GRAMMA Virtual
Publicación de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador
Año I Nº 2 Diciembre 2000

Una Pastoral de la Inteligencia

Licenciado Pablo Augusto Marini
Titular de la cátedra de Teología, Facultad de Historia y Letras (USAL)
Coordinador de la cátedra de Filosofía
Profesor asociado a la cátedra de Ética cristiana

Se nos ha pedido gentilmente que escribiéramos una líneas respecto al papel que cumplen las materias dependientes del Vicerrectorado de Formación de la Universidad del Salvador en las distintas carreras de la Escuela de Letras de la Facultad de Historia y Letras de esa casa de estudios.

En realidad, no es difícil para un cristiano hablar del papel que cumplen la Filosofía, la Teología y la Ética cristiana en una formación integral universitaria. No sólo por el hecho trascendente de que las universidades como reunión libre de maestros y estudiantes «animados todos por el mismo amor al saber» son una creación de la Iglesia Católica (algo que por cierto ya casi no se oye decir). No sólo por la cantidad notable de documentos de los papas y las obras de los teólogos que han hablado sobre la necesidad de la existencia de estos ámbitos privilegiados de estudio. Sino, también, por la convicción profunda que siempre el pensamiento católico ha mantenido respecto a la posibilidad concreta de lograr la armonía entre el mundo sobrenatural de la Fe y el mundo natural de la razón. Esto se ve reflejado, por ejemplo, en aquella afirmación conocida de que cuando una verdad de fe y una verdad de alguna disciplina científica parecen estar en conflicto, los católicos no dejamos de afirmar que se trata precisamente de eso, de un «parecer», de una «apariencia» de contradicción y no de una oposición real. Y por cierto que es difícil encontrar tal convicción, con igual intensidad, en algunas confesiones religiosas, donde, a menudo, los caminos de diálogo entre esas posiciones religiosas y la razón, han tenido características tortuosas, y en otras, directamente no han existido.

Esta convicción ha sido reiteradamente señalada por los últimos papas y S. S. Juan Pablo II no es la excepción. Reciente y acabada expresión de esto ha sido su encíclica Fe y razón (14 de setiembre de 1998). Pero también se ha referido específicamente a las Universidades Católicas. En su Constitución Apostólica sobre las Universidades Católicas (15 de agosto de 1990), el Santo Padre ha tenido definiciones contundentes y clarísimas al respecto: «Es un honor y una responsabilidad de la Universidad Católica consagrarse sin reservas a la «causa de la verdad». Es esta su manera de servir, al mismo tiempo, a la dignidad del hombre y a la causa de la Iglesia, que tiene «la íntima convicción de que la verdad es su verdadera aliada […] y que el saber y la razón son fieles servidores de la fe» (Const., Introducción, n° 4, citando en este caso al Cardenal Newman). Y en otro pasaje del mismo documento, nos advierte sobre la misión profundamente humanista de la Universidad Católica, «con el fin de garantizar que los nuevos descubrimientos sean usados para el auténtico bien de cada persona y del conjunto de la sociedad humana. […] La Universidad Católica está llamada de modo especial a responder a esta exigencia; su inspiración cristiana le permite incluir en su búsqueda, la dimensión moral, espiritual y religiosa, y valorar las conquistas de la ciencia y de la tecnología en la perspectiva total de la persona humana» (op. cit., n° 7).

En lo que respecta a la relación del arte con el cristianismo y la moral, y en este caso específico, con las letras, sabemos que los fines son diversos ya que mientras nuestra relación con Cristo y la misma moral cristiana tienden a la perfección del sujeto humano como tal, el arte se orienta hacia la perfección de la obra que se hace. Son pues ámbitos distintos y por lo tanto pueden darse el uno sin el otro. Sin embargo, la relación entre ambos se establece, como es sabido, en cuanto el sujeto común es el hombre. De hecho, el catolicismo contemporáneo en nuestro país pudo dar ejemplos concretos de esta relación a través de los talentos de un Leopoldo Marechal, Francisco Luis Bernárdez o el Padre Leonardo Castellani, por citar algunos.

En tal sentido, la literatura y lo estético pueden redundar en el bien del hombre, en la medida en que sean considerados medios aptos para la realización de la belleza y el cultivo de ciertas cualidades humanas, en vistas al fin último del hombre, que es Dios.

Podrían, sin embargo, entrar en conflicto el arte y la moral: cuando la dimensión estética, o inclinación estética, hipertrofiándose, por así decirlo, cubre y condiciona todo el comportamiento de la personalidad, se cae en un esteticismo predominante y totalizador que, a su modo, rompe el equilibrio de las facultades y actos humanos. La obra de arte puede incidir éticamente en el perfeccionamiento del sujeto humano como tal, no sólo por lo que respecta a la relación entre la belleza y el bien, como propiedades trascendentales del ser, sino también a través de las ideas, imágenes y estados afectivos implicados en el hecho estético.

Por ello tiene todo su sentido lo dicho por el papa respecto a tener en cuenta esa «perspectiva total» de la persona humana que citamos más arriba. Las materias de formación dictadas en las distintas carreras de la Escuela de Letras quieren ser el fundamento a partir del cual el profesional de Letras pueda mirar el mundo y su complejidad con los ojos de una inteligencia y voluntad enriquecidas e iluminadas con la luz de la verdad cristiana.

Pero, no sólo esto. El hecho de poder acercar a nuestros alumnos nociones de Filosofía, Teología y Ética cristiana, nos permite desarrollar con ellos un diálogo fructífero que los conduce a replantearse el nivel de madurez de su propia relación con Cristo y con la Iglesia. De más está decir que no se trata de materias «neutras» en el sentido de que no corran el riesgo de sentirse afectados en sus convicciones más íntimas. Por eso no es extraño a la enseñanza de estas disciplinas el que se los invite a participar en una Pastoral Universitaria, una «Pastoral de la Inteligencia» como ha referido el papa, una conciliación entre el saber y la vida apostólica. Participación que, junto con las inevitables dificultades, nos sorprende siempre con la alegría y el entusiasmo de nuestros alumnos. Y se afirma esto por una sencilla razón. A pesar del bombardeo de los medios de comunicación, a pesar de los dramas familiares que se viven, a pesar de la aparente o real indiferencia de nuestros jóvenes hacia Cristo, es una comprobación de los miembros de esta Pastoral que ante una propuesta cristiana clara y comprometida, y festiva al mismo tiempo, sin connotaciones light, la reacción de la juventud da motivo a la esperanza y además es enriquecedora desde varios ángulos. Es que en realidad el joven está esperando un discurso que no lo adule demagógicamente, está esperando que el docente lo invite a un compromiso riguroso. Y esto sólo dará fruto cuando el joven vea algo de lo que se predica en aquél que enseña. Sin eso no hay pastoral ni recursos pedagógicos que valgan.

En este último sentido, y para terminar, ¡qué reconfortantes, y al mismo tiempo comprometedoras, han sido las recientes palabras de nuestro arzobispo de Buenos Aires, S. E. R. monseñor Jorge M. Bergoglio, en ocasión de cumplirse veinticinco años del desligue de la Compañía de Jesús de la conducción de la Universidad del Salvador y su traspaso a manos de los laicos! (24 de marzo de 2000). Con motivo de un nuevo y actual acercamiento a las directrices de la llamada Carta de Principios, nos decía respecto a la «lucha contra el ateísmo» (los subrayados son nuestros): «Hoy la Universidad tiene que tener un mensaje y criticar la trascendencia, es decir, no toda trascendencia o sedicente trascendencia es válida, hay trascendencias que no lo son, que son engañosas. […] En esta trascendencia [la de Jesucristo], que no es un simple más allá negando el mundo ni tampoco un mundo sofisticado con dos o tres frutillas arriba de la crema para creer que hay algo más allá, en esta trascendencia se da el misterio del «Verbo venido en carne» y ésta es la trascendencia que nosotros proclamamos. […] Yo pido hoy para la Universidad una concepción militante de la trascendencia en este sentido: Jesucristo está vivo en medio de nosotros; pido una predicación, permítanme la palabra, la enseñanza de una trascendencia kerigmática que provoque el asombro y reclame la respuesta. A 25 años, éste es el paso que hoy se nos pide».

© Pablo Augusto Marini, 2000