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GRAMMA
Virtual |
Samotracia
Licenciada Celia Clara Fischer
Despojo
Si hubiera una antorcha en el timón del silencio
para recuperar el horizonte de la noche
y junto a gaviotas incendiadas estrujarlo contra la boca.
Mirar desde el espacio fragmentado
cómo pasan los rostros de aquéllos que galopan
cautivos sobre las olas,
persiguiendo cantos de sirena soñados en tierra.
Y cuando el arrebato inventa delicadas agonías,
en secreto,
mientras los caballos se desbocan
cayendo al abismo, devorar mis huesos
como al primer fruto,
con el delirio y la avidez de la inocencia.
Después, encontrar en las tinieblas
la ventana por donde arrojar el deseo,
lejos, para siempre.
Infancia
Detrás de cuadros donde se piensan
ensimismados pescadores y mujeres otoñales,
detrás de los vidrios opacos de la locura,
hacia galerías donde quedan naufragados
sillones sin sombras ni retornos,
la infancia anda buscando una piedra
para arrojarla contra el muro
de tanta inmensidad desesperada.
Imagen errante,
frente al espejo bebe el vino
con olor de lluvia.
Una voz ensaya la canción abismal
nacida en la orilla del sueño.
Vuelo
Ando entre nubes que dicen el nombre
secreto de los árboles,
entre desiertos que buscan vestigios
de playas despojadas del agua insaciable.
Los ojos ven toros desovillarse y rodar,
clavando en sus cuernos el brío salvaje,
y el cielo cerrado en bermejo
es una sangre suave, derrumbándose.
Y el aire más lejano de los astros,
este mar quemado sobre una gaviota ciega
de tanto volar a solas con su sombra.
El grito
Eduard Munch
Y cuando éramos niños
en el bosque
o bajo manzanos en flor,
con círculos amarillos y rojos
enredábamos el arco iris de la lluvia.
Ahora,
en esta ruindad de huesos,
el agua resbala por la roca
invitándonos a caer.
En el fondo de la calle
el grito
demora su sonido
mientras caemos,
caemos empujados al polvo.
Retorno
Nada detiene el sabor de ciruela ácida
que se desmorona en la boca,
cuando el zumbido de una mosca
repite la penumbra del verano
que desesperadamente vuelve,
trance y suburbio del sueño.
Algo queda en el fondo del templo,
algo que siempre estalla feroz:
el sacrificio de un niño en la copa del alba.
Ceguera
Y son fieras las manos atadas
en la cicatriz del tormento,
amurallando el vasto sueño
por donde vagan latidos desiguales
que dejó el espejismo de una noche
con el hombre royendo su congoja.
El terror anda por la voz como un peligro,
como un vértigo voraz
que pasa apoyado en la ceguera,
empuñando la sombra para descifrar el universo.
Y los ojos pierden su luz en el abismo
donde flota, desierta, la caricia.
A la vista del placer reposa el cautivo.
Una larga cabellera de relámpagos
atraviesa la calle interminable
y una mujer pierde la vida para siempre.
Invierno
Puedo soltar mi pelo y golpearlo
contra el lila de la tarde,
arrancarle al río su gesto invernal
y entre barcas deslizarme como un pájaro
que acecha el agónico abandono del agua
en brazos de la espuma fugitiva.
No puedo sostener la palabra que cae
y se hace trizas como un guijarro gastado.
Todo y nada puedo.
Y las velas de las naves en la bruma
empujándome al puñal de la intemperie.
Partida
Y ahora, cuando las brasas tiemblan
su desvanecido fuego
y trepan arenas sin memoria del desierto
reclamando mi sangre y tu sangre,
sin nadie que nos redima,
ausente el espacio de todo misterio,
ahora los muslos se atan al viaje
ungidos en un palio plegado de absurdo.
Sólo las sombras,
aquéllas que perdieron la palabra,
vacilan,
Y vacila la despedida que no quiere ser última.
XII
Samotracia
Fuga de toros que se arrojan al vacío
y un remolino de sauces estelares
rozando las cuerdas del violín
y nosotros, juntos,
con nuestras íntimas voces ocultas
debajo de oscuras maderas,
deshacemos el monumento del tiempo.
En el soplo del sueño reconocemos las notas
del adagio que siempre retorna,
contenido y volátil, luminoso y rendido,
como un sentimiento alejado del mundo.
¿Qué nos puede esperar
más que esos gruñidos de aire
evocadores del desierto?
Estamos en la morada de la victoria.
Una oca en vuelo pone rumbos
y el amo real recupera la llave
que abre todas las puertas, la puerta
donde la cópula del río y la colina
es una imagen custodia
arraigada en el confín del recuerdo.
De Samotracia, Buenos Aires, Tiago Biavez, 1999.
© Celia Clara Fischer, 1999.