Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

LAS FACETAS DE LA NOCIÓN DE TOLERANCIA

Raúl Alcalá Campos

 Resumen
Podemos mencionar tres sentidos de la tolerancia en cuanto a las relaciones interculturales: la tolerancia institucional dentro de una sociedad, que acepta distinciones en su interior, la tolerancia extrainstitucional, que sí reconoce la existencia de otras posiciones, además de la nuestra, pero no las incorpora, y, por último, la tolerancia mixta, en la que entran en contacto directo una parte de un organismo (sociedad) con otro organismo (otra sociedad).

Aunque parezca raro, esta última parece ser la más adecuada para las relaciones entre culturas distintas. Es posible que una cultura tolere una parte de otra cultura, si los mecanismos de defensa de la primera la aceptan de manera natural. Pueden ser considerados mecanismos de defensa los derechos humanos, las ideas democráticas, los derechos de la mujer, etc. Así, pues, la tolerancia tiene sus límites, precisamente, en los mecanismos de defensa.

             Las ideas de la modernidad que sirvieron de directrices tanto en el conocimiento como en la política de los últimos siglos, se puede decir que se caracterizaron por la intolerancia y generaron polos completamente opuestos : científico/no científico, racional/irracional, moral/inmoral, etc. Daban primacía a los primeros y, como consecuencia, eran intolerantes con los segundos.

            No es raro encontrar en los trabajos actuales la noción de tolerancia, pero aquí perturba la falta de claridad. Fernando Salmerón nos ha dado una definición de este término, que relaciona  con un acto personal.

Se dice que una persona realiza un acto de tolerancia cuando, en atención a razones y a pesar de tener competencia para hacerlo, no impide algún acto de otra, cuya ejecución lastima sus propias convicciones.[1]

 

            Nos señala dos advertencias y tres condiciones. En la primera advertencia, nos dice que la definición también se puede aplicar a una autoridad o a un grupo social con el recurso de la analogía. La segunda advertencia nos conduce a hablar de una persona como tolerante cuando, en circunstancias semejantes, tiene la disposición para comportarse de la misma manera.

            Resultan, también, esclarecedoras las condiciones que propone. La primera afirma que debe haber justificaciones basadas en razones que tengan mayor peso que el daño inferido. La segunda sostiene que la tolerancia no puede ser impuesta por actos de fuerza de la coacción, por debilidad o por incompetencia. La tercera, y última, nos remite a que la conducta de la persona tolerante no debe ser equiparable a la indiferencia, de tal manera que no es reducible a un asunto trivial.

            Sostiene también Salmerón que el núcleo de las razones a favor de la tolerancia está basado en un principio de igualdad; se trata, pues, de la dignidad de los individuos como sujetos morales y no de la igualdad de los fines y proyectos de vida. Esto es interesante: lo que rescata es una identidad personal, aunque no haya acuerdo en los fines, reconoce a las personas como tales, con todos sus derechos, sin importar los fines que persigue. Llevado esto al ámbito de las culturas, correspondería, entonces, respetar  a todas ellas como dignas, con sus propias formas de vida, aunque sostiene que una cultura se justifica si procura el bienestar de sus miembros.

            Si tomamos la noción de tolerancia como una relación que involucra, por lo menos, a dos sujetos, entonces podemos enriquecer esta propuesta de Salmerón afirmando que, para llevar a buen término la relación, ésta debe ser simétrica, es decir, que la tolerancia se mueva en ambos sentidos, de una persona a la otra y a la inversa. Cuando la relación se establece entre una persona tolerante y otra intolerante, o sea, en un solo sentido, el resultado de la interacción se hace inoperante, pues las razones no cumplen su función, ya que el principio de igualdad no opera.

            Por otro lado, según la definición anterior, la tolerancia está íntimamente ligada a la ejecución de un daño, pues de otra manera, lo que se tiene es una convicción mutua que no requiere ser tolerada, sino aceptada. Visto así, el límite de la tolerancia estriba en que el daño pueda ser puesto en una balanza y tenga menor peso que el dado a las razones que justifiquen la tolerancia. Sin embargo, esto implica, de acuerdo con el párrafo anterior, que el daño mutuo no puede estar por encima de la relación. En otras palabras, la relación de tolerancia implica un límite que, al ser rebasado, rompe con la relación, lo cual nos lleva a considerarla como una tensión permanente si no se quiere caer en la trivialidad.

            Es en este sentido en el que Villoro marca el límite de la tolerancia, pues para él no se puede tolerar la intolerancia, ya que si esto ocurriera la sociedad se destruiría a sí misma.[2] Aunque Villoro da un paso más que lo lleva de la tolerancia a la cooperación. Esto se debe a que considera la tolerancia como no comprometida con las posiciones del otro, sino que se queda al nivel de la condescendencia, lo que impide comprender el valor de las opiniones del otro y compartirlas. Y es aquí donde me parece que hay una confusión, pues comprender el valor de las opiniones del otro no tiene porqué llevarme a compartirlas, sino más bien a evaluar sus razones (lo cual quiere decir que les otorgo un valor) y aceptarlas si las considero mejores que las que yo tengo, o rechazarlas si no es así. Desde luego, en algún momento, tengo que ceder en algunos puntos, porque la tolerancia implica la aceptación de opiniones no compartidas, pero no hasta el límite de perderlo todo. Nuevamente, las razones para aceptar ciertas opiniones deben ser inferiores que las que tengo para aceptar la tolerancia, según la definición de Salmerón. Además, esto no tiene porque llevarme a la cancelación del diálogo, sino, precisamente, a lo que él pretende: la colaboración activa con el otro en un propósito común, es decir, a la cooperación por un bien común.[3]

            Por otro lado, la concepción de Villoro de tolerancia como condescendencia rompe con la tercera condición de Salmerón, pues sería caer en la indiferencia, además de tirar por la borda el principio de igualdad, ya que no se trata de acomodarse bondadosamente a la voluntad del otro. La tolerancia estriba más bien en la libertad para la exposición de opiniones que pueden, o no, ser aceptadas, y no en la condescendencia.

            Pero tiene razón Villoro en que hay que dar ese paso para ir de la tolerancia a la cooperación, pues ésta involucra algo que a la tolerancia parece faltarle: el compromiso para arribar a fines comunes. Victoria Camps lleva esto al terreno de la convivencia. Para ella, la tolerancia es una <<virtud débil>>, pues piensa que hablar de tolerancia/intolerancia es aceptar una desigualdad que hace a unos inferiores a los otros; la tolerancia se manifiesta como un reconocimiento formal, pero no real, ya que no logra corregir la práctica de raíz; sólo son apariencias y formalidades que ocultan los hechos reales, se “tolera” por conveniencia, pero se elude el auténtico reconocimiento. De aquí que la tolerancia ponga obstáculos a la convivencia, pues, como Villoro sostiene que, al no poder hacer nuestros los problemas de los otros, al creer que esto es un esfuerzo inútil, tomamos el camino fácil: tolerémoslo todo. Pero esto no es otorgar un reconocimiento. Por eso, sostiene que,

...no hay que aprender a ser tolerante, sino a convivir. Pues tolerar no es otra cosa que sufrir, aguantar, soportar lo que no gusta. Pero hay que aprender a convivir. La educación es fundamental porque educar es crear hábitos, costumbres, formar el carácter. No tanto enseñar teorías, sino producir una práctica.[4]

 

            Pero Victoria Camps parece olvidar, como sostiene Juliana González, que la tolerancia es forma de vinculación, de comunicación y convivencia.

            Para Juliana González, la tolerancia tiene una ambigüedad originaria: soporta lo que, a su vez, reprueba. Y, en este sentido, no cae en la indiferencia ni puede ser pura o absoluta, ya que supone una toma de posición axiológica. Siendo el valorar un atributo constitutivo del hombre, implica la defensa de los propios valores y convicciones que aprecia negativamente lo que se opone a ellos; por eso, la tolerancia, aunque no significa aprobación, se asienta sobre el reconocimiento de la igualdad básica y de la libertad del otro. En sus propias palabras:

Lo decisivo es que, en la experiencia de tolerancia, estos dos órdenes coexisten y se interpenetran y dan razón de su inherente carácter contradictorio, de la paradoja de sostener (contra el otro) los propios valores con la misma fuerza y convicción con que se defiende irrestrictamente el derecho de ese otro de sostener los suyos.[5]

 

                        Concebir la tolerancia como lo hace Juliana González es aceptar que el hombre tolerante se encuentra constantemente escindido, es el campo de batalla de un conflicto interminable y del cual se está consciente (nótese que la tolerancia requiere de la autoconsciencia); es más, el tolerante considera que es la mejor de las alternativas posibles, pues vivir en la intolerancia es negar el reconocimiento de la igualdad y la libertad. Por eso, a diferencia de lo que piensa Victoria Camps, transitar el camino de la tolerancia no es elegir el camino fácil, pues requiere constantemente de reflexión y elección; por ello, es una virtud dialéctica. De aquí, también, que sea más difícil vivir en el riesgoso y amplio mundo de la tolerancia (en una pluralidad de mundos) que en el reducido, seguro, único y dogmático mundo de la intolerancia.[6]

            Es importante mencionar que, para Juliana González, la tolerancia pretende disolver las diferencias, aproximar a los diferentes. Pero esta aproximación no quiere decir aceptación, pues no todo es tolerable. Repitámoslo, la tolerancia es, en general, aceptación de las diferencias, pero no todas las diferencias son tolerables, hay grados de tolerancia. Por ello, distingue entre tolerancia, no-tolerancia e intolerancia. Las dos primeras no admiten la violencia; en cambio, la última, sí.

            La tolerancia cuenta como una potencia activa que sustituye la imposición y la violencia por la razón y la persuasión, e implica, al mismo tiempo, aceptación y rechazo. La no-tolerancia, en cambio, lleva al abandono de la aceptación y a plantarse en el rechazo radical, pero persiguiendo formas no violentas de oposición. La intolerancia, por su parte, lleva al rechazo absoluto y excluyente, no respeta al otro y está regida por la violencia.

            Esta distinción es importante para comprender que el respeto, el reconocimiento no tiene porque arrastrarnos a la aceptación total o parcial, que hay formas no violentas para aferrarnos a nuestras creencias y convicciones, y rechazar las otras sin caer en la intolerancia.

            Para finalizar con esta concepción que, desde mi punto de vista, es un análisis más completo que el de los anteriores, apuntemos lo siguiente. Ya mencionamos que la tolerancia es una virtud dialéctica (implica la simultánea vivencia de otredad e igualdad, se funda en el equilibrio de ambas), es una potencia activa que sustituye la imposición y la violencia por la razón y la persuasión; es una forma de vinculación, comunicación y convivencia, y pretende aproximar a los diferentes disolviendo las diferencias. Debe  decirse, también, que es un valor y un ideal que, como humanos, tenemos que construir como parte de nuestra cultura. En las propias palabras de Juliana González

La tolerancia es, ciertamente, un valor y un ideal, tan difíciles como necesarios de alcanzar. Es meta de la civilización o de la “civilidad”; inseparable de éstas. Es virtud ética capital. Tiene que construirse, que crearse…

Se trata, en efecto, de la creación de una cultura de la tolerancia, con todo lo que ella implica : afirmación simultánea de los propios valores y de los derechos inalienables del otro, reconocido como “otro” e “igual” al mismo tiempo.[7]

 

            En este  último sentido, si es algo que hay que construir, se está suponiendo que, de hecho, no hay tolerancia desde el punto de vista cultural; por eso, mucho me temo que este análisis no sea suficiente para comprender las relaciones interculturales.

            Ahora bien, si retornamos un poco, podemos mencionar tres sentidos de tolerancia: la tolerancia institucional o dentro de una sociedad. Lo que se acepta, en este caso, son distinciones dentro de la propia institución. También, tenemos la tolerancia extrainstitucional, donde  se reconoce la existencia de otras posiciones, además de la nuestra, pero no se las incorpora. Por último, la tolerancia mixta, en la que entran en contacto directo una parte de un organismo (sociedad) con otro organismo completo (otra sociedad). Aunque parezca raro, esta última parece ser la más adecuada para las relaciones entre culturas distintas. Como se notará, por analogía, es posible que una cultura tolere  la aceptación de una parte de otra cultura, si los mecanismos de defensa de la primera lo aceptan de manera natural. La cuestión es cuán alejadas deben ser las relaciones de parentesco de las culturas para que la relación tenga éxito. La otra cuestión es acerca de la validez de los medios inmunosupresores, tomando prestado este tèrmino del lenguaje mèdico.

            La primera cuestión tiene que ver con la relación entre culturas que pertenecen al mismo bloque cultural, es decir, se tolera de manera más fácil una propuesta que proviene digamos de la misma cultura occidental que una que surge de otro tipo de cultura, pues los mecanismos de defensa pueden coincidir. En este caso, pueden ser considerados como mecanismos de defensa los derechos humanos, las ideas democráticas, los derechos de la mujer, etc., pero, a su vez, éstos también funcionan como un sistema de defensa ante la invasión de ideas que llegan de otras culturas. Así, pues, la tolerancia tiene sus límites, precisamente, en los mecanismos de defensa. Desde luego, esto no impide que se toleren otros bloques culturales, incluso que se acepten otras propuestas provenientes de esos bloques externos, pero depende de hasta dónde los mecanismos de defensa soporten. Esto nos lleva a la otra cuestión.

            Los medios inmunosupresores, en el caso de las culturas, han sido impuestos externamente y, como en el caso de los organismos, suprimen violentamente  a los mecanismos de defensa, ya sea ideológicamente, con el ejercicio de las armas o por ambos. Como se notará, la tolerancia, en este caso, deja de existir.

            Para finalizar, la tolerancia interinstitucional, dentro de una sociedad, permite dar cuenta de lo que ocurre en su interior.


[1] Salmerón, F. Diversidad cultural y tolerancia. México, 1998, Paidós-UNAM. P. 28.
[2] Cfr. Villoro, L. El poder y el valor. México, 1998, FCE-Colegio Nacional, p.311.
[3] Ibid. P. 328.
[4] Camps, V.El malestar de la vida pública. Barcelona, 1996, Grijalbo, p. 138.
[5] González, J. “Tolerancia y pluralidad”, enHomenaje a Fernando Salmeròn.Filosofìa moral, educaciòn e historia. Olivé, L. y Villoro, L. (eds.)  Mèxico, 1996, UNAM. p. 211.
[6] Dentro del campo de la filosofía de la ciencia, Thomas Kuhn llama la atención respecto  del científico que vive en períodos de cambio revolucionario, y sostiene que sufre lo que él llama “la tensión esencial”, que prácticamente puede ser concebida en el sentido de Juliana González en el ámbito externo a la ciencia. Cfr. Kuhn, T.  “La tensión esencial : tradición e innovación en la investigación científica”, en La tensión esencial, México 1982, FCE-Conacyt.
[7] Gonzàlez, J. op. cit. p. 218.

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