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El Pensamiento del Padre Ismael Quiles, S.J.
(Buenos Aires, Ediciones Universidad del Salvador, 1998) del doctor Ricardo Marín Ibáñez, catedrático de la Universidad Nacional de Educación a Distancia de España y Doctor Honoris Causa de la Universidad del Salvador.
7.1.FILOSOFÍA DE LA EDUCACIÓN PERSONALISTA.

Precisiones conceptuales.

Quiles en sus prólogos nos ofrece la génesis de su pensamiento, la secuencia de sus obras y hasta sus motivaciones fundamentales. En esta obra declara que desde 1967, viene dictando clases en una cátedra de filosofía de la educación, en el Ciclo Pedagógico de la Facultad de Ciencias de la Educación y de la Comunicación Social en la Universidad del Salvador. Esta ha sido la base de este libro, ya tardío, en el cual se puede encontrar de alguna manera todo su pensamiento. La idea central es que el hombre es persona y la esencia de la persona es su centro interior, estar en sí, actuar desde sí, ser sí mismo y en definitiva llevar a la persona a una perfecta autoconsciencia de sí, al autocontrol y la autodecisión.

A su vez el prólogo es una síntesis de su propio pensamiento, por eso insiste en que educación esencial es llevar a la persona a una mayor realización como tal. El educador y el educando son personas esencialmente iguales, pero su grado de realización es diferente. Su dignidad es la misma, pero el educador debe saber más y ser capaz de dirigir, de ayudar al educando.

En el Prólogo, Quiles, con su singular capacidad sintética y didáctica resume así esta obra:

Yo diría que este libro, en realidad, contiene una sola idea, a través de todo su desarrollo. Esta idea es que el hombre por su esencia es persona, que a su vez la esencia de la persona es ser un centro interior, que está "en-sí" y que hemos llamado "in-sistencia"; por eso actúa "desde sí": esto es, "ser sí mismo". En consecuencia, educar o ayudar a la formación del hombre, es tratar de que se desarrolle ese centro interior, que sea cada vez más "Sí mismo" y decida más "desde sí", es decir, con conciencia de sí mismo y de cómo debe actuar; el ser y el dinamismo propio de la persona (educación) lo sintetizamos en tres conceptos: autoconciencia, autocontrol y autodecisión, dentro de cada circunstancia en que se halle. (p. XI)

Distingue la educación que él llama personalista de la personalizada, cuyo nombre ha adquirido resonancia especialmente en el mundo hispánico, gracias a los escritos de Víctor García Hoz y sobre todo a su Educación personalizada.

La llamamos "personalista" por cuanto se refiere a la "esencia del hombre como tal", es decir, a aquello por lo que todos los hombres son iguales: todos son por su esencia personas, y en esa esencia se fundan una serie de procesos, obligaciones y derechos humanos que siempre y en cada caso individual se deben conocer.

Como es fácil de comprender, la educación "personalista" se distingue de la llamada educación "personalizada", es decir, la que tiene en cuenta, preferentemente, la "individualidad" propia de cada persona, aquello por lo que se diferencia de las demás. Es claro que este aspecto es imprescindible y de suma importancia, pero nosotros hemos creído necesario poner el acento en la esencia misma de la persona humana, ya que ésta es la base sobre la cual gira todo otro aspecto de la educación, incluso la necesaria consideración de la personalidad individual de cada educando. Existen ya excelentes trabajos sobre educación personalizada. (p. IX-X)

Según una definición nominal o etimológica de la palabra educación, esta viene del verbo latino "e-ducere", que significa sacar afuera desde el interior, pero seguramente su origen está en e-ducare, que implica cuidar, alimentar, nutrir, instruir.

Opina que se trata de dos enfoques de una misma realidad: con el e-ducere, nos fijamos más en despertar virtualidades interiores para llevarlas a su plenitud, y el e-ducare, subraya los estímulos, ayudas y complementos para que se logre ese desarrollo. Se trata de llevar un ser a su perfección (per-fectio) que esté acabado.

La educación tiene dos sentidos fundamentales: la ayuda del educador en el caso de la "heteroeducación" o el esfuerzo del propio sujeto, "autoeducación". Define así la educación:

Esta convergencia de los teóricos de la educación nos muestra una realidad, un hecho, en que se apoya nuestra idea de educación. Concretando ésta en una "definición descriptiva" podríamos decir que educación es: a) el desarrollo o desenvolvimiento del ser humano imperfecto, b) intencionalmente dirigido, c) a realizar el ideal de perfección humana lo mejor posible. (p. 9-10)

Se trata pues de un cambio, de un desarrollo positivo, de otra manera, hablaríamos de involución o de destrucción. Estas transformaciones deben integrarse en el propio ser para potenciarlo, no para destruirlo, ni desnaturalizarlo o anularlo. La educación es una tarea esencialmente personal, que está hecha por personas, dirigida a personas y para que tengan un mayor nivel de personalización.

La educación parte del ser humano que es imperfecto, pero que es perfectible y pretende desarrollar sus mejores posibilidades. Toda la vida nos da oportunidades de superarnos, de perfeccionarnos, de educarnos, de ahí la educación permanente que es un ideal contemporáneo.

Este proceso debe ser dirigido intencionalmente, es decir, ser conocido y querido no como un proceso biológico. El niño crece espontáneamente, pero tiene que aprender muchas cosas por la intención de los padres, educadores o él mismo, que quiere descubrir el mundo.

La educación es el fruto de una actividad intencionada, o consciente. (p. 14)

En la educación, el educador, el educando o ambos, se dan cuenta de lo que hacen y en cierto modo de cómo y por qué lo hacen.

Toda educación se funda en una concepción del hombre. Tenemos que saber lo que es, y lo que puede llegar a ser, lo que debe ser, lo que es mejor que sea.

El sujeto de la educación.

Toda teoría de la educación supone una filosofía de la educación y esta a su vez una antropología filosófica de la educación. Primero hay que aclarar lo que el hombre es para ver como hay que educarlo, como hay que perfeccionarlo. La pregunta por el hombre ha sido recurrente: ¿qué soy?, ¿qué sentido tengo?, ¿qué puedo hacer?, ¿qué debo hacer?, son temas permanentes de la filosofía y presupuestos de toda educación, que tiene al menos implícita una imagen del hombre.

Esa realidad profunda que buscamos es la interioridad, sólo el hombre es un ser que se autoconoce, se autoposee, se dirige desde sí mismo. Es autónomo, tiene una serie de experiencias articuladas en torno al yo, y ese yo es no sólo el sujeto lógico de toda afirmación: yo conozco, yo siento, yo digo... sino además un ser existente, real.

A nosotros nos ha parecido encontrar esta realidad más profunda y última del hombre, de la cual se originan todas las demás características, mediante la reflexión que hacemos hacia el interior de nuestro ser, por la cual se nos aparece algo así como el fondo de nuestra realidad. En esta reflexión, o acto de interiorización por el que no damos cuenta de nosotros mismos, descubrimos un "centro interior" en nosotros, desde el cual decimos "yo". Ese "centro interior" es el punto central de nuestro ser, desde el cual vivo toda mi vida individual, en el cual yo me siento yo, y desde el cual yo actúo, al cual atribuyo todo cuanto hago, en el cual me siento alegre o pesaroso, desde el cual conozco y me doy cuenta de las cosas de afuera y de lo que a mí mismo me sucede, y aun de mí mismo. Ese punto o centro interior parece como la fuente inagotable de mi actividad y adonde refiero todas mis experiencias para evaluarlas, asimilarlas y utilizarlas. Sólo ahí yo soy yo; todo lo demás no es sino "mío"; mi razón, mi libertad, mi moral, mi religión, mi felicidad o desgracia. (p. 29-30)

El resto de nuestras propiedades, de lo que hacemos, brota de ese núcleo interior, de eso que llamamos in-sistencia, es decir, de un ser que se sostiene en sí mismo, que es sí mismo, que es autónomo, que se da cuenta de sí mismo, que tiene conciencia. Y por ello tiene inteligencia y razón, voluntad y libertad, sentimiento y amor, y tiene conciencia del mundo, de los otros, de la sociedad, de Dios, siquiera sea intuido confusamente como algo absoluto, que nos transciende. Y a la vez, es el que fundamenta el arte y la técnica, la sociedad y la política, la moral y la religión. Todo está relacionado con ese centro interior sin el cual carece de sentido lo restante. Ese foco iluminador de todo nuestro ser y acción es la condición misma y el fundamento de la educación. Pero este centro interior no está aislado, no nos lleva a un narcicismo que nos separe y nos aísle, sino que está enraizado a través de nuestro cuerpo en el mundo circundante, establecemos una relación directa con el prójimo, con otros en-sí como nosotros, con los que mantenemos una necesaria e inevitable comunicación, a veces conflictiva, a veces amorosa. En cualquier caso hay que contar con ellos. También hay un impulso hacia el Absoluto que trasciende toda nuestra limitación, toda nuestra insuficiencia. Es como una llamada oculta a superarnos y a buscar un refugio a nuestra contingencia radical. Nuestro vacío, nuestra limitación demanda un fundamento último, Absoluto.

In-sistencia, ser, deber y saber.

Hemos alcanzado lo más evidente, lo más inmediato, aquello de lo que no podemos dudar, el "arché" o principio originario, esta subjetividad interior que está en contacto con el universo con el prójimo y con Dios. Y este fundamento, este yo, existe, no es una mera imaginación, tenemos un contacto experimental directo. Es un principio gnoseológico, es lo más evidente. En cualquier afirmación, siempre está presupuesto el yo: yo conozco, yo siento, yo dudo. En él tenemos una experiencia de ser, de existencia, de realidad.

Pero también hay una experiencia del "deber", sentimos que tenemos que superarnos, que cumplir leyes, que adaptarnos a un orden que nos trasciende, que nos supera.

Sin duda de la misma forma en que tengo en mí la experiencia del Ser, llevo también en mi la urgencia del Deber." Este brota de la relación con el prójimo, y con el Absoluto. Y esta relación no es arbitraria, pues tengo que manejar las cosas y los demás entes de acuerdo a su naturaleza. Yo no puedo utilizar el agua para quemar, ni el fuego para mojar, y lo mismo ocurre con el resto de los entes como yo. A las personas debo tratarlas según su dignidad de persona "hay un orden de relaciones humanas, que me viene dado por la naturaleza misma, que yo no creo, sino que descubro y que siento la obligación de asumir." (p. 43)

Esta obligación que no depende de mí, que se me impone de un modo categórico, absoluto, incondicionado, reclama también un fundamento absoluto, un principio que pueda justificar el que se me impone un orden que yo debo respetar.

Yo siento en mi interior, como un mandato íntimo de Dios, la orden de realizarme a mí mismo. En otra palabras, en la experiencia in-sistencial siento la conciencia "del deber" de respetar el orden establecido para los seres, lo mismo que el de mi propio ser. Ésta es la conciencia del "deber moral" fundamental: admitir o no admitir ese orden de los seres establecidos por Dios, el cual condiciona mi realización o mi negación, el ser o no ser yo mismo. (p. 44)

Naturalmente que yo puedo violentar, violar, romper, desatender, ese orden moral pero tengo que atenerme a las consecuencias.

En conclusión, podemos decir que la experiencia in-sistencial no sólo nos revela la esencia del hombre y su verdadero encuentro con el mundo, el prójimo y Dios, sino que es también el descubrimiento primero del deber moral. (p. 46)

El primer precepto que tengo que tener presente es el "conócete a ti mismo" de Sócrates. Todas las disciplinas sean del mundo material o del mundo humano, de la física a la historia, en el fondo no hacen sino aclarar la experiencia radical, de mi propio ser relacionado con el mundo, con los demás y con el Absoluto.

De esta manera, todas las ciencias pueden considerarse "una sola ciencia". No es extraño que a medida que el sabio es más sabio, tenga más conciencia de la unidad del saber humano y que los científicos y filósofos nos hablen de la unidad cósmica y de la necesidad de llegar a esa visión superior o "conciencia de la unidad cósmica". (p. 48)

El principio metafísico que orienta todo el proceso de educación es la experiencia del hombre, experiencia del ser, del deber y del saber, en el aspecto ontológico, lógico y ético.

La educación no puede perderse en infinitas materias, conocimientos crecientes que nos desbordan:

Al educando hay que ayudarle a que tome conciencia de este principio originario de toda su formación, es su esencia de ser en sí, abierto a su circunstancia de ser en el mundo, con el prójimo y con Dios. Ahí está su razón de ser y su modo auténtico de ser. (p. 51)

Frente al saber enciclopédico, a la acumulación de materias, a ese desbordamiento de informaciones, hay que alcanzar una articulación unitaria, de otra manera se crea un caos en la mente.

A éste, desde el jardín de infantes hasta la universidad, y aun en el resto de su vida, hay que tratar de presentarle esta visión unitaria de las diversas materias, en la forma en que vaya siendo capaz de captarla, para integrar la multiplicidad de materias en lo que en realidad son: aspectos de un saber, aclaración de una y de la misma experiencia humana, "su" experiencia humana, ya que él es el primero en deber estar interesado por aclararse a sí mismo. (p. 52)

Se trata de avanzar cíclicamente para ir profundizando la experiencia humana, para ubicarse en sí y ante el mundo, la materia, la vida, el espíritu y lo trascendente. Todo articulado en el principio metafísico orientador de la educación: la in-sistencia.

La persona humana.

Persona es el rasgo característico del ente humano. Desde la Declaración de los Derechos Humanos al Concilio Vaticano II, todos defienden la persona humana con su derechos inalienables. El orden social debe servir a la persona. El término "persona" viene de las máscara que se ponían los personajes en el teatro, era lo que les caracterizaba y también porque a través de la máscara resonaba "personare", y le daba un eco, una resonancia, a lo que cada cual era y decía. Fue Boecio el que definió a la persona como "sustancia individual de naturaleza racional", en el capítulo tres de su obra De persona et duabus naturis.

Hay una personalidad "esencial", es aquello que distingue al hombre, a la persona de todo otro tipo de seres, es lo que tienen de común todos lo hombres, todos son personas, son unidad ontológica perfecta de carácter racional, por ello todos tienen los mismos derechos y deberes en cuanto personas. Educar al hombre como persona implica desarrollarlo para que sea una personalidad, una persona lograda.

Frente a esta personalidad esencial nos encontramos con la personalidad "diferencial", es el modo de ser de cada individuo, de cada persona, distinta de todas los demás, con sus rasgos particulares. Cuando se habla de educación personalizada se refiere a que debe adaptarse a las condiciones diferenciales de cada sujeto. Todos somos iguales en cuanto a la personalidad esencial, somos personas con la misma dignidad y somos distintos en la personalidad "diferencial". Todavía distingue Quiles la personalidad "circunstancial", es la que corresponde a su papel social y así uno es un profesional, un padre de familia, un político. La personalidad diferencial se basa en la esencial y en ambas la circunstancial. El ambiente, el marco social histórico o las actividades que ejerce determinan la personalidad circunstancial.

Como veremos, este hecho de experiencia nos sirve de principio iluminador para toda nuestra filosofía de la educación personalista. (p. 68)

El ideal de este ser en sí, de esta unidad ontológica está en la auto-conciencia, el auto-control y la auto-decisión. Son tres términos que repetirá constantemente Quiles y que articulan toda su filosofía de la educación. Pues entraña la afirmación de sí, su autoubicación en el universo para actuar desde sí mismo, lo cual implica la voluntad, el querer y la libertad.

Todo, en educación, ha de presuponer la conciencia del ser-en-sí óntico; y todo ha de tender a promoverlo y desarrollarlo, para ser más sí mismo, más autoconciencia, más unidad, más persona, más ser. (p. 68)

El grado más perfecto de la relación con otros centros interiores, con las otras personas, es el amor.

La persona humana tiene de característico que está encarnada, está unida a un cuerpo material, y además por su contingencia es limitada y dependiente del ser Absoluto. Por estar unida a un cuerpo material tiene vida vegetativa, sensitiva, emotiva, estética, es un ente social y está relacionado con el cosmos.

La educación debe contribuir a que estas estructuras se desarrollen armónicamente según el ser propio de la persona humana. (p. 72)

La educación tiene que contribuir al despliegue del ser humano, para que estas facultades actúen correctamente y para esto hay que ayudar a crear los hábitos adecuados.

Quiles nos manifiesta el origen de su expresión, educación personalista, por una parte le ha impresionado el libro de Víctor García Hoz, La educación personalizada, publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1970:

No podemos más que admirar la obra pedagógica del prof. Víctor García Hoz, y en particular este libro en que ofrece un rico material de ideas y técnicas para la educación personalizada. Ha sido y seguirá siendo muy útil a los educadores. (p. 76)

La idea fundamental de García Hoz es que la educación debe adaptarse a las condiciones individuales de cada cual, a su personalidad diferencial, pues cada uno es diferente de los demás. Por eso al individuo se le incita a formular su proyecto de vida personal, diferencial, se trata de enseñar a cada alumno conforme a sus características personales. Planchard denominó individualización pedagógica a lo que García Hoz llama educación personalizada, en cuanto que la educación hay que adaptarla a la personalidad individual de cada educando.

El término Pedagogía Personalista ha sido utilizado por María del Pilar Gil Rodríguez, en su obra La relación maestro-alumno (hacia una educación renovadora). Madrid, BAC, 1977. Aquí el término personalista está referido a la esencia del hombre como tal, por eso habla de un humanismo personalista, lo importante es que los profesores y alumnos actúen y se realicen como personas. W. Arnold en su obra Persona, carácter y personalidad emplea el término personalista para referirse en general al hombre como persona, sin aludir a este hombre concreto, singular que cada uno es. Con estas fuentes de inspiración y arrancando de su propia filosofía, Quiles formula su posición y sitúa su educación personalista.

Aunque consideramos indispensable la educación de la "personalidad diferencial", creemos que el primer acento debe ponerse en la formación de la "personalidad esencial", sin la cual la diferencial o individual, no llega a explicitar el fundamento "último" de la esencia del hombre y de su educación. La primera inquietud del educador debe ser el adecuado desarrollo de la esencia del hombre como tal, igual en todos. La "dignidad de la persona humana", principio cristiano tan claramente reafirmado por el Concilio Vaticano II, es la misma en todos los hombres, aunque tengan individualidades, personalidades o situaciones distintas. Simplemente son "personas humanas". Tienen la personalidad esencial y ésta es la base de su dignidad y del respeto que merecen. (p. 78)

Su objetivo no es estudiar lo que diferencia a unas personas de otras, sino lo que tienen de común, lo esencial de cada persona.

Los sujetos de la Educación Personalista.

Educador y educando tiene de común que son personas y que la tarea que les vincula, la educación, tiene como fin una profundización, un despliegue, una mejor realización de la personalidad.

El sujeto que recibe la educación, el educando, lo es en cuanto persona. Sólo el hombre es capaz de educación, puede educarse porque es persona, porque actúa desde sí misma, es un foco de acción, de gestión personal. La educación consiste en desarrollar las potencialidades del hombre de un modo intencional. Cuando se perfecciona sin darse cuenta, de un modo biológico, como el animal, no estamos ante la educación, sino ante un puro despliegue natural, como la planta que crece. En el animal cabe el entrenamiento, el adiestramiento, la domesticación, pero no la educación, porque el animal no tiene esa intencionalidad, no aspira a superarse, no es como el hombre que tiene un centro interior y obra de una manera libre y responsable.

Educador y educando coinciden en el afán de contribuir al propio despliegue, a un aprendizaje valioso, superador. La educación es posible porque el hombre es una persona imperfecta, inacabada, perfectible. Lo es en cuanto persona, pero lo es también en cuanto que el niño está en una situación de minusvalía, tiene que aprender a vivir, a conocer su entorno, a actuar de un modo adecuado, a llevar una vida humana, a desplegar sus mejores posibilidades. Necesita que le ayuden, que el educador contribuya con él a este avance perfectivo. El educando es una persona imperfecta que puede mejorar. Esta capacidad de ser educado es lo que se llama la "educabilidad", característica típicamente humana. La educabilidad es una exigencia óntica porque nacemos desvalidos. El animal viene pertrechado con instintos que le resuelven sus problemas vitales, no así el hombre, pero este siente el impulso a aprender cuanto necesita para ser, para sobrevivir, para ser él mismo, desarrollar las potencialidades latentes. La educabilidad es una exigencia óntica, es un impulso hacia el desarrollo de las capacidades de conocer y actuar, de aprovechar cuanto nos rodea, de relacionarnos con los demás. Pero además es un imperativo moral, responde a la insatisfacción de nuestro ser, al impulso de ser más, a un mandato interior, porque el hombre es un proyecto permanente de autodesarrollo que le impulsa siempre hacia adelante.

Concluyamos, pues, que la educabilidad es a la vez en el hombre, por ser una persona imperfecta pero perfectible, una exigencia óntica y una exigencia moral. Un derecho y un deber*.

* "Es preciso, además, hacer todo lo posible para que cada cual adquiera conciencia del derecho que tiene a la cultura y del deber que sobre él pesa de cultivarse a sí mismo y de ayudar a los demás" (C. Vaticano II, Gaudium et Spes, P. ii, c. 2, nº 60).

Los dos grandes documentos del Vaticano II "Sobre la libertad religiosa" (Dignitatis Humanae), sobre la educación (Gravissimum Educationis), repiten con frecuencia este derecho del hombre a la educación por tener la "dignidad de persona". Citemos sólo algunos textos: "Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, por poseer la dignidad de persona, tienen derecho inalienable a una educación que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, y acomodada a la cultura y a las tradiciones patrias" (Gravissimum Educationis, 1).

"Por razón de su dignidad, todos los hombres, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad personal, son impulsados por su propia naturaleza a buscar la verdad, y además tienen la obligación moral de buscarla, sobre todo la que se refiere a la religión" (Dignitatis Humanae, 2).

"...que se reconozca en todas partes y se haga efectivo el derecho de todos a la cultura, exigido por la dignidad de la persona, sin distinción de raza, sexo, nacionalidad, religión o condición social" (Gaudium et Spes, P. II, c. 2, nº 60). (p. 88).

De ahí brota el derecho a la educación, pues si hay una exigencia óntica de educabilidad, un impulso preconsciente, en la vida consciente se convierte en un imperativo ético, es un deber y, a la vez, implica el derecho de cuanto se necesite para esta educación.

Toda persona tiene la necesidad y la capacidad de educarse.

Es una "ley del "ser", que todas las personas descubrimos en nuestra experiencia esencial, es decir, la "in-sistencia", al concentrarnos en nuestro propio centro interior y encontrarnos con el ser, con el mundo, con el prójimo, y con Dios. Descubrimos un orden del ser, un orden cósmico y trascendente de las cosas y de las personas, cuya presencia se nos impone como condición de nuestra propia realización y como mandato supremo del Principio absoluto del Ser, Dios.

He aquí la "esencia de la educabilidad" que se deduce de la "esencia de la persona". He aquí la razón y la base óntica y moral del primer principio de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos.

En síntesis, el derecho de toda persona humana a la educación tiene su base en ser: 1) persona, 2) humana, 3) imperfecta, 4) pero perfectible, y 5) con exigencia óntica y moral de perfeccionarse. (p. 90)

El deber de la educación que responde a esta exigencia óntica y moral de nuestro propio ser de perfeccionarse, implica el deber de otras personas de contribuir a la educación. Este deber de educarse no se refiere sólo al niño o al joven, pues siempre somos imperfectos y perfectibles o, si se quiere, siempre necesitamos aprender para resolver incesantes problemas vitales y más en una época de cambios profundos en donde no cabe quedarse con los aprendizajes pretéritos para responder a los nuevos desafíos. Los conocimientos crecen en progresión geométrica, los valores, las nuevas situaciones, todo nos sitúa en la necesidad y a veces la urgencia de nuevos aprendizajes que nos permitan ser los dueños de nuestra situación. Esto implica la educación permanente.

El educador es quien coopera a ese desarrollo de los demás. Todos somos educadores; lo son, no sólo los padres o los maestros sino los hermanos, los compañeros, los vecinos. Todos procuran ayudar, señalar los riesgos, indicar las conductas más adecuadas. Y esta dimensión de educador, es también una exigencia óntica. Sentimos un impulso de comunicar a los demás lo que somos, nuestros conocimientos, nuestras habilidades, necesitamos relacionarnos con las otras personas, defender aquello de lo que estamos más seguros. Hay una experiencia intersubjetiva de encuentro, de relación con otros, de comunidad, de comunicar nuestras vivencias, de cooperar con los otros a resolver sus problemas. Todos somos educadores y esto se funda en la comunidad de ser, de naturaleza, de condición, de destino. Por eso sentimos, no solo un impulso preconsciente, sino una clara obligación de ayudar a los demás, de enseñar en lo que puede serles útil, de participar en su desarrollo, de orientarles. Estamos en el mismo barco y hemos de ser solidarios de la misma travesía. Nuestro ser, nuestras circunstancias cósmicas, históricas, materiales y sociales, no las hemos elegido, estamos juntos, embarcados en la misma empresa y ante el otro nos sentimos responsables de su vida en riesgo, de sus necesidades últimas, de ayudarles a que puedan resolver sus problemas. El educador es una persona humana y siente la exigencia moral, la obligación sagrada de contribuir a que los otros superen sus problemas y sean "ellos mismos".

Concluyamos, pues, que todo hombre, por ser persona humana, es, por su esencia, educando y educador, no sólo por una exigencia óntica, sino, por lo que es mucho más personalista, por una exigencia moral, responsable, autoconsciente de sí. (p. 96-97)

La familia, el Estado y la Iglesia.

La familia es la primera agencia educadora. El hogar es la inicial escuela. El recién nacido necesita la ayuda para vivir, para pervivir y es la familia la que se lo presta, la que tiene recursos, la que está más dotada. El impulso de los padres a cuidar del recién nacido, puede llegar hasta lo heroico. La familia tiene el deber de educar al hijo, de llevarlo a su plenitud pues lo ha traído a este mundo. El instinto maternal de cuidarlo, alimentarlo, defenderlo, aparece hasta en los seres irracionales. Los padres son, además, los que están más capacitados para educarlos, para promoverlos a una vida mejor. Pero ese derecho, a su vez, funda el deber, la responsabilidad, la obligación de educarlos. El derecho o el deber personal del niño, no puede ser asumido por él mismo. No tiene suficiente grado de autoconciencia, autocontrol y autodecisión y, son los padres los que detentan este derecho hasta que el sujeto sea capaz de auto dirigirse; por eso es a ellos a quienes se entrega la responsabilidad de elegir la educación que tiene que recibir sus hijos. Esto aparece en la Declaración de los Derechos Humanos, y en los textos del Concilio Vaticano, referidos a la educación.

Derecho inalienable. En fin, es un derecho al que los padres no pueden renunciar, y por eso se llama "inalienable": no pueden los padres desentenderse de él. Es un derecho exclusivo de ellos, fundado en un deber y, por tanto, irrenunciable. Así como la persona no puede renunciar al derecho a la vida, porque tiene el deber de conservarla y cuidarla; no puede renunciar al derecho a una educación integral, porque la educación es para ella una exigencia óntica y moral; de la misma manera los padres no pueden renunciar al derecho de cuidar de la educación de los hijos, por cuanto mientras éstos no lo puedan hacer por sí mismos, son ellos los que la naturaleza ha puesto como sustitutos de la personalidad de los hijos. (p. 104)

Pero los padres no poseen todos los conocimientos que el niño necesitará en su vida para insertarse eficazmente en sociedad y para que sea él mismo, no dominan todos los saberes, ni todas las técnicas pedagógicas, por ello tienen que delegar esta función primordial en la sociedad. La escuela recibe esta delegación, pero esto no implica una renuncia total de los padres a la educación. De tal modo este derecho corresponde a los padres, que la Iglesia Católica, ha mantenido y respetado siempre que los padres elijan la educación religiosa o moral que prefieren para sus hijos. Por ejemplo, no se puede bautizar a los niños sin el consentimiento de los padres. El derecho a que elijan libremente el tipo de escuelas que responda a la educación que desean para sus hijos, aparece claramente en el texto del Concilio Vaticano II, en Gravissimum Educationis nº 3.

Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y, por tanto, hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia, que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educaión integral personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan. (p. 105)

El Estado también tiene una función educadora. Ha de llevar la sociedad civil hacia el cumplimiento, en el plano educativo, de cuanto no pueden realizar los padres. Por ello debe promover la educación de todos los miembros de la sociedad, tutelar los derechos y cumplir la función subsidiaria de suplir las necesidades que no puedan ser cumplidas por la sociedad civil. El Estado tiene que respetar los derechos de individuos y grupos a la libre elección del tipo de educación, garantizando que la persona sea educada. El principio aceptado, excepto en los países totalitarios, es el de la subsidiariedad del Estado, es decir, de suplir todo cuanto haga falta para esa completa atención al sujeto, para su personal despliegue, para su máxima realización. En lo que no hace falta el Estado, lógicamente, no debe intervenir. En los actos que el individuo realiza bien por su cuenta no interviene el Estado, sino en aquello que no se puede cumplir sin su intervención. Por eso el Estado debe de tener la iniciativa de crear, de promover y de controlar las instituciones educativas (p. 109).

El Estado debe estimular la iniciativa privada y debe crear todas las instituciones que hagan falta, para que todo sujeto encuentre debida respuesta, apoyo, a su derecho a la educación. Se reserva, lógicamente, crear aquellas instituciones que están unidas a su especial responsabilidad, como puedan ser, las escuelas del ejército o diplomáticas. Recientemente, se han ido creando organismos internacionales, especialmente la UNESCO, a nivel estrictamente mundial y, siempre aparece su función subsidiaria, es decir, para resolver los problemas que cada uno de los países no cumpliría, o no adecuadamente. Este principio aparece claramente formulado en el art. 126 del Tratado de la Unión Europea, referido a la educación.

La Iglesia, en este caso nos referimos a la Iglesia Católica, por corresponder a la mayoría de la población de los países hispanoamericanos, a los que va dirigida esta obra, es, por una parte, una sociedad humana natural, es decir, constituida libremente por los hombres y, por otra, una sociedad divina, sobrenatural, en cuanto instituida, creada por Jesucristo. Como sociedad natural humana, tiene derecho, como las demás asociaciones que no atenten contra el bien público, a la libertad de asociación, de religión, libertad de educación de sus miembros. De hecho, ha estado ejerciendo esta función desde siempre. Recuérdense las escuelas monacales, medievales, las universidades, que han sido creaciones pontificias hasta el S. XVIII, y las numerosas instituciones docentes extendidas por todo el mundo. Pero, además, también, tiene derecho, no sólo a la enseñanza religiosa, sino a la del resto de la formación, por su estrecha vinculación con ella y por su derecho histórico, puesto que tradicionalmente ha atendido a ese flanco desguarnecido y, en muchas ocasiones, mejor que la autoridad civil.

Pero, además, la Iglesia es educadora, porque cumple una función sobrenatural que le encargó Jesucristo "id y enseñad a todas las gentes y bautizad...".

Lógicamente, este derecho, especial a la enseñanza de la Iglesia en el plano sobrenatural, es aceptado por aquellos estados y gobernantes que le reconocen este carácter. Pero en los que no se le reconoce, en todo caso, es como el derecho de cualquiera a promover la enseñanza como una libertad fundamental para el ejercicio de aquellos bienes, en este caso religiosos, que promueven.

En realidad, lo que estrictamente necesita la Iglesia Católica (tanto en los Estados de mayoría católica como en los que sólo haya una pequeña minoría, o aun en los Estados no cristianos) es que se le reconozca ese derecho natural, propio de toda sociedad formada por hombres, para buscar la verdad y para exponerla según su leal saber y entender. Cuando a la Iglesia se le respeta esta libertad fundamental, puede ya desenvolverse por sí misma, por cuanto es ella una sociedad formada por Cristo, con sus propios recursos doctrinales, y no necesita de un apoyo especial del Estado, ni aun del mismo Estado católico, para poder cumplir plenamente su misión. (p. 117)

Analiza el principio de la libertad de enseñanza, fundado en la exigencia óntica y en la ética, de aprender y enseñar, que se hace manifiesto tanto en el educando como en el educador.

El principio de libertad integral de educación, que puede también llamárselo principio de libertad integral cultural, lo hemos formulado de la siguiente manera:

"todo hombre tiene derecho a un acceso libre a la verdad, comprobada por sí mismo, a aprender y a enseñar según aquellos métodos que crea más aptos para ello, sin más limitación que la que exige el respeto a un orden público básico y a la moral fundamental".

El conocer es una función estrictamente personal. Pueden ayudar la instrucción y el ambiente social, pero es cada persona quien conoce desde sí o no conoce. Si admite algo sólo porque desde afuera se lo imponen, actúa contra su propia esencia de conocer desde sí. Lo cual equivale a decir que cada uno busca y conoce la verdad por sí mismo.(p. 118)

Este derecho se funda en que el hombre es un ser subsistente, un centro interior, un eje ontológico y dinámico, que actúa en sí mismo y desde sí, y en todo cuanto pueda realizar, no debe ser sustituido por otra persona o grupo social. El derecho de toda persona a la educación, se fundamenta en su estructura óntica de persona, como ser en sí y que debe responder a su tendencia hacia la verdad y a su impulso a transmitirla. Este derecho al acceso a la verdad, implica el de elegir el sistema de aprender, el método y en definitiva, la libertad optar por el centro de enseñanza. Lógicamente, dentro del orden que mantenga la dignidad de la persona humana y el bien común, el orden público y la moral pública, sin el cual no cabe la convivencia humana. Pero es limitación ilegítima cuando el Estado quiere establecer un monopolio, total y exclusivo y ordenar los contenidos, la orientación y los programas. Esto es imponer desde fuera a la persona su propia formación, es decir, su desarrollo más íntimo, esto es, enajenarla y hacer que deje de ser ella misma.

El fin de la Educación: la personalización.

La educación se propone fines valiosos. El proceso educativo es el camino para alcanzar esa meta del mejor modo posible.

Todo ser racional, cuando actúa de un modo consciente, es decir, como tal, se propone un objetivo, un fin en su acción y es aquello que necesita, que le perfecciona, que le desarrolla. El ideal siempre responde a nuestras necesidades y cuanto más profundas, más típicamente humano, más educativo. Lograr los objetivos, alcanzar cuanto responde a nuestras aspiraciones, es lo que nos hace sentirnos satisfechos, felices.

La educación esencial debe procurar la personalización esencial.

La realización concreta de este ideal es la mayor personalización; este es el punto clave de toda la educación. Lo importante es lo que ayude a ser cada uno sí mismo, más persona, con mayor autoconciencia, autocontrol y autodecisión. La autoconciencia por la cual, cada cual, se da cuenta de sí mismo, se afirma a sí mismo, es lo más opuesto al inconsciente, al distraído, al ignorante de sí mismo o de cuanto le rodea. Esto implica un hábito cuidadoso de atención, de lúcida vigilancia, de formar a los educandos en la autoconciencia, para que se den cuenta de sí mismos, estén en sí mismos, que sean conscientemente ellos mismos. Lógicamente, este método socrático de despertar la conciencia hay que aplicarlo progresivamente y según la capacidad de la persona. El autocontrol implica tomar posesión de sí mismo y dirigir, como el capitán de la nave desde el puesto de mando, todo el cúmulo de instintos, de tendencias, de hábitos, de requerimientos, con los que nos enfrentemos como a un verdadero vendaval. Se trata, sencillamente, de que cada cual sea dueño de sí mismo y actúe desde sí.

Autocontrol. El estar en sí por la autoconciencia es una especie de toma de posesión de sí mismo. Uno se instala en su propio ser, se da cuenta de que es un centro interior, de sus impulsos y posibilidades, y de un conjunto de energías que surgen del fondo de su ser y de las cuales se siente responsable. Experimenta que éstas le pertenecen y que depende de él actuar en un sentido u otro. De ahí la tendencia óntica a tomar las riendas de sus propias energías, lo que equivale a tomar las riendas de su propio ser. Autoconciencia implica inmediatamente el autocontrol. Por el autocontrol uno es verdaderamente "dueño" de sí mismo, lo cual es lo más opuesto a la esencia de la persona que ésta tenga la posibilidad de controlar sus propias energías, a fin de que se encaucen dentro de las características de la persona, que es actuar "desde-sí". Sin autocontrol las energías brotan y actúan en forma ciega e irresponsable, sin el sello del "sí-mismo", lo cual es lo más opuesto a la esencia de la persona, que debe actuar desde sí, con "autenticidad". (p. 139-40)

La autodecisión implica no estar a merced del oleaje exterior, no estar enajenados, dirigidos por otras fuerzas, sino actuar como el piloto conduce a la nave. Esto enriquece nuestro propio ser, nos personaliza.

El sujeto, no es nunca una torre de marfil, un castillo cerrado a cal y canto, sino un impulso a salir de mí sin dejar de estar en sí, Es una tendencia a la comunicación, a no cerrarme, porque el hombre no se basta a sí mismo, es insuficiente, de ahí, este impulso a ser más, me lleva a relacionarme con lo demás y los demás.

El amor es la inclinación radical a comunicarme con los demás. Es siempre un misterio ontológico como lo son en el fondo los otros. Recordemos a San Juan en la primera epístola, cap. IV, donde define a Dios como el Amor. Una educación que no forme para el amor, priva a la persona humana de una dimensión radical.

La educación que no tiene como fin formar en el amor, priva al educando del aspecto de la vida humana que más puede realizarlo como persona. Lo priva de la dedicación, sensibilidad, alegría y simpatía que es el amor. (p. 143)

Pero además, para que la persona se autorrealice y sea consciente plenamente, no ignorante de sí mismo, tiene que reconocer su radical contingencia, su insuficiencia para mantenerse en el ser, su riesgo en cualquier momento de no ser y, a la vez, siente la llamada de ser siempre, de ser más, de no ser aniquilado. Esto sólo tiene una respuesta en el ser Absoluto, trascendente, el único que da razón y sentido de todo ser contingente.

Es la estructura óntica de la persona contingente, la que desde sí se halla abierta al Absoluto. (p. 143)

La educación implica, en primer lugar, dirigirse a las facultades esenciales del hombre, su inteligencia y su voluntad, de ahí que sean un objetivo esencial de la educación. El hombre, por ser persona, es inteligente y libre, y al personalizarse, tiene que desplegar su inteligencia y dominar desde su libertad. Por eso la raíz primera de la educación, consiste en concentrar la inteligencia sobre aquello que debe ser advertido, conocido, y esto se traduce en la "atención". En la educación se polariza la atención hacia los objetos que permiten un aprendizaje en profundidad. La inteligencia tiende al ser, se orienta a conocerlo, a la verdad. La voluntad se dirige al bien. Verdad y bien son el pan del espíritu y, por encima de cualquier escepticismo, son la base de nuestros juicios y de nuestra acción.

Tal vez uno de los más interesantes resultados del análisis de la esencia de la personalización como autoconciencia, autocontrol y autodecisión, sea la coincidencia de que en ellos están incluidas las dos facultades esenciales del hombre, la inteligencia y la voluntad, cuyo correcto desarrollo entra así en el fin de la educación esencial. (p. 145)

La persona es siempre in-sistencia, es ente subsistente, inteligente. Y busca la satisfacción, la tranquilidad, la paz, conseguir lo que necesita su ser para autorrealizarse y alcanzar la plenitud. Este es el fin esencial de la educación, la personalización.

Junto a este fin esencial, está el fin integral de la educación, que se puede comprender viendo el conjunto de las estructuras que constituyen mi ser y sin las cuales no soy yo mismo. Y así, mi cuerpo es una parte de mi ser y su propia perfección, su buen funcionamiento, es también constitutivo de la educación; de ahí, la educación física. Pero además hay que tener en cuenta las partes integrales, cuya mutilación corporal o espiritual, implica una desnaturalización, una desintegración de la personalidad, ya sea que me falle un brazo o la memoria. Aparecen, además, unas estructuras complementarias o accidentales que son todas las habilidades que yo necesito para desarrollarme adecuadamente en sociedad.

Pero, la persona humana, por estar encarnada en un mundo material, en el cual, además, está rodeada de otras personas encarnadas, posee estructuras y las correspondientes facultades propias necesarias para realizarse en su situación o circunstancia propia de un ser corporal e inteligente: el mundo material y la sociedad. (p. 150)

Por nuestra condición de ser encarnado, de alma y cuerpo, tenemos lo que llamamos estructuras complementarias. Lo cual no significa que carezcan de importancia, las designamos así porque se incardinan en lo que hemos llamado la estructura esencial y la integral. Hay que tener en cuenta la estructura vital o biopsíquica, la sensitiva, con todos lo órganos imprescindibles de nuestros sentidos cuyo buen funcionamiento y ejercicio es capital, la técnica en cuanto que podemos modificar el mundo circundante, la estética que es la que nos invita a captar, a producir la belleza, la cósmica que nos inserta en el mundo material, la social que hace efectiva nuestra participación en sociedad, la temporal que nos sumerge en la historia y la trascendente en cuanto que nos hace abiertos a las realidades espirituales y a la realidad suprema, al Absoluto, a Dios.

1) Por ser in-sistencia encarnada, la persona humana se halla inserta en el cosmos.

2) Por ser in-sistencia social, la persona humana se halla inserta en la sociedad.

3) Por ser in-sistencia temporal, la persona humana se halla inserta en la historia.

4) Por ser contingente unida a la materia, se acentúa su contingencia y su necesidad de la Trascendencia. (p. 152)

Quiles enumera cada una de estas dimensiones. La integración en el cosmos o la conciencia cósmica, implica desarrollar la dimensión de que estemos insertos en el mundo material, es decir, la de desarrollar el cuerpo, la de conocer la naturaleza y sus leyes, la de poder manejarla adecuadamente. De todo esto se ocupan las ciencias naturales. Hay que conocerlas, utilizarlas para nuestro desarrollo integral "respetando la naturaleza, su equilibrio, su ambiente".

El deber; esa realidad de la naturaleza no es nuestra, no podemos usarla y manejarla a nuestro arbitrio, sino que sentimos el deber de utilizarla tanto cuanto sea conveniente para nuestro desarrollo personal, integral, manejando cada cosa según su manera de ser, respetando la naturaleza, su equilibrio, su ambiente. Como antes hemos dicho, se trata de un deber, no sólo como condición de autodesarrollo, sino porque no somos creadores ni dueños arbitrarios de ese orden del mundo que encontramos ya hecho y que Dios nos ha encomendado. (p. 153)

Dice el Génesis, que al hombre se le entregó el Paraíso para que lo trabajase y lo cuidase. No era un dueño absoluto que puede disponer de él a placer, sino para cuidarlo de acuerdo a su naturaleza y para que preste el adecuado servicio al hombre.

La conciencia social es otra de las dimensiones y, sobre todo la comunicación con las demás personas. En este ámbito han surgido una multiplicidad de disciplinas: ciencias sociales, espirituales, antropológicas, etcétera. No sólo hay que conocerlas, surge el deber de nuestra adecuada relación con las otras personas que deben ser respetadas, que debemos trabajar en común y cuidar la vida y la integridad corporal.

Sólo cuando se llega al amor al prójimo se realiza plenamente la estructura social de la persona. (p. 155)

La integración en el tiempo, la conciencia histórica, implica que somos conscientes de nuestro pasado, de nuestro presente, de alguna manera, de la línea que nos empuja hacia el futuro, y esto implica no sólo un conocer, un saber la historia, quiénes somos, sino además, nos compromete a un deber, porque no somos sólo espectadores de la historia, porque modificamos, queramos o no, el contorno físico, social e histórico y hemos de participar en la construcción de un mundo mejor, más personalista (p. 157). Tenemos que contribuir a mejorar el mundo material gracias a los adelantos técnicos, y a conservar el orden natural, con objeto de que los valores de la persona sean realizados cada vez en grado mayor.

Esa personalización no puede ignorar la aclaración de lo que somos, la explicación de nuestra contingencia, la respuesta a nuestras tendencias fundamentales, a lo Absoluto. Hay una primera trascendencia, es decir, una superación de nosotros hacia el más allá, hacia los valores espirituales y temporales y otra dirigida hacia el espíritu supremo, hacia una realidad que está más allá de las realidades deficientes, menesterosas, contingentes, hacia una trascendencia Absoluta, hacia Dios. La educación personalista tiene que contribuir a que cada cual se dé cuenta de todas sus dimensiones y, entre otras, de esa relación con el ser trascendente.

Su posición en el cosmos, su inserción en la sociedad, su comprensión de la historia y del propio destino, quedan sin sentido, mientras no se los apoye en el Principio último del Ser y del Deber, que es Dios, la Trascendencia Suprema. (p. 158-159)

Si las ciencias nos dan a conocer toda la realidad circundante, corporal y espiritual, natural y humana, también la educación tiene que cultivar la explicación última, llegar hasta los postreros fundamentos de la realidad sin miopes consideraciones que se detengan en lo próximo, lo cual es la negación del espíritu humano, que siempre está más allá de la inmediata experiencia, de lo que perciben los sentidos. Vivimos el pasado, el futuro, la remota lejanía, es decir, en la trascendencia, en una superación, en un más allá, cuya última respuesta no debe ser descuidada:

Aquí, más que en otro aspecto o etapa del proceso educativo de personalización, hay que tener en cuenta que la esencia de la persona se cumple sólo por la autoconciencia, autocontrol y autodecisión. Es la persona misma la que debe decidir su actitud frente a Dios.

a) Inteligencia: Autoconciencia de sí y de su circunstancia. Tendencia a la Verdad.

b) Voluntad: Autocontrol, autodecisión de sí y de su circunstancia. Tendencia al Bien.

c) Amor: Apertura a otros centros interiores, a otras personas, en recíproca enriquecedora comunión (tendencia a la comunicación del propio ser).

d) Trascendencia: Apertura hacia lo espiritual y en especial al Ser Absoluto. Capacidad religiosa.

Como se ve, las facultades esenciales de la persona la abren directamente al conocimiento y comunión respecto del Ser, la Verdad, el Bien y lo Bello.

Facultades integrales.

Facultades propias de la persona "como unida a un cuerpo material". Participan de la naturaleza de la materia, pero están informadas por la esencia espiritual de la persona.

Capacidad vital: Tendencia a la conservación y mejoramiento de la vida, impulso que se muestra en la misma vida sensitiva (bioquímica).

Capacidad sensitiva: Posibilidad y tendencia natural a usar y perfeccionar los sentidos.

Capacidad técnica: Tendencia a trasformar y utilizar el mundo material.

Capacidad social: Tendencia a la comunicación con las demás personas.

Capacidad estética: Tendencia a contemplar y disfrutar de lo Bello, por medio de los sentidos.

Capacidad emotiva: Sentimiento y vivencia que es posible por la unión del alma y del cuerpo, del espíritu y la materia. Se trata de una vibración de nuestro ser ante ciertas impresiones recibidas del exterior, sean de orden espiritual o físico. (p. 160-161)

Quiles, es un decidido partidario de lo que se llama la educación humanista.

La educación esencial y la educación integral constituyen la llamada educación humanista, ya que ésta se refiere al hombre como tal y éste necesita de ambas para su personalización.

Naturalmente que dentro de la educación humanista la prioridad está en la educación esencial, ya que ésta decide en su raíz, la realización del hombre, por ser el verdadero centro de la personalización: formación de la inteligencia (filosofía, teología, cultura) y de la voluntad (moral y carácter). (p. 163)

Frente al enciclopedismo, disperso, desintegrado, y al superespecialismo, él subraya el principio de la unidad de los saberes que ha sido tan destacado en la interdisciplinaridad.

Primera: que según el principio de unidad de los conocimientos humanos que hemos declarado anteriormente, toda la diversidad de las ciencias se reduce a un solo conocimiento, que es la explicación de la experiencia que el hombre tiene de sí mismo y de la circunstancia que lo rodea: el ser en-sí personal y su relación con los seres que lo rodean. Todo se reduce a la explicación de esa experiencia, que es "una" y la misma para cada persona, pero que se va esclareciendo poco a poco según la capacidad de comprensión del hombre. Éste va tomando más conciencia de sí y de su relación con el mundo en que se halla inserto. (p. 164)

Cuatro polos articulan todos los conocimientos: qué es el sí mismo, la persona, el cosmos, el prójimo y la trascendencia. Y esta formación completa e integral alcanza también al nivel universitario, donde parece que impera más el especialismo. Por ello se reclama esta formación humanística básica.

Cuando se habla de la personalidad diferencial, es capital la orientación vocacional. Incluso cuando se le capacita para una especialidad, es fundamental la permanente referencia a la educación esencial.

En cuanto al fin complementario de la educación hay que recordar que ningún hombre es capaz de abarcar todo el saber y las habilidades humanas, por lo tanto tiene que saber limitarse a aquello para lo que tiene mejores disposiciones pero, en cualquier caso, antes de estos aspectos complementarios, está la personalidad esencial y la diferencial.

El proceso de la Educación: relación entre personas.

Si la educación es personalista por sus sujetos y personalista por su fin, también debe ser personalista en su proceso o método. (p. 171)

La educación es una relación interpersonal. Hay una igualdad esencial entre educador y educando, que exige respeto, justicia y amor. En términos cristianos ambos son hijos de Dios y tienen idéntica dignidad. Todos somos profesores y alumnos, todos enseñamos y aprendemos.

Por ser ambos, educando y educador, personas, pero imperfectas, ambos son capaces de ulterior perfección, y, por lo mismo, se dice, con razón, que todos somos educandos y educadores.

Ningún educador es perfecto en su línea propia. Por eso a veces el padre aprende algo del hijo y el profesor del alumno. En ese sentido existe también una relación de igualdad en la situación educando-educador. (p. 173)

En educación se da una relación especial porque el educando tiene que adquirir conocimientos, habilidades y actitudes que el educador posee o posee en grado mayor. En este sentido, hay una relación desigual, uno es el que enseña, otro es el que aprende. El educador debe dar más y el educando debe recibir los estímulos del educador. En ese sentido concreto el alumno es menos perfecto, tiene que adquirir algo que ya posee en acto el educador, lo cual no impide que en otros muchos aspectos el profesor aprenda también del alumno. En todo caso, la educación es algo personal. Hay que destacar el papel agente del educando, es él quien debe de esforzarse, nadie puede educarse por él, es el primer responsable de su educación.

Y en esta actitud de la "atención", por ser esencial de la actividad de la persona, es "insustituible". El estudiante debe tomar conciencia de que su educación es, ante todo, un asunto suyo; que es un problema primordialmente suyo. Que si él no lo toma en serio, nadie lo puede sustituir. Ni los padres, ni los profesores, por mucho empeño que tengan. Creemos que es importante despertar esta conciencia de la actitud propia del educando en cada alumno: si tú no estudias y aprendes, no lo pueden hacer otros por ti, ni tus padres, ni tus maestros, ni tus compañeros. Saber y ser más es algo personal de cada uno: sabe o no sabe, es o no es, aunque otros sepan o sean más. Tú debes realizarte, tú mismo; autorrealizarte desde ti mismo y por ti mismo. Es la ley de tu ser, que es centro interior o "in-sistencia". (p. 175)

Pero a la vez debe especial respeto al educador por su dignidad, en cuanto colaborador de su propio desarrollo. La relación entre educando y educador, entre dos personas, no tiene otro objetivo que la personalización más acabada del educando, es decir, perfeccionar a la persona despertando al máximo su autoconciencia, su autocontrol y su autodecisión. Esta es la personalización o educación esencial, fundamento de todas las demás, de toda la formación cultural, técnica o profesional, incluso del desarrollo como tal persona. Lo fundamental es potenciar las características de la persona como tal. Por ello no debe olvidarse nunca que el educando no es cosa sino persona, no es algo, un objeto a manipular, sino una persona a desarrollar, es algo misterioso y valioso, es un centro autónomo y personal.

La relación primera es de amor porque es la lógica y natural entre dos entes iguales. Amar es querer a la persona por sí misma no por algún provecho o interés ulterior. Naturalmente que hay imperfecciones que habrá que corregir, habrá que advertir los defectos, pero siempre bajo el común denominador del amor a la persona a la que se quiere, para que sea ella misma perfecta, más lograda. El precepto evangélico "amarás al prójimo como a ti mismo" (San Marcos, capítulo 22) es la suprema ley de la relación interpersonal, el máximo ideal y el objetivo último. Por eso la primera ley es no cosificar al alumno. A las cosas se las maneja sin darles razones, se las manipula. A las personas se las comprende, se las estima, se las estimula. Si el educando no se siente valorado en lo que es, apreciado, comprendido; rechaza al educador porque no cabe relación interpersonal en esas condiciones. El educador es modelo, ejemplo ideal, algo a imitar. Quiles recuerda con admiración a sus maestros.

Cada uno puede recordar a sus "maestros" y a las enseñanzas que dejaron en su vida, no sólo por sus palabras y su sabiduría, sino más aún por su conducta, por su personalidad. Yo mismo no puedo menos de recordar el impacto que en mí producían los profesores que brillaban en algún aspecto y que sirvieron efectivamente para que yo pensara: seré así; actuaré así, ahí está un gran ideal. (p. 184)

La responsabilidad del modelo es que transmita una imagen constructiva y no destructiva, perfectiva y no desintegradora. Tiene que estimular la autoconciencia, el autocontrol y la autodecisión. Cualquiera de sus acciones que contradiga esta tríada es antieducativa. El educador abdica de su rango y su autoridad cuando pierde su propio control, cuando es incapaz de decidirse por lo mejor e iluminar el camino del educando. El educador ha de ser auténtico, transparente en sí mismo, veraz, honesto, auténtico. No puede ser hipócrita ni ocultar la verdad y tiene que irradiar serenidad, no perturbarse ni alterarse, estar en paz consigo mismo y transmitir esa paz a los demás. Una paz que no es apatía ni inercia. Es el reflejo de la serenidad interior del educador, que debe de servir de modelo a sus alumnos. Por ello no debe enojarse, estar fuera de sí, impacientarse, ni perder el control. Ha de mantener siempre la serenidad y la paz.

Puede y debe corregir y castigar con energía y con firmeza cuando sea necesario. Pero sin enojarse, sin impacientarse. Con serenidad y paz interior. El alumno admite que se le corrija y aun que se le imponga una sanción por una falta evidente. Pero no admite que se le levante la voz descontrolada, aun por el mismo profesor. Ésta es, en realidad, la ley de relación interpersonal, acorde con la esencia de la persona. Exigimos siempre que se respete nuestra esencia de centro interior, y que ni en el fondo ni en la forma se nos trate sino según nuestra esencia de ser personal.

Sin duda que una de las lecciones más profundas que dejará el profesor al alumno será la de no haber perdido nunca la paz y la serenidad interior, no haberse enojado, aun en momentos difíciles de perturbación por parte de los alumnos. (p. 187)

Ha de tener autoridad en su materia. No tiene derecho a enseñar quien no conoce algo. Además debe saber transmitir su saber. Todo esto le concede autoridad. Él tiene la responsabilidad de conducir el proceso educativo, de orientar, guiar, cuidar, crear, o mejor, que cada uno cree en sí mismo lo mejor de sí.

Esta responsabilidad y esta guía nunca puede ser despótica y autoritaria. El padre, por ejemplo, debe de tratar al hijo paternalmente. Se ha pretendido a esta relación quitarle grandeza, se demanda una relación puramente amistosa, de igualdad y se desprecia el paternalismo. Se habla de la educación como pura iniciativa del alumno, pero esto no elimina en absoluto la influencia de los que saben más, de los que pueden ser modelo.

Hay un debate entre la espontaneidad y la disciplina. La espontaneidad implica que el sujeto se desarrolla él mismo, madura en autoconciencia, autocontrol y autodecisión. Es un movimiento que va de dentro a fuera. La iniciativa le corresponde al alumno. En cambio, cuando hablamos de la disciplina del educador sobre el educando, se entiende que es la influencia de fuera a dentro, hay un heteroconciencia, heterocontrol, heterodecisión.

Los principios.

Vamos a formularlos, a fin de que se los aprecie en conjunto, y luego trataremos de aclararlos.

1. El "método esencial" de educación es el de la "espontaneidad", porque el educando es persona.

2. El "método suplementario" es el de la "disciplina", porque el educando es persona imperfecta.

3. Ambos deben "dosificarse" conforme a la realidad concreta del educando: a mayor perfección del educando, más espontaneidad; a menor perfección, más disciplina. (p. 193-194)

El método esencial es el de la espontaneidad, que debe tener primacía sobre la disciplina, puesto que la acción humana tiene que ser consciente, voluntaria, libre. La acción verdaderamente humana va de dentro a fuera, así se produce la autoconciencia, el autocontrol, y la autodecisión.

Cada cual quiere expresar lo que siente, realizarse a su modo, actuar por sí mismo, tener libertad y esto es una tendencia radical. El educando no debe sentirse sistemáticamente conducido sino ser responsable, en cuanto pueda, de su propio proceso. Cada cual debe actuar por sí mismo. La disciplina es un método supletorio, el de la espontaneidad es esencial y prioritario. El recién nacido sin duda es una persona en su estructura óntica pero es mínima su autoconciencia, autocontrol y autosuficiencia, que van creciendo progresivamente.

La disciplina, dirección desde fuera, tiene que ir cediendo a medida que la dirección desde dentro es posible y en el grado en que lo es. Así cuando el niño se escapa de manos de la madre y quiere corretear libre por una carretera por donde transitan vehículos a gran velocidad, la madre no tiene inconveniente en coaccionar su espontaneidad porque su hijo no se da cuenta de sus riesgos.

Todos en algún modo y manera necesitamos apoyo desde fuera, pero nunca podemos renunciar al impulso interior. Tenemos que ir desplegando al máximo nuestra autonomía, nuestra responsabilidad, nuestra capacidad de decisión. Es muy frecuente que en la vida atribuyamos a los demás la responsabilidad de nuestros fallos, de nuestros fracasos. Aunque el método integral es la síntesis de espontaneidad y disciplina, el esencial es la espontaneidad y el supletorio es la disciplina, que debe ir dejando paso a la espontaneidad.

Cuando hablamos de educación, y más si se refiere al sistema educativo, pensamos en seguida en la adquisición del mayor número posible de conocimientos, de todo cuanto le permita a alguien darse cuenta de sí mismo y del mundo circundante. Se insiste especialmente en la autoconciencia porque es conciencia de mí mismo y de cuanto se relaciona conmigo, de cuanto me circunda: el mundo, la sociedad y Dios.

Los "hábitos" son cualidades permanentes que nos permiten realizar los actos con facilidad y perfección. Hay hábitos cognoscitivos y prácticos. Se habla de hábitos buenos cuando concuerdan con la naturaleza del hombre, cuando se trata de algo valioso. La virtud se refiere a la propia persona, a su comportamiento, no a su habilidad concreta para realizar una tarea determinada. El hábito se adquiere por repetición de actos correctamente realizados. En los hábitos, tenemos que distinguir los mismos tres niveles de que hablábamos en la educación: los esenciales, que se refieren a la persona como tal; los integrales, requieren al ejercicio pleno y desarrollo de nuestras facultades, y los complementarios, porque se refieren a alguna actividad determinada. El primer hábito esencial es la autoconciencia, la autoconcentración, no estar perdido fuera de sí, es el hábito de pensar bien, relacionar los elementos, obtener conclusiones correctas y para ello hay que hacer un ejercicio reflexivo de hábitos de atención.

La voluntad y la libertad exigen el autocontrol. Hay hábitos que son técnicas específicas para realizar cosas y hábitos que se refieren al buen comportamiento, estos son los hábitos morales, éticos. En definitiva, los hábitos esenciales son los de autocontrol, autodecisión y autoconciencia, es decir, formar la inteligencia y la voluntad. Quiles menciona incluso del hábito del amor porque esta es la tendencia más profunda que surge de la persona. Sin el amor auténtico el hombre se siente frustrado, solo. Implica una entrega generosa a los demás sin egoísmos pero sin alienarse, sin dejar de ser sí mismo. Y es inesquivable la relación con lo Absoluto, con lo que está más allá, lo que me mantiene en el ser y que culmina en la relación amorosa de amar y sentirse amado.

Los hábitos integrales surgen de la existencia encarnada, de los sentidos, de nuestra relación con el mundo. Quiles lo expresa de esta manera.

Bastará que nombremos aquí nuevamente:

1) hábito de recto cuidado y promoción de la vida;

2) hábito de control y recto uso de los sentidos;

3) hábito de adecuada transformación y utilización del mundo material por la técnica;

4) hábito de recta inserción en la sociedad de personas encarnadas;

5) hábito de recta comprensión y vivencia de lo bello;

6) hábito de control y orientación de las emociones;

7) hábito de recta ubicación de la realidad cósmica en que ha de desarrollarse.

Deseamos aclarar que la enumeración de las facultades y hábitos integrales que acabamos de hacer no pretende ser una clasificación técnica y exhaustiva de ellos. Tal vez se pueda y deba señalar algunos nuevos, tal vez se los pueda y deba reducir, por estar en cierta manera ya supuestos uno en otro.

Sólo hemos pretendido señalar algunas líneas fundamentales que puedan servir de orientación a los educadores. (p. 208)

Los hábitos integrales se requieren para que una persona se desenvuelva con más facilidad, rapidez y perfección, debe de potenciar sus tendencias hacia la verdad, el bien y a la belleza y aún a la utilidad, exigible como persona integrada por alma y cuerpo. Los hábitos complementarios son los que capacitan para hacer tareas concretas en mi relación con el cosmos y con la sociedad. Se trata normalmente de hábitos profesionales.

La diferencia entre los hábitos esenciales e integrales y los complementarios consiste, como con facilidad se puede apreciar, en que los dos primeros son necesarios para la personalización. Los hábitos complementarios no son todos para todos los hombres, sino que son elegibles, según la inclinación personal. Ello quiere decir que no son los que hacen a la persona "buena", como tal, sino que le ofrecen un marco de actividad que le agrega más posibilidades de realizarse como persona en un campo específico buen músico, buen médico, buen técnico, etc.). (p. 210)

El riesgo de la enseñanza es caer en el enciclopedismo, en reducir la educación a multiplicar disciplinas y acumular datos. Lo importante es enlazar las materias entre sí.

Bien sabido es que nuestro sistema educativo participa en buena parte de esta falla de método, por la multiplicidad de materias de cada año escolar, y porque, sin duda, carga el acento más en la información que en la formación. Con ello aparece en lugar secundario la formación del hombre como persona, en vez de tener a la vista, ante todo, el fin esencial de la educación, que es la personalización, y, en consecuencia, no dedica la debida atención y el debido tiempo a dar al alumno los medios fundamentales de personalización, que son los hábitos esenciales e integrales que forman al hombre como persona humana.

Pero, además, el método enciclopedista tiene el grave defecto de no presentar las diversas ciencias en la verdadera perspectiva de su realidad, y, por tanto, la información pierde su realismo y profundidad. En efecto, ya vimos, al analizar la esencia del hombre y comprobar que ella es "in-sistencia encarnada", que todas las ciencias se reducen a una sola ciencia, porque todas se integran en el mayor y más profundo conocimiento del hombre y de su circunstancia. Es decir, que todos los conocimientos se integran, para cada hombre, en un solo conocimiento, que es el de "mi experiencia de mí mismo por la que me reconozco a mí y al mundo que me rodea". Todas se reducen a la mayor explicitación de esa mi experiencia originaria, por la cual me conozco a mí estando en mí mismo (in-sistencia y autoconciencia) y estando en el mundo.

He aquí la grave falla educativa del enciclopedismo. Necesariamente la cantidad de conocimientos debe ser ordenada y reducida a cierta unidad que responde a la unidad de mi experiencia como persona, una, autoconsciente, inserta en la realidad ordenada del universo. (p. 213)

Para superar ese amontonamiento disperso de conocimientos, esa amalgama, esa balcanización de las ciencias, hay que alcanzar síntesis que den unidad a esa multiplicidad desordenada, caótica. Quiles recomienda un sistema cíclico que vaya explotando la experiencia originaria de la personalidad, que es el fundamento unitario del ser, del saber y del deber. Esta experiencia se expande en el conocimiento científico (antropología filosófica y ciencias humanas, ciencias de la naturaleza y la tecnología, ciencias humanas, históricas, espirituales, sociales, la filosofía y teología). Este enfoque cíclico permite ir ensanchando progresivamente los conocimientos pero sin que perdamos esa articulación, ese carácter ordenado, esa jerarquía de conocimientos que nos permite encuadrar todos los saberes.

Concluye la obra con la nota que titula "Ante todo, la educación esencial: la personalización", que implica el cultivo de sus facultades y la adquisición de los hábitos correspondientes, y el primero es el de actuar como persona mediante la autoconciencia, el autocontrol y la autodecisión.

Todo se apoya en el punto de partida: la esencia de la persona imperfecta. y todo debe confluir a la misma meta: la esencia de la persona más perfecta, la personalización.

El educador y todo el ambiente educativo, desde la familia hasta la escuela, deben hacer un permanente llamado de atención al educando para que realice cada vez mejor su esencia de ser-en-sí o persona. Ello se hará despertando y ayudando a su conciencia a adquirir los hábitos esenciales: autoconciencia, autocontrol y autodecisión, amor, trascendencia. En la medida en que se van logrando los hábitos esenciales se habrá alcanzado la meta esencial de la educación. Sin ello todas las demás facultades y hábitos tendrán menos eficacia educativa, y aun pueden llegar a ser contraproducentes para una auténtica formación del ser humano. (p. 220)

Hay un apéndice sobre La filosofía cristiana de la educación que es un artículo que publicó en la revista Filosofar cristiano, de la Asociación Católica Interamericana de Filosofía. Responde a la polémica, viva en aquel momento, sobre la posibilidad o no de una filosofía cristiana y de las relaciones entre la fe y la razón.

Como es bien sabido, las funciones más importantes que la revelación cristiana cumple respecto de la filosofía son: no contradecirla sino confirmar e iluminar los logros legítimos del pensamiento humano dejado a sus propias fuerzas; ser la respuesta a la capacidad natural del hombre a una revelación sobrenatural; no limitarla sino elevarla a un orden superior, mostrándole aspectos de la realidad humana y del plan divino que la razón sola no hubiera podido descubrir. (p. 222)

El epíteto cristiana implica los aportes que el cristianismo ha podido traer a la filosofía de la educación. En la filosofía cristiana de la educación no se elimina el rico venero de la revelación. Sin embargo, aquí contemplamos aquellas verdades que pueden ser contrastadas, alcanzadas por el esfuerzo natural de la pura razón humana, que debe adquirir por sí misma las conclusiones que le garanticen su fiabilidad.

Ahora bien, en dicho orden la filosofía sola, con la luz natural de la razón, ha podido llegar a los siguientes resultados:

1) El sujeto de la educación es el hombre como persona, como centro interior que debe actuar desde sí mismo.

2) El deber y el derecho a la educación fundamenta el principio de la libertad de educación.

3) El fin de la educación es la "personalización", es decir, crecer en el ser propio de la persona; lo que implica crecer en la conciencia de sí, en su relación con el mundo, con el prójimo y con Dios.

Éstos son puntos claves de una filosofía de la educación. Veamos cómo estos temas, que son, repetimos, del dominio propio de la filosofía, y, por ende, de la razón librada a sus propias fuerzas, son particularmente confirmados e iluminados por el cristianismo. (p. 223-224)

Dedica otro capítulo al sujeto de la educación que es el hombre como persona, como centro interior que debe actuar de sí mismo. Santo Tomás proclamó que la persona es lo más perfecto de la naturaleza. Recojamos algunos rasgos fundamentales. En primer lugar el hombre es superior al universo natural, cada individuo tiene su propio valor. Ha sido proclamado en los textos del Segundo Concilio Vaticano tales como la Declaración pastoral Gaudium et Spes o la Dignitatis Humanae y Gravissimum Educationis.

El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales debe ser la persona humana, a ella se subordina lo demás. Recordemos el texto bíblico: el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.

El hombre es superior a todos los seres y a todas las estructuras. La dignidad de la persona humana le viene de su interioridad, de que desde sí mismo decide de su vida. En esa dignidad está también su responsabilidad. De ahí brotan: la espiritualidad, la inmortalidad, la dignidad de la inteligencia, la grandeza de la libertad y el derecho a la educación.

Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, por poseer la dignidad de persona, tienen derecho inalienable a una educación, que corresponda al propio fin. (p. 230)

Del derecho de la educación fluye el principio de la libertad de la enseñanza, que es un derecho de los padres, de la sociedad y del Estado como tarea subsidiaria, pero que a este no le da derecho al monopolio escolar. Lo mismo ocurre en la libertad religiosa. El Concilio afirma el derecho a la libertad religiosa, pues sólo el hombre libre, consciente y responsablemente, tiene que adherirse a la verdad. No se le puede obligar a obrar contra su conciencia, de ahí el que la educación tenga que ser hecha de acuerdo o sin que contradiga las convicciones más profundas, entre ellas las religiosas, de cada cual. Cuando se trate del niño son los padres los que tomarán esta decisión.

Otro tema es el de la educación cristiana, es decir, la que parte de la propia Revelación, de la teología y de la pastoral. El Concilio determina que la escuela católica busca una formación humana y a la vez una formación completa, que la transcienda.

Hay aquí un conjunto de verdades que aparecen en los textos del Concilio de Vaticano Segundo y en la teología, que son alcanzables por la pura razón natural si bien tienen también una garantía y un respaldo con los textos de la revelación o de la tradición.

Muchas de estas verdades pertenecen el campo de la filosofía, y por eso estamos en el plano estricto de una "filosofía de la educación"; y ello sobre temas tan importantes como: 1) la esencia del sujeto de la educación es la persona humana; 2) el derecho a la educación y la consiguiente libertad de educación que compete al hombre por ser persona; 3) el fin de la educación, que es la formación de la persona, o, como nosotros decimos, la personalización, primero en sí misma y luego en sus relaciones con la realidad que debe vivir, es decir, las cosas materiales, la sociedad y Dios.

En verdad estamos ante una "filosofía cristiana" de la educación que en su propio campo de filosofía, y respetando lo adquirido por el método filosófico, ha aportado por medio de la Revelación una confirmación y una aclaración a temas esenciales sobre la antropología humana, cuya legitimación compete de suyo a la razón misma.

Entre la abundancia de documentos sobre la educación, emanados de la Santa Sede en este siglo, citemos sólo dos que sintetizan la doctrina de la Iglesia en sus diversos aspectos: Divini Illius Magistri, de Pío XI, 5/4/1929, AAS, 22 (1930), 49-86; Mensaje en el 30º aniversario de la encíclica Divini Illius Magistri, 30/12/1959, AAS, 52 (1960), 57-59. Sería larguísimo enumerar todos los documentos (mensajes, cartas, discursos) de Pío XII y Pablo VI sobre la educación. El Concilio Vaticano II en su Declaración sobre la educación cristiana de la juventud, "Gravissimum Educationis Momentum" (8/19/1965), ha recogido las enseñanzas anteriores de la Iglesia. (p. 237)


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