GRAMMA Virtual
Publicación de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador
Año I Nº 2 Diciembre 2000

Pianos incoherentes

Lily Ann Martin

Naufragio

 

Saliste del agua con el pelo negro

muy largo y mojado.

Rodé sobre la arena para recibirte con mi abrazo,

y con mis manos y mi boca

acaricié cada centímetro de tu cuerpo empapado.

 

 

Dos siglos después, ya estabas seco.

De los juegos que habías aprendido en la profundidad

no quedaban rastros.

 

 

Las algas se te habían ido cayendo

junto con la piel.

 

 

Entonces me acerqué despacio y te miré bien

y en cada uno de tus ojos vi una ola, tal vez dos.

 

 

No sé cuántas eran,

pero bastaron para ahogarme.

 

 

 

Entre león y ángel

 

A una pintura surrealista

 

Hace siglos que un león me espera

echado sobre un puente de este mundo.

Finge que no me está buscando,

y sacude orgulloso la melena.

Yo sé que podría devorarme si quisiera

de un solo mordisco,

arrancarme los brazos y las piernas

o jugar con mis vísceras a la hora de la siesta.

Pero me espera y me respeta

y bastaría un movimiento de mi mano

para que agachara humildemente la cabeza.

 

 

Hace siglos que también un ángel me espera

apoyado en la baranda

sobre un puente de este mundo.

Él también simula que me ignora,

dándome la espalda, mostrándome esas alas que yo envidio

(aunque él a veces sueña con quitárselas,

y entrar a los casinos y prostíbulos).

 

 

Y entre el león y el ángel,

con un poco de los dos,

estoy yo:

soy el hombre, el que pintó este cuadro alguna vez

y todos los hombres

que lo han mirado desde entonces.

 

 

 

 

Cantante jamaiquina

 

Parada sobre el escenario,

en el medio de un país que flota,

la mujer abre la boca y todos callan.

 

Escupe cuatro siglos su garganta,

sus caderas estiran la piel de los tambores,

y un hombre que jamás salió de Philadelphia

mastica cuerpo a tierra los olores

de una resbalosa y húmeda africana.

 

Su voz tiene el poder de mil soldados,

su pecho es una bahía inconquistada,

parada sobre el escenario,

la mujer mueve la boca y todos callan.

 

Fascina el dulce río de sus venas,

paraliza el ritmo negro de su piernas,

la música es un regalo y una excusa

para el lento exorcismo de su alma.

 

Ella canta sin mirar a nadie,

canta sabiéndose mirada.

El público es apenas otro barco

esperando el momento de encallarla.

 

Y cuando al fin la magia se detiene,

apenas un segundo antes que aplaudan,

se cumple inexorable el mecanismo

que muchos llaman simplemente karma.

 

Ella ofrece su cuerpo, doblándolo empapado,

y comprueba con la ovación que lo ha logrado,

surgen los gritos como tributos de un vasallo,

por unas horas todos fuimos sus esclavos.

 

 

 

Cuerpos inflamables

 

a F.T.

 

La vida siempre fue un fósforo

entre los dos

cuerpos inflamables

un día fue un mostrador

de helado mármol

quemándoles las nalgas

otra vez hubo una rodaja de ananá

que ella rechazó:

dulzura combustible

sobre la ciudad

nada nunca los apagó

ni el mar ni la lluvia

ni las gotas (que cayeron de sus ojos)

ni el sudor (que sobre el techo se lamieron)

ni siquiera el tiempo;

el tiempo hizo de viento

entre dos fuegos

una noche los visitó una mariposa

y cuando abrió sus alas

ella las piernas

nada nunca las cerró.

 

 

 

Fue esa noche

 

En algún lugar del mundo, una mujer muy flaca

se paró bajo la luz de la luna.

Sus ojos tenían el color de la sangre coagulada.

Fue la noche que sopló una brisa extraña

y alguien dijo voy a nadar

y se ahogó en cloacas heladas.

Callaron los perros y la gente; en cada callejón

hubo olor a vidrios rotos.

Fue la misma noche que me encontraste

acostada en el piso del patio,

con los brazos abiertos

y pariendo cien cuchillos.

 

 

 

 

Última voluntad

 

Quiero morir bajo tus gestos despiadados

aplastada en los abismos de tu carne.

Ése será mi vuelo atroz, el que te raje la piel incandescente,

el que te muerda las venas una a una,

el que se ahogue cada junio en tu saliva. Y te salve.

Vas a venir como viniste aquella vez,

arrastrando tus huesos de luto,

con un de ave de rapiña en cada axila.

Vas a intentar bloquearme la salida,

para que no huya, para que me quede dormida en tus heridas.

Pero yo empezaré por otra parte,

arrancando con una palabra tus pupilas.

Y así, ciego y nuevo, cumplirás inflexible mi deseo.

Voy a dejar de respirar tapada y quieta,

acurrucada en un hueco de tu muslo.

Voy a dejar de ser y de existir,

precipitándome desde tu frente,

despedazándome feliz

contra la cárcel de tus brazos.

Es lo que quiero.

 

 

 

 

Relato en un bar

 

Amo el amor de los marineros que besan y se van.

—Pablo Neruda, «Farewell»

 

La historia fue tomando forma

vaso a vaso.

Las sillas se iban acercando a nuestra mesa

y de pronto éramos diez

los rostros quietos y atentos,

improvisado público pendiente de tu voz.

 

Era fácil imaginar mientras hablabas

su larga cabellera rubia, sus ojos verdes y mojados,

esa manera de acariciar como las algas,

la pelvis fundiéndose en misterio.

 

 

Contaste que el amor fue a simple vista,

que sobraron las palabras y en seguida

navegaban juntos en tu cama.

 

 

Dijiste que fue un sueño de timones y de barcas,

que su cuerpo era azul como tus venas,

y entonces a medida que la amabas

nos ibas sumergiendo en ese vientre;

y actuaban tus palabras como un puente

y nos trasladamos todos a sus párpados

a recibir los gritos y la espuma.

 

 

Y fue ahí cuando supimos de lo inútil,

de la lucha y de la fuerza y de la nada;

contaste que la habías abandonado,

en el medio de la noche y de las sábanas;

que huiste en silencio y en la sombra,

como los marineros

que besan y se van.

 

 

Me acuerdo que enmudecieron copas y botellas,

que hubo de golpe miles de ojos

clavándose en tu boca y esperando.

 

 

Demoraste un último trago

y con la garganta lubricada, agradecida,

llegó el final de este relato:

contaste que lloró desesperada

que maldijo tus manos y tu ropa;

dijiste que cuando te ibas la dejaste

rompiendo las paredes y las cosas.

 

Pero yo sé que una sirena jamás haría eso.

 

 

 

Palabras

 

Hay palabras para todo.

Palabras para definir el color de las tormentas,

el aroma de las siestas,

la música del pan, del fuego, del amor.

Hay palabras para decir el miedo, nombrar la muerte

o conjurar el dolor.

Palabras para describir un campo a medianoche,

un caballo de tiza,

un estruendo de pájaros.

Hay palabras para abrir puertas invisibles,

para curar heridas insalvables;

palabras para perdonar lo imperdonable.

 

Claro que hay palabras para todo.

Lo que pasa es que no las conocemos.

 

De Pianos incoherentes, Buenos Aires, Tiago Biavez, 1999.
© Lily Ann Martin, 1999.