Dolencias por inversión (trastornos del ánimo). 3.2.1. La inversión de las nociones de la
experiencia en la alucinación. 3.2.2. El desorden al que es conducida la
facultad de juzgar primariamente sobre la experiencia en el delirio. 3.2.3. La razón invertida por lo que se
refiere a los juicios más universales en la manía. Anexo
III Selección
de Citas sobre el Ensayo de las
enfermedades de la cabeza “… y esbozaré una pequeña onomástica de
las dolencias de la cabeza, desde la parálisis de la misma en la idiocia hasta sus convulsiones en la locura furiosa. No obstante, para
identificar estas repulsivas enfermedades en su genealogía progresiva, me
parece necesario explicar primero los grados menores de las mismas, desde la imbecilidad hasta la locura, porque estas cualidades son
corrientes en la vida social y, sin embargo, conducen a las primeras” (Kant,
2001, pág. 63). “Los impulsos de la naturaleza humana, que
cuando son muy fuertes se llaman pasiones, son las fuerzas motrices de la
voluntad. El entendimiento sólo interviene para apreciar la suma global de la
satisfacción de todas las inclinaciones en su conjunto con respecto al fin
ideado, así como para descubrir los medios para alcanzarlo” (Kant, 2001, pág.
66). “Si una pasión es especialmente potente,
la capacidad del entendimiento puede bien poco contra ella” (Kant, 2001, pág.
66-7). “Cuando esta inclinación es en sí buena,
cuando, por lo demás, la persona es razonable, pero la propensión predominante
le impide ver sus malas consecuencias, entonces este estado de la razón
encadenada es la insensatez” (Kant,
2002, pág. 67)[27]. “Si la pasión es en sí bastante odiosa y al
mismo tiempo absurda como para que aquello que precisamente se opone a la
intención natural de esa pasión se considere que es lo que la satisface, este
estado de razón invertida es la locura.
El insensato entiende muy bien la verdadera intención de su pasión, si bien le
confiere una fuerza capaz de atar la razón. Pero el loco por su parte, se ha
vuelto tan imbécil que sólo se cree en posesión [de algo] cuando se e despoja
él mismo de lo codiciado” (Kant, 2002, pág. 68-9). “Sostengo que toda la locura está
ciertamente injertada en dos pasiones: el orgullo y la avaricia. Ambas
inclinaciones son injustas y por eso odiadas” (Kant, 2002, pág. 69-70). “La causa está en que el primero domina
una inclinación verdadera y natural, que a lo sumo solo encadena la razón,
mientras que en el segundo se trata de un bobo fantasma cerebral que invierte (umkehrt) los principios de la razón”
(Kant, 2002, pág. 70-1). “Hasta aquí, en la cabeza trastornada no
se ha visto afectada propiamente la facultad del entendimiento, al menos no era
necesario que lo estuviera, puesto que el defecto residía propiamente sólo en
los conceptos. Los propios juicios, si se quisiera tomar la sensación invertida
como verdadera, pueden ser del todo correctos e incluso excepcionalmente
razonables. Por el contrario, un trastorno en el entendimiento consiste en que,
a partir de todo tipo de experiencias correctas, se juzga de un modo
completamente invertido. De esta enfermedad, el primer grado es el delirio, que en los juicios más
inmediatos a partir de la experiencia actúa contra las reglas comunes del
entendimiento. El delirante ve o recuerda los objetos tan correctamente como
cualquier hombre sano, pero interpreta por lo común la conducta de las otras
personas a través de una disparatada locura refiriéndola a sí mismo, y cree
poder leer en ello quién sabe qué intenciones sospechosas que a aquéllas nunca
se les pasan por la cabeza.” (Kant, 2001, pág. 80-1). “En el más alto grado de este trastorno
revolotea por el cerebro ardiente todo tipo de ideas pretenciosas y
sofisticadas: el descubrimiento de las dimensiones del mar, la interpretación
de las profecías, o quién sabe qué mezcolanza de absurdos rompecabezas” (Kant,
2001, pág. 81-2). “He llamado enfermedades de la cabeza a
las dolencias de la facultad de conocer, de la misma manera que al deterioro de
la voluntad se le llama enfermedades del corazón. Además, he prestado atención
sólo a las manifestaciones de las mismas en el ánimo, sin pretender descubrir
su raíz, que se halla propiamente en el cuerpo, y que por cierto, puede tener
su localización principal más en las partes de la digestión que en el cerebro,
como parece demostrarlo la estimada y bien conocida revista semanal, llamada el
médico, en sus números 150, 151 y 152” (Kant, 2001, págs. 85-6). Bibliografía. Aristóteles (1967). Ética
Nicomaquea. Editorial Porrúa. México. Descartes, R. (1993 [1637]). Discurso
del método. Edición de Altaya. Barcelona, España. Ellenberger, H. (1970). El descubrimiento del inconsciente. Editorial Gredos. Madrid, España. Ferrater Mora, J. (1998). Diccionario de Filosofía. Editorial Ariel. Barcelona, España. García,
E.; Espino, J. A. (1989). Psicopatología
e Ideología. En Castilla del Pino, C., “Criterios de objetivación en
psicopatología”. 14° Congreso español de neuropsiquiatría”. Asociación española
de neuropsiquiatría. Madrid, España. Kant, I.
(1991 [1798]). Antropología en sentido
pragmático. Alianza Editorial. Madrid, España. Kant, I.
(1998 [1785]). Fundamentación de la
metafísica de las costumbres. Eudeba. Bs. As., Argentina. Kant, I.
(2001 [1764]). Ensayo sobre las
enfermedades de la cabeza. Editorial Mínimo Tránsito. Madrid, España. Loewenberg,
R. (1953). From Immanuel Kant’s
Self-Analysis. En American Imago,
V. 10, N. 4, 307-322. Reale, G.
(1992) Aristóteles. Editorial Herder, Colección Biblioteca de Filosofía N°16.
Barcelona, España. Saurí, J.
(1968). Las ideas psiquiátricas de
Immanuel Kant. En Revista Argentina
de Psicoanálisis. Bs. As., Argentina. V. XIV, T. 3, págs. 275-7. Saurí, J.
(1996). El naturalismo psiquiátrico.
Editorial Lumen. Bs. As. Argentina. Notas [1] Versuch über die Krankenheiten des Kopfes (1764). Utilizaré la versión castellana de la
editorial Mínimo tránsito (2001), traducida por Alberto Rábano Gutiérrez y
Jacinto Rivera de Rosales. [2] Anthropologie
in pragmatischer Hinsicht (1798). Utilizaré la versión castellana de Alianza Editorial (1991) traducida
por José Gaos. [3] Ver en Kant, I. (2001 [1764]). Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza. Editorial Mínimo
Tránsito. Madrid, España. Págs. 9-57. [4] Primer precepto cartesiano de su método
en el Discurso del método (1993
[1637]): “El primero (precepto) consistía en no admitir jamás cosa alguna como
verdadera sin haber conocido con evidencia que así era; es decir, evitar con
sumo cuidado la precipitación y la prevención, y no admitir en mis juicios nada
más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no
tuviese motivo alguno para ponerlo en duda (Descartes, 1993, pág. 24-5). [5] Segundo precepto: “El segundo, en dividir
cada una de las dificultades a examinar en tantas partes como fuera posible y
necesario para su mejor solución. (Descartes, 1993, pág. 25). [6] “El tercero, en conducir con orden mis
pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer,
para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más
complejos, y suponiendo incluso un orden entre aquellos que no se preceden
naturalmente unos a otros.” (Descartes, 1993, pág. 25). [7] Dentro del Ensayo, no nos es posible advertir si en la locura existe la
posibilidad de una toma de postura en la que se puede desobedecer a la razón,
dejándose llevar puerilmente por las pasiones (existiría una actividad por
parte del sujeto implicado); o, en caso de no ser así, qué explicación habría
desde lo biológico o lo que fuere (sería algo que al sujeto le sucede desde la
tiranía de sus órganos). En ningún lugar Kant nos lo explica, tampoco nos
remite a las causas de ese incremento de pasión y cómo se dan los mecanismos
pertinentes. [8] No sabemos de qué fecha es el mencionado
capítulo. [9] Es importante que Kant considere la dieta
como una variable de importancia para e tratamiento de las enfermedades ya que
en este sentido Kant sigue al médico Johan August Unzer (1727-1799), quien
decía que la última causa de las enfermedades de la cabeza es ubicable en el
bajo vientre. [10] La cita de Ellenberger
sobre el texto de Kant es la siguiente: “Immanuel Kant, Von der Macht des Gemüths, durch den blossen Vorsatz seiner krankhaften
Gefühle Meister zu sein, en Immanuel Kants Werke, VII, Ernst Cassirer, ed.,
Berlín, Bruno Cassirer, 1916, págs, 411-431.” [11] Grundlegung zur Metaphisik der Sitten (1785). Utilizaré la versión castellana de Eudeba
(1998), traducida por Manuel García Morente y corregida por Silvia Schwarzböck. [12] La reedición
de Kant, implica nada menos que la innovación de pasar de una ética empírica a
una ética formal o apriorística. [13] Para una mayor comprensión de la importancia y valor
del concepto de “voluntad” en la ética aristotélica, remito al lector al primer
anexo que consiste en un breve repaso de la ética aristotélica a la luz de su
antropología. Véase también la importancia de la categoría “pasión” en
Aristóteles. [14] Kant explica que los sabios se
contraponen a los insensatos, justamente por ser “apáticos”. En la apatía
descripta, no hay pasión alguna que pueda perturbar el estado de lucidez del
ser pensante. [15] El traductor del ensayo comenta en una
nota al pié de página que la traducción “invertida” no es del todo precisa. La
palabra alemana Verkehrheit sería propiamente “perversión”. Sin
embargo, perversión en lengua castellana lleva una connotación moral que no es
la que Kant sugiere con el empleo del término Verkehrheit. En una nota la pié de página, el traductor aclara la
elección del empleo de “invertido por el de “pervertido”. [16] Me refiero específicamente a la
psicopatología psicoanalítica que considera a la perversión tanto como un
cuadro sintomatológico (por ejemplo o un perverso exhibicionista o pedofýlico),
como así también una estructuración del aparto psíquico. En el último caso
existen tres estructuras psicoapatológicas: la neurótica, la perversa y la
psicótica. [17] Para no crear confusión, de aquí en
adelante seguimos al traductor que eligió el término inversión en lugar de perversión. [18] La Crítica
de la razón pura, fue editada por primera vez en 1781. Sin embargo, una
serie de sugerencias por parte de Federico I, debieron ser tenidas en cuenta
por Kant para la corrección de su tratado, reeditado con las modificaciones en
1787. [19] El resaltado es mío, no figura así en la
edición original. Categoría en Aristóteles tiene el sentido de
predicación o atribución. Esta predicación o atribución es algo que se dice de
la sustancia. En contrapartida al insensato, Kant ubica al sabio
como aquel hombre que carece de insensatez, de hecho califica al sabio como un
apático dando un ejemplo de Pirrón: “Pirrón vio un barco, en medio de una
tormenta, mientras todos estaban angustiadamente atareados, que un cerdo comía
plácidamente de su comedero y, señalando hacia él, dijo: “así debe ser la
tranquilidad de un sabio”. El apático es el sabio de Pirrón” (Kant, 2002 pág.
68). [20] En el sentido de realidad como eidos de la rex, idea de la cosa. [21] Si bien, me refiero aquí a concepto y
entendimiento en el sentido que Kant le da a esos términos en la Crítica de la razón pura, no sabemos qué
sentido exacto le daba él a estos en su Ensayo, presumo que la significación no
varía demasiado y es por estos motivos que realizo el presente análisis. [22] Recordemos que en el lenguaje filosófico
y desde Aristóteles, Categoría significa predicación o atribución. [23] Un título alternativo a la Crítica de la razón pura pudo haber
sido, Análisis de la razón a priori. [24] Cuestión que refuerza la hipótesis del
parentesco tan cercano del Ensayo con
la Crítica de la razón pura. [25] La volición del fin es naturalmente buena
ya que es: “a) o la tendencia infalible hacia el bien, hacia lo que
verdaderamente es el bien, b) o la tendencia hacia lo que nos parece bueno.”
(Reale, 1992, pág. 111). [26] Categoría
en Aristóteles tiene el sentido de predicación o atribución. Esta
predicación o atribución es algo que se dice de la sustancia. [27] En contrapartida al insensato, Kant ubica
al sabio como aquel hombre que carece de insensatez, de hecho califica al sabio
como un apático dando un ejemplo de Pirrón: “Pirrón vio un barco, en medio de
una tormenta, mientras todos estaban angustiadamente atareados, que un cerdo
comía plácidamente de su comedero y, señalando hacia él, dijo: “así debe ser la
tranquilidad de un sabio”. El apático es el sabio de Pirrón” (Kant, 2002 pág.
68).
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