GRAMMA Virtual
Publicación de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador
Año I Nº 2 Diciembre 2000

Samotracia

Licenciada Celia Clara Fischer

Despojo

Si hubiera una antorcha en el timón del silencio

para recuperar el horizonte de la noche

y junto a gaviotas incendiadas estrujarlo contra la boca.

Mirar desde el espacio fragmentado

cómo pasan los rostros de aquéllos que galopan

cautivos sobre las olas,

persiguiendo cantos de sirena soñados en tierra.

Y cuando el arrebato inventa delicadas agonías,

en secreto,

mientras los caballos se desbocan

cayendo al abismo, devorar mis huesos

como al primer fruto,

con el delirio y la avidez de la inocencia.

Después, encontrar en las tinieblas

la ventana por donde arrojar el deseo,

lejos, para siempre.

 

 

Infancia

 

Detrás de cuadros donde se piensan

ensimismados pescadores y mujeres otoñales,

detrás de los vidrios opacos de la locura,

hacia galerías donde quedan naufragados

sillones sin sombras ni retornos,

la infancia anda buscando una piedra

para arrojarla contra el muro

de tanta inmensidad desesperada.

Imagen errante,

frente al espejo bebe el vino

con olor de lluvia.

 

Una voz ensaya la canción abismal

nacida en la orilla del sueño.

 

 

 

Vuelo

 

Ando entre nubes que dicen el nombre

secreto de los árboles,

entre desiertos que buscan vestigios

de playas despojadas del agua insaciable.

 

 

Los ojos ven toros desovillarse y rodar,

clavando en sus cuernos el brío salvaje,

y el cielo cerrado en bermejo

es una sangre suave, derrumbándose.

 

 

Y el aire más lejano de los astros,

este mar quemado sobre una gaviota ciega

de tanto volar a solas con su sombra.

 

 

 

El grito

 

 

Eduard Munch

 

 

Y cuando éramos niños

en el bosque

o bajo manzanos en flor,

con círculos amarillos y rojos

enredábamos el arco iris de la lluvia.

Ahora,

en esta ruindad de huesos,

el agua resbala por la roca

invitándonos a caer.

 

 

En el fondo de la calle

el grito

demora su sonido

mientras caemos,

caemos empujados al polvo.

 

 

 

Retorno

 

Nada detiene el sabor de ciruela ácida

que se desmorona en la boca,

cuando el zumbido de una mosca

repite la penumbra del verano

que desesperadamente vuelve,

trance y suburbio del sueño.

 

 

Algo queda en el fondo del templo,

algo que siempre estalla feroz:

el sacrificio de un niño en la copa del alba.

 

 

 

Ceguera

 

Y son fieras las manos atadas

en la cicatriz del tormento,

amurallando el vasto sueño

por donde vagan latidos desiguales

que dejó el espejismo de una noche

con el hombre royendo su congoja.

El terror anda por la voz como un peligro,

como un vértigo voraz

que pasa apoyado en la ceguera,

empuñando la sombra para descifrar el universo.

Y los ojos pierden su luz en el abismo

donde flota, desierta, la caricia.

 

A la vista del placer reposa el cautivo.

Una larga cabellera de relámpagos

atraviesa la calle interminable

y una mujer pierde la vida para siempre.

 

 

Invierno

 

Puedo soltar mi pelo y golpearlo

contra el lila de la tarde,

arrancarle al río su gesto invernal

y entre barcas deslizarme como un pájaro

que acecha el agónico abandono del agua

en brazos de la espuma fugitiva.

No puedo sostener la palabra que cae

y se hace trizas como un guijarro gastado.

 

Todo y nada puedo.

 

Y las velas de las naves en la bruma

empujándome al puñal de la intemperie.

 

 

Partida

 

Y ahora, cuando las brasas tiemblan

su desvanecido fuego

y trepan arenas sin memoria del desierto

reclamando mi sangre y tu sangre,

sin nadie que nos redima,

ausente el espacio de todo misterio,

ahora los muslos se atan al viaje

ungidos en un palio plegado de absurdo.

Sólo las sombras,

aquéllas que perdieron la palabra,

vacilan,

 

Y vacila la despedida que no quiere ser última.

 

 

 

 

XII

 

Samotracia

 

Fuga de toros que se arrojan al vacío

y un remolino de sauces estelares

rozando las cuerdas del violín

y nosotros, juntos,

con nuestras íntimas voces ocultas

debajo de oscuras maderas,

deshacemos el monumento del tiempo.

En el soplo del sueño reconocemos las notas

del adagio que siempre retorna,

contenido y volátil, luminoso y rendido,

como un sentimiento alejado del mundo.

 

 

¿Qué nos puede esperar

más que esos gruñidos de aire

evocadores del desierto?

 

 

Estamos en la morada de la victoria.

Una oca en vuelo pone rumbos

y el amo real recupera la llave

que abre todas las puertas, la puerta

donde la cópula del río y la colina

es una imagen custodia

arraigada en el confín del recuerdo.

De Samotracia, Buenos Aires, Tiago Biavez, 1999.

© Celia Clara Fischer, 1999.