GRAMMA Virtual
Publicación de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador
Año I Nº 2 Diciembre 2000

La heredad

Doctora Ana Benda

Percibo la realidad, y a mí misma, y lo poco que sé, como un misterio. Plural, impredecible, dramático. Un misterio facetado cuyas dos aristas clave son para mí lo bello y lo religioso. Desde la ojiva que ambas verticales alzan me asomo al mundo. Renuncio a someter para comprender. Elijo la zona insegura de los que soportan admirar, contemplar, subyugarse.

La experiencia humana primordial, fundante, descubro a esta altura de mi vida, es la de ser amado. El amor es la única bienvenida digna a la vida, lo único en que se puede creer, lo único que justifica vivir.

Para poder creer que Dios nos ama me fue necesaria la experiencia de ser amado por otra criatura. Sólo en el diálogo amado-amante se devela el lenguaje del amor. No creo en vivencias místicas vaciadas de calor personal. Sí en la sacramentalidad del amor humano. Y en que es vocación de la mujer hacer carne esta realidad.

Gozo intensamente el contacto con la naturaleza.

El mar es mi paisaje preferido. Siento que Dios se dice y simboliza en él con lenguaje único. Puedo mirarlo horas enteras, quieta y en silencio.

Todo lo que deseo ver está en el mar. Su metáfora de infinitud me atrapa como un imán.

Frente al mar descubrí que la contemplación de lo bello provoca un sentimiento hondamente religioso. Los ojos no se colman sólo de belleza, sino especialmente de Gloria. Experimento la presencia de Dios como artista, como la de un amor capaz de crear tanta belleza para los hombres. Y entonces se me hace carne la sacramentalidad de lo creado.

Mi abuela aceptó alegremente envejecer. Mi padre eligió audazmente morir. Todo tiene su tiempo y cada tiempo tiene su belleza.

El campo de San Luis, pleno de verdor en verano, amarillea el pasto en el invierno, agrisa follajes y troncos, pierde brillo y esplendor.

Sin embargo, sólo en invierno se ve lejos. Caídas las hojas caducas, desde la casa se divisa, distante y abierta, la pampa. Y la sierra, semioculta por los álamos en verano, aparece íntegra cuando ellos son, apenas, hebras de humo gris. El paisaje parece volverse transparente y dejar ver una belleza que el verano, exuberante, ocultaba. Los tiempos pródigos retienen la mirada en hermosuras cercanas.

Mi padre amaba la vida. Hacen falta amor y confianza para abandonar, a los catorce años, madre, padre, hermanos, casa, patria y lanzarse a la aventura de cruzar el mar para buscar trabajo en una tierra desconocida, con un idioma desconocido.

Él era, a una edad en que yo y mis hijos fuimos apenas adolescentes, un hombre, capaz de cortar amarras con todo por la esperanza de una vida mejor, por no resignarse al hambre, al futuro sin horizontes, a la mediocridad socialmente impuesta.

Y después, construyó doce pisos sobre un médano, frente al mar que eligió para vivir y que no miraba nunca.

Discutía con el ingeniero de igual a igual, él, que había llegado a tercer grado, y decidía lo que le parecía más seguro. Edificó cimientos que hubieran soportado una pirámide egipcia.

Fuerte, chispeante, creativo, violento, exigente, muy inteligente. Ése era mi padre. Audaz, cabezadura, servicial, de generosidad extrema.

Como él, no quiero resignarme. Y si puedo, construiré, para su orgullo, trece pisos sobre otro médano.

Yo también, como él, salté el mar cuando me decidí a hacer el doctorado. Yo también quería para mí otra vida sin hambre.

No sabía qué lejos llegan los deseos más viscerales...

Y repetí el salto cuando publiqué, a los cincuenta y dos años, mi primer libro de poemas.

La vida impone en algunos una imperiosa necesidad de ser, de no claudicar, de no resignarse ni someterse ni conformarse.

Seguramente a él lo tiraba hacia abajo su familia de origen. A mí, mi familia inmigrante. Seguramente, mi conciencia de este tirar hacia abajo, que a veces la familia impone, no salve a mis hijos de la necesidad de cruzar el mar.

Pocas realidades me son tan metafísicas como la carne. Mi lógica no está hecha para pensar que la materia soporte el espíritu. Que lo propio de la creación sea su «ser en la carne». Que la vida se constituya en esta urdimbre inseparable de la carne y el alma.

No podré entender nunca eso de «pecado de la carne». Me parece algo muy difícil de lograr. Pienso que no es la carne, en su acepción de sentidos, la que entonces se desboca, sino la desesperación.

Es difícil gozar la carne. Quizá todo gozo sea difícil… pero éste tiene a sus espaldas lo que mi generación vivió como prohibido, acallado, malo. Un espiritualismo dualista nos signó con su maldición. La generación de mis hijos se mueve en un permisivismo perverso. El punto es que la carne no logra ocupar su lugar sagrado en el corazón del hombre.

Quizá por eso es tan consoladora la promesa de la resurrección.

La eucaristía me hace pensar mucho todo esto de la carne como sagrada.

Creo, al comulgar, estar recibiendo el cuerpo verdadero de Jesús, su carne sagrada, que consagra la mía. Pero no puedo con tanto; me ataca la racionalidad que siempre se niega al misterio y me deja presa de su lógica.

El «Señor mío y Dios mío» se me convierte en un «Señor mío, ¿qué es esto?, Dios mío, ¿qué locura estás haciendo?»

Un Dios que se hace hombre y permanece entre los hombres en el pan y muestra allí su verdadero rostro, siempre es demasiado terrible para mí. La hospitalidad de Dios a la criatura en algo tan débil, diario... en la sencillez extrema de Dios me estremezco.

Que Dios se me dé en comida y él se convierta en mi cuerpo y entonces yo en el suyo, y pensarme carne de Dios... ¡ay, es demasiado! Me siento un griego desesperado. Él quería ser de la raza de los dioses, y resulta que Dios se hace de la raza de los hombres.

Y experimentar la dimensión cósmica del cuerpo de Cristo, este resumirse y sumirse de todo en él y, entonces, ser yo en él la totalidad y él en mí fundar la unidad, todo esto me hace explotar la cabeza y me provoca una alegría que es, me parece, aquello para lo que nací.

Hay algo privilegiado en el conocimiento que la madre tiene acerca de cada hijo. Algo de connaturalidad. Algo que fundamenta en la intimidad del corazón ese conocimiento y avala en el amor la relación primordial de la vida.

A los ojos de la madre, un gesto mínimo del hijo lo hace revelarse en totalidad.

Esta experiencia de conocimiento intuitivo y amoroso me es muy esperanzadora respecto de cómo nos conoce Dios.

De La heredad, Buenos Aires, Ediciones Ultimo Reino, 1999.
© 1999, Ana Benda.