Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

A PROPÓSITO DEL “NO MATARÁS”

Alejandra González

¡“No matarás”!  se expresa bajo la forma de un mandato. Desde un enunciador otro, ubica al que lo escucha en el lugar de obediencia, con la fuerza atávica de los diez mandamientos y la forma de la segunda persona del imperativo kantiano. Frente a lo imperioso de la frase, parece que quienes escuchamos solo podemos ser súbditos, con sometimiento a una ley que se proclama primera en el ámbito de la palabra. Además, bajo la forma de un no hacer, de una prohibición de actuar. Sin embargo, semejante mandato, inhibitorio, es el cobijo necesario para el despliegue de la pluralidad. La prohibición del matar es condición de posibilidad de desarrollo subjetivo. Es la palabra primera, porque reconoce una positividad: hay vida. Reconocimiento de un estar en medio de todo lo que es, en el sentido heideggeriano, pero, a la vez, establecimiento de  un límite, frontera que, al separar a unos seres de otros, permite que se interrelacionen. Poder, como aparición ante otro por medio de la palabra y la acción.  Como dice Hanna Arendt, si bien es cierto que los hombres todos vamos a morir, no estamos hechos para ello. Por eso, el “No matarás” tiene como trasfondo la vida y la ineluctabilidad de la muerte. Al menos, aquella que puede evitarse, la ocasionada por nuestra propia mano. ¿Qué instrumento inventado por el hombre podría justificarse si sirve a los fines de una muerte, no la inevitable del ciclo natural, que no es sagrada salvo por su irremediabilidad, sino a los fines de la ocasionada por la voluntad fratricida?.  Allí, Antígona, una vez más leída por Hegel, nos recuerda que, si bien la muerte es el Amo absoluto que se impone, los humanos tenemos posibilidad de mediar con la cultura para arrancar a lo letal su carga natural  (que termina como pura carne para las aves de carroña) y volverlo una muerte en el seno de la cultura, mediante las honras fúnebres.  Un modo de volver a la carne,  cuerpo; y al cuerpo, memoria. Así, las heridas adquieren algún sentido contra el absurdo.  También, el “No matarás” es, a pesar de erigirse en una prohibición de acción, la fuente de todo acto. De la ética y de la política.  Una prohibición en el origen es el trasfondo sobre el que se teje la trama de la palabra y de la historia. La voz que prohíbe no impide, sino que produce la proliferación de la diferencia humana.

El “No matarás” devela, también, una estructura triadica. Un yo se dirige a un tú en relación a un tercero a quien no se hará padecer. Surge no sólo una relación dialógica sino además lo que media  allí,  interceptando la inmediatez de las conciencias.  Para que la lucha por el reconocimiento, el amor y el odio que engendran, no se agote en sí misma o no agote al otro en su ser, es necesaria para la fundación de la cultura,  una ley que prohiba el asesinato. Incluso para que el amor, y hasta el odio perduren, en su inevitabilidad, pero teniendo fruto. La terceridad, que constituye la lábil frontera en la lucha por un reconocimiento, es el medio por el que las subjetividades se constituyen emergiendo de una pura díada pulsional, para construir un mundo posible. Si los individuos no se identifican más que en su falta en ser, en tanto no son causa de sí,  pretender la legitimación de lo que no somos, puede conducir únicamente a la violencia. La sustancia, como el infierno, siempre son los otros.

El “”No matarás”” se pronuncia también en contra de todo historicismo, de todo idealismo absoluto. Una ley que en su materialidad no se toma a sí misma como objeto, y con la cual no hay identificación posible alguna. Ley-límite, que no ordena amar al otro como a sí mismo y se demora  un instante antes del amor, para que sea posible dar lo que no se tiene  a alguien que no es.

El “No matarás”, además, no es una prédica individualista. Lo que permite es el despliegue de la subjetividad, de la diferencia, no del átomo. No matarás el cuerpo, ni la vida, ni la salud, ni la cultura, ni la posibilidad del otro. Tal vez haya que recuperar del liberalismo lockiano no solo la defensa de la propiedad, de la que tanto se ha encargado el capitalismo, sino la propiedad de lo propio: el cuerpo, la salud, la labor de las manos, el fruto de nuestro trabajo, el derecho al nombre,  la libertad de peregrinar en un mundo de inmigrantes e indocumentados.

Pero si queremos retomar ese resto caído del devenir, ese individuo, la categoría kierkegaardiana por excelencia, será necesario que veamos cómo se constituye esa frontera endeble que lo separa del círculo de la absoluta privacidad –privacía de todo poder-  para acceder a la esfera de lo público. Un ámbito en donde la historia lo puede tomar como objeto de relato -narratio-. De lo contrario sólo nos quedará la imagen releída por Benjamin del ángel del progreso, que mira con horror un presente devastado en función de un futuro ¿ mejor?.

¿Valdrá la pena recuperar ese resto, esa pérdida que se cifra en un cuerpo no atravesado por el espíritu, esa particularidad,  contingencia de un hacer no pensado,  puro presente en su instantaneidad, amenazado siempre de desaparición? ¿Cómo construir un lugar para lo que no lo tiene? ¿Cómo hacer lugar para una palabra que todavía no afirma ningún sentido, para un dolor que no tiene nombre, para una revuelta que no ha triunfado, para una acción que no es gesta?

 De un modo clásico, la pregunta es aquella por la que se sintió interpelado Agustín desde el Otro Absoluto. No el qué eres, a quien la respuesta “un hombre” bastaría en tanto “hombre” define un ente. Sino el “¿quién eres?”.  ¿Acaso el nombre puede recubrir el vacío que abre esa pregunta? Si pensáramos al sujeto como el dador de nombres, como el que completa la creación divina - dándole el lugar simbólico a las cosas que no faltan en lo real gracias a la obra de Dios-  tal vez  el “Soy Agustín” respondería  a la voz de Dios, a la pregunta por el ser que debería estar en el lugar de mi transcurrir temporal. Apresados por esa interrogación, los individuos hacemos algo en el tiempo que nos es dado. Y cuando a la pregunta por la identidad, se responde con los nombres de las cosas, con los nombres de las cosas que no somos, se va bordeando la frontera que instaura la interioridad. Interioridad vacía, perfilada  desde un borde que permite al menos la elección de algunos significantes, que fallan en representarnos, propios de la epocalidad en que la pregunta surge, y que gracias a su fracaso constituyen nuestro devenir histórico. Pregunta que abre el camino a una respuesta que será dada por otro después de nuestra muerte. No nos es dado saber quiénes somos, al menos durante nuestro propio recorrido. Será una mano extraña la que escriba el nombre definitivo, en una inmortalidad sólo alcanzable luego de haber culminado nuestra vida. El sentido será dilucidado después y muchas veces en lecturas repetidas, y finalmente borradas por el olvido. El “No matarás” es, entonces,  también una forma de la memoria. 

La pregunta acerca del destino de esta particularidad y su transposición  a lenguaje es la que nuevamente nos inquieta. Si la pregunta por el quién, nos remite a un nombre que no acabamos nunca de pronunciar hasta el instante de nuestro fin (“...que ningún hombre diga que ha sido feliz hasta que haya transcurrido el último día de su vida...”), ¿como responder a la interrogación que quiere dar a nuestro más íntimo padecimiento un estatuto simbólico? Para el dolor, como recuerda Hanna Arendt, para ese instante del dolor físico, en el que cada quien está absolutamente solo,  no hay palabra. El “No matarás” cobija ese espacio de puro advenimiento. Ese retazo aún indefinido. Por eso queremos plantear el despliegue del “No matarás”. Su interpretación en el campo de la juridicidad, para lo que no tienen estatuto de ciudadanía; en el de la bioética, para los que están en el borde de la célula, entre la vida y la no vida; en el de la ética, para quienes aún no ha advenido la culpa ni la responsabilidad; en el de la política, para aquellos que no han tomado la palabra ni tiene un espacio en lo público de la polis. ¿Cómo congeniar entonces, la voracidad de la pulsión de vida, con el sordo rumor de la pulsión de muerte?. La cultura es la incorporación devota y ordenadora de lo monstruoso en el culto de lo divino, dice un  personaje del Fausto de Thomas Mann.

Sabiendo que Apolo nunca termina de dar forma a la voluntad dionisíaca, sin embargo, la filosofía puede decir algo en este sentido, construyendo un pensar a partir del “No matarás”, para que se pueda también habitar.

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