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Flores rojas flores
Maximiliano Tomas
Primer premio del Cuarto Concurso Literario Gramma
No, no es broma. Pasa que uno arriesga mucho de verdad si se juega a afirmar que Julio Cortázar fue un asesino. Ninguna metáfora literaria. Hablo de acero real, con filo real y sangre tan tibia, roja y real como la que corre por las venas de cualquiera de nosotros. Lo que pasa es que en este país hay fanáticos para todo, no me extrañaría que ahora ellos olfatean estas cosas antes que sucedan, son terribles hasta tenga a uno parado en la puerta de mi casa. Y yo no soy precisamente de los que se arriesgan. A decir verdad, más bien soy medio cagón. Cagón, sí, pero también ambicioso. Ahora sé que no fue la curiosidad la que mató al gato, fueron las ansias. En mi caso, debo confesarlo, son sólo ansias de fama, de trascendencia. Nada heroico. Pero a cuántos se les fue la vida en menos que esto. En fin, una historia es una historia, y ésta es una de esas que nadie podría callar.
Me van a decir que bueno, que si no me doy cuenta de que llegué un poquito tarde para venir con el cuento. A lo que respondo que qué culpa tengo yo de que el secreto haya sido bien guardado, que para algo era un secreto. Y que también sé que Cortázar murió en febrero del 84, que está a más de tres metros bajo tierra y que por más que diga lo que diga no va a haber manera de que se mueva de allí. ¿Pero acaso el paso del tiempo justifica los pecados? ¿Los redime? Más aún, ¿lava un homicidio? Bien, eso es lo que quería escuchar. Ahora, déjenme explicar.
La historia llegó a mis oídos hace un mes. Un amigo escritor cuyo nombre omitiré por razones obvias había coincidido en su largo exilio y bajo el cielo de un país tropical con Cortázar. Las ideas de Cortázar, por esos años, habían virado hacia la izquierda y como mi amigo era un exiliado político, volvieron a cruzarse unas cuantas veces, y llegaron, en realidad, a hacerse casi íntimos. Una de esas noches, bajo el influjo de una buena cantidad de mojitos y la insistente música del Caribe, mi amigo se convirtió, sin querer, en el único confidente del crimen. De repente, nada menos que Julio Cortázar le estaba revelando su secreto más íntimo, el que, dijo, lo atormentaría hasta el último de sus días. Un secreto, para que sea tal, necesita al menos dos personas. Y para seguir con los lugares comunes, no hay dos sin tres. Después del tercero, bueno, para qué seguir contando. Al menos eso es lo que espero que suceda. Lo que me confió un mes atrás fue más o menos así.
París, abril de 1959
Lo primero que vi fue su espalda, más larga que ancha. Estaba sentado a la vidriera de un bar, garabateando algo en un cuadernito, acompañado por una pila de papeles manuscritos apilados a un costado. A un lado, también, tres cartas, una con sello de la Oficina de Correo de París. Las otras dos, con estampillas de colores apagados, decían bien chiquito: Buenos Aires, República Argentina. Me acerqué sigilosamente, entre los espacios libres que dejaban las sillas y las mesas. Había llegado el momento que había esperado tantos pero tantos años. Años de caminatas interminables, búsquedas y desilusiones diarias. Y ahora sí, finalmente, un nuevo pliegue en el tiempo, ja
Apostaría a que no pasa un día sin que le regalen libros, ¿no?
¿Perdón? me dijo. La pregunta lo había tomado por sorpresa.
Digo que, siendo escritor, amigo de escritores y quizá también de algunos editores, debe vivir entre libros. Y que muchos de esos se los deben haber regalado intenté explicarme.
No sé si en ese momento aún estaba imbuido en la tarea que había quedado a medio hacer, la cuestión es que no me entendía. 0 quizá me consideraba el idiota más grande que haya pisado alguna vez suelo parisino. Lo que importa es que hizo definitivamente a un lado el cuaderno, y dio vuelta esa carota de ángel-demonio, esos ojos grandes, esas cejas que se unían sobre la nariz. Me miraba fijo.
Si fuera tan amable de explicarse mejor, se lo agradecería infinitamente me demandó, aunque sin perder sus modales sutiles y pausados. Arrastraba la erre, como cuando lo había conocido.
Cortázar, Julio Cortázar, ¿o me equivoco?le dije.
No señor resopló, no se equivoca en absoluto, aunque me encantaría averiguar en qué puedo ayudarlo.
Bueno, señor Cortázar, llegamos al primer punto. Ahora sólo contésteme. Le regalan libros bastante seguido, ¿no?
Sí. Aunque prefiero comprarlos.
Ajá, ¿pero cuántas veces alguien se acerca para ofrecerle, como regalo, un libro suyo?
¿Mío? dijo, y pensó unos segundos. Bueno, no se crea tan original señor
Llámeme Marcel.
Marcel. Lo han hecho un par de veces, y le aseguro que no le veo la gracia. Ni siquiera cuando se trata de ediciones desconocidas por mí. Prefiero que mis libros reposen en las bibliotecas de los demás.
Sí, me imaginaba que diría algo así. Es más, eso se lo leí a Abelardo Castillo, allá por 1997, en uno de sus libros. Quizá le haya plagiado la frase digo, ustedes se conocen. Parece que es una linda costumbre que tienen los escritores le dije. Por cómo me miraba había picado. Respiré para tomar impulso.
Pero lo que yo quiero saber es cuántas veces le regalaron un libro suyo, antes de que lo escribiera.
Ahora sí que lo había descolocado. Me sentí casi henchido por el orgullo. El alumno superando al maestro. Más todavía, el personaje al propio creador. Apoyé en la mesa la edición de El libro de Manuel, tapas semiblandas, Editorial Sudamericana, que había conseguido en una mesa de saldos de la calle Corrientes. Cortázar hizo el ademán de agarrarlo casi seguro ya había alcanzado a ver las grandes letras de su nombre impresas en la tapa pero me adelanté. Con su entera atención en mi bolsillo le pregunté cómo le caería ir a dar una vuelta. Salimos. Parado era aún más alto de como lo recordaba.
Llovía como llueve siempre en París, poquito, pero molestaba. Y el cielo era de ese gris tan gris que había visto sólo en dos ciudades antes, y en ningún otro lado: plomo exclusivo de Londres y Buenos Aires. Cortázar achinaba esos ojos lupa por culpa de las gotas molestas, pero no necesitaba hablar para que yo me diera cuenta de que quería una explicación. Y rápido. No le iba a dar el gusto.
¿Hacia dónde estamos yendo? preguntó.
A una especie de tabernita, un bistró, como le dicen acá. Queda en la rue Cambronne, no es muy lejos le respondí, y comencé con los acertijos. Ya era hora. ¿Estuvo alguna vez por allí?
No lo creo. ¿Pero qué tiene eso de especial? Estoy empezando a impacientarme.
Bueno, señor Cortázar, le recomendaría que no pierda la paciencia. Si no la he perdido yo en todo este tiempo, usted podría hacer un esfuercito, ¿no?
¿Y yo qué tengo que ver en la forma en que usted prefirió perder su vida? Al fin y al cabo fue su elección.
Precisamente es por eso que lo andaba buscando, ha dado en el clavo, señor sabelotodo Ahora era yo el que estaba perdiendo la paciencia. No fue mi elección. No tuve la oportunidad de decidir nada. Desde esa bendita noche en que me usurpó la vida y me condenó para siempre, nunca volví a decidir sobre mis días.
¿Qué?
Okey, voy a refrescarle la memoria. A ver cómo le suena esto. Creo que después de algunos años podré repetirlo sin equivocarme: «Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne».
Esperé pacientemente la transformación en su cara, que no se produjo. No le sonaba. Nos habíamos detenido bajo un techito de fierros y chapa, después de bajar por calles sinuosas en dirección al bistró. Ahora la lluvia luchaba con ganas para convertirse en diluvio. Pensé en eso, y en el juicio final, y la idea no me desagradó del todo. Me pareció que le daba a la situación un marco bastante adecuado. Cortázar esperaba también, creo, un remate. O estaba particularmente lento hoy, o su memoria dejaba mucho que desear.
Ah, aún no entiende le dije, y seguí: «Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue en el tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo. Una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío».
Pensó apenas unos segundos. La memoria no le fallaba.
«Estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte, a cualquier hora» dijo. Parecía haber caído en trance.
Bien, muy bien, señor Cortázar. Son palabras mías, pero fue usted el que se encargó de inmortalizarlas. «Una flor amarilla», Final del Juego, 1956, incluido por primera vez en la segunda edición, 1964. Fin de la primera adivinanza, comienzo de la verdadera aventura.
Si nunca han visto tartamudear a alguien en franpañol, se los recomiendo, es un espectáculo único.
L-luc, Lu-luc
Sí, sí, Luc. Luc se murió. Pero yo no. Yo le conté mi historia y usted me cagó la vida. Debía morirme en algún momento, porque según escribió, yo era el único mortal. Pero mire qué cosa, el asunto resultó ser al revés. Todos ustedes son los jodidos mortales, y yo el único inmortal. Me di cuenta después de que pasó un tiempo, después de vagar y vagar. Usted me había inmortalizado a través de los años, por las sucesivas reediciones de sus libros. Y la inmortalidad me empezó a fastidiar. No es nada lindo ver cómo las cosas cambian, cómo todo, hasta lo que uno cree incorruptible, muere, y uno queda ahí, vivito como el primer día. Es terrible, uno no puede aferrarse a nada, a nadie, porque sabe que no va a haber tiempo. En realidad, es todo lo contrario. Yo siempre iba a tener demasiado tiempo, ese era el problema. ¿Se da cuenta? Me condenó a la soledad. Cargando con la vergüenza de haber sido humillado en todo el mundo. Viendo cómo la gente leía y se burlaba de mí, de mi desgracia. Y eso sí que es exclusiva responsabilidad suya. Del simpático escritor.
No tartamudeaba más. Ya ni siquiera articulaba palabras. Los goterones pegaban en el techito, un redoble in crescendo.
O sea que mire usted lo que pasó: el final no llegó. Fui su personaje, peor que eso, la rata más sucia del laboratorio para una teoría errada. Me dejó esa noche, en el bistró, hablando solo como un loco, roído por el vino tinto, y cuando ya tenía lo que necesitaba salió corriendo, a escribir un cuento que pensó iba a ser gracioso, inteligente, entretenido. Pero ya ve, acá estoy. Y no vine precisamente en plan pacífico.
¿Pero cómo? dijo.
Ah, menos mal, ya me había preocupado. Si se quedaba mudo esto no iba a ser nada divertido. Un tal Borges
¿Borges? preguntó.
Sí, Jorge Luis, el mismo. Veo que reaccionó enseguida. Creo que ahora entendía hacia dónde lo llevaba.
No, por favor, no quiero saber
No sea patético, señor Cortázar. Se lo voy a confesar, no tiene sentido seguir ocultándolo: vine para matarlo. Y no me refiero al simple acto de quitarle la vida. He venido con un plan meditado durante el tiempo que usted mismo me otorgó, cuando me concedió la inmortalidad.
¿Pero cómo llegó hasta acá? Nunca pensé volver a verlo
Entonces se equivocó de nuevo. Usted mismo formuló la teoría de los pliegues del tiempo. Pero debería haber comprobado antes todas las hipótesis, un paso elemental. Siempre los despreciaron, pero se da cuenta ahora que hay algo que los científicos, esos mediocres empiristas como los llaman, pueden enseñarles a ustedes, los vanidosos hombres de letras. Aunque después me di cuenta de que tampoco usted había sido original en eso, Cortázar. Me extraña que haya pensado que no podía volver a repetirse. Borges, al que usted leyó, veo, bastante bien, creía que existían infinitas series de tiempos, una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, que se bifurcan, se cortan o se ignoran abarca todas las posibilidades. Los hombres no existimos en la mayoría de esos tiempos. En algunos existe usted y en otros yo, en otros los dos. «El jardín de los senderos que se bifurcan», aunque no creo que usted necesite esta aclaración. Bueno, hoy volvimos a coincidir. Usted y yo.
Perdón, perdón dijo, y parecía haber recobrado el aliento. Vamos a ver si nos ponemos de acuerdo. Estoy en un café, en una tarde nublada y apacible, concentrado en mi trabajo, cuando de la nada aparece un fulano que se hace llamar Marcel. Este fulano dice que años atrás me contó la historia de su vida en un bistró, y que yo la usé para un cuento mío. Luego me dice que lo condené a la inmortalidad, y no sólo me confiesa que viene a matarme, sino que me acusa de plagio. Sin contar que el señor tiene el poder de viajar a través del tiempo, y que no recuerdo su cara. ¿No le parece que se está excediendo un poco?
Buen intento, pero no lo suficiente. No se me exalte, señor Cortázar, que aún falta lo mejor. Y yo no dije que venía simplemente a matarlo. No lo disfrutaría lo suficiente. En mi bolsillo, por las dudas, hace rato que se moja un calibre 22. Si hubiese querido pegarle un tiro acá mismo, lo podría haber hecho y nadie se hubiese enterado, quédese tranquilo.
¿Entonces?
Entonces me va a tener que escuchar hasta el final. Usted me decepcionó, Cortázar, en todo sentido. Escribe bien, digo, sabe contar historias que fluyen como el agua, pero no son suyas. Me humilló y me condenó a una vida miserable sin siquiera detenerse a dudarlo. Fui el hazmerreír por generaciones. Y ni siquiera pudo pensar en un título original, ni eso me dejó. «Una flor amarilla» le tuvo que poner, cuando Borges había escrito ya de las mismas revelaciones místicas en un cuentito titulado «Una rosa amarilla». «Sintió que ella estaba en su eternidad, no en sus palabras, y que podemos mencionar o aludir pero no expresar», escribió él. No sé cómo no le dio vergüenza, es un plagio indudable. Hasta me hizo hacer lo mismo que el otro, encontrar la clave de lo metafísico observando una flor. Usted no usa la palabra revelación, sino contacto, belleza, que suena más lindo. Pero era una flor amarilla, igualito, y mientras en el otro cuento Giambattista Marino ya se moría, a mí me tocaba seguir viviendo. Renacer todo el tiempo en la cabeza de sus lectores. Ellos darían vuelta siempre la última página del cuento y yo me quedaría como un idiota buscando eternamente al otro Luc, a mi igual, para tratar de demostrar que no era el único mortal. Que la cadena de muerte-nacimiento-muerte no se había quebrado. Bueno, creo que está a la vista que no me morí.
Se quedó mudo. Capacidad de reacción: cero. Sólo me faltaba la estocada final. Tajearle el futuro, robárselo, borrar de un plumazo toda su capacidad de creación ulterior. Era lo peor que podía hacerle. La incapacidad de crear, de alcanzar la inmortalidad que como escritor había soñado, todo me pertenecía de repente. La lluvia había ido parando. Empezaba a clarear.
Para eso me había traído la edición de El libro de Manuel. Había encontrado la venganza perfecta. El mismo me había dado el tiempo para idearla, meditarla, perfeccionarla. Y esperar. Esperar lo imposible: que un pliegue temporal, una fisura en la cadena de lo imperfectible, un túnel por equivocación matemática, física o lo que fuera, me hiciera coincidir con Julio Cortázar, el anónimo de aquella noche del bistró que ahora tenía nombre y apellido ilustre, en tiempo y espacio. Algunas vidas había estado cerca, pero no lo suficiente. Una vez se me había escapado por un par de años, llegué tarde, y ya no valía la pena intentarlo. Le quedaba poco, y era un tipo premiado, no podía hacer nada. En otra oportunidad, todavía adolescente, aún era un larguirucho pálido fascinado por la mitología griega, la manera de caminar el ring de Justo Suárez y el jazz que desgajaba la trompeta de Louis Armstrong. Ni siquiera había dado clases en Chivilcoy, ni escrito nada que realmente valiera la pena. Pero ahora sí. Ya había cosechado algunas palmaditas en la espalda, más larga que ancha, y faltaba algún tiempo para el reconocimiento mundial de Rayuela. Tenía que ser ahora.
Encima tenía El libro de Manuel. En el bar le había dado un adelanto, lo suficiente como para captar su atención. El título estaba impreso en una tipografía un poco más pequeña que su nombre, pero una pasada, una sola pasada y todo se habría acabado. Si lograba que viera, en esta tarde de 1959, los títulos de sus libros posteriores, sus años de publicación, cualquier edición, el gráfico de las tapas, si lograba que su mente adivinara que esos libros habían sido vendidos, agotados y reeditados, el shock iba a ser irreversible. Acorralado por el conocimiento del más mínimo detalle de su futuro, Cortázar nunca escribiría lo mismo, digo, exactamente igual, con la misma espontaneidad que lo hubiera hecho antes. Esa iba a ser su ruina: ninguna rayuela, modelo para armar, ni saga de Lucas, ni cronopios ni famas. Ningún libro de Manuel. La venganza perfecta. Algunos críticos me lo agradecerían.
Metí la mano en el bolsillo derecho del saco y el 22 seguía ahí, fiel. Nadie me obligaría a desvirgarlo. Ya no llovía, y el calor subía desde el empedrado, partido al rayo por la resolana. La camisa se me pegaba a la espalda, me palpitaban las sienes, pero Cortázar estaba peor. Lo miré: devastado. Por un instante me dio lástima, lo compadecí. Le iba a quitar todo lo que era, todo lo que tenía, y sobre todo, lo que iba a ser. Pero fue un segundo: pensar en eso volvió a ponerme de buen humor.
Tome, esto es para usted.
Hurgué en el bolsillo izquierdo, palpé el libro, se lo di.
¿Qué ?
Iba a mirar la solapa. Sí. Y a último momento se tapó la cara con el antebrazo. Fue lo suficientemente inteligente: el desgraciado se había dado cuenta. La otra mano, la derecha, respondió en seguida a la orden de mi cerebro: el 22.
Según me contó esa noche, los versos de Borges le retumbaron en la cabeza, y lo sacaron de su letargo. El puñal que llevaba había sido forjado en Toledo en el siglo xix, tenía ganas de matar, de derramar brusca sangre, de no soñar su sueño de tigre. Parece que después de todo quizá Marcel tenía razón con lo del plagio. «Para éste tampoco los años pasaron inútiles», dijo Cortázar, o quizá pensó que lo dijo, mientras le clavaba el puñal de Borges hasta el fondo. Me confesó que a pesar de todo se permitió una sonrisa: ahora sí, el cuento tenía su final. Marcel estaba muerto.
Al mismo tiempo que terminaba de hablar, mi amigo me hizo jurar silencio, y mientras lo juraba sabía que no lo iba a cumplir. Era la oportunidad que siempre había estado esperando. Sé que me lo va a perdonar. Sí, Cortázar había matado por miedo y vanidad, y principalmente para que su cuento tuviera sentido. Y después de todo, había logrado lo que buscaba. Después murió una de sus vidas, en 1984.
© Maximiliano Tomas, 2000