logusal-tr.gif (4257 bytes) Revista Científica de Educación   
de la Universidad del Salvador

Año 2 Nº.3
Julio - Diciembre 2000



Globalización en perspectiva sociológica.

Perla Aronson

Resumen

El presente trabajo procura examinar la globalización según dos perspectivas: una, la que considera que la ciencia social carece de las herramientas teóricas y metodológicas adecuadas para comprenderla; otra, que la analiza en cuanto a sus repercusiones sociales. La segunda corriente se abre en dos configuraciones según su consideración acerca de los alcances positivos o negativos del fenómeno de la globalización. Como representante de la primera postura, se siguen los planteos de Octavio Ianni; en el caso de la segunda, los autores seleccionados son Zygmunt Bauman, quien encarna una visión desilusionada del problema, y Anthony Giddens, para quien la globalización abre un horizonte de oportunidades y esperanza.

Globalización en perspectiva sociológica

La temática de la globalización atraviesa actualmente la producción completa de las ciencias sociales, y desde hace algunos años ha pasado a constituirse en un acontecimiento y una idea que se ubica en el centro de las discusiones que tienen lugar en su campo. Algunos analistas la ven como la continuación de un proceso que se inicia en la modernidad, aunque ahora con rasgos de profunda radicalización. Otros, en cambio, la consideran un fenómeno nuevo cuyo origen debe buscarse en el extraordinario alcance de la revolución tecnológica.

Dentro de las numerosas interpretaciones a que ha dado lugar, pueden identificarse dos tendencias principales: la primera, acentúa las dificultades metodológicas y epistemológicas que enfrentan las ciencias sociales ante la globalización; la segunda, hace hincapié en sus repercusiones sociales.

En la primera corriente se ubican aquellos que la piensan como el más significativo desafío que enfrenta el aparato conceptual y metodológico de las ciencias sociales construido a lo largo de dos siglos de desarrollo disciplinar. La obsolescencia de las herramientas teóricas se inscribe en el debilitamiento del paradigma clásico organizado en torno a las sociedades nacionales. Analizada a través de dicho paradigma, la sociedad global se oscurece, y a lo sumo, puede vérsela como la extensión cuantitativa y cualitativa de la sociedad nacional; por ende, impide captar el hecho de que la primera subsume a la segunda, problema que todavía no tiene un desarrollo suficientemente reconocido y codificado. Quedan, de este modo, lagunas conceptuales que se corresponden con regiones de la vida humana y social que permanecen inexplicadas. Y aunque abundan categorías tales como “economía- mundo”, “aldea global”, “multilateralismo” o “multiculturalismo”, no todas provienen de marcos conceptuales que den cuenta de que la realidad <<…ya será siempre internacional, multinacional, transnacional, mundial o propiamente global>> (Ianni, 1996: 159). Antes bien, muchas de ellas son el resultado de razonamientos que aun permanecen sujetos a la noción de sociedad nacional e ilustran acerca de la necesidad de reformular las herramientas analíticas. Sin embargo, las naciones siguen en pié: es en ellas donde transcurre la vida cotidiana de los individuos y es allí donde perduran y florecen nacionalismos, fundamentalismos de distinto carácter, etnicismos e identidades. Empero, el concepto de sociedad nacional no proporciona una visión acertada de la realidad, por cuanto no permite captar que los individuos y los grupos, la cultura y la religión, la lengua y los mercados, las formas de trabajo y de vida se encuentran insertos en un contexto mayor que los abarca y los articula de un modo dinámico y contradictorio con la sociedad global. Por ello, este planteo, enfatiza que <<… la sociedad global deviene un momento epistemológico fundamental, nuevo, poco conocido…>> (Ibid.: 160) que actúa como un reto a la agudeza de los científicos sociales, así como a la imaginación de filósofos y artistas. El nuevo objeto, entonces, no puede esclarecerse con las herramientas que proveen las teorías corrientes: ni el funcionalismo, ni el evolucionismo; ni siquiera el marxismo o la perspectiva weberiana sirven para dar cuenta de la complejidad de la globalización. Tampoco resultan útiles aquellos enfoques que procuran combinar eclécticamente elementos provenientes de estos marcos analíticos. Casi todas las interpretaciones que recorren el universo de las ciencias sociales, padecen de una carencia sustantiva: no consideran la desterritorialización como el elemento principal de la nueva situación, haciendo entonces inferencias inadecuadas que restan fecundidad a los análisis. Si los científicos sociales no se deciden a situarse en muchos lugares a la vez, sean estos próximos o lejanos, imaginarios o reales, presentes o pasados, no podrán capturar la especificidad del nuevo objeto. El paradigma clásico, construido en torno a la sociedad nacional, debe dejar paso a otro que aunque no está totalmente definido en sus partes y en su totalidad, es el paradigma que emerge junto al proceso globalizador, cuyos rasgos tampoco se hallan todavía completamente delimitados. Como lo local y lo global se determinan recíprocamente, dando lugar tanto a desencuentros como a convergencias, el concepto de Estado-Nación también padece de obsolescencia, puesto que como tal ya no conserva los rasgos del pasado: tanto su soberanía como su hegemonía se ven jaqueadas por las fuerzas sociales que operan a escala mundial.

Tomando en consideración la complejidad del nuevo objeto, así como la imposibilidad de abordarlo con viejas categorías, de lo que se trata es de abarcar la nueva totalidad sin desconocer que la apertura y el movimiento no invalidan las relaciones problemáticas dentro de ese universo global, ya que no revierten las desigualdades propias de la sociedad nacional, sino que las partes -en cuanto totalidades diferenciales- <<producen y reproducen… sus propios dinamismos [y] asimilan diferencialmente los dinamismos provenientes de la sociedad global…>> (Ibíd. : 171). Luego, la globalización es el marco dentro del cual ocurre un desarrollo desigual, combinado y contradictorio, debido a que la dinámica del todo no se distribuye homogéneamente en todas y cada una de las partes. De allí que tanto los nacionalismos como los fundamentalismos y regionalismos pueden leerse a luz del debilitamiento del Estado-Nación, de la reducción de los espacios de soberanía nacional y de la transformación de <<… la sociedad nacional en provincia de la global>> (Ibíd.: 172).

La corriente que subraya las consecuencias sociales de la globalización se abre en dos configuraciones: una, subraya que la sola palabra se hace opaca a medida que se la utiliza para dar transparencia a la totalidad de procesos que ocurren en la actualidad; otra, la ve como una situación que abre nuevas perspectivas para la humanidad. Quienes se inscriben en la primera, consideran que dicho fenómeno refuerza hasta el infinito las diferencias: algunos individuos y grupos se vuelven globales, mientras otros quedan estacionados en la localidad, lo que habla por sí mismo de nuevas segregaciones y marginaciones sociales que dan forma a lo que se denomina “Guerra de Independencia de Espacio”. En su transcurso, <<… los centros de decisión y los cálculos que fundamentan sus decisiones, se liberaron consecuente e inexorablemente de las limitaciones territoriales, las impuestas por la localidad>> (Bauman, 1999: 15). Las elites se aíslan crecientemente, se extraterritorializan se hacen físicamente inaccesibles, lo que lleva a la configuración de un nuevo formato de poder de carácter incorpóreo, un poder sin territorio que es un último término, el poder de las finanzas. Los accionistas de las empresas económicas son, prototípicamente, los representantes de esta desterrritorialización: no se encuentran sujetos a ninguna restricción espacial, sus operaciones pueden realizarse en cualquier bolsa del mundo, y la distancia o cercanía de la empresa no entra en el cálculo que decide la compra o la venta de acciones. Su libertad reside en un hecho esencial: cuando descubren lugares donde pueden asegurarse mayores dividendos, resuelven el traslado de la empresa, mientras las consecuencias permanecen en la localidad. De este modo, el nuevo factor estratificador, poderoso y codiciado, es la movilidad. <<En el mundo de la posguerra por el espacio, la movilidad… construye y reconstruye diariamente las nuevas jerarquías sociales, políticas y económicas y culturales de alcance mundial>> (Ibíd.: 16). Y esta capacidad descarga al poder del deber de contribuir a la vida de la comunidad, lo que contribuye a que el cálculo empresario se libere de la consideración de costos derivados de afrontar los efectos del traslado. También desaparece del cálculo de ganancias el límite, cuya antigua forma –sólida y resistente- muta hacia una evanescencia que lo exime de someterse a la ley. Ya no se respetan ni las fronteras ni las normas que definen las acciones dentro de ellas: <<… apenas la “alteridad” intentara flexionar sus músculos y hacer sentir su fuerza, el capital tendría pocos problemas para liar sus maletas y partir en busca de un ambiente más acogedor, es decir, maleable, blando, que no ofreciera resistencia>> (Ibíd.: 19). Aunque permanecen en la localidad, los grupos ligados al capital se confinan en sus hogares y oficinas, lo que -fuertemente custodiados-, quedan a salvo de la presencia de indeseables, se separan de la comunidad local. Dada la casi inexistente fortaleza del límite físico, más que “el fin de la historia” estamos asistiendo al “fin de la geografía”, a una “nueva libertad” que jerarquiza de un modo también nuevo: si entre la fragmentación política y la globalización económica se establecen vínculos de estrecha complementariedad, la concentración del capital, de las finanzas y de todos los recursos disponibles configura una concentración que cobra ahora la forma de libertad para moverse y para actuar. El concepto que mejor se adecua a la definición d esta situación es el de “glocalización”, cuyo significado refiere a una fusión indisoluble entre las fuerzas globalizadoras y localizadoras; este fenómeno no puede captarse a través de la noción de globalización, debido a que su unilateralidad observa la realidad desde un único punto de vista (Ibíd.: 165).

Como contrapartida de esta postura, existe una visión algo más esperanzadora en relación con lo que las personas pueden realizar en un marco de creciente globalización. Sobre la base de la confusión e incertidumbre que caracterizan al mundo contemporáneo –un “mundo en fuga” en el que el conocimiento científico aporta imprevisibilidad (Giddens, 1996: 13)-, las nociones de “universalización”, “orden post-tradicional” y “capacidad social de reflexión” poseen amplias posibilidades de constituirse en ejes en torno a los cuales encarar una profunda reconstrucción de las sociedades. La universalización, da cuenta de un proceso que incluye no sólo los acontecimientos que ocurren en la esfera de la economía, sino que se asocia a la transformación del tiempo y el espacio como resultado de la revolución de las comunicaciones y el transporte: <<Nuestras actividades cotidianas están cada vez más influidas por sucesos que ocurren al otro lado del mundo. Y, a la inversa, los hábitos de vida locales han adquirido consecuencias universales>> (Ibíd. : 14). El orden post-tradicional refiere al reemplazo de viejas tradiciones por otras nuevas que se hallan abiertas al escrutinio, los interrogantes y la argumentación. Dentro del orden post-tradicional, la afirmación del fundamentalismo se interpreta como la perduración de una postura dogmática que defiende la tradición de un modo tradicional; establece una modalidad de interacción social que conspira contra el diálogo y el debate de ideas. La índole distintiva de la expansión de la capacidad social de reflexión, atributo vital de las sociedades post-tradicionales y de cada uno de sus individuos, se comprende cuando se sitúa en el marco de un mayor compromiso de las personas con el mundo en que viven. Quien quiera sobrevivir en condiciones de confusión e incertidumbre, tiene que valerse de unas cualidades ligadas al conocimiento, la autonomía y la flexibilidad.

Por todas estas razones, entonces, y ante el aspecto que presenta el mundo actual, sólo cabe aprovechar positivamente los procesos que vienen asociados a la globalización. En primer término, reparar la solidaridad sobre la base de un individualismo reformulado, que no iguale autonomía con egoísmo, y que sirva para recuperar la reciprocidad y la interdependencia. La clave reside en practicar la “confianza activa”, una confianza que debe ganarse cotidianamente, más allá de las posiciones sociales y de las funciones asignadas. Por otro lado, construir una “política de vida “ o de los “estilos de vida”, cuyo carácter generativo refiere a una modalidad de práctica política que pone en el primer plano la discusión acerca de cómo se debe vivir, en tanto a nivel individual como colectivo. Si las condiciones vitales ya no dependen exclusivamente de la naturaleza o la tradición, sino que se ligan a las decisiones de hombres y mujeres activos, entonces este factor tiene que recuperarse para permitir que los grupos y los individuos <<… provoquen las cosas, en lugar de que las cosas les ocurra, en el contexto de las preocupaciones y los objetivos sociales globales>> (Ibíd.: 24). Estos procesos dan forma a un nuevo tipo de democracia, la “democracia dialogante”, aquella que persigue democratizar a fondo la democracia existente: se trata de crear un espacio en el que las personas se hallen en disposición de deliberar y de acordar sobre cuestiones relevantes y conflictivas. Indudablemente, esto supone revisar el concepto de “Estado de bienestar” con miras a retener todo lo que de bueno hay en él: su capacidad para enfrentar las consecuencias de recortes y privatizaciones, la implementación  de servicios de ayuda social y la voluntad de impedir que la lógica empresarial se apodere de toda la sociedad. No obstante, este Estado requiere ser sometido a profundas rectificaciones, dada su comprobada ineficacia para afrontar y resolver los problemas de la pobreza, la redistribución de la riqueza, la discriminación, el desempleo. Por lo tanto, urge encarar una política de “abajo a arriba” que no “otorgue” a la población, sino que la dote de poder, que conecte la autonomía con la responsabilidad. Por último, la violencia propia de las sociedades contemporáneas, debe ceder paso a un diálogo que incremente el conocimiento de uno mismo a través de la comunicación con los otros, pensamiento que se resume en el siguiente axioma: <<… que la palabra sustituya al uso de la violencia>> (Ibíd.: 28).

Luego, pese a que el mundo entrelaza lo global y lo local por medio de una dialéctica de cambio que afecta a ambos polos, este proceso no puede entenderse únicamente como la expresión de un fenómeno económico; menos aun, como algo que afecta a las sociedades sin producir efectos sobre los individuos: antes bien sus alcances se extienden no sólo a la organización social global, sino también a la subjetividad individual (Giddens, 1994: 165). Obliga a los individuos a cultivar una faceta de la personalidad social olvidada por la organización de las naciones: la responsabilidad, la persuasión, la tolerancia, los nuevos compromisos políticos. Esto supone la posibilidad de incidir positivamente sobre la realidad aun contra el fondo de los miedos que traspasan a las sociedades contemporáneas. El ejercicio de estas cualidades opera como un conjuro contra el fanatismo y el fundamentalismo y se combina con una concepción de la política que se distancia del mesianismo y de la metafísica. Las ideas que inspiran esta posición se definen como “realismo utópico”, es decir una perspectiva que reconoce la inevitabilidad del poder, pero no entiende que su utilización sea por si nociva, ya que el poder no tiene por qué dedicarse al logro de intereses materiales; también puede servir a la maximización de las oportunidades, a la minimización de los riesgos y a la lucha contra la opresión. Todos sus atributos pueden contribuir a dar forma a nuevos vínculos políticos que ofrecen excelentes motivos para el optimismo.

En último término, ya sea se la considere como un desafío metodológico, un proceso creador de nuevas y más profundas desigualdades, o una extraordinaria oportunidad para reforma política, social y económicamente a la sociedad, la globalización constituye un núcleo de atención que no sólo recorre toda la producción de ciencias sociales; también supone una revisión de las categorías provenientes de las diversas corrientes de la tradición sociológica clásica, y una reflexión a fondo acerca de los vínculos entre conocimientos y valoraciones, entre saber y política.

Bibliografía

* Bauman, Zygmunt, La Globalización. Consecuencias Humanas, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999.
* Giddens, Anthony, Consecuencias de la modernidad, Alianza Editorial, Madrid, 1994.
* Giddens, Anthony, Más allá de la Izquierda y la Derecha. El futuro de las políticas radicales, Ediciones Cátedra, 1996.
* Ianni, Octavio, Teorías de la Globalización, Siglo XXI Editores, México, 1996.

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