GRAMMA Virtual
Publicación de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador
Año I Nº 2 Diciembre 2000

Heredad

Doctora Gloria O. J. Martínez

Acerca de La heredad, de Ana Benda (Buenos Aires, Último Reino, 1999)

Nuevo arte de pensar: este título de una obra de Jean Guitton podría convertirse en un juicio sintético kantiano del nuevo libro que, con el título de La heredad, ofrece Ana Benda a la consideración del lector.

Este lector es para la autora, ante todo, un amigo, ante quien devela el rico tesoro de su heredad.

Los primeros destinatarios de estas confidencias son los hijos (el libro está dedicado a Caio, Nacho y Vero).

No he producido en mi vida ningún bien material. Mis hijos no podrán heredar de mí más que mi amor incondicional y mis palabras. Ese es mi único patrimonio.

Quizás los hijos, por su juventud, no puedan gozar todavía del todo de las riquezas de esta «heredad» de la madre, joven también, pero en plena madurez de su espíritu.

Ana Benda realiza una seria y profunda labor de especulación, en el sentido filosófico del término. Se mira en el espejo interior, y analiza, con calculada objetividad, cada una de sus vivencias.

El resultado es diáfano. El cincel de aguda autopercepción va quitando todo lo exterior superfluo, y va dejando en descubierto cada vez con mayor nitidez la forma artística que la materia encubría.

El resultado es sorprendente: una autobiografía interior. En esta biografía hay como un eje conductor: la figura paterna.

Sobre la figura de un padre venido de lejanas tierras, que cruza el mar, enfrenta una realidad difícil, y convierte un médano en sólida base para levantar un edificio de doce pisos, Ana Benda dibuja la parábola de su propia vida: también ella es «extranjera» —a lo Camus— en un mundo sin sueños; también ella cruza el mar, forma su hogar, se doctora, publica libros; también ella convierte el médano de la duda, de la angustia existencial, de la fallida esperanza, de la decepción por la amistad defraudada, y construye su propio edificio, esta vez de trece pisos, junto al mar de la vida.

Mi padre amaba la vida. Hacen falta amor y confianza para abandonar, a los catorce años, madre, padre, hermanos, casa, patria y lanzarse a la aventura de cruzar el mar […] Él era, a una edad en que yo y mis hijos fuimos apenas adolescentes, un hombre, capaz de cortar amarras con todo por la esperanza de una vida mejor […] Y después, construyó doce pisos sobre un médano, frente al mar […] Como él, no quiero resignarme. Y si puedo, construiré, para su orgullo, trece pisos sobre otro médano.

Yo también, como él, salté el mar cuando me decidí a hacer el doctorado.

Así se yergue, airosa, esta delicada construcción que es La Heredad, este edificio que toca el cielo y enfrenta el mar.

En una prosa depurada, rígida por momentos de una tensión interior, va construyendo Ana Benda, ladrillo por ladrillo, las paredes traslúcidas de su heredad: «Entonces, ¿qué es para mí el lenguaje? Arriesgo: la materia de la identidad, de la mismidad humana».

Cuando encontramos en ella a Dios, sobre todo en su apariencia eucarística, nos llega un hálito muy lejano de la mística del Siglo de Oro, como un reflejo del Castillo Interior de Santa Teresa de Jesús.

La eucaristía me hace pensar mucho todo esto de la carne como sagrada.

Creo, al comulgar, estar recibiendo el cuerpo verdadero de Jesús, su carne sagrada, que consagra la mía. […] El «Señor mío y Dios mío» se me convierte en un «Señor mío, ¿qué es esto?, Dios mío, ¿qué locura estás haciendo?»

Un Dios que se hace hombre y permanece entre los hombres en el pan y muestra allí su verdadero rostro, siempre es demasiado terrible para mí.

«Nuevo arte de pensar», dije al principio. Y es porque Ana Benda piensa, es decir, filosofa, sobre todos los aspectos de la realidad que vive; va de lo humano a lo divino y nuevamente a lo humano, en un análisis profundo que le permite vivenciar su propio cuerpo al par que su propia alma.

Dedicado a los hijos, el análisis quintaesenciado de su maternidad realza la misión de madre de toda mujer.

Hay algo privilegiado en el conocimiento que la madre tiene acerca de cada hijo. Algo de connaturalidad. Algo que fundamenta en la intimidad del corazón ese conocimiento y avala en el amor la relación primordial de la vida.

A los ojos de la madre, un gesto mínimo del hijo lo hace revelarse en totalidad.

Esta experiencia de conocimiento intuitivo y amoroso me es muy esperanzadora respecto de cómo nos conoce Dios.

En esta heredad hay estancias que dan cabida a todas las circunstancias en que transcurre la vida de Ana Benda, y hasta podría ser como un símbolo de otras mujeres: la escritora, la profesora, la amiga, la hija, la nieta, la esposa, la madre, la doctora; en una palabra, Ana Benda se muestra en La Heredad como una flecha de un arco en tensión que apunta al infinito.

© Gloria O. J. Martínez, 2000