Entre la crisis y el olvido: Una apuesta al futuro

Sería muy simple dedicar el artículo a enumerar diversos factores que revelan la crisis por la que atraviesa el derecho y desde luego, el ejercicio de la profesión de abogar. Probablemente los lectores podrían aportar mayores precisiones para demostrar la magnitud del síntoma. Porque, como la fiebre, la crisis que se ha apoderado de lo jurídico es simplemente un síntoma que expresa algo recóndito, la enfermedad a la que remite es más cruel aún, fruto de años de negligencia y olvido. Seguramente todos, en algún momento, hemos reflexionado o tratado de pensar causas y alternativas. Creo que coincidirán conmigo en que un principio de solución a estos graves problemas, alude directamente a la formación de los abogados. Mis palabras, en tanto profesora universitaria, estarán orientadas en esa dirección.

Quienes abrazamos la docencia como vocación, asumimos un compromiso de vida y una gran responsabilidad por aquellos que, año tras año, nos son confiados. Dar clase no es una tarea neutra o una actividad más que sirve para completar los renglones del Curriculum Vitae. Por el contrario, es preocupación, esmero, respeto y desde luego, una dosis mayor de audacia. Es un desafío, una apuesta al futuro y, principalmente una apuesta a lo humano. Pero enseñar, se enmarca en un ámbito institucional. Las mejores intenciones serían inoperantes, si no existieran objetivos comunes, coincidencia de intereses entre el profesor universitario y la Institución a la que está vinculado. Esa pertenencia, que se traduce en amistad académica, cordialidad y entusiasmo, es el punto de partida para encarar el compromiso que implica formar a los abogados del siglo XXI. Tal osadía, sólo es posible si hay afinidad de ideales y el debido compromiso de los que forman parte de un mismo proyecto; esto no implica, ciertamente, coincidencia de opiniones, todo lo contrario, de la diversidad nace la riqueza que traerá aparejado el crecimiento, el aprendizaje. Esta discrepancia no es ni más ni menos que un reflejo de lo social, que es cambiante, contradictorio, en modo alguno uniforme. Toda institución seria, debe reproducir esa riqueza y pluralidad.

La tarea que aludo, apunta a la formación integral de la persona, el alumno ocupa el lugar preponderante. Pero una formación con este alcance implica no sólo potenciar sus capacidades, aportando los correspondientes conocimientos científicos, sino además es necesario humanizar su corazón. De lo contrario, estéril habrá sido nutrir su inteligencia. Los griegos fueron los primeros en descubrir que todo cambio cualitativo importante sólo es posible mediante la educación [paideia], que se traduce en la búsqueda de la excelencia. A eso apuntamos, a la grandeza en todos los aspectos. Contamos, en tal sentido con la tradición ignaciana que siempre nos asiste. Estas palabras cobran un sentido particular y específico toda vez que la crisis a la que asistimos es en gran parte moral.

Elegir una carrera -la abogacía no es una excepción- es abrazar un modo de vida, no es una opción más. Por su importancia, seguramente ha tomado algún tiempo de detenida meditación, una vez decidido queda aún por resolver el lugar dónde se cursará. Aquí no debe faltar la participación y muchas veces la experiencia de los padres. No obstante, si queremos superar la crisis de la que venimos hablando, nunca podrá ser una opción válida considerar un centro de estudios porque tiene un buen edificio o porque está bien ubicado. Cuando se trata de una elección que afectará el futuro no puede emplearse el mismo criterio que para elegir un restaurante. Por otro lado, las alternativas deben corresponderse con la realidad que nos toca vivir, esto quiere decir que si nuestro sistema jurídico no está basado, como el anglosajón, en precedentes judiciales, mal podría postularse dicho criterio como posibilidad. A los fines del estudio, la casuística es importante, es uno de tantos métodos posibles, pero no puede ser sostenido como un paradigma educativo.

Tampoco debe desalentar la elección la cantidad de materias o los años de estudio propuestos. Cada asignatura, debería ser estudiada como si de ella dependiera la subsistencia futura. Por el contrario, un factor que sí debe desalentar es la escasez de tiempo estipulado para el cursado o el escaso número de materias de la currícula. Pareciera olvidada una verdad de perogrullo "no es lo mismo saber que no saber", se desempeñe la tarea o función que sea (abogado litigante, consejero, mediador, funcionario o juez) alguien solvente en conocimientos jurídicos, destaca. Cómo no sobresalir entre tanta mediocridad y pobreza intelectual, fruto de "materias cuatrimestrales" y de "reducciones de plan de estudios".

La facultad debe estar a la altura de la complejidad de estos tiempos, que hace necesaria una mayor capacitación del profesional. Se impone entonces, que se fomente en el estudiante hábitos de estudio y de investigación, tanto en la carrera de grado como en los postgrados. Esto asegurará no sólo el éxito futuro sino también la posibilidad de rápida inserción en un mercado laboral cada vez más competitivo. Cuanto mayor sea la variedad de materias y la profundización con que éstas se enseñen habremos acercado más al estudiante a esa meta. Con esto quiero decir claramente y sin ambigüedades que no es posible apoyar la especialización del alumno mientras esté cursando la carrera de grado. Sostenerlo es inhumano y hasta cruel, no es posible exigir a un joven que aún no ha transitado los primeros peldaños de la profesión que elija lo que aún ignora. Hacer uso de tal opción, supone por el contrario, un amplio conocimiento del campo laboral, de las posibilidades histórico-individuales y lógicamente, de la vocación que en cada uno vaya surgiendo. La especialización, en mi opinión, debe ser hecha como estudio de postgrado.

Más aún, sería conveniente que, en los últimos años de la carrera, el estudiante aproveche algún intercambio internacional. En tal sentido es muy amplia la gama de posibilidades con que cuenta nuestra Universidad a nivel internacional. Por lo demás, este sistema beneficia no sólo a los alumnos sino también a los profesores.

Finalmente, creo que la mejor garantía que puede dar una Universidad, además de su trayectoria, es asegurar la formación integral de abogados (ni jueces, ni funcionarios ni leguleyos) con responsabilidad y capacidad para decidir sobre su futuro, con la suficiente flexibilidad para adaptarse a los requerimientos sociales. También afirmar que sus egresados, lejos de tener una formación dogmática, son una síntesis humanista a cuya riqueza han contribuido, gracias a la libertad de cátedra reinante, profesores con opiniones divergentes, muchas veces contrarias entre sí, para permitir que sea cada alumno el que haga su propia síntesis (me remito a mi artículo "El abogado del futuro" http://www.salvador.edu.ar/ua1-4.htm).

Este es el desafío y la propuesta que, en el umbral del tercer milenio, ofrecemos a la sociedad y a todos aquellos que deseen compartirlo.

 

Patricia Inés Bastidas

Prof. de Filosofía del Derecho

- Para saber la edad en días de un recién nacido, se