Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

MUTACIONES DEL DERECHO Y DESTINO DEL ESTADO

Edgardo Albizu

1.

Los seres humanos vivimos en sociedad bajo el imperio de un estado, totalidad regulada según principios jurídicos. La sociedad no es un ente amorfo. Se configura según diferencias y jerarquías internas que, su vez, corresponden a las variables articulaciones de las tres formas asumidas por el poder en el mundo humano: religión, política, economía. Mientras la sociedad civil de origen europeo moderno, a la que pertenecemos, no llega a generar estructuras integradas de poder económico, el estado, con su dual configuración religioso-política, prevalece sobre ella. La historia moderna, convertida hoy en planetaria, se halla dominada por la gradual organización del cuerpo social según el poder económico, proceso virtualmente completo en nuestros días. Esto significa que, en forma paralela, se han cumplido procesos de cambio en la índole del estado y de los sistemas jurídicos en los que cristaliza el nexo de la sociedad con este último.

En el momento actual, hay manifiestas discordancias entre las estructuras sociales, las efectivas organizaciones de los estados y los sistemas jurídicos. Por diversas razones (sincretizadas en formas ideológicas en las que la ignorancia sirve a fines ajenos al saber), las ciencias sociales no han considerado tal discordancia en toda la amplitud de su significado. La primera tesis de este ensayo consiste en afirmarla como factor central del presente momento histórico, de nuestro presente primario, lo cual lo torna momento de transición, no de consumación. En otros términos: es más decisivo lo que está viniendo que lo que ya fue.

2.

La sociedad civil europeo-moderna se desarrolló a partir de un orden burgués protocapitalista hasta llegar al capitalismo mundial de redes de producción en gran escala y, por fin, de altos valores tecnológicos. (La diferencia entre producción masiva y producción selectiva se torna esencial para la presente situación del mundo. Esta es la segunda tesis a explicitar aquí.) En consecuencia, se han producido mutaciones en todas las sociedades actuales que conciernen al equilibio entre lo mundial y lo local. En dichas mutaciones, domina la tendencia a integrar una unidad cada vez más sencilla, funcional y eficiente, tendencia cuya meta es hacer real la sociedad mundial. A grandes rasgos, la burguesa sociedad civil europeo-moderna, devenida planetaria, pasó de un orden estamental a un orden clasista en el que fue determinante la diferencia entre capitalistas y proletarios. A su vez, en la actualidad, dicho orden experimenta cambios que tienden a extinguir esa diferencia como foco y motor histórico y a instaurar una única sociedad global y uniforme en cuanto a sus basamentos económicos. Dicha sociedad, ya en gestación, exhibe un sencillo ordenamiento jerárquico: amplia base productora y consumidora, por una parte; restringida cúpula capitalista (la zona de los grandes réditos, diría Braudel), por otra. Más allá de estos límites -que son límites configuradores del trabajo de la sociedad- se hallan las zonas del ocio: sórdida y resentida, la del "Lumpen"; hueca y fatua, la del "jet-set", zonas permitidas por la misma sociedad mientras le sean relevantes, es decir, actúen como válvulas de descompresión. (Conservo dichas fórmulas, en algún sentido anticuadas, por la plasticidad metafórica que mantienen.) Ahora bien: base y cúpula no se tocan en forma directa; las separa el vacío dejado por la caducidad de las antiguas diferencias de estamentos y clases, o sea, de las reales mediaciones. Mas este vacío no es inerte; lo ocupa la instancia legalmente coactiva, otrora colocada encima de la sociedad: la administración sistemática, institucionalizada, pública. Cada vez más, el estado se torna órgano de esa administración: divide la sociedad en campos de ejercicio y control de la actividad de individuos y grupos: educación, salud, seguridad, etc. En su caída a la apariencia sin esencia, la razón reduce el significado de "ser" a control: el sum (Descartes), la positio (Kant), el significante originario (Hegel), la juntura o ex-ventura (Heidegger) quedan reducidos a control, a súper-visión, es decir, a una pan-óptica vigilante que internaliza cada vez más las estructuras carcelarias.

3.

El orden económico de la actual sociedad planetaria repercute en la organización de ella misma de manera por momentos desconcertante. Conforme los sistemas de administración pública se extienden y la tecnología se desarrolla, la figura global de la sociedad civil se altera. Para captar lo que esto significa, es necesario colocarse allí donde el capitalismo se concentra y las tecnologías de punta se tornan factores determinantes de la vida económica. Se tomará, pues, como paradigma, el caso de los Estados Unidos, no por cursi menosprecio de las naciones empobrecidas y reducidas a meros reflejos de las hazañas de control administrativo-crematístico, sino porque en dicho caso el futuro del capitalismo mundial se insufla en nuestro presente, en el presente primario de todo el planeta. La transformación de las estructuras del trabajo acaecidas en las dos últimas décadas en esa nación, según la expone Robert Reich en su libro El trabajo de las naciones (1991), depende de los siguientes factores: 1) La efectiva internacionalización del capital, por lo que pierde sentido la idea de economía nacional. 2) El paso de un sistema centrado en la producción masiva, de "alto volumen", a otro centrado en la producción de "alto valor" (Por ejemplo, tecnológico, informático, jurídico). 3) La sustitución de las grandes corporaciones "nacionales", de estructura piramidal y ritmos rígidamente preestablecidos, por redes internacionales de estructura arborescente y expansiva, de movilidad acorde con la creación de diferencias sociales crecientes de acuerdo con la índole del trabajo, diferencias que anulan el tradicional sentido atribuido a las clases sociales.

De acuerdo con este último punto, las tres emergentes categorías del trabajo son: 1) servicios rutinarios de producción; 2) servicios "en persona"; 3) servicios simbólico-analíticos. Los estratos sociales que se perfilan, en consecuencia, son los siguientes: 1) Los trabajadores de la producción de alto volumen, que asumen los caracteres del obrero tradicional y de los mandos medios no creativos en la estructura de la ya clásica gran corporación industrial. 2) Los trabajadores del ramo "servicios personales", quienes también asumen la tradicional imagen del asalariado. 3) Los "analistas simbólicos".

Lo poco adecuado de esta última fórmula pone de manifiesto la perplejidad inherente a la nueva figura, así denominada, de la racionalidad social. La fórmula da nombre a las élites creadoras de los procesos productivos. Reich reconoce en ellas tres momentos estructurales: 1) identificación de problemas, 2) intermediación estratégica, 3) resolución de problemas. Los momentos 1 y 3 corresponden al trabajo de los creadores de alta tecnología, dominio abarcador de actividades como el diseño de software, el management, el marketing, las asesorias jurídicas y financieras, la investigación y la enseñanza especializadas, la producción editorial, la dirección y producción cinematográficas y televisivas, etc. El momento 2, de intermediación estratégica, corresponde a los altos niveles gerenciales de las corporaciones que se van integrando a las redes creativas mundiales y transforman, en consecuencia, sus propias índoles económicas primarias. En suma: los analistas simbólicos aparecen como creadores de nexos conceptuales imprescindibles para el infinito crecimiento de las estructuras-madres de la economía. (La fórmula filosófico-matemática "estructura-madre" (Bourbaki) puede ser usada aquí sin reparos.) Son los creadores de las redes semióticas sustentantes de los procesos económico-sociales. (Reich dice: "lo que se comercia son símbolos - datos, palabras, representaciones visuales y orales" (trad. esp., p. 171).)

El trabajo social se escinde, pues, en tres ramas: 1) de los manufactureros; 2) de los que prestan servicios personales; 3) de quienes crean estructuras semióticas ( los llamados "intelectuales", según lenguaje heredado, o "técnicos", o "especialistas"). Conforme dichas ramas se distinguen entre sí y las diferencias se sutilizan, la función de la élite creadora se torna más decisiva para el ordenamiento social. En efecto, propende a contituirse como clase opulenta, de intereses divergentes respecto de los otros dos agrupamientos.

Las tesis de Reich no pueden tomarse más allá de lo que, al pie de la letra dicen. Conciernen a una transformación de la base económica de la sociedad norteamericana y, por extensión, de las sociedades ya determinadas por las economías de punta; conciernen, en suma, a la índole del trabajo, no directamente al capital, en tanto unificador planetario. (El capital es el gran ausente del libro, aunque sea el fundamento que le da sentido.) El analista simbólico, o inventor semiótico, es la figura de una función social que está gestándose. Parece corporizar la función-gozne entre base productivo-consumista, a la que pertenece, y cúpula capitalista, a la que sirve. En consecuencia, esta figura es decisiva por su repercusión en la nueva índole del estado y su base jurídica. Es el tecnólogo en su específico sentido: el transformador de lo real en un sistema de apariencias administrables y controlables. Así se dice que: 1) dirige la reducción de la base social a un agrupamiento uniforme, condicionado desde sus necesidades básicas; 2) ejecuta los designios de la cúpula social en tanto entidad condicionante, presa, a su vez de sus propias funciones; 3) empuja al estado a confinarse en instancia administradora y controladora de los condicionamientos incrementantes del poder de la cúpula.

4.

El estado nacional soberano fue el marco jurídico de constitución del poder económico mundial desarrollado por la sociedad civil burguesa y europea. El afianzamiento del poder económico se constituye, para la conciencia moderna, según ciertas formas significantes de la experiencia, formas por cierto transociales: determinantes del todo social, con sus diferencias y antagonismos internos.

La conciencia es instancia de significado, del hacerse signo el ser y de reflejarse ulteriormente como correlato del significante. La conciencia es, pues, el foco que se estructura como sistematicidad de los sistemas de significancia, y ésta se explaya, ante todo, como sentimiento del mundo, como experiencia global de su sentido. Primero, lo experimentó como templo (hasta fines del medioevo); después, como teatro (hacia los siglos XVI y XVII); en un tercer momento, como burdel (siglo XVIII y parte del XIX); por fin, como cárcel (finales del siglo XIX y el siglo XX). Este es un esquema harto simplificado; aquí se lo cita sólo para iluminar el sentido de la función del estado respecto de la sociedad civil; dicho con más rigor: para esclarecer los fundamentos de juridicidad de tal función.

No es aquí necesario considerar en detalle los nexos de los poderes religioso y político en otras culturas y en diferentes etapas históricas. Tampoco es imprescindible estudiar ahora lo ocurrido desde la quiebra del orden antiguo hasta el surgimiento del moderno estado nacional, hacia el siglo XIV, y su probablemente primera teoría, el Defensor pacis (1324), de Marsilio de Padua. Baste sólo con señalar que, en esa etapa de la historia europea, la iglesia es la fuente del derecho y del poder de los estados. El suyo es el derecho supremo, razón por la cual se lo puede caracterizar como divino. (Con la fórmula "derecho divino" se menciona aquí el derecho supremo, aquel que corporiza el decreto y la mirada de los dioses, por lo cual es el principio sustentador de todo el aparato jurídico.)

Una larga historia de luchas lleva a abolir ese derecho supremo y a instaurar otro, de complejo equilibrio conceptual, adecuado a la naciente expansión de la economía protocapitalista. Esa nueva estructura jurídica cristaliza en la fórmula "derecho divino de los reyes". Al respecto, cabe observar que "rey" -el que conduce y gobierna- sólo es uno de los términos de la ecuación política moderna; el otro es "pueblo": agrupamiento socialmente orgánico, cuya unidad le viene de la cohesión dada por la instancia conductora. Rey y pueblo son las dos columnas del derecho moderno. Es manifiestamente frágil el equilibrio del edificio que ellas sostienen. Al promediar el siglo XVI, dicho equilibrio se rompe en favor del monarca. Puede, entonces, hablarse sin restricciones del "derecho divino de los reyes", respecto del cual la revolución -con sus tres momentos originales: inglesa, francesa, rusa- actúa sustituyéndolo por el divino derecho de los pueblos. (Que la postura anticlerical de la revolución iluminista elimine el adjetivo "divino" no cambia un ápice en la función estructural de la idea de pueblo.) En el actual presente planetario casi todos los estados nacionales, reconocidos como soberanos, fundan su poder en el derecho divino de los pueblos.

5.

La expansión económica, código genético de la sociedad civil moderna, aniquila cualquier efectividad real remanente en aquello que fue considerado pueblo. Antes había anulado a la iglesia y a los monarcas como centros generadores de poder y derecho. En verdad, el pueblo, en tanto unidad orgánica, ya agonizaba cuando se lo invocó como fundamento jurídico del estado soberano. El actual paso a las redes económicas de producción de alto valor hace visible, sin ningún disimulo, esta ausencia: el pueblo ha muerto. Si su agonía se manifestó en el proceso mediante el cual fue reducido a juego de partidos políticos y a dictadura de los jefes de estos, su defunción se acusa en la disolución de la conciencia de su unidad viviente: tras haber perdido vigencia su identificación con la burguesía o con el proletariado, su unidad queda acogida a un significante vacío.

Sin que se repare en ello, en nuestros días acaece una mutación básica en los fundamentos del derecho, pues el ilustre cadáver ya no alcanza a sustentar la juridicidad de la expansión económica. Esa mutación es el núcleo conceptual de nuestro presente. Hay en ella elementos futuros aún ignotos. Eso no obsta, empero, para que se manifieste como unidad abarcadora de todo un circuito de tiempo, en el que, desde luego, el futuro es lo determinante. No se trata, pues, de profetizar; sí, en cambio, de descifrar el futuro ya presente.

Las aceleradas mutaciones económicas de la sociedad civil planetaria no serían teóricamente relevantes si no tuvieran como resultado desplazar al estado del centro de la historia y hacer visible la mutabilidad de los principios fundamentales del derecho. El futuro llega, sobre todo, por un canal: la progresiva invalidez, incluso la extinción, del principio jurídico fundamentador del estado nacional soberano en tanto corporización institucional del pueblo. Sin duda, muchos de esos estados sobrevivirán aún largo tiempo, así como han sobrevivido iglesias y monarquías. Pero tal forma de estado ya ha cumplido su misión respecto de la sociedad civil.

¿Qué derecho divino está gestándose? El de la gran corporación rediforme, hipermóvil, planetaria, surgida de una célula capitalista tecnocrática que contiene el código genético de la próxima figura global de la conciencia histórica. No se trata, desde luego, de la corporación preindustrial del medioevo ni la clásica "corporation" que constituyó la cumbre del orden capitalista moderno, jurídicamente centrado en el estado nacional soberano. Tampoco se trata de formas jurídico-sociales actualizables por la república liberal-burguesa ni por la república social-popular fascista o comunista. El estado pierde a ojos vista su sentido moderno.

De encarnación del espíritu objetivo, el estado pasó a ser, en los dos últimos siglos (etapas del mundo-burdel y del mundo-cárcel), mero administrador de los intereses de las clases sociales dominantes. Ahora, sin embargo, es visible que la estructura clasista de la moderna sociedad civil sufre, a su vez, una mutación básica cuyo soporte es el burgués fundamento estamental premoderno y cuyo motor es la economía basada en la producción de alto valor. Los extremos cronológicos se tocan: signo de que un ciclo histórico se consuma y a lo lejos se perfilan, como diría Vico, "i tempi barbari ritornati". La sociedad del capitalismo actual posee una estructura básica que refleja la de las corporaciones medievales. Braudel la detectó en el Japón de la preguerra. Yo la he sugerido respecto de la sociedad occidental moderna, donde se halla velada por un sinuoso y difícil desarrollo histórico.

De instancia espiritual soberana el estado pasa a ser la "división" pública de la red corporativa del capitalismo tecnológico en cuya cumbre se sitúa la inventiva semiológica. El analista simbólico, o inventor semiótico, es figura fundamental de la corporación rediforme aún no afianzada del todo. Para que el estado asuma a cabalidad su exclusiva función de administrador sistémico según el nuevo principio de derecho divino hace falta que se produzca la fusión del analista simbólico, el capitalista y el burócrata político en una hiperfigura consumadora de la gran cárcel del mundo. Dicha figura, una y trina, de superhombre es condición de posibilidad de la soberana gran corporación futura y de su control total sobre el planeta.

La clave del nuevo derecho consiste en que la libertad se identifica con la gran cárcel del mundo. La concepción hegeliana según la cual la libertad es la verdad de la necesidad experimenta ahora una reversión dialéctica: no hay más libertad que en la consumación de la necesidad. Las nuevas formulaciones de los derechos fundamentales se harán -futuro aún no presente- de acuerdo con esta estructura-madre, en la cual el estado tendrá nuevo sentido: perderá soberanía, y así como en el medioevo estuvo subordinado al poder religioso, en el próximo futuro quedará subordinado, no sólo de facto sino también de iure, al poder económico. Este es el punto en que, en nuestros días, la inventiva jurídico-política se enfrenta a una tarea en extremo delicada. Será necesario estar atento a su emerger para no profesar triviales optimismos.

6.

Este cuadro, al parecer objetivo, suscitará alegría en algunos, y en otros, tristezas e, incluso, temor, según se piense que se acerca un período de bienestar generalizado o uno de enormes restricciones a la libertad individual, por cuanto los sistemas perfectos no pueden permitirse excepciones y privilegios. La ambivalencia de las reacciones certificará, en todo caso, que se toca la máxima profundidad histórica, aquélla en la que se tejen y destejen ciertas formas básicas del tiempo, sus mutantes y a la vez permanentes estructuras-madres, en un eterno retorno que hoy sólo tiende a mostrarnos su cara de novedad.

¿Qué cabe esperar a los individuos y a los grupos ante este panorama? ¿De qué modo situar, ante la olímpica majestad del implacable poder que subordina al estado (mal que mal, todavía nuestro paño de lágrimas) y al derecho, que sanciona y santifica su vigencia, fenómenos tan desmesurados como las hambrunas y las guerras sucias, el terrorismo (también el buro-tecnocrático), las crisis -apenas veladas- del sistema económico mundial, la génesis de potentes focos de resentimiento, la degeneración de la productividad de alto nivel (opiáceos químicos, ideológicos y hedonistas; armas carísimas que presuntamente nunca han de usarse; cretinización informatizada)? ¿Qué hacer? ¿Cabe hacer algo?

Las anteriores son variantes de una misma pregunta, aquélla por la autoafirmación de la parte frente al todo, del universal concreto frente a la representación abstracta; en suma: por un derecho divino siempre sofocado y nunca vigente: mi derecho y el de los míos (familia, linaje, comunidad profesional, amigos), por el derecho en primera persona, frente a un orden socio-económico que puede concederme todo menos permiso para abandonarlo. Y esta pregunta no es un mero componente anárquico-romántico frente a la inminencia de un nuevo milenio de sistemas jurídicos. Concierne a la mutación del derecho y al destino del estado, antes deducidos de las transformaciones económicas básicas.

Muchas dispersas regiones del planeta soportan ya la producción de alto volumen - con sus secuelas de deterioro ecológico, desarraigo de tradiciones y pauperización degenerante - para hacer posible la producción de alto valor en los móviles centros de la omnipresente red de poder económico, desde Silicona – Valley hasta los centros de computopía a lo Masuda. Muchos individuos se degradan a la sola condición de átomos de magma social para permitir la fusión de capitalista, inventor semiótico y político burócrata en la unidad trina del superhombre corporativo del futuro. Dichas regiones corresponden a supérstites estados soberanos sin poder en la sociedad mundial. Esos individuos son -somos- miembros fantasmales del cuerpo descompuesto del populus, sin más perspectiva que alienarse en el vulgus.

¿Estos individuos y estas naciones tienen como única alternativa ser pasivos portadores de metástasis social? ¿Naciones como las latinoamericanas han de resignarse a aceptar con carácter de némesis divina las minusvalías productiva y jurídica? ¿Cabe que, para ellas, el juego de expansión y recesión sea el signo de su permanente desaparecer de la experiencia histórica? ¿Y el hombre de genio, no integrado a las redes de análisis simbólico –es decir, el inventor semiótico no sustentado en la intermediación estratégica de las grandes corporaciones-, tiene por eso que ser un irredento paria, sujeto pendular entre alienación y frustración?

El interior de cada hombre y de cada individualidad colectiva es el punto de partida de las aventuras del espíritu, incluso, de aquellas del poder que, en primera instancia, se les sobrepone desde fuera. Allí, - in interiore hominem-, es donde la libertad tiene su sede. Pero el interior de cada hombre es cada vez más una rareza en nuestros días. La interioridad se compone cada vez más de información abstracta internalizada, sobre la que trabajan los analistas simbólicos. Las mutaciones del derecho tienden a centrarlo en el sujeto standard así formalizado. Y el destino del estado se limita a protocolarizar ese derecho. Si el interior del hombre es ahora la cárcel internalizada, las libertades de las naciones abstractamente soberanas y de los genios no integrados por mediación estratégica se muestran exhaustas antes de emprender vuelo. (Esto acaba, también, siendo verdad para las naciones poderosas y los genios integrados.) Para liberarnos de nosotros mismos, la sociedad civil moderna dio con la solución radical: el interior del hombre sea una cárcel. La otra posibilidad es hoy inaudita: el servicio a la verdad sin pretender evitar la némesis que debe cumplirse.

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