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GRAMMA
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Pianos incoherentes
Lily Ann Martin
Naufragio
Saliste del agua con el pelo negro
muy largo y mojado.
Rodé sobre la arena para recibirte con mi abrazo,
y con mis manos y mi boca
acaricié cada centímetro de tu cuerpo empapado.
Dos siglos después, ya estabas seco.
De los juegos que habías aprendido en la profundidad
no quedaban rastros.
Las algas se te habían ido cayendo
junto con la piel.
Entonces me acerqué despacio y te miré bien
y en cada uno de tus ojos vi una ola, tal vez dos.
No sé cuántas eran,
pero bastaron para ahogarme.
Entre león y ángel
A una pintura surrealista
Hace siglos que un león me espera
echado sobre un puente de este mundo.
Finge que no me está buscando,
y sacude orgulloso la melena.
Yo sé que podría devorarme si quisiera
de un solo mordisco,
arrancarme los brazos y las piernas
o jugar con mis vísceras a la hora de la siesta.
Pero me espera y me respeta
y bastaría un movimiento de mi mano
para que agachara humildemente la cabeza.
Hace siglos que también un ángel me espera
apoyado en la baranda
sobre un puente de este mundo.
Él también simula que me ignora,
dándome la espalda, mostrándome esas alas que yo envidio
(aunque él a veces sueña con quitárselas,
y entrar a los casinos y prostíbulos).
Y entre el león y el ángel,
con un poco de los dos,
estoy yo:
soy el hombre, el que pintó este cuadro alguna vez
y todos los hombres
que lo han mirado desde entonces.
Cantante jamaiquina
Parada sobre el escenario,
en el medio de un país que flota,
la mujer abre la boca y todos callan.
Escupe cuatro siglos su garganta,
sus caderas estiran la piel de los tambores,
y un hombre que jamás salió de Philadelphia
mastica cuerpo a tierra los olores
de una resbalosa y húmeda africana.
Su voz tiene el poder de mil soldados,
su pecho es una bahía inconquistada,
parada sobre el escenario,
la mujer mueve la boca y todos callan.
Fascina el dulce río de sus venas,
paraliza el ritmo negro de su piernas,
la música es un regalo y una excusa
para el lento exorcismo de su alma.
Ella canta sin mirar a nadie,
canta sabiéndose mirada.
El público es apenas otro barco
esperando el momento de encallarla.
Y cuando al fin la magia se detiene,
apenas un segundo antes que aplaudan,
se cumple inexorable el mecanismo
que muchos llaman simplemente karma.
Ella ofrece su cuerpo, doblándolo empapado,
y comprueba con la ovación que lo ha logrado,
surgen los gritos como tributos de un vasallo,
por unas horas todos fuimos sus esclavos.
Cuerpos inflamables
a F.T.
La vida siempre fue un fósforo
entre los dos
cuerpos inflamables
un día fue un mostrador
de helado mármol
quemándoles las nalgas
otra vez hubo una rodaja de ananá
que ella rechazó:
dulzura combustible
sobre la ciudad
nada nunca los apagó
ni el mar ni la lluvia
ni las gotas (que cayeron de sus ojos)
ni el sudor (que sobre el techo se lamieron)
ni siquiera el tiempo;
el tiempo hizo de viento
entre dos fuegos
una noche los visitó una mariposa
y cuando abrió sus alas
ella las piernas
nada nunca las cerró.
Fue esa noche
En algún lugar del mundo, una mujer muy flaca
se paró bajo la luz de la luna.
Sus ojos tenían el color de la sangre coagulada.
Fue la noche que sopló una brisa extraña
y alguien dijo voy a nadar
y se ahogó en cloacas heladas.
Callaron los perros y la gente; en cada callejón
hubo olor a vidrios rotos.
Fue la misma noche que me encontraste
acostada en el piso del patio,
con los brazos abiertos
y pariendo cien cuchillos.
Última voluntad
Quiero morir bajo tus gestos despiadados
aplastada en los abismos de tu carne.
Ése será mi vuelo atroz, el que te raje la piel incandescente,
el que te muerda las venas una a una,
el que se ahogue cada junio en tu saliva. Y te salve.
Vas a venir como viniste aquella vez,
arrastrando tus huesos de luto,
con un de ave de rapiña en cada axila.
Vas a intentar bloquearme la salida,
para que no huya, para que me quede dormida en tus heridas.
Pero yo empezaré por otra parte,
arrancando con una palabra tus pupilas.
Y así, ciego y nuevo, cumplirás inflexible mi deseo.
Voy a dejar de respirar tapada y quieta,
acurrucada en un hueco de tu muslo.
Voy a dejar de ser y de existir,
precipitándome desde tu frente,
despedazándome feliz
contra la cárcel de tus brazos.
Es lo que quiero.
Relato en un bar
Amo el amor de los marineros que besan y se van.
Pablo Neruda, «Farewell»
La historia fue tomando forma
vaso a vaso.
Las sillas se iban acercando a nuestra mesa
y de pronto éramos diez
los rostros quietos y atentos,
improvisado público pendiente de tu voz.
Era fácil imaginar mientras hablabas
su larga cabellera rubia, sus ojos verdes y mojados,
esa manera de acariciar como las algas,
la pelvis fundiéndose en misterio.
Contaste que el amor fue a simple vista,
que sobraron las palabras y en seguida
navegaban juntos en tu cama.
Dijiste que fue un sueño de timones y de barcas,
que su cuerpo era azul como tus venas,
y entonces a medida que la amabas
nos ibas sumergiendo en ese vientre;
y actuaban tus palabras como un puente
y nos trasladamos todos a sus párpados
a recibir los gritos y la espuma.
Y fue ahí cuando supimos de lo inútil,
de la lucha y de la fuerza y de la nada;
contaste que la habías abandonado,
en el medio de la noche y de las sábanas;
que huiste en silencio y en la sombra,
como los marineros
que besan y se van.
Me acuerdo que enmudecieron copas y botellas,
que hubo de golpe miles de ojos
clavándose en tu boca y esperando.
Demoraste un último trago
y con la garganta lubricada, agradecida,
llegó el final de este relato:
contaste que lloró desesperada
que maldijo tus manos y tu ropa;
dijiste que cuando te ibas la dejaste
rompiendo las paredes y las cosas.
Pero yo sé que una sirena jamás haría eso.
Palabras
Hay palabras para todo.
Palabras para definir el color de las tormentas,
el aroma de las siestas,
la música del pan, del fuego, del amor.
Hay palabras para decir el miedo, nombrar la muerte
o conjurar el dolor.
Palabras para describir un campo a medianoche,
un caballo de tiza,
un estruendo de pájaros.
Hay palabras para abrir puertas invisibles,
para curar heridas insalvables;
palabras para perdonar lo imperdonable.
Claro que hay palabras para todo.
Lo que pasa es que no las conocemos.
De Pianos incoherentes, Buenos Aires, Tiago
Biavez, 1999.
© Lily Ann Martin, 1999.