Psicosociología de un motín carcelario
Por Víctor José Irurzun
I
Introducción
El sistema carcelario se encuentra entroncado en una matriz socio-jurídica que pauta su estructura y funcionamiento. La realidad vital del quehacer en las largas horas del encierro es reflejo de la estimativa social respecto del problema del delito y del delincuente. La sociedad puede hallarse en uno de los dos extremos de la dicotomía punición y recuperación, en cuyo caso la política carcelaria asumirá idéntico carácter.
Es hipótesis de este trabajo, que ciertos amotinamientos carcelarios pueden ser consecuencia de un estado de cosas que entrañan una conducta rebelde como respuesta resolutiva de la situación de crisis, adquiriendo un efecto de demostración, por la repetición de hechos similares, que permite llamar la atención de la opinión pública sobre las verdaderas causas del fenómeno
II
Estructura carcelaria
Nuestra cárcel tradicional es cerrada, amurallada. El hombre allí internado es preso de un doble anillo contentivo de paredes y guardianes. Al déficit habitacional, motivado por la sobrepoblación, se suman las instalaciones inadecuadas, la selección negativa del personal escasamente remunerado, la carencia de una laborterapia eficaz, el defecto, en la práctica, de un régimen progresivo, personalizado y diversificado y, fundamentalmente, la pérdida del contacto humano con el exterior, lo que significa ruptura con la sociedad, despersonalización, soledad, tedio, ocio, regresión, vicio.
La estructura social de ese mundo, revela la existencia de distintos agrupamientos. Por un lado, la jerarquía integrada por la dirección, por el cuerpo profesional, por los suboficiales, los guardiacárceles, los celadores; por el otro, médicos, abogados, sacerdotes y, finalmente, la población carcelaria con sus diversos matices.
Entre estos grupos, fundamentalmente con el de los internos, no se advierte cohesión, consenso ni lealtades hacia metas o fines comunes, por el contrario, se percibe un conflicto latente, antagonismo y disociación. Nadie cree que el sistema pueda resocializar, es decir, reubicar al individuo en la sociedad, de la que, precisamente, se le extraña.
Ese conflicto intersectorial se introduce, también, entre los grupos de internos. Los presos no forman una sociedad homogénea, por el contrario, ésta es plural, nucleada en diferentes agrupamientos de acuerdo al delito, a la personalidad, a la jerarquía delictiva que se trae desde la calle, a las conexiones. Esos grupos pueden expeler al que no se ajuste a la "conducta carcelaria" o ingresar, con fines instrumentales, a un extraño. Se estratifican, a nivel subjetivo, de acuerdo a los delitos cometidos y se percibe, claramente, un liderazgo informal surgido desde la entraña misma de la situación de carencia y privación a que se encuentran sometidos.
A nivel valorativo, no existe coincidencia entre las metas previstas por las normas estaturarias y organizadas del establecimiento penal, con las que se forman en el proceso de interacción entre presos que sólo se encuentran motivados a rescatar su libertad. Esa misma situación de privación, que el preso considera íntimamente injusta, le lleva a rechazar las normas del penal y a adherir, en una respuesta generalizada, a las normas intergrupales, generadas, la mayoría de las veces, en idénticas situaciones de privación vividas en el exterior.
Debe tenerse presente que las normas de los grupos de internos poseen validez -son sancionadas por ellos mismos-, vigencia -se aplican con todo rigor-, poseen sanciones positivas -prestigio, privilegios- y negativas -exclusiones, ostracismo, muerte-, prescriben las conductas proscriptas por los estatutos y viceversa, es decir, son normas que específicamente resuelven el problema en el que se encuentran inmersos.
El clima que campea en este ambiente es el de que los intereses de los internos no coinciden con los de la jerarquía, es decir, se percibe al alter como enemigo, como el responsable de lo que le pasa. Por otra parte, la jerarquía se encuentra preocupada por la contención y, por consecuencia, con el problema latente de la posible evasión. Así las cosas, el temor mutuo levanta barreras a la comunicación y comprensión, lo que favorece la adopción de actitudes explosivas.
III
Problemas funcionales
El objetivo manifiesto del sistema carcelario es la readaptación e integración del delincuente a la sociedad. Ello no obstante la precariedad de medios y los defectos del sistema que, en sí, llevan a un resultado diverso del propuesto.
La falta de consenso y cohesión, el fracaso en lograr la transferencia de lealtades del grupo de presos hacia la jerarquía, la participación en la cultura delincuente, la percepción del sistema como injusto, la erosión de conciencias que se produce en el proceso de interacción, el conflicto constante, el resquebrajamiento de la disciplina, el rechazo de un sistema autoritario que no brinda participación alguna y el defecto de canales institucionalizados de articulación de intereses, hacen a la alienación y despersonalización progresiva del delincuente y al deterioro de la institución.
IV
Conductas de ajuste y desajuste ante el conflicto
Sentadas las bases de las interrelaciones que genera la estructura, obvio es que se exteriorizarán conductas que intentarán resolver el problema a nivel individual o masivo y mediante actitudes de ajuste o desajuste.
Interesan, en este caso, las conductas masivas y desajustadas que conviene categorizar en intrapunitivas y extrapunitivas. Dentro de las conductas intrapunitivas de carácter masivo y desajustado, pueden mencionarse el consumo de drogas -refugio en la fantasía, autismo-, los "cortes" autoinferidos por diversos motivos -celo-, masturbaciones colectivas. Dentro de las conductas extrapunitivas de idéntico carácter, pueden referirse las injurias, las agresiones, las protestas, los amotinamientos.
V
Etiología y dinámica de un amotinamiento
1°) Génesis y desarrollo de los hechos
Hace ya algunos años, en una prisión cerrada, se produjo un motín de internos que motivó una violenta respuesta por parte de los guardiacárceles y que dejó como saldo una veintena de muertos. Según las manifestaciones de los internos sublevados en el trámite del proceso, la causa de su conducta se debía al injusto e irritante régimen a que se encontraban sometidos, sin poder explicitar, no obstante, si lo que se procuraba era la evasión o el llamado de atención mediante la sangrienta reacción. Cierto es que sus demandas encontraban apoyo en la retención, como rehenes, de varios guardiacárceles, nueve de los cuales hallaron la muerte en la primera etapa de los acontecimientos. Superado el amotinamiento de los presos, cuyos cabecillas se entregaron, y liberados los rehenes que habían quedado con vida, se produjo la respuesta por parte del personal penitenciario.
En los primeros momentos adoptaron una actitud expectante, desde que la represión se tornaba imposible ante el mantenimiento de sus compañeros en calidad de rehenes. Cuando la situación cambió, pudo advertirse la formación de corrillos y un clima de alta tensión. De pronto, se produjo un escape incontenible de las tensiones acumuladas y reprimidas, y masas no identificadas de individuos irrumpieron en los cuadros donde se alojaban los internos dando muerte a quince de ellos, bajo la voz de "se evaden los presos".
2°) Factores psicosociales subyacentes
Una hojeada retrospectiva permite hipotizar que en la base de los acontecimientos se encontraron ciertas conexiones entre internos y guardiacárceles, que quedaron rotas en el curso del proceso; una real sensación de angustia y miedo originada en la fractura de la comunicación, lo que dió origen al rumor así como la caótica situación preexistente y que, finalmente, el camino elegido por los presos fue el que más respondía a sus expectativas y a su especialización en términos de rol, dada la carencia de otros canales alternativos que permitieran superar la crisis.
3°) Los factores psicosociales en el proceso
a) El amotinamiento de los presos.
Aquí el conflicto fue mantenido y acicateado por un pequeño grupo de internos armados. El resto de la población, incomunicada con el exterior, sólo recibía noticias a través de los cabecillas, que la manejaban a su antojo. El contexto, movido por emociones y tensiones, quedó así pautado por el recuerdo de las condiciones vividas, el temor a las represalias y las motivaciones hacia la evasión, factores todos que aceleraban el proceso del temor. En estas condiciones la reacción fue irracional, mecánica, regresiva y agresiva.
Recién, cuando cambiaron las fuentes informativas, a raíz de conversaciones de persona a persona mantinidas entre la autoridad y los amotinados, comenzó a ceder el temor y a perder influencia los cabecillas.
b) El levantamiento de los guardiacárceles.
Estos tenían comunicación con la autoridad, pero no comprendían lo que sucedía en los cuadros amotinados de donde llegaban rumores de la muerte de sus compañeros apresados. Cuando se produjo la liberación de éstos, la comunicación directa apuntaló al rumor, máxime ante la narración de la forma despiadada en que habían sido ultimados. En estas condiciones la reacción fue, también, irracional, mecánica, regresiva y agresiva.
Recién cuando superaron los impulsos desencadenantes, es decir, la sed de venganza, comenzó a nivelarse su campo psicológico.
c) El proceso de interacción masiva.
En la primera etapa de los acontecimientos, los guardiacárceles se hallaban presos por el temor, la incertidumbre y la ambigüedad de la situación que sólo era clarificada, en parte, por una oleada de rumores que acicateaba, aún más, su ansiedad. Podía observarse la presencia de grupos aislados, desconectados, que daban su propia solución al problema a nivel intergrupal, pero respetando, en conjunto, la estrategia de la superioridad.
Este clima, sin embargo, cambió fundamentalmente cuando los rehenes recuperaron su libertad y brindaron información acerca del desarrollo de los hechos. Los agrupamientos parciales fueron sustituídos por la interacción masiva, comenzaron a oirse voces de protestas aisladas e iniciativas individuales de acción. La tensión creció y consecuentemente se produjo conflicto entre las directivas de los jefes y las expectativas del conjunto, que ya no tenía motivos para demorar la acción. En estas condiciones, las arengas y órdenes impartidas cayeron en el vacío.
Sin solución de continuidad prosiguió agudizándose, en la ahora masa indiferenciada, la interpretación cuerpo a cuerpo y codo a codo que posibilitó la autoalimentación y transmisión en cadena de la energía agresiva así como la comunicación de un progresivo estado de regresión psicológica, motivado éste en la polarización del marco perceptivo hacia las normas que tornaban permisiva la venganza inmediata, única actitud percibida como justa y resolutiva de la tremenda situación vivida. Otras normas yacían en el olvido.
Superados por las tensiones y apoyados en la sensación de poder y fuerza que da el número así como por el anonimato e impunidad de las acciones producidas en masa, bastó una voz, un grito, una excusa, para que se desencadenara por segunda vez una onda explosiva de terror y muerte.
El análisis posterior de los acontecimientos reveló que la normalidad, es decir, el equilibrio del campo psicológico inmediato, sólo fue recuperada cuando quedó saciada la sed de venganza, cuando la agresión reprimida, incrementada por la transmisión en cadena de la energía acumulada, tuvo escape a través del estrechamiento del marco perceptivo y de la sensación de impunidad que otorga el anonimato.
VI
Los motines expresivos
Como se dijo en el comienzo del trabajo, las protestas por las condiciones carcelarias pueden revestir formas diferentes a la del motín que encubre una tentativa de evasión, como seguramente fue el que desembocó en el sangriento hecho referido.
Años después, fueron noticia reiteradas protestas recogidas por los medios de información, apoyadas desde el exterior de las prisiones por las familias de los internos; por las huelgas de hambre; los "cortes" en cadena; las negativas a concurrir a ciertos juzgados y los denominados motines "expresivos", cuya finalidad ha sido la de llamar públicamente la atención acerca de las privaciones a que se encuentra sujeto el hombre encarcelado.
Desde el punto de vista psicosocial, estas conductas motivadas no sólo en las privaciones carcelarias sino, a veces, en falsas promesas de pronta libertad, parecen más racionales que la anteriormente analizada, porque logran despertar una mayor conciencia social respecto de los problemas que genera la propia estructura carcelaria.-