GRAMMA Virtual
Publicación de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador
Año I Nº 2 Diciembre 2000

Elementos árabes en el Cantar del Mío Cid

Mabel I. Caballero y Alejandro I. Luna

Introducción

Teniendo en cuenta la condición anónima del Cantar, su transmisión por una serie de copistas, su entronque con unas tradiciones métricas y retóricas propias de una escuela (el mester de juglaría), y la dependencia de un tradicionalismo épico literario, se puede ver que el poema comparte ciertos rasgos con otros cantares de gesta, es decir, con la poesía tradicional y oral a la que pertenece. Por otro lado no se debe olvidar que durante mucho tiempo la morada vital de cristianos y musulmanes fue común. De modo que muchos rasgos del Cantar del Mío Cid aparecen en otras literaturas europeas pero al mismo tiempo se encuentran asociados a la literatura árabe.

Esta perspectiva de la modalidad hispanoárabe proporciona algunas claves para la comprensión de la figura del protagonista. Para estudiarlo ordenadamente, siguiendo un estudio realizado por Francisco Marcos Marín, lo podemos ver en sus tres planos: el individual, el plano medio entre él mismo y la sociedad, y el plano general de la sociedad entera, donde el hombre es sólo un número.

 

 

Primera parte. El héroe

El héroe era fundamentalmente el jinete, el caballero, y como tal lo encontrábamos armado de espada y lanza y montando magníficos corceles.

Este héroe tenía perfecta conciencia de su propia personalidad, de su papel de héroe, lo cual es evidente en la invocación a sí mismo. Es decir, el reconocimiento personal tan característico de la literatura árabe, que también se puede rastrear en varios textos literarios castellanos (por ejemplo en el poema de Alfonso xi).

 

 

A grandes voces llama el que en buen naçió:

¡feridlos, caualleros, por amor del Criador!

Yo soy Roy Díaz, el Cid de Bivar Campeador! (719-721)

 

 

Con los aluores myo çid ferir los va

En el nombre del criador e del apostol sancti yague

Ferid los caualleros damor e voluntad

Ca yo so Ruydiaz myo çid de biuar (1137-1140)

 

 

El autoapellido era la manera de agruparse en el combate y de reconocerse en medio de la polvareda, pero también llevaba implícito un concepto personal responsable. Esa responsabilidad normalmente recaía sobre la primera persona gramatical y, en aquellos casos en los que el autoapellido no aparece, puede estar resaltada en todo un fragmento. La valoración directa de la propia personalidad en función de ella misma es un concepto claramente épico.

Otro rasgo importante del héroe era el hecho de ser hijo de sus obras, puesto que con sus manos podía conseguir más de lo que podía recibir, lo cual no entra en oposición con cierto concepto árabe según el cual la fama se hereda de la familia, y por lo tanto se debe mantener. Todo lo contrario, indica que «la fuente de origen de nobleza está aún corriendo y que no hay un sentimiento cerrado de casta, sino que la mejor nobleza, la que no se pierde, está en el brazo del héroe». Este es el concepto que hace triunfar al Cid.

En esta dignidad adquirida, en este ser hijo de sus obras, lo fundamental del héroe era su valor en el combate. De modo que la exaltación de la persona del héroe generalmente iba ligada a una situación caballeresca, y el apellido en los combates, habitual entre los árabes, era una manifestación de fuerza.

Pero el nombre del héroe no lo era todo, ya que sus dos elementos fundamentales, el caballo y la espada, también tenían su propio nombre totalmente ligado al de su dueño, al punto de conocerse al dueño por el nombre del caballo, o de la espada, y viceversa. Un ejemplo de esto se puede ver en un poema de Amr b. ma di-Karib, con motivo de un combate entre persas y musulmanes:

 

 

Ego Abu-Tsaur sum et gladius meus Dsu-l Nun est. Eos modo iuvenis foribundi percutio; o gens Sobaid! ii moriuntur eos nonnisi ad pugnam incitavit.

 

 

 

El héroe como persona: características

Frente a la idealización que normalmente sufre el héroe en las novelas de caballerías, se puede observar su carácter humano.

Observamos ante todo que no se intentaba resaltar la belleza externa del héroe, sino que, al contrario, éste era famoso por sus proezas guerreras y por su valor, pues el valor guerrero era el que le confería honor.

Considerando ahora su valor moral, el héroe era ante todo el héroe en el combate. Como signo de esto, vemos la importancia de la sangre derramada corriendo al suelo por la montura o por la espada:

 

 

Por el cobdo ayuso la sangre destellando (1724 y 2452)

 

 

Vedes la espada sangrienta e sudiento el cauallo (1752)

 

 

 

La fuerza y el valor en el combate eran las primeras características de este héroe moral; pero era completamente indispensable la astucia, pues esta permitía conservar la vida.

 

 

Quando vio myo çid que alcoçer non se le daua

El fizo vn art e non lo detardaua

Dexa vna tienda fita e las otras lleuaua

Coio salon ayuso la su seña alçada

Las lorigas vestidas e çintas las espadas

A guisa de menbrado por sacar los a çelada

Veyen lo los de alcoçer dios commo se alabauan

Fallido a a myo çi el pan e la çeuada

Las otras abes lieua vna tienda a dexada (574-600)

 

 

Dando grandes alaridos los que estan en la çelada

Dexando una los delant por el castiello se tornauan

Las espadas desnudas a la puerta se parauan

Luego llegauan los sos ca fecha es el arrancada

Myo çid gaño a alcoçer sabet por esta maña (606-610)

 

 

Se abre aquí una nueva dimensión: ante el prototipo de la fortitudo, exaltación de los valores físicos del héroe árabe, tenemos un héroe consciente, que sabe que no puede hacer las cosas solo, que necesita ayuda, y que sus aliados también necesitan una razón personal para intervenir en la lucha. Su astucia debía proporcionarles esas razones:

 

 

Por aragon e por nauarra pregon mando echar

A tierras de castiella enbio sus menssaies

Quien quiere preder cueta e venir rrictad

Viniedde a myo çid que a sabor de caualgar

Çercar quere a valençia por a xristianos la dar (1187 -1191)

 

 

Andidieron los pregones sabet a todas partes

Al sabor de la ganançia non lo quiere detardar

Grandes yentes se le acoien de la buena xristiandad

Creçiendo ua en Riqueza myo çi el de biuar

Quando vio myo çi las gentes iuntadas com peços de pagar (1197-1201)

 

 

Junto al lema fortitudo sapientia, la lista de virtudes características del héroe se completa con la generosidad, rasgo predominante de la literatura árabe.

En el Cantar se puede ver cómo el Cid era señor de la vida de sus súbditos y se preocupaba por ellos en todos los detalles:

 

 

Hya mugier doña ximena nom lo auiedes Rogado

Estas dueñas que aduxiestes que uos siruen tanto

Quiero las casar con de aquestos myos vassallos

A cada vna dellas do les. C.C. marcos

Que lo sepan en castiella a quien siruieron tanto (1763-1767)

 

 

 

Las armas y el caballo

Hasta ahora vimos al héroe como hijo de sus obras y responsable del honor del grupo. Pero el héroe no era tal si iba desprovisto de sus armas fundamentales: la espada y el caballo.

Los grandes tajos son característicos en la literatura épica árabe, por lo que el héroe y su caballo normalmente finalizaban el combate cubiertos de sangre. El tajo de espada que divide en dos al enemigo es muy característico de un héroe musulmán de especial importancia en al-Andalus, Ali ibn Abu Talib, cuya espada —regalo del Profeta— aparece partiendo por el medio a oponentes en miles de representaciones del arte popular en todo el mundo musulmán, de Marruecos a China.

En el Mío Cid abundan los ejemplos de golpes, heridas, tajos y cabezas cortadas, todos ellos producto de la actuación del héroe armado y a caballo.

 

 

Diol tal espadada con el so diestro braço

Cortol por la çintura el medio echo en campo (750-751)

 

 

También son muy frecuentes tanto en la poesía árabe como en los cantares castellanos y franceses, las imágenes donde la sangre mana de las heridas y sale a chorros:

 

 

Tres dobles de loriga tenie fernando aquestol presto

Las dos le desmanchan e la terçera finco

El belmez con la camisa e con la guarnizon

De dentro en la carne vna mano gela metio

Por la boca afuera la sangrel salio (3634-3638)

 

 

Otro detalle de gran importancia era que el héroe recibía su espada de otra persona a la que debía respeto, o bien la ganaba en el combate. Esta modalidad está también presente en el contexto árabe y aparece conservada en la leyenda aljamiada de Alí. El profeta venció a Du’l-faqar en la batalla de Badr. Roland, según el cantar de Aspremont, consiguió su espada Durendal venciendo al sarraceno Aumont. Y el Cid también ganó sus espadas en combate.

 

 

Vençido a esta batalla el que en buen ora nasco

Al conde don Remont a preson le an tomado

Hy gaño a colada que mas vale de mill marcos (1008-1010)

 

 

Mato a bucar al Rey de allen mar

E gano a tizon que mill marcos doro val (2425-2426)

 

También es muy importante la personalización de la espada pues, como mencionamos anteriormente, éstas tenían su propio nombre.

 

 

Quando lo vio ferrangoçalez conuuo a tizon (3643)

 

 

Quando este colpe a ferido colada la preçiada (3657)

 

 

Pero no sólo se destacaban por el hecho de tener nombre, sino también por el brillo majestuoso que las caracterizaba, objeto de alabanza en el canto de los poetas:

 

 

Pusieron las en mano del Rey so señor

Saca las espadas e Relumbra toda la cort

las maçanas e los arriazes todos doro son

Marauillan se dellas todos los omnes buenos de la cort (3175-3179)

 

 

Martin antolinez mano metio al espada

Relumbra tod el campo tanto es linpia e clara (3649-3650)

 

 

La figura del héroe queda delineada con el caballo. Para los árabes éste era tan importante que lo reservaban para el combate o para los ejercicios ecuestres. Por ello, tenían la costumbre de montar en camello cuando se dirigían a la lucha, llevando los caballos de la brida para que no se fatigaran con el camino, y los montaban sólo cuando llegaban al campo de batalla. Este animal también está personificado, por lo tanto tiene nombre propio.

La importancia que se daba a los caballos en el Al-andalus aparece también en estos versos del Mío Cid:

 

 

 

El Rey alço la mano la cara se sanctigo

Hyo lo juro par sant esidre el de leon

Que en todas nuestras tierras non ha tan buen varon

Myo çid en el cauallo adelant se llego

Fue besar la mano a so señor alfonsso

Mandastes me mouer a bauieca el corredor

En moros ni en xristianos otro tal non ha oy

Hy uso le do en don mandedes le tomar señor

Essora dixo el Rey desto non he sabor

Si a uso le tollies el cauallo no haurie tan buen señor

Mas atal cauallo cum est pora tal commo vos

Pora arrancar moros del canpo e ser segudador

Quien vos lo toller quisiere nol vala el criador

Ca por uso e por el cauallo ondrados somos nos (3508-3521)

 

 

Un ejemplo en la literatura árabe es el caso de una yegua llamada Sakab, que un rey pidió a uno de los Banu Jamim, y que inspiró una poesía escrita en su alabanza. Inclusive en algunos textos árabes ni siquiera figura la palabra caballo, que suele ser introducida por el traductor para lograr una mayor comprensión.

Al igual que con las espadas, los caballos se conseguían arrebatándolos del enemigo, o en donación de amistad, o bien pagando por ellos grandes cantidades.

 

 

Mando myo çid a los que ha en su casa

Que guardassen el alcaçar e las otras torres altas

E todas las puertas e las exidas e las entradas

E aduxiessen le a bauieca poco auie quel ganara (1570-1573)

 

 

El valor que los árabes adjudicaban al caballo también se encuentra en el Cid y se hace evidente en aquellos episodios en los que el héroe le envía caballos al rey como obsequio y muestra de fidelidad.

 

 

Desta batalla que auemos arrancado

Al Rey alfonsso que me a ayrado

Quierol enviar en don .XXX cauallos

Todos con siellas e muy bien enfrenados

Señas espadas de los arzones colgando

Dixo mynaya albar fañez esto fare yo de grado (814-819)

 

 

Al Rey alfonsso myo señor natural

Destas mis ganançias que auemos fechas aca

Dar le quiero cauallos e uos yd gelos lleuar (1272-1274)

 

 

El honor privado

En las condiciones sociales de la epopeya, la persona aislada era poco importante, lo cual no implicaba la no consideración de la persona, lo cual se demuestra con el uso del autoapellido. Lo que sucede es que el individuo tenía más importancia en sus relaciones con la familia y la sociedad que en su posición aislada, pues la importancia fundamental radicaba en el grupo.

El honor privado incluía dos categorías: el pundonor (conciencia de sí mismo y la propia valía) y el honor propiamente dicho (el valor de la persona, independientemente de su consideración social). El concepto de honor público encuadraría a la persona dependiente de su consideración social, es decir la honra.

Para los árabes el honor de la persona era el ’ird (plural ’ard) y la exaltación del ’ird era una forma literaria árabe típica. Esta exaltación era el fajr (jactancia), evidente en la autoexaltación propia de todos los casos de autoapellido, aunque esta no era la única forma.

Muchas veces podía verse que el héroe era ultrajado en su honor. El ultraje al ’ird recibía el nombre genérico de damm, y se relaciona con los términos madamma (deshonor y también avaricia) y damama (deshonor). Y la forma poética correspondiente a este tema era la temible sátira o hiya, completamente opuesta al madh.

Entre los árabes, los elementos de honor se daban en el grupo, la familia o el individuo. En el primero de ellos cabe hablar de un honor público, pudiendo diferenciar tres individuos capacitados para su propio ’ird: el jefe, el poeta y el orador. De estos tres, nos detendremos en la figura del jefe, por estar más relacionada con el Mío Cid.

Las cualidades constitutivas del ’ird del jefe eran la generosidad, la inteligencia y el valor; «este último relacionado con toda la sociedad, puesto que el jefe es también el general en el combate y el héroe (faris) de su grupo.»

Pero sobre todo, una de las mejores virtudes del héroe era el al-hilm (la mesura), que obligaba al jefe a contenerse y a no abandonarse a su ira. Los árabes dicen «modérate y llegarás al poder».

Es en su desenvolvimiento en las Cortes de Toledo donde mejor podemos apreciar el carácter mesurado del Cid, episodio en el que prepara una astuta trama jurídica en la que se van enredando los infantes de Carrión, quienes creen erróneamente que el Cid se contenta con una satisfacción simbólica, sin sospechar el reto que igualmente tendrán que afrontar más tarde.

Otro ejemplo claro de su admirable mesura es el episodio del león:

 

 

En esto desperto el que en buen ora naçio

Vio cerçado el escaño de sus buenos varones

Ques esto mesnadas o que queredes uos

Hya señor ondrado Rebata nos dio el Leon

Myo çid finco el cobdo en pie se leuanto

el manto trae al cuello e adeliño pora Leon

El Leon quando lo vio assi envergonço

Ante myo çid la cabeça premio y el Rostro finco

Myo çid don Rodrigo al cuello lo tomo

E lieua lo adestrando en la Red le metio

A marauilla lo han quantos que y son (2292-2302)

 

 

No se debe olvidar que tanto en Oriente como en Occidente el honor dependía del poder personal, premisa válida tanto para la sociedad como para el individuo. Si el Cid no era nadie en el destierro, sí lo fue cuando adquirió cierto poder, el cual le otorgaba autoridad, aunque su situación siguiera siendo la misma. Este poder, como ya se dijo, podía ser heredado o adquirido por el propio esfuerzo. Así es como, para los árabes, ’Isami era el hijo de sus obras, ideal de héroe árabe, mientras que ’Izami era el que conserva una gloria heredada.

Por lo tanto, el ’Isami era quien tenía derecho a practicar la mufajara (fajr) o autoalabanza en público, y en estos actos también era aconsejable la mesura, pues el alabarse despreciando al contrario podía traer graves consecuencias. Este fajr puede rastrearse en la serie 90 del Cantar, cuando el Cid ha alcanzado la cima de su éxito. También en la serie 140, cuando respondió a García Ordóñez, recordándole el conocido incidente de la barba de este último, mesada en la humillación pública de Cabra. En oposición, se destacan las series dedicadas a la jactancia de los infantes de Carrión en el robledo de Corpes (series 130 y 131), o la de García Ordóñez en el juicio (140), oportunamente contestadas por el Campeador.

 

 

Segunda parte. Individuo y sociedad

Más allá de estudiar el papel de la persona considerada aisladamente, hay que prestar atención a la dimensión comunitaria del héroe. El individuo vivía en un ambiente familiar, con el cual conservaba una relación muy estrecha. El Cantar está teñido continuamente por manifestaciones de cariño del Cid hacia su esposa y sus hijas.

En esta íntima relación del héroe con su familia, la ofensa a un miembro de ésta suponía la ofensa a toda ella:

 

 

Quando lo vio doña Ximena a pies se le echaua

Merçed campeador en buen ora cinxiestes espada

Sacada me auedes de muchas verguenças malas (1594-1596)

 

 

En el último verso, vergüenças malas no sólo se refiere a la situación en la que queda la familia del desterrado, estigmatizada ante los demás por la resolución real, sino también a la vergüenza causada por la mirada de los otros, algo que el desterrado no sufre por estar ausente. Por eso el destierro era un daño de la honra, porque dependía de los demás, y no del honor, que era propio.

El vínculo entre el individuo y la sociedad imponía ciertas obligaciones como la venganza de la sangre, la guerra y la protección del débil y de la mujer,.

 

 

 

La venganza de sangre

Los árabes tenían el deber de vengar las injurias, pues, como dice un proverbio, «sólo el toro soporta la ofensa». Y el Corán no prohíbe la venganza de sangre, con lo que Muhammad fue muy rígido pues lo ayudaba a conservar la unidad de sus adeptos:

 

 

La venganza debe ser proporcional a la injuria que la sugiere. Pero el hombre generoso que perdona tiene su recompensa junto a Dios, que odia a los violentos. (Azora xlii, aleya 38)

 

 

La ley no condena al que venga una ofensa recibida. (Azora xlii, aleya 39)

 

Pero con el tiempo, la venganza de la sangre fue abolida y cedió el lugar a la justicia.

 

 

El duelo judicial

En Castilla, era usual juzgar las ofensas en un duelo, generalmente en aquellos casos de difícil resolución, en los que cabía cierta duda. Este es otro elemento propio de la literatura árabe, que corresponde al género Sira. En el episodio del robledo de Corpes, el Cid fue deshonrado en su patrimonio más íntimo y afectivo: el de sus hijas, maltratadas y humilladas por quienes eran de mayor alcurnia que ellas y que su padre; de modo que el reto o duelo judicial era también aquí el único medio del Cid para recuperar la honra.

 

 

Estas apreçiaduras myo çid presas las ha

Sos omnnes las tienen e dellas penssaran

Mas quando esto ouo acabado penssaron luego dal

Merçed ay Rey señor por amor de caridad

La Rencura mayor non se me puede olbbidar

Oyd me toda la cort e peseuos de myo mal

De los yfantes de carrion quem desondraron tan mal

A menos de riebtos no los puedo dexar (3250-3257)

 

 

 

La vergüenza

Si tenemos en cuenta que para cada individuo lo fundamental era su honor (’ird), mantenerlo respetado era un principio fundamental para no tener que sufrir la tan temida vergüenza (’yar). De este modo, la ofensa era el único modo de romper la relación entre la propia vergüenza y la ajena, trayendo como consecuencia la venganza. Así queda cerrado el círculo en torno al concepto del honor y se hace evidente cómo el individuo estaba inseparablemente ligado al grupo. En el Cantar vemos cómo mesar o arrancar los pelos de la barba era un insulto, una humillación pública, hecho recordado por el Cid a García Ordóñez, en la serie 140.

 

 

La mujer

El papel que tiene la mujer en la épica castellana es relativamente más importante que en la épica francesa. En el Cantar, la mujer y las hijas del Cid son figuras muy destacadas, mientras que por ejemplo en la Chanson de Roland, las mujeres aparecen prácticamente fuera de la acción. De todos modos, en una época en la que la mujer estaba completamente sometida al marido, era de esperar ese tratamiento en la literatura.

En la sociedad árabe, la mujer valía por su capacidad de ser madre, pues era ella la que proporcionaba los futuros guerreros. Por otro lado, el mahr o dote, integraba una parte importante de los bienes del marido, aunque debía devolverlo en caso de divorcio.

Eso también lo podemos verificar en el Cantar, en ocasión del casamiento de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, quienes recibieron de él una importante dote y numerosos regalos antes de marchar hacia Corpes, y que luego, en las Cortes de Toledo (serie 137), fueron reclamadas una a una por el Campeador.

Por otro lado, el casamiento era el medio de honra para la mujer. Con su primer casamiento, las hijas de Don Rodrigo se vieron humilladas en el episodio del robledo de Corpes y era necesario que se volvieran a casar para recuperar la honra perdida con lo cual, al mismo tiempo, procuraban una mayor honra al padre, al emparentarlo con los reyes de Navarra y de Aragón. Y con esto volvemos a cerrar el círculo del héroe en relación con su familia, en este caso a través de la mujer.

 

 

 

El honor público

El hombre, dentro del contexto familiar, recibía de éste una parte de su ’ird u honor personal y le entregaba su honor público, su ’ar. Justamente eso era la honra que, como ya dijimos, no dependía del individuo sino de la estimación que los otros hacían de él.

Pero la interacción del individuo con la sociedad implicaba otros valores adicionales, puesto que lo que era imprescindible para la existencia del individuo era perjudicial para el mantenimiento de la unidad social.

 

 

Por eso, al héroe-caballero va a sustituir el héroe-comunidad, sea orden caballeresca, ejército o pueblo en resistencia; a las virtudes individuales, las virtudes sociales; a la libertad, la estructuración. En esta nueva estructuración la sociedad recreará lo que cada caballero ha hecho individualmente: el duelo entre campeones será reproducido en la guerra; la visión religiosa del individuo buscará un cauce social y favorecerá la magia; el individuo se someterá al vasallaje; la mujer será un elemento más al servicio del honor social al que estará sujeta de tal modo que su propio honor individual valdrá como reflejo de su honor público. Es el momento en el que la honra está por encima del honor y el parecer del ser.

 

 

Tercera parte. La sociedad

El individuo instalado en una sociedad debía cumplir una serie de obligaciones. Pero ella también sufría cierta necesidad de dominio y debía cumplir con un orden al que no podía escapar.

 

 

 

La magia

En esa sociedad, si bien la religión presuponía una sumisión a voluntad «superior», la magia era la lucha contra esa voluntad en un intento por dominarla para imponer la voluntad del mago.

Según explica Marcos Marín, los árabes preislámicos eran muy poco religiosos y, por ello, bastante mágicos, practicando fundamentalmente la adivinación. Pero con la llegada del Islam, los pueblos que hasta entonces tenían una religión suave y de escasa práctica, pasaron a tener una religión en la que el hombre adoptaba una postura decididamente sumisa. Al mismo tiempo, la conquista de Persia y Mesopotamia los puso en contacto con pueblos que habían desarrollado prácticamente todos los aspectos de la magia y que abarcaban distintos procesos adivinatorios:

 

 

• La firasa o fisionomía y sus ramas: quiromancia, omoplatoscopia o escapulomancia, reconocimiento de la huellas en el suelo, detección de fuentes, adivinación propiamente dicha (conocimiento del porvenir a partir de hechos pasados), palmomancia.

• La magia y sus ramas: adivinación, magia blanca, hechicería, conjuros y encantamientos, el arte de hacerse invisible o desaparición instantánea de la vista, la ciencia de los artificios y trucos, el arte de descubrir los fraudes, la prestidigitación, los encantos, el uso de filtros y medicamentos.

• La astrología judicial y sus ramas: días fastos o nefastos o hemerología y menelogía, geomancia, agüeros, rapsodomancia, ornitomancia.

Todas estas mancias se fueron añadiendo al acervo mágico de los árabes preislámicos, de modo que en el mundo medieval, sólo los árabes tenían unos conocimientos mágicos realmente amplios.

 

 

De todos estos procesos, nos ocuparemos sólo de dos, por ser los que podemos rastrear en el Cantar del Mío Cid: la aparición del ángel y los agüeros.

 

(a) La aparición del ángel

En la epopeya francesa, la figura del ángel fue muy importante, aunque su papel fue mucho mayor en la epopeya castellana, colocándose a la misma altura que la árabe.

El sueño présago era de gran importancia en la tradición islámica y en las leyendas aljamiadas y, en ambas, era Gabriel quien relacionaba a Dios con el héroe, interviniendo generalmente como incitador. Justamente de ese modo aparece en el Cantar:

 

 

Y se echaua myo çyd despues que fue çenado

Vn sueñol priso dulçe tan bien se adurmjo

El angel gabriel a el vino en sueño

Caualgad çid el buen campeador

ca nunqua En tan buen punto caualgo varon

Mientra que visquieredes bien se fara lo to

Quando desperto el çid la cara se sanctigo (405-410)

 

 

(b) Los agüeros

La difusión de los agüeros, común entre los árabes y los cristianos que habitaban la península, marcaba la diferencia más notable entre ésta y el resto de Europa.

Era la forma más inmediata y primitiva de adivinación, basada fundamentalmente en la observación de los animales y principalmente de las aves, animales agoreros por excelencia.

Acerca de la importancia de los agüeros en la épica castellana, dice Menéndez Pidal:

 

 

La superstición de los agüeros fue muy tenida en cuenta en la epopeya castellana, al revés de la francesa, que apenas presenta vestigios de tal creencia… Mío Cid, si hemos de creer al cantar que le celebra, era muy dado a consultar el vuelo de las aves…

 

 

El Cid se presenta como agorero en muchos pasajes del poema. Por ejemplo:

 

 

Al exir de Salon mucho ouo buennas aues (859)

 

 

Violo en los auueros el que en buen ora çinxo espada

Que estos casamientos non serien sin alguna tacha (2615-2616)

 

 

Pero donde se hace más notorio es a partir del verso 11:

 

 

A la Exida de biuar ouieron la corneja diestra

E entrando a burgos ouieron la siniestra

Meçio myo çid los ombros y engrameo la tiesta

Albricia albar ffañez ca echados somos de tierra

mas a grand ondra tornaremos a Castiella

 

 

Aquí, el Cid interpretaba el agüero como favorable, de acuerdo con el sistema árabe, como un movimiento de derecha a izquierda. El presagio era negativo para quienes se quedaban, no para quienes se iban, por lo cual podía pedir albricias.

De todos modos, cabe aclarar que las técnicas adivinatorias árabes eran mucho más complejas: el al-tira o al-tayr era la observación del vuelo espontáneo, que en principio era de buen o mal augurio, luego sólo de malo, y que más tarde fue condenada por idolátra en el Corán; el zayr consistía en lanzar una piedra contra un ave y gritar: si el pájaro volaba a la derecha se deducía un buen agüero, si volaba a la izquierda era un mal presagio. Esta interpretación se podría aplicar al episodio de la corneja del Cid en la que, como vimos, el vuelo sería sanih, de buen agüero.

 

 

 

La caballería

En el mundo preislámico, la serie de rasgos morales del héroe constituyen lo que ellos denominaban la futuwa, y que lo ligaban a la persona del caballero, faris al-jayl, cuyo colectivo jayl correspondía al término romance caballería. De este modo, el caballero románico tenía todas las virtudes del héroe (fata) islámico dentro de una estructura ética en la cual la caballería se asociaba directamente con la futuwa.

De este modo, el caballero, que tenía una serie de privilegios, tenía también costumbres y rasgos distintivos propios de la caballería, como el hecho de llevar retratos de las damas en el brazo derecho, la práctica de juegos ecuestres, y la tenencia de la espada y el caballo, de lo que ya hemos hablado. Pero lo fundamental era el desempeño en la guerra.

 

 

La guerra

El caballero debía su importancia gracias a su utilidad en caso de guerra, y en esto la presencia de los árabes es patente: ellos practicaban dos tácticas, el karr y el farr, que luego pasó a los ejércitos castellanos y de allí al resto de Europa. Este tipo de combate era el preferido por la caballería feudal por favorecer especialmente al héroe individual, que congregaba a sus hombres diciendo en alta voz su apellido y mostrando su bandera.

 

 

 

De Abuljatar el Quelbi se cuenta que al llegar a España: «Traía su pendón ceñido al hierro de una lanza y guardado en su funda, y al acampar en el Guadajoz se vistió y arregló, hizo clavar en un asta el hierro de la pica al que estaba adherido el estandarte, y luego se puso en marcha».

 

 

Durante el combate, el estandarte era llevado flameando de un lado a otro y era lanzado a tierra cuando el ejército se daba a la fuga. Esta costumbre de clavar el estandarte en una lanza procede de Kusayy, fundador del gobierno de los Coraichíes en la Meca, al expulsar a la tribu de los Josaíes.

La práctica de llevar las banderas atadas a las lanzas también era común entre los castellanos:

 

 

Enbraçan los escudos delant los coraçones

Abaxan las lanças abueltas de los pendones (715-716)

 

 

Trezientas lanças son todas tienen pendones (723)

 

 

Tantos pendones blancos salir vermeios en sangre (729)

 

 

Quando su seña cabdal sedie en somo del alcaçar (1220)

 

 

Otra costumbre de los árabes era la de llevar a su mujer e hijas al campo de batalla, para oírlas gritar y verlas llorar. Éstas inclusive se destapaban la cara como recurso eficaz para despertar el valor de sus hombres, pues la cara destapada era la señal de la esclavitud si su tribu era vencida.

También este rasgo fue compartido por la épica hispánica, y se puede apreciar en el Poema del Mío Cid:

 

 

Venidom es deliçio de tierras dallent mar

Entrare en las armas non lo podre dexar

Mis fijas e mi mugier verme an lidiar

En estas tierras agenas veran las moradas commo se fazen

Afarto veran por los oios commo se gana el pan

Su mugier e sus fijas subiolas al alcaçar

alçauan los oios tiendas vieron fincar (1639-1645)

 

 

Mugier sed en este palaçio e si quisieredes en el alcaçar

Non ayades pauor por que me veades lidiar

Con la merçed de dios e de sancta Maria madre

Creçem el coracon por que estades delant (1652-1655)

 

 

La guerra santa

La idea de la guerra sufrió una importante transformación con la llegada del Islam, religión fundamentalmente guerrera, pues la extensión de la fe debía hacerse por la guerra santa, lo que a su vez conducía a una exaltación religiosa del guerrero. Así es como las virtudes caballerescas pasaban a ser virtudes religiosas: el hombre más digno de premio era el guerrero, para quien —tal como lo anuncia el Corán—, estaba abierto el Paraíso:

 

 

Y combatid en la senda de Alá a los que os combaten a vosotros y no infrinjáis; en verdad Alá no ama a los infractores.

Y matadlos dondequiera que los encontréis, y echadlos de donde ellos os echaron a vosotros; y el escándalo es más grande que el homicidio; pero no los matéis en la mezquita la vedada, si no os matan a vosotros en ella; pero si os matan, matadlos a ellos; éste es el galardón de los incrédulos. (Azora ii, aleyas 186 y187)

 

 

Pero combatirán en la senda de Alá aquellos que venden la vida del mundo por la otra; y aquel que combate en la senda de Alá, ya muera, ya triunfe, de cierto le daré galardón grande. (Azora iv, aleya76)

 

 

No cejéis, pues, y no pidáis la paz, y vosotros sois los más altos y Alá está con vosotros y no os privará de vuestras obras. (Azora xlvii, aleya 37)

 

 

Por otro lado, el cristianismo también había dejado de ser una religión de paz desde el momento en que Constantino colocó la cruz en sus banderas, adoptando la idea musulmana y haciendo cristiana la guerra de religión.

Ese esquema musulmán imitado por los cristianos se puede observar en el verso 731 del Cantar, en el que cada cual combate ante todo por su fe.

 

Los moros llaman mafomat e los xristianos sancti yague

También podemos reconocer esta nueva cristiandad «islamizada» en la figura del arzobispo D. Jerónimo de Perigord, cuando le pide al Cid que le conceda los primeros golpes contra los almorávides que atacan Valencia:

 

 

De parte de orient vino un coronado

El obispo don ierome so nombre es llamado

Bien entendido es de letras e mucho acordado

De pie e de cauallo mucho era arreziado

Las prouezas de myo çid andaualas demandando

Sospirando el obispo ques viesse con moros en el campo

Que sis fartas lidiando e firiendo con sus manos (1288-1295)

 

 

Pido uso vn don e seam en presentaia

Las feridas primeras que las aya yo otorgadas

Dixo el campeador des aqui uos sean mandadas (1708-1710)

 

 

Afeuos el obispo don iherome muy bien armado esta

Parauas delant al campeador siempre con la buen auze

Yo uso dix la missa de sancta trinidade

Por eso sali de mi tierra e vin uso buscar

Por sabor que auia de algun moro matar

Mi orden e mis manos querria las ondrar

E a estas feridas yo quiero yr delant

Pendon trayo a croças e armas de señal

Si plogiesse a dios querria las ensayar

Myo coraçon que pudiesse folgar

E uso myo çid de mi mas uos pagar

Si este amor non feches yo de uos me quiero quitar

Essora dixo myo çid lo que uos queredes plaz me

Afe loss moros a oio yd los ensayar

Nos daquent veremos commo lidia el abbat (2368-2382)

 

 

La otra evidencia del punto de contacto hispano-árabe es la aparición en los poemas épicos del sermón (jotba) y de la bendición antes del combate:

 

 

Es dia es salido e la noch es entrada

Nos detardan de adobasse essas yentes xristianas

A los mediados gallos antes de la mañana

El obispo don iherome lamissa les cantaua

La missa dicha grant sultura les daua

El que aquí muriere lidiando de cara

Prendol yo los pecados e dios le abra el alma

A uso çid don Rodrigo en buen ora çinxiestes espada

Hyo uos cante la misssa por aquesta mañana (1699-1707)

 

 

En todo esto podemos observar la gran influencia que ejercieron los musulmanes en los reinos cristianos de la Península Ibérica.

Pero, como dijimos al principio, esta perspectiva de la modalidad hispanoárabe no pretende delinear al Cid como un personaje mozárabe sino proporcionar algunas claves para su comprensión.

 

 

 

Bibliografía

 

El Corán, Madrid, Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1991.

De Riquer, Martín y Valverde, José María, Historia de la Literatura Universal, (Tomo II: De la antigüedad al renacimiento), Barcelona, Noguer, 1957.

Marcos Marín, Francisco, Cantar del Mío Cid, Madrid, Biblioteca Nueva,1997.

— , Poesía narrativa árabe y épica hispánica, Madrid, Gredos, 1971.

Rubio García, Luis, Realidad y fantasía en el poema de Mío Cid, Universidad de Murcia, Departamento de Filología Románica, 1972.

© Mabel I. Caballero y Alejandro I. Luna, 2000