Introducción
Estas breves reflexiones se ubicarán en dos puntos de vista
diferentes, pero que creemos complementarios. En el primero, veremos al hombre como
creador de la técnica, como el que la realiza. En el segundo, buscaré definir
reduplicativamente el contenido de la actividad técnica cuando el sujeto de ella es la
vida y, sobre todo, la vida humana.
El hombre frente a la naturaleza
No necesitamos aquí repetir las conocidas reflexiones sobre el
espíritu y su situación frente al mundo. Pero aceptamos como supuestos:
- que el hombre se encuentra en la cima de la evolución biológica, de modo que puede
verla como un todo e intentar dirigirla.
- Que, además, tiene una evolución cultural. Creo, inclusive, que esta última es más
importante que la otra, y se le impone.
- Que en esa evolución cultural instrumenta al mundo.
Dados estos supuestos, creo que, históricamente, se han dado tres
actitudes principales y muchas secundarias frente a los productos de la
técnica y su importancia en la vida cotidiana.
- La actitud de que "no hay nada nuevo bajo el sol, lo que fue, volverá a ser".
De manera que la sabiduría propiamente tal es la que proporciona la "áurea
mediocritas". Desde el punto de vista pragmático, contienen avance tecnológico en
las necesidades elementales de la vida y en la repetición invariada de las técnicas de
una economía de subsistencia. Es la que se pregunta para qué hizo Dios al Leviatán:
para jugar con él ( o para que juegue). Nos parece que esa es la actitud predominante en
las civilizaciones del Cercano Oriente antiguo.
- La actitud admirativa ante las realizaciones de los antiguos. Incluimos en este lugar la
vieja civilización china descubridores de la pólvora, pero que no la utilizaron
para ejercer poder y a los intelectuales al estilo de Bernardo de Chartres (somos
enanos encaramados en las espaldas de gigantes). Se mira, entonces, hacia adelante, pero
con la dirección fijada por el marchar de los antiguos. La auctoritas de los clásicos
medievales me parece un buen ejemplo.
- Una actividad modificadora de la naturaleza. Supone que la labor humana está tensionada
hacia el futuro. Algo nuevo hay, entonces, no bajo el sol, sino en los laboratorios y bajo
la mano del hombre. Cuando Occidente redescubre los libros olvidados, que llamó perdidos,
primero hace crítica textual, pero pronto se planta frente al contenido. El renacentista
hurga en Dioscórides o en Arquímedes, pero para ir más lejos. Más por simplificación
que por reflexión, llamaré a este apartado el hombre como dominador de la naturaleza.
Desde la cima de la evolución biológica que citábamos, nuestro
occidental exploró el mundo confiado en que lo mejor venía después.
Llegó, así, a filosofías evolutivas (incluimos aquí a pensadores
tan diferentes como Hegel, Spencer, Herder o Comte), y sobre todo, a considerar que el
progreso era la ley. Lo posterior "superaba" a lo anterior. De ese modo, buscó
una "mejor" (comparativo de bueno y, por lo tanto, en clave optimista)
comprensión del mundo. La ciencia moderna construyó nuevos sistemas, y nuestra cultura
buscó teorías más simples desde el punto de vista matemático. Contempló el mundo no
desde la intuición visible, sino desde la intelectual. Y, así, entendió la ciencia como
poder explicativo.
Pero, sobre todo, Occidente trató de instrumentar ese mundo, poniendo
lo "mejor" en lo más útil. Noten que "útil" es también una palabra
del vocabulario del "Bien": más útil, por lo tanto, mejor. Hay un pragmatismo
casi inconsciente y paradójico en el poder estatal que gasta millones de dólares para
construir el telescopio Hubble con el fin de poder "contemplar" el universo más
allá de la atmósfera terrestre licitadora. En el contemplar, también, hemos puesto una
idea "mejor" desde que Galileo inventa el telescopio.
Hasta para contemplar, creamos instrumentos técnicos. A esta manera de
mirar el mundo, dedicaron su vida genios como los grandes matemáticos. Pero es verdad que
la multitud es mucho más capaz de admirar un aparato de radio que una función
trigonométrica. Buscando lo mejor, Occidente trasladó la contemplación de la naturaleza
a la técnica. La luna siempre estuvo allí. Pero es noticia que pueda pisarla algún
excepcional con el que nos identificamos pasionalmente. El hombre actual habla del
milagro, y se refiere a un progreso técnico que lo sorprende, lo admira.
Las consecuencias prácticas de esta posición antropológica son:
El crecimiento de las ciencias aplicadas. Los conocimientos del
hombre (al menos, en Occidente) han tenido influencia en la creación de maquinarias e
inventos. Recordemos, a modo de ejemplo prominente de la antigüedad, que, si bien los
primeros biógrafos de Arquímedes dicen que éste miraba con poco aprecio sus inventos
técnicos, es innegable que la historia posterior lo recuerda no sólo como científico
puro.
Creo que Occidente avanzó decididamente por esa línea de las ciencias
aplicadas y de las técnicas. La contemplación propuesta por los grandes sistemas
interesó menos que el poder que la técnica otorga. Por supuesto, esto significa que
hemos privilegiado las ciencias aplicadas como instrumento de dominación.
La objetivación como consecuencia del ejercicio de un poder "A
la naturaleza no se la vence sino obedeciéndola". Esa conocida frase de Bacon revela
claramente esta posición que citamos. La naturaleza es, entonces, aquello que se domina,
el objeto en poder del sujeto que le imprime sus propios fines. La conocida anécdota de
Arquímedes cuando exclama "eureka" revela ya una situación que, desde
entonces, atribuyó a los occidentales.
Vencer, tener en poder del hombre lo natural, ha sido un ideal que
progresivamente extendía su campo. En los comienzos, las ruedas hidráulicas o los
molinos de viento dependían de que la naturaleza misma diera la fuerza. Pero lo que
llamamos revolución industrial conoció la concentración masiva de la energía, con el
surgimiento consiguiente del maquinismo. El siglo XVIII inició, con las calderas de
Newcomen, una concentración que no ha concluido, si excluimos del proceso las armas
destructoras, cuya evolución empieza en la guerra de los cien años.
Desde ese siglo, el hombre tiene la potestad de acumular energías con
fines deseados, pero, también, con consecuencias colaterales a veces sorpresivas, no
bienvenidas ciertamente.
Cuando Wurtz y su escuela logran, a comienzos del siglo XIX, las
primeras síntesis orgánicas, otro lugar para el ejercicio del poder tienta a los
investigadores. Con lógica histórica, es la época en que vuelven desde
Spalanzanni a debatirse las grandes tesis vitalistas y mecanicistas. Pero los
sucesivos escollos que encuentran los biólogos para reproducir la vida desplazaron el
tema fuera del alcance del empirismo.
Al comenzar el siglo, los esfuerzos de Erlich y de sus continuadores
nos han dado un vasto cambio en el poder de la química, con el paradójico resultado de
que las síntesis de compuestos antiguamente llamados orgánicos trasladaron la cresta de
la investigación cada vez más lejos de esa ciencia. Mientras que Descartes buscaba en la
mecánica de su tiempo, Erlich o Fleming lo hacían en la química; y hoy, miramos hacia
la ingeniería genética. Notemos, al pasar, que esta última tiene relaciones con la
técnica mucho más estrechas. Aunque supone un marco teórico, persigue deslumbradamente
los fines prácticos. Se piensa ya comerciar metros cuadrados de piel casi a
voluntad
Esto ha producido una objetivación del hombre. Pero como Occidente
logró sus propósitos especializando sus esfuerzos y desjerarquizando sus ciencias, casi
inconscientemente elabora trozos del hombre, no sólo en el sentido más material
metros de piel , sino en el de su propia organicidad.
Los transplantes y la inmunología nos han reducido a objetos
limitados, funcionales. Durante siglos, la jerarquización de la naturaleza y la idea de
las ideas subordinadas o subordinantes impidieron que esa situación se produjera. El
hombre era la cima de lo creado, un microcosmos de orden inviolable; y las ciencias, un
órgano, en el sentido más aristotélico del término. Esa cosmovisión ha cedido a la
del hombre hacedor de maravillas que se propone ilimitadamente sus propios fines. Veamos
más de cerca este conflicto y sus consecuencias para la antropología.
La nueva situación antropológica
¿Qué significa ser inviolable? Pregunta ésta que han respondido de
distinto modo a través del tiempo. Para un Sócrates, la intangibilidad del individuo
termina en la ciudad. Para no quebrar la ley de la ciudad, cede su vida. Los atenienses
o por lo menos, Platón creían haber logrado lo superior en la jerarquía
de los seres: la comunidad que suponía ser miembro de la ciudad.
En el libro de Josué, en cambio, (al menos en sus capítulos 7 al 9),
encontramos que Acán y su familia son condenados por violar una norma que pertenece al
plano de lo divino.
Pero, en los dos casos, existe una idea profundamente jerárquica de la
naturaleza. Si un hombre debe renunciar a su vida se debe a que se da una cima más alta.
La inviolabilidad humana no era absoluta. Además, se encontraba articulada con el resto
de la naturaleza, en el caso de Josué, o con la comunidad solidaria en el bien o en el
mal, en el caso de Sócrates.
Hoy la situación no es la misma.
Por una parte, el hombre ha descubierto que, además de la evolución
biológica, existe la cultural. Y que la acumulación de conocimientos científicos no es
sólo la posesión de un poder que siempre dio el conocimiento, sino, además, la
posibilidad de dirigir tales conocimientos hacia fines propuestos anticipadamente. La
evolución cultural dirige, y la tentación del superhombre se da cada vez más clara.
Por otro lado, hemos trasladado el concepto de sistema de la realidad
al intelecto. Hoy, un sistema es lo pensado. En Duhem, todavía podía hablarse del
sistema del mundo. La comunidad que tenía antes la respetada naturaleza, la tiene hoy la
deductibilidad de la ciencia. La admiración humana pasó, como decíamos más arriba, de
lo milagroso o monstruoso, ajeno a la potestad humana, a lo casi mágico de los
transplantes que se realizan. Es verdad que conservamos un respeto mítico por lo natural
(una buena parte de la propaganda moderna aprovecha ese respeto). Pero la realización
técnica habla, para el hombre común, un lenguaje impresionante.
El interrogante, entonces, frente al cual se encuentra nuestra
civilización es, ¿hasta dónde los fines, ya inevitablemente ubicados en el futuro,
condicionan el vivir humano? ¿Está subordinado el hombre a esos fines?
No pensemos que la pregunta es nueva. Con otras técnicas, es cierto,
pero con la misma urgencia, se daba cuando Alejandro Magno pretendía difundir la cultura
helénica. La protesta de Aristóteles contra el proyecto de su ex discípulo venía a
decir "El griego es la cima de la evolución". Pero la radicalidad actual del
problema se debe, más que nada, a que creemos, hoy, que ese griego perfecto debe darse en
un futuro que se nos antoja próximo. Ya he encontrado, en un artículo firmado por un
científico, este título: "¿Es deseable un mundo de genios?", interrogante que
los supone atléticos, sensibles, fuertes, sanos y sabios. Es el hombre bueno y bello de
los antiguos en versión "Genio último modelo".
Un viejo escrito de Ameghino soñaba con una humanidad donde los
hombres vivieran casi a voluntad miles de años. El sueño de Filogenia ha vuelto,
sustentado por la técnica. Pero se ha perdido, en el camino, la idea del hombre como
máxima dignidad y como un todo único.
El mundo de Walden dos de Skinner parece agitarse detrás de este
avance. Es verdad que Occidente nunca ha retrocedido frente a esas realizaciones que lo
acercaban al aprendiz de brujo. Pero creo que ese mundo lleva en sus entrañas la
contradicción que lo hará frenarse.
Entregaremos a la máquina la función de cálculo y nos reservaremos,
ciertamente, la posibilidad de intuir nuevos mundos. La persona siempre querrá poseer la
expresión libre de su futuro. Un mundo leibniciano, donde el presente esté grávido del
porvenir negaría al hombre su mejor capacidad, la de crear.
¿Qué significa poseer?
Esta nueva profundidad que adquiere nuestra relación con la
técnica nos obliga a analizar algo más detenidamente el significado de la propiedad.
Creo que el poseer humano puede darse en tres niveles distintos.
- Una primera relación con las cosas exteriores puede ser llamada posesión. Soy dueño,
está en mi dominio. La cosa se me subordina.
- Puedo relacionarme con el mundo que me rodea en cuanto veo que forma conmigo una
comunión. Una koinonía, a la que llamo "mi mundo", que acentúa el sentido
posesivo, pero lo ve de modo diferente al anterior.
- Puedo hablar de propiedad de mi yo. No estar alienado, y esto, en diversos niveles.
Tengo, entonces, mi cuerpo y mi espíritu.
Veamos estos tres niveles separadamente:
- La cosa exterior a mí puede encontrarse en mi dominio. Este tipo de relación da origen
a lo que Schumpeter llama el análisis económico, y cuyos primeros atisbos encuentra en
la Política de Aristóteles.
Suponemos aquí una relación no biunívoca. La cosa me está
subordinada. ¿Hasta dónde? El viejo "ius utendi et abutendi" de los romanos
creo que pervive entre nosotros, más allá de algunos textos jurídicos. "Si el
estado se erige en juez del abuso, no tardará en hacerse juez del uso", nos dice
Velez Sarfield en el código. Sin embargo, intuimos vagamente que destruir la cosa borra
en nosotros una determinada relación. Más allá de la idea de que poseer es ser
poseído, el sabernos fundamento de una relación de dominio nos comprende de algún modo,
no siempre percibido.
Es verdad, además, que este modo de posesión nos ubica en un plano
superior al de la cosa. Occidente ha tardado siglos en entenderlo, y la larga historia de
la esclavitud es na prueba de ello.
Pero es verdad que esta relación da origen a la economía, tal como la
entendemos, a buena parte del derecho y a una cantidad de apreciaciones de lo que
globalmente llamamos status. No nos detendremos en esto, pero juzgo que este modo de
poseer está hipertrofiado en nuestra apreciación.
No es, sin embargo, el que ahora nos inquieta.
- Distintos son los problemas que trae la segunda manera de poseer. El hombre que pisó la
luna era un terrestre. Pertenecía a este planeta. Esa forma de pertenencia no es negada
por nadie. Necesito afectivamente de mi entorno, que no es la mera área de dispersión
que poseen los animales.
Hasta aquí, ningún problema. El hombre debe tener un hogar, una
patria y pertenece solidariamente a estas realidades. Nos sentimos orgullosos de nuestros
compatriotas si son héroes, lo que significa una expresión de solidaridad que comparte
bienes espirituales.
El conflicto aparece en cuanto se replantea la pertenencia a una tierra
en conjunción con determinados intereses políticos o económicos y jurídicos.
Así como conocemos el exilio como pena ante quien no ha respondido a
la solidaridad patria, nuestros días están llenos de reclamos de desarraigados, y, si no
cambiamos nuestras formas económicas de posesión, ese reclamo se hará cada vez más
intenso. Hemos hecho servir nuestra técnica para acumular grandes bienes de capital, pero
eso ha traído la famosa globalización. Se da el caso paradójico de que el trabajo
paciente de siglos en Occidente trajo formas de bienestar y de producción que ponen en
riesgo ese mismo trabajo que estaba en la base de nuestra cultura. El mismo Adam Smith
llega a decir que la primera forma del dinero fue el trabajo, aunque luego asocia otras
ideas a esta. Al producir bienes masivamente en puntos muy determinados y espaciados del
planeta, el capitalismo occidental debilita su propia base. Pero sé que otros tratarán
mejor y más extensamente este problema. Baste indicar aquí una consecuencia para la vida
misma del hombre: las técnicas masivas de producción pretenden dar un bienestar, pero
terminan enturbiando algo mucho más fundamental: el concepto de hogar. Pertenecemos a la
tierra, así como ella nos pertenece.
- Este tercer apartado encierra muchas subsecciones. Mi yo es mi propiedad más íntima.
Pero, desdichadamente, siempre ha estado amenazado. A lo largo de la historia, nos
encontramos con que la esclavitud llegó a ser una institución en muchas culturas. La
posesión de la voluntad y de la fuerza de trabajo del otro existe desde tiempo
inmemorial. Pero esta forma de enajenación toma al yo como un todo. De modo que algunos
llegaron a verla como natural. "Si las ruecas hilaran solas, la naturaleza no
crearía esclavos", dice Aristóteles en frase que el marxismo utilizó. No es esta
una realización técnica, pero transforma al hombre en herramienta y, en ese sentido, lo
tecnifica.
Puede darse el caso de que diversas técnicas influyan en mi voluntad,
de modo que quede enajenada mi capacidad de elección. Aquí las técnicas de propaganda
tienen una gran influencia. La resolución de Watson, que dejó el estudio teórico de la
psicología para probar empíricamente sus técnicas, me parece paradigmático. Creo que,
a este respecto, le prestamos menos atención de la debida, quizás porque estamos
inmersos en la publicidad.
Pero todos admiten que existe una manipulación sociológica,
psicológica o muestra de la verdad de esta afirmación. Todos conocemos la existencia de
propagandas subliminares muy difíciles de controlar. Es, en suma, otra técnica invasora.
Las ideas no se matan. Pero, en el mundo moderno, se venden muy bien.
La propiedad intelectual, más allá de su importancia económica, ha inquietado a genios.
Baste recordar la larga polémica por la prioridad en el cálculo infinitesimal entre
Newton y Leibniz. Siento mis ideas como muy mías. Y tan importantes como para darme fama.
Pero creímos resolver un aspecto del problema al crear leyes que
reglamentan la propiedad intelectual. Todos los derechos son reservados, sí, pero no
sobre las ideas, que no tienen longitud ni medida física. No copie usted más de tantas
palabras de mi escrito. Y cíteme.
Notemos que el problema existe desde que se da la difusión masiva de
creaciones intelectuales. Puedo difundir "ad instar manuscripti" ciertas ideas
no propias. Se entiende que el núcleo reducido que las va a leer no interesa en el plano
económico. El problema es, entonces, posterior a la imprenta. Pero hoy ha crecido.
Ciertas amenazas desorbitadas lo prueban. "Prohibida la reproducción total o
parcial, por cualquier medio". O sea, "confesamos que la ley es anterior a la
técnica de computación, y, por lo tanto, carece de dominio. Pero puede servir de
espantapájaros".
Necesitaremos, por imperio de la técnica, modificar las leyes. Pero
éstas siempre van detrás de los descubrimientos. No puede ser de otro modo.
Claro que, también, se puede y a veces, se desea vehemente
usufructuar el éxito de un ídolo. Las técnicas de comercialización pueden
darnos, entonces, la falsa ilusión de que somos íntimos de ese triunfador.
En ese caso, nos dejan participar de los usos y costumbres del
consagrado. No molesta, salvo que el participante sea recaudador de impuestos
Todo
esto tiene por motor el buen éxito monetario, y es verdad que se ha muerto la vieja idea
de contemplar las maravillas de un mundo bello y ordenado. La misma idea de progreso
supone un hacia dónde, y es preciso confesar que los fines se entrecruzan, de modo que
vemos el porvenir con optimismo, pero entre niebla.
Pero, ¿qué es poseer una técnica?
Comencemos diciendo que la técnica no se produce por la verdad que
posea. Eso es cuestión de la ciencia o de la filosofía. La técnica se regula por el
éxito (buen éxito) que tiene. Su criterio es el de la eficacia, no el de la
comprensión.
Toda técnica implica, además, una fragilidad. Como es un instrumento
apoyado en determinadas virtudes naturales, pero con el objeto de superarlas, supone un
alarde que no es el sumiso cumplir con la ley natural.
El Hubble transmitió al principio sólo el 30% de las imágenes que se
esperaban de él. Y estoy tentado de recordarles las falencias de nuestras compañías
eléctricas, que pueden dejarnos sin lo que la técnica actual nos promete: poseer a
voluntad una energía versátil y cómoda. Pero más allá de su fragilidad, la técnica
nos ofrece un porvenir.
El hombre técnico se siente en posesión segura de sus fines, a pesar
de la falencia que señalábamos hace un momento. Deseo tener buena luz, y cuando lo
logro, planeo mi vida más allá de lo que ofrece la mera natura.
Mis fines (dar clase en horas de la noche, por ejemplo) se tienen por
tan seguros que comprometo mi presencia en horarios que antes no hubiesen sido posibles.
Como estamos inmersos en el espacio y el tiempo, todas las técnicas
terminan por modificar esos condicionantes de nuestra vida. Hubble, en sus exploraciones
de comienzos de siglo, pensó que el universo debía tener la cantidad de 2 millones de
años luz, lo que le pareció digno de fábula. Técnicas más recientes nos hacen hablar
de decenas de miles de millones. Decimos que los antibióticos han prolongado nuestra
esperanza de vida. Pero es siempre el hombre el que se propuso un plus ultra, un llegar
más allá, y encontró el camino.
Toda herramienta tiene sus riesgos. Pero el hombre, sobre todo el
occidental, piensa que tiene un manejo suficientemente seguro de ella. De lo contrario,
los que se oponen al uso hablan de "daño irreparable" o algo semejante.
Todo poder, al ejercerse, tiene un campo de dominio. Durante siglos,
éste se dio en lo que se consideraba natural, por contraposición al reino del espíritu
libre, donde se encontraba el hombre. Hoy, en cambio, el dominio es universal, sin excluir
a este último. Aquí, se encuentra la base de la problemática de ética que nos ocupa en
estos días. Quiero concluir, simplemente, esta breve ponencia señalando tres apostillas:
- "Natura ars Dei". El viejo apotegma del medioevo pervive en el inconsciente
colectivo de nuestra época. Decir que algo es natural es prestigiarlo. Siglos después de
haberla enfrentado para dominarla, seguimos creyendo o presintiendo que tiene un
orden que no hay que contaminar.
- Desde que Jenner inventó la vacuna antivariólica cosa que le pareció
monstruosa a un genio como Kant , el concepto mismo de naturaleza ( y el de
naturaleza humana más que ninguno) se vuelve problemático de más en más. Hoy, el
hombre modifica su naturaleza queriéndolo (antibióticos, vacunas, anticonceptivos, etc.)
o sin quererlo (como en todos los antagonismos de los medicamentos). Desde la ética,
deberemos rever la relación entre bien y naturaleza. Tomando el bien no solamente en
sentido moral, por supuesto.
- Hemos perdido la idea de hombre microcosmos al perder la de macrocosmos. Ya no puede
haber resonancia simpática entre dos realidades que se han quedado sin jerarquía de
orden. Para el antiguo, lo mejor era armonizar en el espacio.
Para el moderno, adelantarse en el futuro, con lo cual rompe la fila.
Creo que estas tres apostillas pueden servir para la reflexión.
- El hombre creo que, sobre todo, el occidental está reencontrando la
naturaleza como un todo equilibrado (quizás, no estético, pero sí armonizado) e ingresa
en ella con algunos cuidados. No tiene profundidad en esto, porque sigue regulando todo
por el bien útil (recicla cosas que le sirven para otra vez), pero ya no se siente como
el vencedor de la naturaleza. Al menos, en los casos no extremos. Me dirán ustedes que el
atleta que se droga para llegar a una marca antes imposible se propone los límites de su
cuerpo como algo natural que vence. Los que condenan esa actitud, también, ven en la
naturaleza un "obstáculo", pero que les merece otro respeto. Es un obstáculo
digno, un "axios", y en esto hemos avanzado sobre la mera frase de Bacon,
obediente para vencer. Necesitaremos reencontrarnos con la admiración por lo natural, con
la sorpresa de la maravilla, y eso nos dará fuerzas para reconstruir la estética, aunque
esto sea algo mucho más interior que en el hombre medieval.
- El hombre ha perdido el equilibrio entre poder y respeto (o admiración, o amor). El
problema no es nuevo, en absoluto. Volvamos al ejemplo del inventor del arco y la flecha.
Debe haber pensado que su técnica hacía poco útil la fuerza del adversario. O, tomando
un ejemplo de nuestra civilización occidental, Nobel creyó que la dinamita haría
imposibles las guerras por su crueldad. El conflicto ruso turco, donde se usó el
explosivo, le hizo reflexionar que su inmensa fortuna debía servir para el bien en un
sentido muy diferente. La creación de los premios es un optimismo, el progreso es posible
y galardonable, pero Nobel ha aprendido que el hombre no retrocede ante la destrucción.
Hace un momento escribí "el equilibrio entre poder y respeto". Creo que la
frase es débil. La solución debería ser "subordinación del poder al
respeto". Intentaré explicarme.
Jenner fiado en observaciones empíricas encuentra que el
riesgo de contraer la viruela disminuye con la vacuna. Pero una partida de vacunas
no olvidemos que esto es anterior a la microbiología como ciencia les produce a
niños de las colonias norteamericanas, fiebre y algunos síntomas de la enfermedad. Kant,
al enterarse, condena la práctica, y es seguro que muchos médicos deben haber
desconfiado de la nueva práctica. Ante el poder no sustentado en una teoría,
retrocedemos. Pero, luego, se logra una base explicativa suficiente y se ensayan vacunas
para casi todo. El poder modificar engulle la idea de respeto. Hasta que los tropiezos
llaman a la nueva reflexión de la inmunología. Y desearía que siempre esa
consideración se basase en el respeto del otro como un todo armónico, bello y, por sobre
todo, humano. No siempre es así, pero el poder debe estar a las órdenes del respeto. Que
Occidente haya procedido de otro modo muchas veces, pertenece a la historia, no a la
antropología.
- Y creo que lo anterior es imposible a menos de reencontrarnos con la vieja idea de
cosmos. No es fácil. Hasta Copérnico, el occidental vio en el cielo estrellas que
hermoseaban el firmamento. Desde Messer, contempla nubes de gas más o menos
incendiado
No sólo no estamos en el centro, ya no sabemos qué es el centro.
Decimos que una estrella está a un millón de años luz. Y surgen dos cosas. La primera,
la frase es incorrecta. Esa estrella estuvo hace un millón de años donde nuestros
aparatos la detectan. Ya no está. La segunda, la belleza y el sistema se han trasladado
al interior del hombre. Es el poeta que ve la estrella y le canta. En esas condiciones, el
antiguo entendimiento entre macro y microcosmos se torna difícil. Ya no existe
"simpatía", en el sentido griego de la palabra. Negándose como centro, el
hombre se ha vuelto el centro creador de todo. Y de esto, la admiración por su propia
técnica. Será necesario volver a la tierra, como hogar del hombre, para que se sienta en
lo suyo y con los suyos. Y allí, expresar su orden armónico, vuelto hacia lo mediato de
lo natural circundante, jerarquizándolo, y con el intermedio de la técnica como brazo
largo, potente y subordinado. Entonces, podrá reencontrar al otro como máxima dignidad,
no como un helicoide caprichoso de genes. Creo, sinceramente, que es la manera de evitar
caer en un reduccionismo objetivante del otro.
No es sencillo. Tarea de reflexión, de construcción de una cultura,
de valorización escalonada. Pero que juzgo necesaria, y reconciliante. Como el retorno
del homo sapiens a su verdadero hogar, al que pertenece.
Y nada más. Ya que he insistido en el respeto por el otro, lo pondré
en práctica dejando las consecuencias a la tranquila reflexión de cada uno. Será
fructífero, sin duda.