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DISCAPACIDAD Y FAMILIA: MITOS Y REALIDADES Prof.
Dra. Luisa Beatriz Martin Hefesto, el ilustre Cojo de ambos
pies respondió: Respetable y venerada es en
verdad la Diosa Tetis … pues ella fue la que me salvó cuando
mi despiadada madre me arrojó del cielo, queriendo ocultarme a la vista de los
otros dioses, a causa de ni cojera. ¡Cuantos dolores hubiera tenido que
soportar entonces, si Tetis y Eurínome no me hubiesen acogido en el seno del
mar! ([1]) En primer
lugar debemos considerar a la familia
en su carácter de institución continente. La definimos, entonces, como un la
unidad fundante de la sociedad y la percibimos como una organización cuyos
miembros están unidos por relaciones de alianzas y de consaguinidad. En el
proceso de evolución, esto es el paso de una etapa a la otra, la vemos
expuesta, por un lado a la interacción con el medio externo, y por otro a las
exigencias propias del desarrollo de su medio interno; ambos producen
influencias en distinto grado, aunque son necesariamente concomitantes. Podemos
describir las etapas del desarrollo familiar de la siguiente manera: 1.
Formación del matrimonio 2.
Nacimiento de los hijos 3.
Escolaridad de los mismos 4.
Adolescencia 5.
Salida de los hijos del hogar 6.
Abuelidad En la
transición que media entre estas etapas se van produciendo normalmente algunas
crisis: ellas son las crisis
evolutivas. Por otra parte,
también pueden producirse otras crisis, a las que llamaremos
inesperadas. Dentro de estas últimas se encuentra el caso de la aparición en la
familia de un miembro con alguna discapacidad, sea congénita o adquirida,
teniendo ésta mayor relevancia si se la asocia con una deficiencia mental. ¿Por qué
esta situación provoca una crisis? En general podemos explicarla en razón del
aumento de tensión que se produce, ya que, a partir de ese instante va a
cambiar la forma de vida del grupo familiar, pues todos van a tener que
adaptarse a la nueva realidad: el hijo discapacitado es un golpe muy duro para
ellos. Su primera reacción, por lo general, consiste en negar el problema;
luego, cuando se impone la evidencia, aparecen la inseguridad, la angustia, la
desorientación, el miedo y la culpa. Una buena
respuesta a esta problemática va a depender del desarrollo de las siguientes
conductas, dentro del núcleo familiar: 1.
De su capacidad para aceptar y llevar a cabo los
cambios que debe realizar 2.
De la búsqueda de estrategias aptas para lograr estos
cambios 3.
De la capacidad para mantener un clima emocional
estable 4.
De la coherencia entre el pensar y el actuar 5.
De la preocupación familiar por cada uno de sus
miembros 6.
De permitir que los conflictos y tensiones se
manifiesten como medio para clarificar la situación, y así poder lograr
soluciones Siguiendo
esta línea de pensamiento, hay algunos aspectos que se consideran fundamentales
y que deben subrayarse: En primer
término no debemos olvidar que el niño discapacitado es, antes que nada, un
niño. Por ello, además de lo que indiquen los distintos especialistas, el niño
precisa lo que cualquier otro niño necesita de su núcleo familiar: juegos,
caricias, comprensión para con sus demandas, todos ellos aspectos que, muchas
veces, se olvidan por percibirlo solamente en relación con su “problemática”,
olvidando su verdadera identidad, su totalidad. Tampoco
debe olvidarse el efecto de circularidad en la influencia familiar, entendido
éste como el que ejercen los padres sobre los hijos, así como la de éstos sobre
los primeros. En este sentido la experiencia muestra que el niño con discapacidad produce angustia en
los padres, y que, a mayor angustia
se genera mayor desorganización en el comportamiento de los mismos, lo que
termina incidiendo negativamente en la formación y educación del menor discapacitado. Los padres
de niños afectados por algún tipo de discapacidad, son generalmente
caracterizados como depresivos, sobreprotectores, culpabilizadores, propensos a
la negación o al rechazo. No obstante, se incurre en un grave error al
generalizar estas características pues su reacción es una consecuencia de la
difícil situación en que
se encuentran. Esta se
potencia como resultado del
rechazo social, lo que, a su vez, lleva a la familia a aislarse de su medio. En
suma, una cadena causa-efecto sumamente negativa. Además,
desinformados en cuanto al desarrollo psicofísico y a la adaptación del niño al
medio familiar, escolar o laboral, los padres suelen adoptar actitudes
contradictorias que, al pasar el tiempo, pueden derivar en resignación; esta
conducta sella la imposibilidad de ser feliz en el seno del hogar. Lamentablemente,
a pesar de los cambios ocurridos en nuestra sociedad, ella no está formada para
aceptar en su seno a un discapacitado. Esto causa, por lo general, que los
miembros de la familia desconozcan la existencia de lugares especializados,
donde pueden solicitar ayuda cuando la necesiten. Teniendo
en cuenta que el núcleo de integración que posee el minusválido es la familia,
es ésta quien debe recibir el asesoramiento y apoyos necesarios para poder
cumplir plenamente con su tarea. Con este refuerzo, los padres podrán encararla
con aceptación y esperanza. Esto es sumamente importante ya que ellos son los
protagonistas y transmitirán por la vía del cariño, del ejemplo y el respeto,
el sentido de vida a sus hijos. Si es que pretenden tener éxito en este
desafío, deberán asumir una postura positiva, de confianza, en la capacidad de
progresar que, potencialmente, posee su hijo. Para ello es esencial
considerarlo como lo que es: una persona con condiciones para crecer, madurar y
mejorar, que tiene una misión en la vida y es tarea de los padres ayudarlo a
descubrirla. Sabemos
que en el minusválido la capacidad de iniciativa está limitada, en razón que no
posee total libertad para elegir sus modelos de conducta. Es por ello que,
entonces, sigue los pasos de las personas que más ama y respeta, es decir sus
padres. Si el ambiente es tenso y depresivo, y los padres tienen conductas
punitivas, responsabilizando al niño de gran parte de sus fracasos, la conducta
de éste se inhibirá, y aumentará mucho el miedo y la inseguridad. También el
rechazo inconsciente de los padres genera, en ellos mismos, actitudes
compensadoras de sobreprotección, solicitud ansiosa, indulgencia exagerada,
esperanza de curación ilógica y sobreestimación de los resultados logrados por
el niño; inversamente, como actitud pasiva extrema ante lo inevitable, y
considerando únicamente el dolor propio, vuelven la espalda a quien más los
necesita, con una postura permisiva y conformista, dejando pasar el tiempo y
olvidando la responsabilidad que les compete en la formación y educación de su
hijo. En resumen, un conjunto de actitudes que en nada lo ayudan. Una
actitud deseable es, por el contrario, la aceptación y la toma de conciencia de
la realidad. Ella lleva a profundizar el interés sobre el pronóstico del
hijo para, de acuerdo con ello, ordenar
el proceso formativo del mismo. Amar es aceptar a éste con sus limitaciones y
también ayudarlo y apoyarlo en el proceso de integración, para que sea útil
para sí, para la familia y la sociedad. Los padres que aceptan y apoyan de ese
modo, son padres que educan, enseñan a vivir, transmiten sentido de vida, son
padres integradores. Simultáneamente, si el matrimonio está unido, se consolida
esta unidad en la acción, afrontando juntos la situación, dándole mayor sentido
a la misma. Inversamente, si el matrimonio está fisurado, cada uno de sus
integrantes se aisla en su dolor y termina culpando al otro de lo que sucede.
Es muy común ver la aparición de depresiones, ausencias del hogar, encierros en
actividades laborales, y muchas otras salidas de tipo escapista; con estos
comportamientos lo único que se logra es no hacer frente a la realidad dolorosa
y, peor aún, no resolver el problema de fondo que está allí, esperando una
solución real y efectiva. Por su
parte, los hermanos, como miembros de la familia, se angustian frente a la
presencia del niño discapacitado. También es tarea de los padres ayudarles a
superar esta situación, de acuerdo con la edad y capacidad de cada uno de
ellos, sin avergonzarse y sin sobrecargarlos con responsabilidades que no les
compete. Recordemos que el discapacitado no debe ser considerado como el eterno
niño y, por el contrario, es necesario encontrar el camino para que se adecue
al ambiente familiar, laboral y social. En ese
orden, tengamos en cuenta que los hermanos, generalmente y por una cuestión
natural, es probable que deban hacerse cargo de él en el futuro. Directamente
vinculado con esta situación, pensemos que una de las mayores preocupaciones de
los padres se nos muestra a través de la pregunta sobre “qué será de él cuando
nosotros ya no estemos”. A partir de este estado de cosas, se convierte en
tarea de toda la familia la búsqueda de que el niño pueda desarrollar el máximo
sus habilidades. Por él y por ellos, por ellos y por él. Antes se
hizo mención a la existencia de centros especializados, que están en
condiciones de prestar apoyo para la rehabilitación, educación y formación para
la convivencia social. Pudiendo contar con este tipo de ayuda, es necesario que
la familia estimule la realización de actividades manuales, en talleres
habilitados para tal fin, para que se familiaricen con tareas laborales
básicas, lo que dependerá de las posibilidades intrínsecas de cada uno, tal
como fué expresado. Pero pensemos que lo más importante se centra en que si
sabe trabajar, si sabe hacerlo en equipo, además de que esto le permitirá
ganarse la vida –un logro importante para él-, puede ayudarle a tener amigos, y
ambas cosas son un buen medio para ser feliz. Por
último, parece necesario subrayar que la responsabilidad fundamental de la
familia, respecto del discapacitado, es velar por su futuro, especialmente para
el momento en que sus familiares ya no puedan estar presentes. Es por ello que
se deberá prever la búsqueda de lugares apropiados para que el adulto
minusválido pueda desarrollar su vida lo más adecuadamente posible. Confirmando
estos conceptos, debe recordarse que la Organización Mundial de la Salud
propone, desde hace mucho tiempo atrás, la integración protegida o supervisada
del discapacitado mental a la sociedad, con la recomendación especialísima de
no dejar a su núcleo familiar, salvo situaciones excepcionales. Como podemos
apreciar, aparece privilegiada la instancia familiar. Debe
comprenderse, entonces, que la tarea debe estar enfocada a asesorar, ayudar y
apoyar a los padres en la dinámica familiar. El objetivo es colaborar para que
el hogar sea un lugar acogedor, gratificante y motivador, y que la familia sea
sede, referente y misión, que facilite al discapacitado su máximo desarrollo
como persona. [1] Homero, La Ilíada. Este mito es el mensaje de la cultura occidental que tuvo vigencia durante milenios; es el primer desafío que debemos enfrentar
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