MUTACIONES DEL DERECHO Y DESTINO DEL ESTADO
Edgardo Albizu
1.
Los seres humanos vivimos en sociedad bajo el
imperio de un estado, totalidad regulada según principios jurídicos. La sociedad no es
un ente amorfo. Se configura según diferencias y jerarquías internas que, su vez,
corresponden a las variables articulaciones de las tres formas asumidas por el poder en el
mundo humano: religión, política, economía. Mientras la sociedad civil de origen
europeo moderno, a la que pertenecemos, no llega a generar estructuras integradas de poder
económico, el estado, con su dual configuración religioso-política, prevalece sobre
ella. La historia moderna, convertida hoy en planetaria, se halla dominada por la gradual
organización del cuerpo social según el poder económico, proceso virtualmente completo
en nuestros días. Esto significa que, en forma paralela, se han cumplido procesos de
cambio en la índole del estado y de los sistemas jurídicos en los que cristaliza el nexo
de la sociedad con este último.
En el momento actual, hay manifiestas discordancias
entre las estructuras sociales, las efectivas organizaciones de los estados y los sistemas
jurídicos. Por diversas razones (sincretizadas en formas ideológicas en las que la
ignorancia sirve a fines ajenos al saber), las ciencias sociales no han considerado tal
discordancia en toda la amplitud de su significado. La primera tesis de este ensayo
consiste en afirmarla como factor central del presente momento histórico, de nuestro
presente primario, lo cual lo torna momento de transición, no de consumación. En otros
términos: es más decisivo lo que está viniendo que lo que ya fue.
2.
La sociedad civil europeo-moderna se desarrolló
a partir de un orden burgués protocapitalista hasta llegar al capitalismo mundial de
redes de producción en gran escala y, por fin, de altos valores tecnológicos. (La
diferencia entre producción masiva y producción selectiva se torna esencial para la
presente situación del mundo. Esta es la segunda tesis a explicitar aquí.) En
consecuencia, se han producido mutaciones en todas las sociedades actuales que conciernen
al equilibio entre lo mundial y lo local. En dichas mutaciones, domina la tendencia a
integrar una unidad cada vez más sencilla, funcional y eficiente, tendencia cuya meta es
hacer real la sociedad mundial. A grandes rasgos, la burguesa sociedad civil
europeo-moderna, devenida planetaria, pasó de un orden estamental a un orden clasista en
el que fue determinante la diferencia entre capitalistas y proletarios. A su vez, en la
actualidad, dicho orden experimenta cambios que tienden a extinguir esa diferencia como
foco y motor histórico y a instaurar una única sociedad global y uniforme en cuanto a
sus basamentos económicos. Dicha sociedad, ya en gestación, exhibe un sencillo
ordenamiento jerárquico: amplia base productora y consumidora, por una parte; restringida
cúpula capitalista (la zona de los grandes réditos, diría Braudel), por otra. Más
allá de estos límites -que son límites configuradores del trabajo de la sociedad- se
hallan las zonas del ocio: sórdida y resentida, la del "Lumpen"; hueca y
fatua, la del "jet-set", zonas permitidas por la misma sociedad mientras
le sean relevantes, es decir, actúen como válvulas de descompresión. (Conservo dichas
fórmulas, en algún sentido anticuadas, por la plasticidad metafórica que mantienen.)
Ahora bien: base y cúpula no se tocan en forma directa; las separa el vacío dejado por
la caducidad de las antiguas diferencias de estamentos y clases, o sea, de las reales
mediaciones. Mas este vacío no es inerte; lo ocupa la instancia legalmente coactiva,
otrora colocada encima de la sociedad: la administración sistemática,
institucionalizada, pública. Cada vez más, el estado se torna órgano de esa
administración: divide la sociedad en campos de ejercicio y control de la actividad de
individuos y grupos: educación, salud, seguridad, etc. En su caída a la apariencia sin
esencia, la razón reduce el significado de "ser" a control: el sum (Descartes),
la positio (Kant), el significante originario (Hegel), la juntura o ex-ventura
(Heidegger) quedan reducidos a control, a súper-visión, es decir, a una pan-óptica
vigilante que internaliza cada vez más las estructuras carcelarias.
3.
El orden económico de la actual sociedad
planetaria repercute en la organización de ella misma de manera por momentos
desconcertante. Conforme los sistemas de administración pública se extienden y la
tecnología se desarrolla, la figura global de la sociedad civil se altera. Para captar lo
que esto significa, es necesario colocarse allí donde el capitalismo se concentra y las
tecnologías de punta se tornan factores determinantes de la vida económica. Se tomará,
pues, como paradigma, el caso de los Estados Unidos, no por cursi menosprecio de las
naciones empobrecidas y reducidas a meros reflejos de las hazañas de control
administrativo-crematístico, sino porque en dicho caso el futuro del capitalismo mundial
se insufla en nuestro presente, en el presente primario de todo el planeta. La
transformación de las estructuras del trabajo acaecidas en las dos últimas décadas en
esa nación, según la expone Robert Reich en su libro El trabajo de las naciones
(1991), depende de los siguientes factores: 1) La efectiva internacionalización del
capital, por lo que pierde sentido la idea de economía nacional. 2) El paso de un sistema
centrado en la producción masiva, de "alto volumen", a otro centrado en la
producción de "alto valor" (Por ejemplo, tecnológico, informático,
jurídico). 3) La sustitución de las grandes corporaciones "nacionales", de
estructura piramidal y ritmos rígidamente preestablecidos, por redes internacionales de
estructura arborescente y expansiva, de movilidad acorde con la creación de diferencias
sociales crecientes de acuerdo con la índole del trabajo, diferencias que anulan el
tradicional sentido atribuido a las clases sociales.
De acuerdo con este último punto, las tres
emergentes categorías del trabajo son: 1) servicios rutinarios de producción; 2)
servicios "en persona"; 3) servicios simbólico-analíticos. Los estratos
sociales que se perfilan, en consecuencia, son los siguientes: 1) Los trabajadores de la
producción de alto volumen, que asumen los caracteres del obrero tradicional y de los
mandos medios no creativos en la estructura de la ya clásica gran corporación
industrial. 2) Los trabajadores del ramo "servicios personales", quienes
también asumen la tradicional imagen del asalariado. 3) Los "analistas
simbólicos".
Lo poco adecuado de esta última fórmula pone de
manifiesto la perplejidad inherente a la nueva figura, así denominada, de la racionalidad
social. La fórmula da nombre a las élites creadoras de los procesos productivos.
Reich reconoce en ellas tres momentos estructurales: 1) identificación de problemas, 2)
intermediación estratégica, 3) resolución de problemas. Los momentos 1 y 3 corresponden
al trabajo de los creadores de alta tecnología, dominio abarcador de actividades como el
diseño de software, el management, el marketing, las asesorias
jurídicas y financieras, la investigación y la enseñanza especializadas, la producción
editorial, la dirección y producción cinematográficas y televisivas, etc. El momento 2,
de intermediación estratégica, corresponde a los altos niveles gerenciales de las
corporaciones que se van integrando a las redes creativas mundiales y transforman, en
consecuencia, sus propias índoles económicas primarias. En suma: los analistas
simbólicos aparecen como creadores de nexos conceptuales imprescindibles para el infinito
crecimiento de las estructuras-madres de la economía. (La fórmula
filosófico-matemática "estructura-madre" (Bourbaki) puede ser usada aquí sin
reparos.) Son los creadores de las redes semióticas sustentantes de los procesos
económico-sociales. (Reich dice: "lo que se comercia son símbolos - datos,
palabras, representaciones visuales y orales" (trad. esp., p. 171).)
El trabajo social se escinde, pues, en tres ramas:
1) de los manufactureros; 2) de los que prestan servicios personales; 3) de quienes crean
estructuras semióticas ( los llamados "intelectuales", según lenguaje
heredado, o "técnicos", o "especialistas"). Conforme dichas ramas se
distinguen entre sí y las diferencias se sutilizan, la función de la élite creadora
se torna más decisiva para el ordenamiento social. En efecto, propende a contituirse como
clase opulenta, de intereses divergentes respecto de los otros dos agrupamientos.
Las tesis de Reich no pueden tomarse más allá de
lo que, al pie de la letra dicen. Conciernen a una transformación de la base económica
de la sociedad norteamericana y, por extensión, de las sociedades ya determinadas por las
economías de punta; conciernen, en suma, a la índole del trabajo, no directamente al
capital, en tanto unificador planetario. (El capital es el gran ausente del libro, aunque
sea el fundamento que le da sentido.) El analista simbólico, o inventor semiótico, es la
figura de una función social que está gestándose. Parece corporizar la función-gozne
entre base productivo-consumista, a la que pertenece, y cúpula capitalista, a la que
sirve. En consecuencia, esta figura es decisiva por su repercusión en la nueva índole
del estado y su base jurídica. Es el tecnólogo en su específico sentido: el
transformador de lo real en un sistema de apariencias administrables y controlables. Así
se dice que: 1) dirige la reducción de la base social a un agrupamiento uniforme,
condicionado desde sus necesidades básicas; 2) ejecuta los designios de la cúpula social
en tanto entidad condicionante, presa, a su vez de sus propias funciones; 3) empuja al
estado a confinarse en instancia administradora y controladora de los condicionamientos
incrementantes del poder de la cúpula.
4.
El estado nacional soberano fue el marco
jurídico de constitución del poder económico mundial desarrollado por la sociedad civil
burguesa y europea. El afianzamiento del poder económico se constituye, para la
conciencia moderna, según ciertas formas significantes de la experiencia, formas por
cierto transociales: determinantes del todo social, con sus diferencias y antagonismos
internos.
La conciencia es instancia de significado, del
hacerse signo el ser y de reflejarse ulteriormente como correlato del significante. La
conciencia es, pues, el foco que se estructura como sistematicidad de los sistemas de
significancia, y ésta se explaya, ante todo, como sentimiento del mundo, como experiencia
global de su sentido. Primero, lo experimentó como templo (hasta fines del medioevo);
después, como teatro (hacia los siglos XVI y XVII); en un tercer momento, como burdel
(siglo XVIII y parte del XIX); por fin, como cárcel (finales del siglo XIX y el siglo
XX). Este es un esquema harto simplificado; aquí se lo cita sólo para iluminar el
sentido de la función del estado respecto de la sociedad civil; dicho con más rigor:
para esclarecer los fundamentos de juridicidad de tal función.
No es aquí necesario considerar en detalle los
nexos de los poderes religioso y político en otras culturas y en diferentes etapas
históricas. Tampoco es imprescindible estudiar ahora lo ocurrido desde la quiebra del
orden antiguo hasta el surgimiento del moderno estado nacional, hacia el siglo XIV, y su
probablemente primera teoría, el Defensor pacis (1324), de Marsilio de Padua.
Baste sólo con señalar que, en esa etapa de la historia europea, la iglesia es la fuente
del derecho y del poder de los estados. El suyo es el derecho supremo, razón por la cual
se lo puede caracterizar como divino. (Con la fórmula "derecho divino"
se menciona aquí el derecho supremo, aquel que corporiza el decreto y la mirada de los
dioses, por lo cual es el principio sustentador de todo el aparato jurídico.)
Una larga historia de luchas lleva a abolir ese
derecho supremo y a instaurar otro, de complejo equilibrio conceptual, adecuado a la
naciente expansión de la economía protocapitalista. Esa nueva estructura jurídica
cristaliza en la fórmula "derecho divino de los reyes". Al respecto, cabe
observar que "rey" -el que conduce y gobierna- sólo es uno de los términos de
la ecuación política moderna; el otro es "pueblo": agrupamiento socialmente
orgánico, cuya unidad le viene de la cohesión dada por la instancia conductora.
Rey y pueblo son las dos columnas del derecho moderno. Es manifiestamente
frágil el equilibrio del edificio que ellas sostienen. Al promediar el siglo XVI, dicho
equilibrio se rompe en favor del monarca. Puede, entonces, hablarse sin restricciones del
"derecho divino de los reyes", respecto del cual la revolución -con sus tres
momentos originales: inglesa, francesa, rusa- actúa sustituyéndolo por el divino derecho
de los pueblos. (Que la postura anticlerical de la revolución iluminista elimine el
adjetivo "divino" no cambia un ápice en la función estructural de la idea
de pueblo.) En el actual presente planetario casi todos los estados nacionales,
reconocidos como soberanos, fundan su poder en el derecho divino de los pueblos.
5.
La expansión económica, código genético de
la sociedad civil moderna, aniquila cualquier efectividad real remanente en aquello que
fue considerado pueblo. Antes había anulado a la iglesia y a los monarcas como centros
generadores de poder y derecho. En verdad, el pueblo, en tanto unidad orgánica, ya
agonizaba cuando se lo invocó como fundamento jurídico del estado soberano. El actual
paso a las redes económicas de producción de alto valor hace visible, sin ningún
disimulo, esta ausencia: el pueblo ha muerto. Si su agonía se manifestó en el proceso
mediante el cual fue reducido a juego de partidos políticos y a dictadura de los jefes de
estos, su defunción se acusa en la disolución de la conciencia de su unidad viviente:
tras haber perdido vigencia su identificación con la burguesía o con el proletariado, su
unidad queda acogida a un significante vacío.
Sin que se repare en ello, en nuestros días acaece
una mutación básica en los fundamentos del derecho, pues el ilustre cadáver ya no
alcanza a sustentar la juridicidad de la expansión económica. Esa mutación es el
núcleo conceptual de nuestro presente. Hay en ella elementos futuros aún ignotos. Eso no
obsta, empero, para que se manifieste como unidad abarcadora de todo un circuito de
tiempo, en el que, desde luego, el futuro es lo determinante. No se trata, pues, de
profetizar; sí, en cambio, de descifrar el futuro ya presente.
Las aceleradas mutaciones económicas de la sociedad
civil planetaria no serían teóricamente relevantes si no tuvieran como resultado
desplazar al estado del centro de la historia y hacer visible la mutabilidad de los
principios fundamentales del derecho. El futuro llega, sobre todo, por un canal: la
progresiva invalidez, incluso la extinción, del principio jurídico fundamentador del
estado nacional soberano en tanto corporización institucional del pueblo. Sin duda,
muchos de esos estados sobrevivirán aún largo tiempo, así como han sobrevivido iglesias
y monarquías. Pero tal forma de estado ya ha cumplido su misión respecto de la sociedad
civil.
¿Qué derecho divino está gestándose? El de la
gran corporación rediforme, hipermóvil, planetaria, surgida de una célula capitalista
tecnocrática que contiene el código genético de la próxima figura global de la
conciencia histórica. No se trata, desde luego, de la corporación preindustrial del
medioevo ni la clásica "corporation" que constituyó la cumbre del orden
capitalista moderno, jurídicamente centrado en el estado nacional soberano. Tampoco se
trata de formas jurídico-sociales actualizables por la república liberal-burguesa ni por
la república social-popular fascista o comunista. El estado pierde a ojos vista su
sentido moderno.
De encarnación del espíritu objetivo, el estado
pasó a ser, en los dos últimos siglos (etapas del mundo-burdel y del mundo-cárcel),
mero administrador de los intereses de las clases sociales dominantes. Ahora, sin embargo,
es visible que la estructura clasista de la moderna sociedad civil sufre, a su vez, una
mutación básica cuyo soporte es el burgués fundamento estamental premoderno y cuyo
motor es la economía basada en la producción de alto valor. Los extremos cronológicos
se tocan: signo de que un ciclo histórico se consuma y a lo lejos se perfilan, como
diría Vico, "i tempi barbari ritornati". La sociedad del
capitalismo actual posee una estructura básica que refleja la de las corporaciones
medievales. Braudel la detectó en el Japón de la preguerra. Yo la he sugerido respecto
de la sociedad occidental moderna, donde se halla velada por un sinuoso y difícil
desarrollo histórico.
De instancia espiritual soberana el estado pasa a
ser la "división" pública de la red corporativa del capitalismo tecnológico
en cuya cumbre se sitúa la inventiva semiológica. El analista simbólico, o inventor
semiótico, es figura fundamental de la corporación rediforme aún no afianzada del todo.
Para que el estado asuma a cabalidad su exclusiva función de administrador sistémico
según el nuevo principio de derecho divino hace falta que se produzca la fusión del
analista simbólico, el capitalista y el burócrata político en una hiperfigura
consumadora de la gran cárcel del mundo. Dicha figura, una y trina, de superhombre es
condición de posibilidad de la soberana gran corporación futura y de su control total
sobre el planeta.
La clave del nuevo derecho consiste en que la
libertad se identifica con la gran cárcel del mundo. La concepción hegeliana según la
cual la libertad es la verdad de la necesidad experimenta ahora una reversión
dialéctica: no hay más libertad que en la consumación de la necesidad. Las nuevas
formulaciones de los derechos fundamentales se harán -futuro aún no presente- de acuerdo
con esta estructura-madre, en la cual el estado tendrá nuevo sentido: perderá
soberanía, y así como en el medioevo estuvo subordinado al poder religioso, en el
próximo futuro quedará subordinado, no sólo de facto sino también de iure,
al poder económico. Este es el punto en que, en nuestros días, la inventiva
jurídico-política se enfrenta a una tarea en extremo delicada. Será necesario estar
atento a su emerger para no profesar triviales optimismos.
6.
Este cuadro, al parecer objetivo, suscitará
alegría en algunos, y en otros, tristezas e, incluso, temor, según se piense que se
acerca un período de bienestar generalizado o uno de enormes restricciones a la libertad
individual, por cuanto los sistemas perfectos no pueden permitirse excepciones y
privilegios. La ambivalencia de las reacciones certificará, en todo caso, que se toca la
máxima profundidad histórica, aquélla en la que se tejen y destejen ciertas formas
básicas del tiempo, sus mutantes y a la vez permanentes estructuras-madres, en un eterno
retorno que hoy sólo tiende a mostrarnos su cara de novedad.
¿Qué cabe esperar a los individuos y a los grupos
ante este panorama? ¿De qué modo situar, ante la olímpica majestad del implacable poder
que subordina al estado (mal que mal, todavía nuestro paño de lágrimas) y al derecho,
que sanciona y santifica su vigencia, fenómenos tan desmesurados como las hambrunas y las
guerras sucias, el terrorismo (también el buro-tecnocrático), las crisis -apenas
veladas- del sistema económico mundial, la génesis de potentes focos de resentimiento,
la degeneración de la productividad de alto nivel (opiáceos químicos, ideológicos y
hedonistas; armas carísimas que presuntamente nunca han de usarse; cretinización
informatizada)? ¿Qué hacer? ¿Cabe hacer algo?
Las anteriores son variantes de una misma pregunta,
aquélla por la autoafirmación de la parte frente al todo, del universal concreto frente
a la representación abstracta; en suma: por un derecho divino siempre sofocado y nunca
vigente: mi derecho y el de los míos (familia, linaje, comunidad
profesional, amigos), por el derecho en primera persona, frente a un orden
socio-económico que puede concederme todo menos permiso para abandonarlo. Y esta pregunta
no es un mero componente anárquico-romántico frente a la inminencia de un nuevo milenio
de sistemas jurídicos. Concierne a la mutación del derecho y al destino del estado,
antes deducidos de las transformaciones económicas básicas.
Muchas dispersas regiones del planeta soportan ya la
producción de alto volumen - con sus secuelas de deterioro ecológico, desarraigo de
tradiciones y pauperización degenerante - para hacer posible la producción de alto valor
en los móviles centros de la omnipresente red de poder económico, desde Silicona
Valley hasta los centros de computopía a lo Masuda. Muchos individuos se degradan a la
sola condición de átomos de magma social para permitir la fusión de capitalista,
inventor semiótico y político burócrata en la unidad trina del superhombre corporativo
del futuro. Dichas regiones corresponden a supérstites estados soberanos sin poder en la
sociedad mundial. Esos individuos son -somos- miembros fantasmales del cuerpo descompuesto
del populus, sin más perspectiva que alienarse en el vulgus.
¿Estos individuos y estas naciones tienen como
única alternativa ser pasivos portadores de metástasis social? ¿Naciones como las
latinoamericanas han de resignarse a aceptar con carácter de némesis divina las
minusvalías productiva y jurídica? ¿Cabe que, para ellas, el juego de expansión y
recesión sea el signo de su permanente desaparecer de la experiencia histórica? ¿Y el
hombre de genio, no integrado a las redes de análisis simbólico es decir, el
inventor semiótico no sustentado en la intermediación estratégica de las grandes
corporaciones-, tiene por eso que ser un irredento paria, sujeto pendular entre
alienación y frustración?
El interior de cada hombre y de cada individualidad
colectiva es el punto de partida de las aventuras del espíritu, incluso, de aquellas del
poder que, en primera instancia, se les sobrepone desde fuera. Allí, - in interiore
hominem-, es donde la libertad tiene su sede. Pero el interior de cada hombre es cada
vez más una rareza en nuestros días. La interioridad se compone cada vez más de
información abstracta internalizada, sobre la que trabajan los analistas simbólicos. Las
mutaciones del derecho tienden a centrarlo en el sujeto standard así formalizado.
Y el destino del estado se limita a protocolarizar ese derecho. Si el interior del hombre
es ahora la cárcel internalizada, las libertades de las naciones abstractamente soberanas
y de los genios no integrados por mediación estratégica se muestran exhaustas antes de
emprender vuelo. (Esto acaba, también, siendo verdad para las naciones poderosas y los
genios integrados.) Para liberarnos de nosotros mismos, la sociedad civil moderna dio con
la solución radical: el interior del hombre sea una cárcel. La otra posibilidad es hoy
inaudita: el servicio a la verdad sin pretender evitar la némesis que debe cumplirse.