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GRAMMA
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Los ojos de un santo
Licenciado Alejandro Tloupakis
Un hombre al que le habían quemado los ojos, otro brutalmente castrado, otro con el hígado destruido por haber tomado kerosene. Los tres guardando el motivo de su lesión en secreto. Los tres mirándose recelosos, tratando de adivinar qué lazos de horror los hermanaban.
Desde la puerta entreabierta del baño de damas, donde se había escondido, Tomassini los vio llegar uno por uno, recorrer con la mirada el salón y ocupar tres mesas prudentemente equidistantes. Una parrilla de ruta como cualquier otra: diez o doce mesas con los típicos manteles a cuadros con quemaduras de cigarrillo, un póster del Sagrado Corazón, otro de un paisaje alpino, un televisor viejo, olor a chimichurri. Y a esa hora desierto: ningún camionero, ningún viajante de comercio, ninguna prostituta.
Como el jugador que antes de mover esa pieza que lo llevará directamente a dar jaque mate repasa todo el plan en el momento en que toca el trebejo, y siente una súbita inseguridad al sospechar de que tal vez equivocó algún paso, así Tomassini, en el instante en que salió del baño, vio toda la investigación proyectada en su mente como en cámara rápida.
Al principio fue un muerto más entre todos los muertos de los que viven los diarios, y él encaró el caso con el profesional desánimo que lo acompañaba desde hacía un tiempo, cuando él mismo decidió renunciar a la sección Investigación y pedir su pase a Policiales. Aquello había tenido sus ventajas: notas de tapa aseguradas, todos los recursos del diario a su favor, reconocimiento. Con la última investigación que él dirigió llegaron a duplicarse las ventas del diario durante cinco días, y el pastor Roberto, que había estafado a miles de fieles, con millonarias cuentas bancarias y falsas curaciones incluidas, terminó en la cárcel. Pero estar en la sección estrella del diario también tenía su precio: el ritmo frenético de trabajo, la odiosa tarea en equipo, y los manejos políticos que el mismo diario hacía de los casos más allá del siempre recitado «rigor periodístico». En Policiales por lo menos podía trabajar solo y elegir qué casos investigar más a fondo, generalmente los más alejados de la política.
Se llamaba Miguel Vázquez, 26 años, desempleado: apareció con un tiro en la sien dentro de un auto robado. Que el comisario hubiera mencionado la consabida hipótesis del «ajuste de cuentas» le bastaba a Tomassini para saber que la policía no le dedicaría a ese caso más esfuerzo que el que se tomara el suboficial de turno en copiar a máquina el acta correspondiente.
Después, en la parrilla del Camino Negro, terminaría de comprender la razón de por qué ese caso le resultó tan atractivo; hasta entonces, él atribuía su motivación para esclarecer el crimen al insólito perfil que la víctima fue cobrando ante sus ojos y también -debía admitirlo- a la vanidad de que las circunstancias del hecho, fascinantes y siniestras, parecían revelársele sólo a él, como una película filmada para ser proyectada una sola vez y ante un único y privilegiado espectador.
El brusco cambio en la actitud de la dueña de la pensión no le extrañó. Él mismo le había soltado la lengua diciéndole que le convenía, sobre todo teniendo una hija adolescente, que el asesino no anduviera suelto y tal vez interesado en callar a todos los que pudieran dar pistas sobre el crimen.
«Para pasajeros», se aclaraba debajo de la palabra «Hotel». Era una típica casa de los años treinta, con los cuartos alineados a lo largo de una galería y con jardín en el frente y en el fondo. Los apliques de yeso en la fachada, el llamador de bronce con forma de mano y los abiertos crisantemos le dieron a Tomassini la impresión de un lugar decente y anacrónico.
Lo llamé por eso que me dijo de mi hija, solamente por eso. La policía no vino más por acá, y la verdad que ahora tengo un poco de miedo. Pero no vaya a creer que me sé vida y obra de Vázquez. Algunas cosas, sí. Porque él hacía tres años que vivía acá
Al hablar movía las manos, oscuras y de huesos chicos, y miraba a los ojos. Todas las veces que la vio llevaba las mismas o semejantes prendas: blusa blanca y pollera negra hasta los tobillos, impecablemente planchadas, y su piel exhalaba siempre el olor neutro de la higiene.
¿Amigos? Únicamente Nigro, pero después parece que se pelearon.
La memoria de la señora Susana parecía dividida en compartimentos: de pronto se abría una compuerta y la información salía a raudales. Le contó que Eugenio Nigro era otro huésped de la pensión, que trabajaba de vendedor ambulante.
Se pelearon después que él tuvo un terrible accidente y quedó ciego. De esto hará un año. Dijo que chocó el colectivo en el que estaba vendiendo. Ni bien volvió del hospital me anunció que se iba. Le pregunté por qué y no me contestó. Cuídese de Vázquez, me dijo. Tenía un vendaje enorme en los ojos.
Esa fue la primera pista que Tomassini investigó. La señora Susana tenía la dirección de una prima de Nigro. Él lo esperó un día y lo siguió. Nigro salió con un bolso y subió a un colectivo. Ofrecía curitas, y en su discurso de venta aludía al accidente que le quitó la vista: trabajando en una empresa de transporte, se había quedado dormido manejando un camión. El relato lograba impresionar a la gente y la venta era próspera. Por un momento imaginó que el ciego tenía debajo de las lentes negras dos curitas cruzadas en cada ojo.
La divergencia entre lo que aquél le había dicho a la señora Susana sobre el accidente y lo que contaba en los colectivos lo llevó a hacer ciertas verificaciones, y así pudo saber que Nigro no sólo nunca había trabajado en ninguna empresa de transporte, sino que ni siquiera había tramitado el registro de conducir. Otro dato le resultó sugestivo: un par de colectiveros de la 106 le dijeron que todos los choferes conocían al ciego, porque cada dos o tres años volvía a trabajar en la línea. La señora Susana, sin embargo, le había dicho que había tenido el accidente un año atrás.
Entonces comenzó a dudar de esa ceguera. La sospecha evocó en él las milagrosas curaciones del pastor Roberto, una de las tantas farsas con las que había logrado construir su Iglesia de los Bienaventurados, tan brillantemente desenmascarada en su investigación. Para sacarse la duda, subió detrás de Nigro a un colectivo, y disimuladamente dejó un billete de cincuenta pesos en el piso, esperando que el falso ciego le pusiera el pie encima para tratar de apropiárselo. Sin embargo, no mordió el anzuelo. Sin más artilugios, Tomassini esperó que se bajara, lo siguió y en un descuido le sacó bruscamente los anteojos. Su impresión fue grande cuando vio las dos pupilas blancas flotando a la deriva en los iris acuosos. Tomassini se sintió tan avergonzado, que sólo pudo murmurar un «Disculpe, lo confundí con otra persona», y desaparecer.
Raro que Nigro me advirtiera eso sobre Vázquez. Por él yo pondría las manos en el fuego. Sentada en un sillón de la galería, la señora Susana cebaba mate y hablaba. Una tortuga caminaba por el piso ajedrezado y la luz del atardecer teñía el lugar. Tomassini se sentía a gusto en ese rincón de Buenos Aires en el que el tiempo parecía demorarse. Por un momento se imaginó jubilado y ocupando un cuarto en la cálida pensión de la amable Susana.
Porque si algo no se puede decir de Vázquez es que fuera deshonesto. Con decirle que había renunciado a su trabajo -y por eso ahora andaba buscando por no participar de un fraude. Era una bodega, y no sé qué cosa rara habrá querido hacer el dueño con el vino. Pero él renunció. Me dijo que estaba seguro de que los tipos como ése alguna vez tendrían que pagar el daño que hacían mintiéndole a la gente. Si había algo que Vázquez no soportaba era la mentira.
El paso siguiente de Tomassini fue investigar al dueño de la bodega. Jorge Promittio S.A. Por la delgadez extrema y el color amarillento de la piel, parecía un hombre que había sufrido una larga enfermedad de la que aún estuviera recuperándose. El escritorio estaba tapado de remitos y facturas. En la pared había un almanaque viejo con la imagen de un viñedo.
Bajo un nombre falso, Tomassini se presentó ante Promittio como un amigo de su ex empleado Vázquez, y le dijo que tenía información muy valiosa sobre ciertas maniobras en su empresa, y que estaba dispuesto a negociarla. La reacción del otro no fue la que Tomassini preveía en alguien que le están haciendo un chantaje.
Escuchemé: esta empresa, que usted ve tan activa, debe más en impuestos que el valor de todo esto multiplicado por diez. Estoy en bancarrota. ¿Ve mi cara, mis ojeras? Bueno, mi salud también está en bancarrota: tengo el hígado destrozado, y los médicos más optimistas me dan un año de vida. En cuanto a su amigo, ese psicópata, me alegro sinceramente de que se haya muerto, pero le aclaro que yo no lo maté. Ahora váyase y no me moleste más.
¿Por qué lo había llamado psicópata? Tomassini recordó la frase de Nigro al marcharse de la pensión y trató de ensamblarla con los datos que Promittio le acababa de dar. Había un denominador común muy claro entre ambos personajes: los dos, habiendo sido muy cercanos a Vázquez, ahora llevaban una vida desgraciada marcada por un mal físico.
El mate ya andaba necesitando un recambio de yerba, pero la señora Susana, concentrada en su monólogo, parecía estar cebando de un modo mecánico.
Para que vea cómo odiaba la mentira: cada vez que acá había una fiesta y él se traía algunas botellas del trabajo, repetía la misma frase: «Como decían los griegos: con el vino, la verdad».
En cuanto al supuesto fraude por el cual Vázquez había renunciado, Tomassini recordó una noticia sobre un enólogo que en vez de usar alcohol etílico había sacado a la venta vinos preparados con alcohol metílico, cinco veces más barato, pero potencialmente mortal. Aunque no encontró relación alguna entre aquel caso y Promittio, pensó que tal vez la situación financiera de la empresa le hizo al menos saborear la idea de sacar algunas partidas adulteradas, hasta que Vázquez renunció y acaso lo amenazó con denunciarlo.
La tortuga había alcanzado una baldosa más. Tomassini tomaba notas mientras pensaba en qué pistas de las que la señora Susana le daba, investigaría primero.
De tan honesto que era, yo imaginé que seguro era creyente, así que un día le hablé de Dios. En tantos años, ese fue el único día que nos peleamos. Yo le di un folleto con las Bienaventuranzas según el pastor Roberto, no sé si lo conoce. Pobre pastor, por mentiras de los periodistas pasó siete años en la cárcel. Disculpe, no quiero decir que todos los periodistas... en fin, usted me entiende. La cosa es que Vázquez ni quiso aceptar el folleto. «Ésas son todas mentiras, me dijo: Dios, los milagros, los pastores.» Créame que no le guardé rencor: la verdad le llega a cada uno a su debido tiempo.
Tomassini se sintió culpable por no confesarle a esa mujer, que con tan buena disposición y confianza lo trataba, que él era el que prácticamente había mandado a la cárcel al pastor en quien ella parecía creer tan ciegamente.
Mire, esa pregunta ya entra en el terreno de la intimidad. Pero si usted cree que puede servir para encontrar al asesino, se la contesto: él nunca tuvo una novia fija. Al parecer tenía un problema que hacía que las mujeres lo dejaran. Nunca me dijo exactamente cuál, pero sí sé que durante un tiempo se trató con un especialista. Por unos meses se lo vio muy ilusionado. Y de pronto cayó en una terrible depresión. Ni comer quería. Intuitiva como soy, le pregunté si le había ido mal con el doctor. ¿Sabe lo que me contestó? Que le había pagado el total de casi cuatro sueldos, porque le aseguró que lo iba a curar, y que no sólo no lo había curado, sino que además ni siquiera era realmente médico. Recuerdo muy bien una frase que dijo: «El hombre que se decidiera a castigar las mentiras que dice la gente le haría un gran bien a la humanidad.» Yo pensé que ese hombre se parecería bastante a lo que es Dios. Pero no quise que discutiéramos de nuevo.
La Señora Susana le entregó una servilleta de papel que había encontrado en el bolsillo de un saco de Vázquez, cuando ella juntó su ropa para donarla a los pobres. Decía «Dr. Omar Durañona, Venéreas y Disfunciones». Y un teléfono.
Una torre con diez departamentos por piso. La única bombita eléctrica que se encendió en el largo pasillo transformaba las manchas de humedad de las paredes en figuras hostiles. A pesar de que nadie salió del consultorio antes de que él entrara, la secretaria lo hizo esperar diez minutos en una salita. No había un solo diploma colgado en la sala de espera, no obstante el título con que Durañona figuraba en el aviso.
Tomassini fingió tener cierto problema que le impedía tener relaciones, y el falso especialista, tras revisarlo, aseguró que con un tratamiento de doce sesiones superaría el inconveniente. Había algo de afectación en su manera de hablar y de mover las manos, y un tic nervioso le torcía grotescamente la boca.
Esa tarde Tomassini lo esperó cerca de la puerta y lo siguió. Durañona fue hasta San Telmo y entró a una especie de bar que funcionaba en el primer piso de una casa vieja. Por las celosías despintadas se deslizaba hacia la calle una luz azulada y música. Cuando Durañona salió, dos horas más tarde, Tomassini subió y se apoyó en la barra. Enseguida se le acercaron dos o tres mujeres, una de ellas mulata, que con desganada sensualidad le ofrecieron compañía. En las tres se percibía la intención de neutralizar con un perfume empalagoso el olor a suciedad. Eligió a una y se arrimaron a una mesa con una cerveza. Desde ese lugar pudo ver una puerta por la que de vez en cuando salían hombres que se iban directamente hacia la calle. Como era de esperar, la fulana no quiso hablar hasta que no vio el billete en la mesa.
Acá lo conocen todas dijo, desde hace dos o tres meses viene bastante seguido; a un tipo como ése, castrado como está, le podés sacar el doble. Con las chicas siempre nos reímos de sus manías y sus ridículas prótesis.
Fanático de la verdad. Tres personas nada veraces. Cada uno mutilado a su modo. La horrible conjetura se instaló en la mente de Tomassini con la fuerza cegadora de una epifanía en los ojos de un santo. No podía ser casual el hecho de que tres personas muy conocidas por Vázquez sufriesen cada uno un diferente tormento físico. No podía ser casual que en los tres casos la naturaleza del mal que sufrían coincidiera con la de la mentira en que habían incurrido. Evidentemente, el honesto Vázquez había decidido hacer por la humanidad aquella gran obra de vengar las mentiras de los hombres, o al menos de los que estaban a su alcance. Durañona decía ser médico especialista en disfunciones sexuales y había prometido curarlo: mintió y fue castrado. Promittio pretendía ponerlo en la situación más aborrecida por él: participar de un fraude, haciendo pasar un tipo de alcohol potencialmente mortífero por el alcohol inocuo. Consecuencia: tuvo que tomar él mismo el alcohol con que se hace el kerosene y ahora tenía el hígado destrozado. En cuanto a Nigro, la mentira fue más decepcionante por provenir de alguien que se decía su amigo. En la pensión afirmaba ser un simple vendedor ambulante. Un día, tal vez por casualidad, Vázquez lo vio en un colectivo fingiendo una ceguera comercialmente muy ventajosa. Le había mentido a él y le mentía a todos. El castigo: quemarle los ojos. En los tres casos la acción era osada, pero más allá de la temeridad de un psicópata, la situación planteada era inteligente e irónica: ninguno de los tres podía denunciar a Vázquez sin denunciarse a sí mismo. Durañona, porque en la pesquisa se revelaría su ejercicio ilegal de la medicina; Promittio, porque Vázquez habría guardado pruebas de la adulteración planeada; Nigro, porque tendría que admitir que durante años de fingirse ciego en los colectivos había cometido el delito de estafa. Los tres, secretamente estigmatizados, cargarían toda la vida con el deseo de vengarse de Vázquez. Uno habría querido liberarse de ese lastre y lo mató.
La hipótesis de Tomassini fue más lejos todavía. El había llegado a esos tres por medio de los datos que había conseguido. ¿Pero cuántos más Durañonas, Nigros y Promittios deambularían por Buenos Aires con la condena de un sufrimiento inconfesable y crónico, sólo por haber tenido la desgracia de incurrir en una mentira conocida por Vázquez?
En la calle titilaban los faros de alumbrado recién encendidos. La señora Susana no dejó de hablar hasta que Tomassini se despidió en la puerta cancel.
No me tiene que dar las gracias: si le conté todo esto fue por Miguel, para que usted pueda encontrar al culpable. Y que Dios nos ayude.
El hecho de que el asunto estuviera a punto de resolverse le devolvió a Tomassini un entusiasmo por su profesión que hacía años que no sentía. Redactó mentalmente el titular que tendría su nota en la tapa del diario. Imaginó a la gente y a los otros medios deslumbrados por el caso. Previó invitaciones a los programas de T.V. para relatar la investigación. Soñó con un aumento de sueldo, con un viaje.
Pero todavía faltaba darle a la trama la última puntada. En el mensaje que le envió a los tres sospechosos, les decía que sólo la asistencia de ellos a esa cita evitaría que él diera a conocer toda la información que poseía sobre el caso. Su intención, les aclaraba en la esquela, era escuchar todo lo que ellos pudieran decirle sobre su amigo Vázquez, cuya amistad lo obligaba a investigar las circunstancias de su muerte.
Tomassini sabía que la jugada era peligrosa; por eso, la noche anterior se dedicó a desarmar y limpiar la Browning. Por otra parte contaba con ciertas ventajas sobre ellos: el conocimiento del lugar, la sorpresa que cada uno se llevaría al ver que había otras dos personas convocadas a la cita, y una ventaja más: la mentira que pensaba decirles acerca de que alguien, si él no regresaba a una hora determinada, le entregaría una carpeta con datos a la policía.
Ese final de la pesquisa, además, le pareció vanidosamente atractivo: por la manera en que encararía la conversación, los tres terminarían discutiendo entre sí y alguno cometería una incongruencia que, a la luz de su detectivesco ingenio, lo delataría como el autor del crimen.
Cuando en la parrilla del Camino Negro abrió la puerta del baño en el que ya llevaba una hora de espera, deseó sin embargo haber tenido otra hora para repasar todos los datos en la mente y verificar, una vez más, que no hubiera en su rompecabezas ninguna pieza engañosa, de esas que no alteran la figura pero que conservan un mínimo resquicio entre ellas y las piezas aledañas. Ya había fumado el último 43/70 que le quedaba, y si se hubiera mirado en el espejo habría tomado conciencia de que tenía miedo.
Una vez que los cuatro estuvieron sentados en la misma mesa, Tomassini dijo concisamente lo que pensaba decir, y lo hizo con soltura y suficiencia. Durañona lo observaba fijamente y su tic nervioso se había intensificado. Promittio parecía abstraído en el póster del Sagrado Corazón. Nigro, que había plegado el bastón blanco sobre sus rodillas, lo escuchaba con el mentón levantado. Cuando Tomassini terminó de hablar, Promittio pidió una botella de vino tinto, se sirvió un vaso y lo bebió de un solo trago. Nadie hablaba. Entonces le pasó la botella a Durañona, quien se excusó diciendo que tenía ganas de orinar. Sin más trámite, tomó el florero de la mesa, le sacó el clavel artificial, y poniéndose de pie se abrió la bragueta y orinó largamente.
Los baños de estos lugares suelen ser muy sucios dijo mientras sacudía higiénicamente su miembro.
Después Promittio le ofreció la botella a Nigro, y éste le preguntó qué vino era.
Etchart Privado mintió.
¿De verdad? preguntó Nigro acercando el pico a su nariz. No huele como un Etchart. O el olfato me engaña. Y sacándose los anteojos oscuros, miró atentamente la etiqueta con sus grandes ojos verdes.
Al darse cuenta de que había caído en una trampa, Tomassini retrocedió aterrorizado y sacó el arma. La voz le sonó conocida:
Suéltela o disparo dijo el pastor Roberto a sus espaldas, apuntándole desde la puerta del baño de caballeros.
Mientras el pastor hablaba, Tomassini miraba el orificio de la pistola como a través de la mirilla de una puerta que daba a la nada. Estaban sentados en una mesa a solas, porque los otros tres ya se habían ido. Tomassini hacía un esfuerzo por comprender lo que el pastor decía, pero aunque entendía las palabras y las frases, no conseguía establecer entre ellas relaciones coherentes.
Haga el bien en el mundo, y en los momentos difíciles no le van a faltar amigos. Mire si no a esta buena de Susana, que me hospedó cuando salí de la cárcel sin un peso. Para ese entonces ahí vivía también Miguel Vázquez, un simple ladrón de autos que tal vez se quedó con algún vuelto y por eso lo mataron. Al principio le pedí a la señora que espantara lo antes posible a la policía, que había venido a hacer preguntas, para que no me involucraran a mí sin comerla ni beberla. Además, por prudencia, no quería que nadie supiera dónde estaba. Pero cuando me dijo que también había andado por ahí un periodista y me mostró la tarjeta con su nombre, pensé que Dios me había dado la oportunidad ideal para cobrarme esta deuda.
«No crea que fue toda inventada la historia que la señora tan convincentemente le contó. Los que usted creyó sospechosos no eran actores de profesión, y no crea tampoco que mintieron tanto: Promittio efectivamente tiene una empresa de vinos, Nigro realmente es vendedor ambulante y Durañona es un auténtico médico, sólo que es especialista en várices, y el día que usted fue a verlo descolgó los diplomas. Por supuesto que Nigro ahora tiene una vista perfecta, pero cuando usted lo investigó él volvió a vender en una línea que hacía años que no tomaba, y donde los choferes todavía lo conocían como «el ciego». ¿Cómo logró hacer que pareciera ciego en el caso de que usted le sacara los anteojos? Fue sencillo: con lentes de contacto blancas y un colirio que nubla provisoriamente la vista. Pero si representó tan bien su papel fue porque él había sido realmente ciego, así como Promittio había tenido un cáncer de hígado y Durañona un grave problema de impotencia. ¿Quiere ver cómo sus categorías de lo verdadero y lo falso se demuestran inexactas? No necesita mayor comprobación que ésta: en la Iglesia de los Bienaventurados, Promittio encontró la curación de su cáncer, Durañona solucionó su impotencia y Nigro recuperó la vista. Por eso cuando construí toda esta historia y les pedí que colaboraran conmigo para acabar con un enemigo de Dios, fueron tan agradecidos con su pastor.
«Usted, Tomassini, aferrado a ideas demasiado rígidas, creyó ver un negocio donde no había solamente un negocio. La fe de esa gente es muy grande, bastante más que la mía y mucho más que la de usted.
«La rigidez está en pensar que en el universo hay verdades y mentiras, cuando en realidad todas son verdades, sólo que algunas son más fuertes que otras.
Ahora no sólo las frases del pastor, sino hasta los objetos que formaban parte de la escena habían perdido para Tomassini los vínculos que los unían y la justificación de su presencia: el paisaje alpino, el ventilador de techo, el Rolex imitación en la muñeca del pastor; todo flotaba en una atmósfera de absurdo.
Verdades más fuertes y verdades más débiles. El universo como una guerra de verdades que chocan todo el tiempo entre sí. Mire por ejemplo cómo la verdad de esta bala choca con la verdad de su sien.
© Alejandro Tloupakis, 2000