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GRAMMA
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Las tres últimas horas de clase del viernes
Eduardo M. Dayan
¿Qué hago yo, sola, charlatana y molesta, en el primer banco del aula? También limpita, porque a mí me podrán decir gorda, pero sucia, nunca. La profesora le habla al curso como si estuviera en un escenario y nosotros la oyésemos desde nuestras butacas. Tiene el redondel de una mancha desteñida en la blusa blanca. No veo bien: ¿será mayonesa, mostaza, sopa? ¿Que estará diciendo? La miro a los ojos. Me esfuerzo por prestarle atención. Es inútil. No puedo concentrarme, y eso me pone nerviosa. Busco en mi cartuchera una lapicera, la goma, la escuadra, un lápiz, aunque sea de labios, un cuchillo, algo. Finjo que perdí eso que no sé qué es, me desespero, respiro agitada, pienso que tengo ganas de llorar. La mujer suspende su actuación, lo conseguí, le arruiné la clase, el público se ríe, lo conseguí, la cara de mi rival es una mancha roja de odio, lo conseguí.
Ahora se acerca para atacarme, la veo de cerca. Ya no tengo dudas: la escarapela que le adorna la blusa es de fideos con tuco. Me distraigo y ella aprovecha para manotearme la novela que tengo escondida en la falda. Le disgusta que sea una novelita de amor; le da asco ensuciarse la mano con la feta de mortadela que uso como señalador. Parece que va a vomitar, se aflige cuando oye el aullido del curso entero, no sabe qué hacer. Con sus dedos grasientos saca un pañuelo del bolsillo, lo ensucia, tira el fiambre a la basura. Me amenaza, chilla, grita. La mancha de la blusa es una cucaracha intranquila, firme en su lugar. Yo salgo silenciosa y serenísima al corredor. Me echó. Me voy del salón, con una aureola sobre la cabeza, como la de las santas. Espero que la luz que ilumina mi cabeza dure hasta el recreo, cuando me vengan a felicitar. Mi fama crece. Pronto mi nombre aparecerá en la cartelera.
El patio hierve de ruidos de recreo. Oigo que me hablan.
Che, gorda, qué bien que la volviste loca Yo ya no daba más, y si no sos vos, ¿quién? Los demás le tienen miedo
Sonrío. ¿Cuándo y dónde se me habría perdido el nombre?
¡La volviste más loca! corrige alguien, y me tira una galleta dulce. La atrapo en el aire. Parezco un delfín en Mundo Marino. O una foca amaestrada. Le agradezco con una piña y quedamos en paz. Como y me da hambre. Voy al quiosco; quiero comprar algo. Faltan dos horas todavía. Después, a casa. Me voy a calentar los ravioles que sobraron de anoche mientras pico un sanguchito y enciendo la tele. Hoy no hay nadie en casa al mediodía. Como siempre.
Gordi me cuentan, la tipa explotó, dijo cualquier pavada, que no entendía cómo llegaste hasta aquí, que no imaginaba qué podía ser de tu vida en el futuro, que te la pasás leyendo noveluchas vulgares, que tenías una personalidad tan cambiante Nos pidió que te habláramos
¿Y por qué no lo hace ella?
Y
Bah, bah, bah. Triple bah. Acá, se viene de cara seria y muy decorada y mucho pelito planchado, pero quisiera ver cómo lo trata al marido. ¡A ver si se anima a sacarlo afuera como a mí! me quejo.
Se juntan tres o cuatro. Ellos opinan, pero yo soy la que ocupa el centro de la escena.
A lo mejor, él le pide la comida y ella le da las sobras del gato Deber ser un pobre tipo Vos seguí así, que vas a ir al cielo comenta un compañero.
Me limpio los cristales de los anteojos. De paso desinfecto mi mirada del odio que siento contra todo el mundo, incluyendo el que noto que tengo hacia mí.
Cuando todos se van, me pregunto qué hago en medio de tanta gente. Ni con un mapa, uno solo de los ochocientos que está gritando en el patio va a encontrar el pasillo que llega hasta mi corazón. ¿Alguna persona se dará cuenta de que llevo puesta una armadura como la de don Quijote? ¿Alguien querrá saber quién soy? ¿Quién va a mantener su mirada enamorada en la mía, una vez? Aunque hoy tengo el Taller de Teatro
¿Y tu novio, Gordi, te va a dejar venir con nosotros a pasar la fiesta del sábado? se sonríe, burlona, Andrea.
Me quiere embromar. No me importa: se lo dije y lo mantengo. Mi novio se llama Brian. No le dije que cada vez que quiero lo encuentro en la novela que la profe me pescó leyendo en su clase (¡justo en el capítulo de los besos!), y que al final me devolvió. Tampoco le comenté que me enamoré de él en la página quince. Solamente le expliqué, como al pasar, que es un rico heredero. No me creyó ni medio.
Una piba del curso de al lado se cruza en mi camino. Me habla bien, se ríe.
Gorda, le serviste de ejemplo de adolescente rebelde sin causa. Me parece que vas derecho al cuadro de honor si no te mata antes
Me llamo Julieta le explico enojada, y me voy sin esperar que me conteste.
Quiero que toque el timbre. Toca. Vuelta al primer banco. ¿Qué viene ahora?
¿Sabés qué te pasa a vos? Estás gorda porque comés y comés porque te ves gorda y te sentís mal. Sos un círculo vicioso. Tenés que cambiar tu manera de comer, te lo digo por tu bien me recalca la preceptora antes de entrarme al curso.
Cada vez que me ve, me dice lo mismo. Ella también quiere mi bien, como todos. Qué suerte.
Las últimas dos horas de clase. Me aburro. Divido una hoja en columnas; dos son para la mejor alumna del curso; la tercera es para mí. Juego a anotar nuestras diferencias.
La alumna perfecta |
Yo |
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Tiene ojos azules y pelo rubio. |
Va a misa. |
Soy limpia. |
Es blanca como el yogur |
Gana premios en los |
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natural. |
concursos. |
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Inteligente, sana y fuerte. |
Sabe bailar, se arregla bien. combina los colores. |
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Bondadosa, ama los pájaros y las flores |
Cuando se viste de fiesta, parece una muñeca. |
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Responsable, solidaria. |
Estudia inglés en la Cultural. |
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Amable, simpática. |
Es ingeniosa. |
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Sabe las lecciones y hace los deberes. |
Usa trencitas. |
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Presta los útiles. |
La risa y la música la acompañan todo el día. |
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Cariñosa con los necesitados. |
Me aburro.
¿Valdrá la pena ir? No tengo qué ponerme Voy a anotar en dos columnas: ventajas y desventajas de ir sola un sábado a la noche a una fiesta. Así me entretengo en la hora de clase. Por suerte, la última de hoy, ¡viernes!
Un bochinche sobre la chapa del techo del patio: se largó a llover a baldazos. Me va a convenir ir caminando a casa para saborear la lluvia, bañarme y disfrutar el agua caliente del baño antes de la comida. Me parece que voy a prepararme una sopa, le tiro adentro las cartas de Brian y me tomo mi famoso «caldo de amor». Pero el problema principal sigue siendo uno: ¿qué como? ¿sobra de ravioles o sopa en sobre? Hasta ahora, lo único seguro es la tele.
La profesora que me toca en esta hora es rara: nunca sé de qué habla. Parece que contara un sueño en voz alta. Es bonita, pero un poco flaca, la pobre.
¡Sabés que no quiero que me metas la mano en la cabeza! me grita la alumna perfecta desde el banco de atrás.
¡Qué le voy a andar explicando por qué le manoteo las trencitas, si ni yo lo sé! Y, se veía venir: la docente protesta a los gritos y mis compañeros se quedan mudos. Yo la miro fijo: me parece que está perdiendo el pelo. Al marido ya lo perdió, dicen.
La mujer se controla. Quiere hacerme bajar los ojos. Como es cruel, me golpea donde sabe que me va a doler. Se hace la Bruja Durmiente.
Si hoy tuvieras la posibilidad de invitar a comer a un restaurante a una persona real o de ficción, viva o muerta, ¿a quién invitarías? me pregunta mientras se acomoda el pelo.
Sabe que se van a reír de mí. Lo hace a propósito. Pero no sabe con quién se mete. Dos primeras actrices se enfrentan. Digo lo que todos están esperando que diga. Estoy decidida a pincharle el globo.
A su ex esposo le contesto con una sonrisa.
Silencio. Solamente se oye, clarito, el ruido de la lluvia sobre la chapa. Tiemblo. Espero cualquier cosa.
Duda; parece que le di justo en el clavo. Busca dominar la situación. Entonces el rumor era cierto. ¡Seguro que se separó!
¿Y qué le ofrecerías de comer? Porque hablar, no sé de qué podrían hablar. Él siempre ladra. Comer, te lo agradecería
Le ofrecería empanadas rellenas de puré de moscas, picado fino le garantizo con ganas.
Le gusta mi oferta. Se ríe: ella y nosotros nos reímos.
En seguida me las hace pagar con su maldita hora de la nostalgia.
Yo me acuerdo nos dice y a nadie le importa cómo era cuando nos conocimos. Todavía guardo las cartas que me mandaba
Me parece que trabajó de joven en el correo. Pero el silencio se hace solo y ella susurra.
Las palabras parecían dormidas cuenta, y yo las despertaba a cada rato, no las dejaba descansar. Que sueñen como yo, me decía, y las leía hasta desgastarlas. Él escribía viento y yo oía un huracán que arrancaba los árboles de mi cuadra; a veces, una flauta que me llevaba por su escalera de sonidos quién sabe hasta dónde. Él decía lluvia, y yo me quedaba triste frente a la ventana de mi cuarto viendo caer el agua. Y ahora
Ahora iba a empezar con sus quejas, con esos maullidos de gata empachada de los que después todo el curso se iba a burlar. Daba lástima. Casi le paso la receta de mi sopa, pero lo pensé mejor y me quedé callada. Se fue con el toque de timbre. Yo me quedé seria, imaginando su valija de recuerdos y comparándola con la mía. Al rato me encontré con que seguía pensando en mí y en ella, ¡¡¡como si tuvieran algo que ver su marido con Brian, sus cartas de amor con mi sopa de letras!!!
Camino a casa, cantando bajo la lluvia, tuve que reconocer que mi novio de papel nunca iba a poder hacerme del todo feliz. Me decía que era mejor dar vuelta esa página de mi vida y ni recordarla con pena. También pensaba que me convenía cortar con mis escándalos en la escuela, porque para representar un papel tenía mi Taller de Teatro, los viernes, a la tardecita. Además, allí iban personas que me llamaban por mi nombre, y hasta había hecho un amigo que, si yo me atrevía a proponérselo, tal vez aceptara ser mi Romeo y me acompañase el sábado a la fiesta Eso tenía importancia, aunque no tanta, porque ahora me llovían los ojos, me reía sola, quería cantar «Aurora» Lo bueno era entender que mejor era disfrutarla sobre las tablas de un escenario Y que nada resultaba más atractivo que eso, con unos quilos de más o de menos, según yo decidiera, unos quilos que a partir de hoy, lo veía claro, no debían impedirme ser lo que yo quisiera, mientras me daba el gusto de descubrirme a mí misma, sin que me importara demasiado la mirada de nadie, porque podía engordar para adentro, como un buzón, dueña de mis sueños, de mis palabras, de mis silencios.
© Eduardo M. Dayan, 2000