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Civilización/Barbarie: un tópico que se revitaliza en la era cibernética
Licenciada Marcela Crespo
En 1842 Sarmiento todavía caminaba a tientas: «lo que es peor aún admitía es que no tenemos un solo modelo en el mundo que imitar». Hacia 1849, esa inseguridad ya no existía. En ese lapso Sarmiento emprendió dos viajes. El primero fue un descenso a la profundidad histórica de una Argentina que era aún puro proyecto. El segundo viaje lo llevó a conocer otro mundo en América del Norte, su único y definitivo modelo político.
Natalio Botana
Ningún sistema técnico originó nunca un modelo de sociedad.
Dominique Wolton
A partir del planteamiento sarmientino de la antinomia civilización/barbarie en la Argentina y su polémico enfrentamiento con Alberdi, se abre bajo manifestaciones diversas, una serie de disquisiciones que atravesarán gran parte de los escritos de los románticos argentinos.
Son múltiples los enfoques (políticos, sociales, antropológicos, literarios, etc.) y los puntos de discusión (conceptos de civilización y barbarie; tratamiento del espacio como representación de esencias; etc.) que intervienen en aquélla, pero lo cierto es que este tópico, tan significativo para el periodo, no se agota en él, sino que resurge incesantemente en los estudios críticos y en la producción ficcional hasta nuestros días.
No es mi intención sumar otro trabajo más a la larga lista. Sin embargo, me pareció interesante pensarlo desde otra perspectiva: ¿podemos actualizar la idea de civilización y barbarie en los parámetros de lo que se ha dado en llamar la cibercultura? Es decir, si desde los intelectuales románticos hasta la actualidad se ha discutido qué se denomina civilización (o civilizado) y barbarie (o bárbaro), de acuerdo con la posesión o la carencia de cultura, término por demás cuestionado y cuestionable, ¿no resulta semejante el planteo de los mismos conceptos de acuerdo con las posibilidades de acceso a Internet? Si Sarmiento consideraba que vivía en un mundo de atraso representado gráficamente en la imagen del desierto, al cual se lo denominaba bárbaro, ¿no sucede lo mismo ante la visión de un mundo desconectado de la red informática? Si el autor del Facundo buscó en los viajes y en los libros modernos un modelo cultural e intentó implantarlo en su país, haciendo a un lado lo que consideraba la barbarie, ¿no es el viajero cibernético (y mediático) quien recibe multiplicidad de modelos culturales simultáneos, de los que se apropia no siempre en beneficio de su propio universo cultural? Si a la ideología representada por Sarmiento se le opone la encarnada en la figura de Alberdi, quien igualmente interesado en instaurar una nación moderna, disiente en cuanto al método de forzar un cambio abrupto que elimine al hombre del desierto, ¿no se contraponen, los humanistas de hoy, a la hiperinformación provista por Internet, arguyendo entre otras cosas que de esta forma se elimina la capacidad reflexiva y asimilatoria del sujeto?
Por otra parte, si desde esa época se discute qué se denomina ser un hombre civilizado y moderno, ¿no se pone hoy en tela de juicio que el hombre tenga estas características si posee sólo una dirección postal?
Todas estas premisas requieren de un desarrollo oportuno, sobre todo la última, que considero una de la más complejas.
Lo que estoy planteando en definitiva es: ¿no hemos trasladado la clásica discusión del siglo xix a los albores del siglo xxi? Y recojo una pregunta de Dominique Wolton, el mismo autor que he citado en el epígrafe: «¿Hará falta un Titanic de la «cibercultura» para que los Estados tomen conciencia de los riesgos para las libertades fundamentales de tales sistemas de información?»
Lo curioso es que, además de todos los elementos de contacto entre las dos esferas de discusión, viene a sumarse el hecho de que ambas dependen en mayor o menor medida de la información atesorada: no se puede hablar de un pueblo civilizado que no esté informado de lo que ocurre en el resto del mundo en materia de modelos políticos, sociales y económicos. Información que actúa como elemento de cambio cultural. Desde ya, la cantidad y los tiempos de asimilación de aquélla varían considerablemente de acuerdo con la época e instauran una nueva fuente de discusión.
Finalmente, es no menos interesante pensar qué relación se entabla entre la escritura ficcional y esta problemática. Si usualmente podemos establecer lazos entre el tópico civilización/barbarie y los textos de Sarmiento, Echeverría, etc., ¿ocurre lo mismo entre esta nueva resemantización de la antinomia y nuestros escritores actuales?
I
Para Domingo Faustino Sarmiento cuya obra, especialmente el Facundo o Civilización y Barbarie, ha dibujado un esbozo de antropología argentina y latinoamericana, uno de los principales enemigos del progreso ha sido la inmensidad y soledad de las tierras argentinas, que los escritores posteriores y los críticos identifican con el término vacío. Esta situación habría determinado que la sociedad argentina de su tiempo no alcanzara el alto grado de civilización al que él aspiraba. La barbarie, entonces, es el resultado de un proceso de inhibición de la capacidad de innovación, convivencia y productividad. Y en este punto se nos plantea un problema clave: cómo se traducen estos términos en la conducta del ciudadano, es decir, qué significa concretamente actuar de acuerdo con dicha capacidad.
De la barbarie hace surgir Sarmiento la existencia de los caudillos, transgresores de la ley y destructores del orden civilizado.
Contraponiéndose al desierto, que se forja así representante de la barbarie, aparece la figura de la ciudad, especialmente la de Buenos Aires. Pero es una figura ambigua, pues por una parte es el recinto de élites culturalizadas y cosmopolitas, pero por otra es fuente barbarizadora a partir de la política rosista.
Los viajes representaron para Sarmiento la mayor fuente de aprendizaje. Si bien el primero fue un viaje interno a través de la historia argentina, entre los años 1845 y 1848 realizó un recorrido por Europa y Estados Unidos, que le permitió un conocimiento por experiencia propia del viejo mundo y de la naciente potencia norteamericana, su modelo político por excelencia.
De sus observaciones consignadas en su producción periodística y literaria se deduce que el sanjuanino consideraba que el estado socio-político de la Argentina del momento se podía describir como un periodo de oscuridad. Estos viajes educativos iluminarían según parece esa oscuridad.
Hoy día se sigue discutiendo esta antinomia civilización/barbarie y se habla de una civilización de la barbarie o su viceversa, una barbarización de lo civilizado. El núcleo del conflicto continúa siendo qué se denomina civilización y qué, barbarie. Y esto puede concebirse precisamente porque nadie se pone de acuerdo con una cuestión más elemental: qué significa ser un pueblo «culto».
En una biografía novelada que escribió José Ignacio García Hamilton, bajo el título Cuyano alborotador, se encuentra transcripta una carta de Sarmiento a Vicente Fidel López:
Pobre Echeverría, es el poeta de la desesperación, el grito de la inteligencia pisoteada por los caballos de la pampa, el gemido del que a pie y solo, se encuentra rodeado de ganados alzados que rugen y cavan la tierra en torno suyo, enseñándole sus cuernos. En sus versos ha descripto la soledad de la pampa con su naturaleza bruta, tal como la perpetúa la impotencia del pueblo que la habita. Porque en la imaginación española no entra el progreso rápido, súbito: el rey y la república, la libertad y el despotismo pueden pasar sobre los pueblos españoles, sin cambiarles la fisonomía árabe, berberisca, fijada indeleblemente.
En ella, se puede deducir que el concepto de civilización del sanjuanino está íntimamente ligado a la cultura europea occidental. El mismo García Hamilton, inscribiendo su visión en la óptica de la mayoría de los críticos sarmientinos, le hace pensar en su novela: «Se interrogaba sobre por qué esa corriente civilizadora que iba desde Europa hacia América del Norte no podía deslizarse hacia el sur», mientras el narrador comenta: «El cuyano pensaba que Francia habría de consumar el proceso de la colonización de Argelia, llevando a esos desiertos [ ] los bienes culturales de la vida civilizada». Esta idea se complementa con el propio libro de Sarmiento Viajes por Europa, África y América (1849-1851), en el cual narró sus experiencias y aprendizajes.
II
Como contrapartida de la postura sarmientina aparece entre otras, pero como modelo de las mismas la de Juan Bautista Alberdi.
Sarmiento, en un discurso pronunciado en Chivilcoy, en ocasión de haber sido elegido presidente, afirma: «Esta es la diferencia entre el filósofo [refiriéndose a posturas como la de Alberdi] que contempla civilizaciones muertas en mundos antiguos, y la imaginación del estadista americano, que está improvisando sobre esa tierra virgen mundos nuevos, sociedades viriles, ciudades opulentas, campiñas floridas ».
En estas palabras encontramos el punto de disidencia entre ambos pensadores. Alberdi alejándose de Sarmiento no cuestiona la existencia de un estado de «barbarie», pero reconoce en ella una cultura que debiera respetarse e inscribirse gradualmente en un proceso de sincretización con la civilización europea.
En este punto, resulta significativo el planteo del historiador Fermín Chávez, quien siguiendo la línea de pensamiento de Alberdi, afirma que al imponer por la fuerza una civilización (europea) sobre otra (sudamericana), lo único que se logra es eliminar los valores éticos en pos de un ideal materialista de progreso.
El núcleo del enfrentamiento de ambas posturas podría resumirse en lo siguiente: ¿qué se debe incorporar de la cultura europea y, sobre todo, cuál sería el método correcto para realizar el sincretismo? Ante esta cuestión se erigen las figuras de dos hombres del siglo xix: Sarmiento, hombre de acción, y Alberdi, hombre de ideas. El primero, en su afán de progreso, decidió allanar el camino para una rápida conversión, lo cual le valió severas críticas de los pensadores de su época y de los posteriores. El segundo optó por una reflexión reposada.
Hoy todavía está presente esta discusión en diversas disciplinas: literatura, antropología, historia, etc.
Parece ser que hay una estrecha relación entre los tiempos de asimilación y la ética del progreso.
III
Del otro lado de la cuestión aparece la era cibernética y con ella una nueva con resabios de antigua discusión con respecto al progreso: en ello radica el punto de contacto más notorio entre las dos esferas presentadas.
Actualmente Internet es presentada como la vía de acceso a información más rápida que se haya podido inventar. Y seguramente es cierto. El problema se presenta cuando lo que debiera ser sólo un instrumento se convierte en fuente de valores éticos, sociales, culturales, políticos, etc.
La discusión Sarmiento vs. Alberdi se traslada entonces salvando las distancias a hombre cibernético vs. hombre adverso al progreso, pues la noción de esto último está ligada íntimamente a la de rapidez. Dominique Wolton afirma: «El tiempo lineal de los sistemas de información no es el tiempo humano y social. Los sistemas de información funcionan las veinticuatro horas del día de un extremo a otro del planeta y prefiguran una «sociedad continua». ¿Y del otro lado, qué? Ni los individuos ni las sociedades viven en un tiempo homogéneo».
La red informática pretende convertir en equivalentes los conceptos de expresión y comunicación. Y, de alguna manera, está convirtiendo en penosa la comunicación humana: es más fácil enviar un e-mail que hablar directamente con una persona.
Habría que pensar también muchos ya lo están haciendo, hasta qué punto el acceso desmedido a diferentes modelos culturales no influye también en la preservación de la identidad colectiva de cada país, lo cual nos lleva a revisar la postura de Alberdi.
Volviendo a la tradicional antinomia, Sarmiento proponía un modelo de país progresista, que llegaría a ser tal en la medida en que adoptara modelos fecundos del extranjero. Para ello, debía enfrentarse ante la inmensidad del desierto y la presencia constante de un vacío. Sin duda, Internet representaría para él una herramienta invaluable, aunque descarto que le fuera más que eso, es decir, un instrumento. Hay que tener en cuenta que la formación cultural del sanjuanino probablemente le permitiría improvisar un criterio de selección ante la vorágine de la red. Lo que es indiscutible es que un par de viajes cibernéticos le hubieran ahorrado algunas jornadas de viajes marítimos o terrestres.
Esto nos lleva a evaluar cuál es el papel del sistema educativo actual en la adquisición de esa cualidad la formación de criterio de selección en los usuarios de Internet.
Hay un viejo refrán que versa: «Para combatirlos hay que conocerlos». Retirando la idea de combate, que no es pertinente aquí, y reemplazándola por «protegernos», nos encontramos ante la necesidad de lograr una preparación previa o al menos, simultánea al acceso a la red por parte de las nuevas generaciones. Y en este punto es donde volvemos a uno de los factores cruciales en este tema: el tiempo. Llevaría años de formación humanística y de afianzamiento de la propia cultura proporcionar dicha preparación, lo cual no condice con las expectativas de celeridad del siglo xxi.
En este punto resulta interesante analizar algunas discusiones que se han presentado en los medios masivos de comunicación en los últimos meses. Carol Abousleiman se pregunta y luego se responde: «¿Es tan maravillosa Internet? [ ] La trascendencia de Internet en la educación, en el intercambio de conocimiento y en el teletrabajo comienza a ser un punto crucial en las sociedades modernas. [ ] Mientras ciertas políticas básicas de convivencia democrática e igualdad permanezcan indefinidas en los países subdesarrollados, Internet, como tantas otras cosas, no pasará de accesorio de lujo, lejos, muy lejos de sus potencialidades políticas, económicas y sociales». En cuestiones educativas, creo que el problema de fondo no es si las escuelas tienen acceso o no a Internet, pues, de acuerdo con los últimos resultados en exámenes de ingreso a universidades, no parece haber mejores resultados de parte de alumnos que provienen de las escuelas conectadas a la red, que de los egresados de las que todavía permanecen «en la barbarie» o «en el vacío informático». El problema sigue estando en que «es más fácil dotar a las escuelas de computadoras y conectarlas a la red que pensar una filosofía global de educación».
IV
En febrero de este año, apareció en el Dipló un artículo de Kenzaburo Oé Premio Nobel de Literatura 1994 titulado «Internet y yo», en el que el novelista japonés afirma: «creo que es útil para el buen desarrollo de los nuevos medios de comunicación establecer entre ellos y los antiguos medios una especie de feedback loop (bucle de realimentación). Establecer un vínculo, aunque sea parcial, entre la expresión entre los seres humanos en Internet y ese viejo medio que es el libro; reunir bajo la forma de libro los intercambios realizados por correo electrónico en Internet y observar lo que resulta». Lo que plantea en el fondo Oé es que, si los usuarios de todo el mundo pudieran imponer un estilo en el lenguaje cibernético (un inglés propio de cada cultura), podrían resistirse a la nueva dominación cultural que proviene de la red, es decir, sin negarse al progreso que obviamente no es sinónimo de «civilización», defenderían los rasgos culturales que identifican a su país.
Si es cierto que se está gestando un nuevo «estilo» de escritura en Internet ante el cual debemos protegernos en virtud de nuestra propia identidad cultural, me pregunto ¿qué rol cumplen los escritores de libros que emulan el lenguaje cibernético? Pienso, por ejemplo, en autores como Gabriel Lebriega, que publicó un cuento titulado «Ventajas y desventajas de la autopista informática» en un manual de EGB (Educación General Básica) muy conocido en Argentina. Quizás habría que volver a revisar otra cuestión como la antinomia tratada en este artículo que ha trascendido tiempos y espacios: la función del intelectual en una sociedad.
En definitiva, en una época de cambios vertiginosos, en la que se discuten temas como la «ciberguerra», donde se destaca el criterio informático sobre cualquier otro, parecería que los tópicos románticos adquieren una nueva vitalidad.
La preocupación sarmientina acerca de la educación en función de un país civilizado, que el autor de Facundo consideró prioritaria y que motivó sus viajes por EE. UU. y Europa, se plantea hoy nuevamente como una primera solución de parte de los humanistas. Para muchos sería tentador instaurar un paralelismo entre civilización=Internet y barbarie=mundo pre-Internet, pero esta idea de ninguna manera correspondería a la antinomia romántica, pues los conceptos de «cultura» y «progreso» siguen siendo el punto clave de la discusión, quizás porque todavía no se ha resuelto los factores condicionantes de las mismas: el tiempo de asimilación del sujeto humano y la ética del progreso.
Bibliografía general
Botana, Natalio, La imagen del progreso y la decadencia en el pensamiento argentino del siglo xix, Buenos Aires, Academia Argentina de Historia, 1997.
Ferrer, Aldo, De Cristóbal Colón a Internet: América latina y la globalización, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1999.
Jitrik, Noé, Muerte y resurrección de Facundo, Buenos Aires, ceal, 1968.
Mayer, Jorge, Las bases de Alberdi (edición crítica con una noticia preliminar, la reconstrucción de los textos originales y sus variantes, las fuentes y notas ilustrativas), Buenos Aires, Sudamericana, 1969.
Ramonet, Ignacio, La tiranía de la comunicación, Madrid, Temas de debate, 1999.
© Marcela Crespo, 2000