PAUL RICOEUR, en busca del sujeto perdido

María Haydée Badano

Paul Ricoeur no sólo no se resignó a la posmoderna "muerte del sujeto", sino que señaló la necesidad de salvarlo como "sujeto moral", y lo rescata como un sujeto de acción.

Buscándolo, su pensamiento abreva en tres grandes fuentes: la primera en la filosofía de la reflexión concreta, la segunda en la fenomenología y la tercera en la hermenéutica.

Sobre la primera, "de la reflexión concreta" opina que el espíritu necesita recurrir a las obras en que las que él mismo se afirma y se "concreta", como ser mitos, símbolos, monumentos, textos. Es en esta reflexión, que se hace "concreta" por lo presente, donde hay una crítica a la filosofía heideggeriana que recurre según Ricoeur a la "vía corta" de la reflexión en torno al existente humano, mientras nuestro autor prefiere una reflexión por la "vía larga". Esta "vía larga" es una odisea: un pasaje del "yo" activo por los mitos, símbolos, metáforas y textos. Su camino no será buscarlo quedándose en una reflexión de la interioridad sino que hará un pasaje por Lo Otro del sujeto: las obras del yo, lo que el yo hace y deja es el lugar donde encontrarlo. Muy lejos está del sujeto sustancial cartesiano, y del sujeto trascendental, criticado por Nietzsche. Entre ambas posturas se ubica el yo ricoeuriano; pues reconoce la importancia de la crítica a la subjetividad pero admite la inevitable necesidad de un sujeto moral.

De Husserl le atrae el interés de "ir a las cosas mismas", de la hermenéutica heideggeriana, valoriza la filosofía de la interpretación, y gracias a ella, la pluralidad de lecturas posibles.

Siempre su actitud es la del "diálogo": tomar algo de cada posición y confrontar sin cerrar ni concluir las cuestiones. "El símbolo da que pensar": dice algo más e impulsa al pensamiento en una tarea de interpretación infinita. Esta tarea supone un diálogo entre una arqueología, una labor crítica que aborda al mito de manera psicológica, y una escatología, que respeta el carácter esperanzador del símbolo. Su "yo" vive entre el inconsciente y lo sagrado.

Los símbolos se estructuran de manera narrativa conformando mitos, generando metáforas. Por ello luego concibe "la metáfora viva", la que genera permanentemente un nuevo sentido frente a lo literal.

Es en Tiempo y Narración, donde configura la "identidad narrativa": el "yo" que se buscaba en sus símbolos, se lee en sus textos. La ficción nos permite comprender nuestra vida como historia y nuestra identidad la encontramos como sujeto de acción, entramado en su comunidad y en su tiempo.

Es éste concepto de Identidad Narrativa el que le permite al autor el pasaje hacia la Ética, que ha sido su preocupación constante. En el marco de lo que considera "la regla de oro", que es el respeto al otro, los conflictos con los que nos enfrentamos permiten pensar en el "juicio moral en situación", es decir el juicio que se ocupa de cada caso concreto, pero con el imperativo de que el mal "es lo que no debe ser".

En el texto La memoria, la historia, el olvido, ante los excesos de memoria y los excesos del olvido, Ricoeur busca una postura política de "justa memoria" que supone la posibilidad del perdón. Dicho perdón lo llama "perdón difícil", un tormento dada la infinita desproporción entre la profundidad de la confesión de la falta y la altura del himno al perdón.

Y cuando culmina en la Filosofía del reconocimiento y del don, nuestro autor recuerda el valor de la alteridad y el hecho de que ninguna subjetividad se realiza sin el reconocimiento del otro. Este reconocimiento que necesita una sobria distancia y no fusión con el otro. Nada tan sencillo y a la vez tan complicado de poner en práctica como el respeto al otro.

La Memoria herida.

La verdad que Europa, después de haber dado el terrible espectáculo del suicido y de la autodestrucción, constituye hoy en día lamentablemente un laboratorio de la terapéutica de la memoria. Paul Ricoeur.

Ante la aporía del Uso y Abuso de la Memoria, ya sea tanto personal como colectiva, descubrimos una Memoria Herida con trastornos de identidad en los pueblos: primero con uno mismo, luego confrontando con los otros y finalmente el lugar ocupado por la violencia en las identidades colectivas. Ricoeur se inspira en la Terapéutica ante el estado Traumático del Pueblo de Freud, donde se muestra que lo olvidado que no se reproduce como recuerdo se repite en acto. El analista debe crear una "arena" donde la compulsión se manifieste con completa libertad. El paciente, por su lado, debe develar su verdadero estado, afrontarlo y respetarlo como a un adversario digno, para extraer datos necesarios. Sólo así habrá reconciliación del enfermo con lo reprimido. Ese trabajar con el recuerdo es un trabajo de rememoración que evita la compulsión de la repetición. El Trabajo del Recuerdo en Ricoeur es semejante al trabajo Duelo/Melancolía en Freud. En el duelo, como efectúa un trabajo de recuerdo, el "yo" queda libre y desinhibido; en la melancolía, en cambio, el propio yo se desvaloriza, se acusa, juega con la propia condena y el rebajamiento, sus quejas son acusaciones. Mientras en el duelo hay estima de sí, vergüenza ante otro y tiempo de duelo, se puede hacer un trabajo de la memoria; en la melancolía sólo hay queja y reproche, de la que no se sale.

El olvido, tan necesario para Nietzsche, es también una estrategia propia del relato, donde es necesaria una selección del recuerdo para llegar a una Memoria Justa.

Aquí Ricoeur presenta el problema moral de no olvidar, y propone conservar las raíces, tradiciones y huellas de las víctimas de violencia histórica, pero evitar la amenaza política de la Memoria y en vez de poner acento en los hechos del Pasado pensar en las promesas incumplidas del mismo, que posibiliten Futuro. Propone narrar sobre los acontecimientos fundadores de nuestra propia identidad colectiva como si fuésemos otros y así evitar los prejuicios de la memoria colectiva que puede crear o creerse una única historia oficial.

La Memoria actúa como una carretera por la que el pensamiento junto al sentimiento van del pasado al futuro y viceversa. Ricoeur, tomando el concepto heideggeriano de deuda, como una carga del pasado a la que se debe hacer frente en el futuro, elabora una Fenomenología de la Deuda. Ésta tiene siempre primero en cuenta el efecto retroactivo del Futuro sobre el Pasado, que los hechos son imborrables y no los podemos deshacer pero podemos cambiar el sentido de lo que sucedió, porque el sentido no está fijado de una vez y para siempre como sí lo están los hechos. Se apoya en San Agustín que, cuando mira al hombre del pasado nota que tenía dudas, tanto como los del presente, de tal modo que se puede reintroducir la contingencia en donde sólo existía la necesidad. Y entonces Ricoeur propone una posible exención de la deuda.

Como existe una carga moral del herido, será sólo él quien pueda optar por acusar al culpable como irreversible o perdonar al culpable para liquidar la deuda, hacer una reinterpretación y convertir el antiguo y heredado sentido del acontecimiento por uno propio.

Para lograr esto es necesario someter la tradición a la crítica histórica y elaborar un "perdón difícil". Sólo mediante él podríamos abrirnos a otras promesas procurando olvidar sentidos ya dados y aceptando ser un deudor insolvente. La reinserción en la sociedad se logra recién cuando se alcanza un perdón judicial y político.

El sujeto de acción en comunidad.

En busca del sujeto moral, que se entrama como sujeto de acción comprometido con la acción de su comunidad pasada, presente y futura, que se hace cargo de una deuda recibida en el mismo instante en que surge arrojado en el mundo, y que deberá, tras un arduo trabajo de recuerdo, cuando logre alcanzar una justa memoria tanto como un justo olvido, encontrar su identidad que es individual porque es colectiva; llegamos a la conclusión que Ricoeur se une a los pensadores que nos muestran otro camino dentro de la filosofía, el camino del diálogo, de la comunidad, de la identidad que descubro en el otro. La filosofía que es política de la deuda, del don.

Hannah Arendt se preocupa también por los problemas histórico-políticos y estudia la Condición Humana como la acción que desarrolla el hombre, superando la labor y el trabajo, para sentirse libre para trascender lo dado y empezar algo nuevo. No hay acción sin pluralidad, sin comunidad, y es en los totalitarismos, cuando la violencia mata al diálogo, donde impera el mal banal, donde todo es posible y nadie se espanta por ello, en la degradación y aniquilación del hombre, en la ausencia de mundo. Arendt cree ver en la esfera política la única forma de impedir el horror de esa vida desnuda. Une dos conceptos que se implican mutuamente: La Comprensión y la Política. Define comprensión como una actividad por la que aceptamos la realidad y tratamos de sentirnos en armonía con el mundo, luego de una reconciliación. Y esta comprensión no tiene fin. Hace una diferencia tajante con el perdón. Considera el perdón como la mayor de las acciones humanas, pero a su parecer, perdonar es deshacer lo que ha sido hecho y dar lugar a un nuevo comienzo. Es por ello que Arendt habla de una "reconciliación" necesaria con el mundo donde cada uno nació como extranjero y en el que permanece siempre extraño por su irreductible unicidad. Habla del "corazón comprensivo" como el mejor de los dones que el hombre puede desear, pues le posibilita por medio de la acción, asumir la carga de vivir en un mundo común, con otros que siempre le son extraños. Es un diálogo interminable con el mundo y nuestro tiempo.

Encuentran que el hombre es en comunidad y necesita del reconocimiento del otro. Llevarnos bien con nosotros mismos es tan necesario como con los extranjeros que comparten nuestro mundo.

Y cuando Paul Ricoeur busca rescatar un "sujeto moral desde la narración", ese largo camino que es la exteriorización del yo: sus obras, sus textos, su narración, y que se comprometa junto con los otros sujetos morales a realizar las promesas incumplidas del pasado a fin de no quedar atados a la melancolía y nunca hacer el duelo; duelo necesario para pensar en un futuro de vida, y no de muerte; no se aleja del hombre político que busca Arendt, de acción en la reconciliación y el compromiso activo.

Es volver a encontrar el sentido al sinsentido de la disgregación, necesaria del sujeto tradicional, pero imposible de prolongar por más tiempo. Mientras estemos hablando de un sujeto de acción que se comprometa para lograr el diálogo, y encontrar nuestra identidad en nuestra narración vivida y compartida en diálogo respetuoso de la narración vivida por el Otro, estaremos pensando en algo nuevo dentro de la política.

Dejemos atrás al pensamiento único, global y hostil, que prefiere la inactividad de la política para conservar el poder. Formemos comunidades que piensen en actuar según sus costumbres, que se remitan a sus pasados míticos, a sus presentes vividos de muy diversa manera, y a sus propias proyecciones futuras; que seguramente no han de coincidir entre ellas, de no ser a través de un diálogo franco y activo, dispuesto al "perdón difícil" o a la "reconciliación", dispuestos a embarcarse en el arduo trabajo de la memoria y en la acción.

La apuesta entonces, es pensar en un actuar comprometido dentro de la filosofía, dentro de la política.

 

BIBLIOGRAFÍA PRIMARIA

BIBLIOGRAFÍA SECUNDARIA