Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

PASIONES DE LA HISTORIA Y JUICIOS MORALES

                                                                                                Susana Barbosa

            1. La historia, para la filosofía de Kant y de Hegel es un espectáculo de irracionalidad y de pasiones humanas, espectáculo donde parece haber predominado como dictum el "matarás al otro" cada vez que el 'otro' representó un escollo para el propio interés. Mientras para Kant, las acciones humanas que no están sujetas al instinto y, por ello, son libres, no se realizan con la racionalidad esperada. Para Hegel, el sujeto de la historia universal es el espíritu; el objeto, la libertad, y las acciones humanas individuales son el medio por el que la historia se realiza.

            Las pasiones de los hombres, sus miserias y los pesares capaces de producir constituyen, en uno y otro caso, los motivos inocultables de la naturaleza o del espíritu, presentes en la historia. Para Kant[1], es el carácter humano antagónico el que porta la instancia de conflicto, su insociable sociabilidad (ungesellige Geselligkeit). Su carácter lo inclina, por un lado, a integrar la sociedad al tiempo que, por otro, lo compele al aislamiento. Esta inclinación deriva del ansia de honores, de poder y de bienes, inclinación que hace del humano, también, un asocial. Para Hegel, la individualidad, en su valor y su destino, aparece como espectáculo de pasiones frenéticas e incontrolables, y son éstas las que acompañan las creaciones políticas, la consolidación y decadencia de los grandes imperios. Porque "nada grande se ha realizado en el mundo sin pasión", dice Hegel[2]. Y las pasiones constituyen "el interés en el cual la individualidad entera se entrega ... y se fija en el objeto con todas las fuerzas de su voluntad, y concentra en este fin todos sus apetitos y energías". Sea que, al final, el desenfreno de lo pasional se articule mediante la "intención de la naturaleza" que conduzca a una federación de naciones, sea que se controle como el aspecto de la voluntad subjetiva necesario para la realización del fin universal de la historia, o como el "ardid de la razón", que  obra como poder omnímodo sobre la acción individual, en ambos casos, en Kant y en Hegel, de la historia no se puede dar cuenta sin las pasiones humanas que la tejen.

            La teoría crítica de la sociedad asume el legado de Kant y de Hegel en una totalidad que también integra lo teológico y lo sociológico. En este contexto, la historia revela también ser producto de pasiones e intereres que, y a diferencia de todo idealismo previo, puede juzgarse desde el orden social actual, donde la injusticia es la marca indeleble con que lo 'racional' marca la historia. Frente al dictum "no matarás", la teoría de la sociedad aproxima su formulación positiva "amarás a tu prójimo". La influencia de la teología sobre el obrar humano ha decrecido, pero el carácter de ciertos conceptos valorables como 'bueno', 'malo', 'honesto' conservan su innegable raíz[3].

La filosofía moderna, desde Descartes hasta los posthegelianos, no abismaba la tarea de la ciencia respecto de la teología. Para Kant, el mundo conocido mediante las facultades intelectuales no es absoluto, sino relativo, es un mundo de apariencia. Dios y los preceptos racionales son postulados que provienen en forma necesaria de la razón. Hay un mundo absoluto, que es el de lo en sí. Para Horkheimer: "No se puede separar del actuar y del sentimiento humanos la necesidad de que este absoluto sea algo positivo, de que este absoluto dé lugar a que lo injusto, lo horrible que caracteriza la historia conocida por nosotros, pueda de alguna forma justificarse y adquirir un sentido" (M.Horkheimer, 1969, p.131).

            "La experiencia del "desamparo, de nuestra finitud, no se puede considerar como prueba de la existencia de Dios, sino que tan sólo puede producir la esperanza de que exista un absoluto positivo"[4]. El absoluto negativo es, para Horkheimer, la creencia ciega en el dogma tradicional. En este contexto, la teología que integra la teoría de la sociedad no es una ciencia de lo divino, sino la "conciencia de que el mundo es un fenómeno, de que no es la verdad absoluta ni lo último". "La teología es la esperanza de que la injusticia que caracteriza al mundo" no permanezca así; es la "expresión de un anhelo, de una nostalgia, de que el asesino no pueda triunfar sobre la víctima inocente" (Horkheimer, 1976, p.106).    

            Pese a que Horkheimer postule una 'ética de la projimidad', es consciente de que la historia occidental es su reverso, produce una vuelta a la prehistoria cuando se propone progresar y reduce la razón a su mera instrumentalidad, evitando asumir la consideración de sus fines últimos.

            Que la historia sigue siendo un espectáculo de pasiones, lo muestra la reciente 'purificación de la memoria' que Juan Pablo II[5] realizó como signo para vivir la gracia del Jubileo. ¿Cómo determinar la justa separación entre el juicio histórico y el juicio teológico? Un juicio históricamente riguroso debería, ante todo, responder a la pregunta de cuáles fueron los hechos que efectivamente han acaecido. Sólo la clarificación de cuánto se ha hecho y dicho, puede conducir a la valoración de si ello ha sucedido con o contra el Evangelio. En primer lugar, entonces, es precisa una indentificación de los acontecimientos pasados (juicio histórico) y solo luego establecer una atribución, o no, de culpabilidad conforme al marco evangélico (juicio teológico). Dice Juan Pablo II: "El Magisterio eclesial no puede evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin haberse informado previamente de un modo exacto acerca de la situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede, tampoco, apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, pues se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una diagnosis serena y objetiva... Esa es la razón por la que el primer paso debe consistir en interrogar a los historiadores, a los cuales no se les pide un juicio de naturaleza moral, que rebasaría el ámbito de sus competencias, sino que ofrezcan su ayuda para la reconstrucción más precisa posible de los acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de entonces, a la luz del contexto histórico de la época". Sin embargo, fuera del texto eclesial y en el marco de un discurso filosófico, la formulación del juicio moral en historia merece una reflexión.

            2. Para Agnes Heller[6] la historiografía tiene un doble papel. Por un lado, "las épocas presentes-pasadas deben entenderse sobre la base de su sistema de valores radicados en las instituciones y en la conciencia de los actores socializados por tales instituciones". Por otro, la historiografía debe "hacer posible nuestra comunicación con los actores de las épocas presentes-pasadas en términos de igualdad, de ser humano a ser humano".

            ¿Qué es juzgar moralmente en historia? Intervienen, por lo menos, dos aspectos para la expresión del juicio moral. Por un lado, los motivos que movieron a tal o cual acción y, por otro, las consecuencias producidas. Pero, "como nunca se puede llegar a saber si una determinada acción ha sido motivada por la buena voluntad, o no, sólo la podemos suponer, y la probabilidad de que esta suposición resulte correcta crece con el conocimiento de la persona en cuestión y su comportamiento en otras situaciones similares". Si bien los casos de Hitler, Stalin y otros son 'cruciales' aunque, desafortunadamente, no infrecuentes, el aspecto de las motivaciones se vuelve irrelevante -ya se dé en el terreno del egoísmo desenfrenado, de la ambición de poderío o de la patología irreversible-; y la irrelevancia de la esfera motivacional de estas 'excepciones históricas' se pone de manifiesto cuando el actor en cuestión desaparece y cuando, tras su muerte, se frenan las acciones irracionales que había desencadenado. En estos casos, lo que cobra mucho más peso son los efectos sociales, políticos, económicos, psicológicos y antropológicos que se puedan producir a corto o largo plazo en el devenir histórico.

            Las costumbres, o las normas y patterns de comportamiento tolerable o intolerable, dice Heller, forman parte del objeto de estudio de la historiografía. La observación de reglas sociales se relaciona con la costumbre y, en tal sentido, "cada vez que la historiografía reconstruye diferentes reglas con sus interconexiones y estructuras, reconstruye las costumbres".

            Si el principio de moralidad puede constituir por sí mismo un principio explicativo en historiografía, es otra cuestión que abre este tema. La postura del lego es asimilable al resultado de una tarea historiográfica, hoy en desuso, según la cual las guerras se perdían o ganaban por heroísmo o por traición, por valentía o cobardía. Si bien es difícilmente comprobable que las razones por valores deban ser de suyo descartadas a priori como principios explicativos de los acontecimientos, "la moralidad no puede tener un valor explicativo en ninguna reconstrucción histórica, no ya porque no sirva como razón suficiente, sino porque está fuera de nuestro alcance. Las motivaciones de los actores históricos sólo se pueden suponer... La atribución de motivaciones es, hoy por hoy, prerrogativa de la ficción, por la sencilla razón de que la mera suposición no está sujeta a la falsación" (A.Heller, 1993, pp.108-109).

            Si sólo somos capaces de atribuir motivaciones, pero no conocer los móviles de las acciones pasadas, parece que "podemos juzgar sólo el contenido moral y no las motivaciones de las acciones; según la formulación kantiana, la legalidad y no la moralidad" (ib.). La expresión del juicio moral que involucra la legalidad resulta de una comparación entre un acontecimiento real y una alternativa imaginada por quien interpreta la historia. De esta alternativa ideal, y construida en forma perfecta, surge el 'deber ser' del acontecimiento efectivo, en la medida en que el historiador baraja una serie de direcciones que podría haber tomado el curso de la historia de haber mediado determinadas acciones o decisiones, presentes o no, en el acontecimiento en estudio. Si bien es utópico plantear una completa historia alternativa, se caería en determinismo si conformara la mera unicidad del hecho ya acontecido sin evaluar la posibilidad de haber obviado consecuencias producidas por alguna decisión equivocada. En este sentido, las 'acciones imaginadas' corresponden al terreno de las expectativas morales (¿qué se hubiera podido hacer?).    

            La atribución por parte de la historiografía de juicios morales a acciones del pasado en un período histórico no puede evitar, aun cuando el historiador observe las reglas mínimas para cumplir su condición de tal, una posición en la moralidad. Esto es, quien hace juicio moral está inserto en determinada moral y en determinada situación histórica.

            El juicio moral, siempre parcializado y fragmentario por derivar de un análisis motivacional de la acción, debe limitarse a la acción misma. Las cualidades de las acciones imaginarias (esperadas), por su ambigüedad, pueden conducir a un relativismo irreversible. Por ello, la expresión de juicios morales en forma precisa puede hacerse sobre las 'excepciones históricas', pero fuera de ellas no estamos en condiciones de hacer semejantes juicios.

            Collingwood ha comparado la historiografía con una novela policial. En este sentido, durante la reconstrucción de un crimen, ningún juicio moral puede tener cabida, pero cuando al caso adviene resolución, puede haber un pronunciamiento moral por parte del investigador; por ejemplo, contra el crimen. Si es cierto que todas las historias lo son de crímenes, saqueos, presiones y luchas, no lo es el que todos los actores intervinientes sean igualmente responsables, ni que todos sean explotadores o asesinos en idéntica medida. La reconstrucción de un drama histórico -el establecimiento de la participación responsable de cada actor interviniente, el grado de enlace que cada uno tenga con las consecuencias derivadas de aquel- propicia un juicio moral. "Cuando una obra historiográfica cumple ese papel, es literatura" (A.Heller, 1993, p.113).

            La diferencia entre historiografía como conocimiento científico e historiografía como literatura consiste en que en la segunda, "la acción se atribuye totalmente a los sujetos agentes, a sus voluntades, a sus motivaciones y a su carácter personal". Resulta, entonces, que la literatura historiográfica da un paso más que la historiografía científica: no sólo revive lo pasado, sino que convierte en contemporáneos a los actores ya muertos y nos permite una comunicación en términos de igualdad, basándonos en nuestra moralidad. Ambos aspectos de la historiografía son complementarios e inescindibles: mediante la ciencia reconstruimos la costumbre y mediante la literatura pronunciamos juicios morales como producto del diálogo con los actores intervinientes en el drama pasado.   

 


    [1]I.KANT, "Idea de una historia universal en sentido cosmopolita" ("Idee zu einer allgemeinen Geschichte in weltbürgerlicher Absicht" 1784), en Filosofía de la historia, FCE, México, 1978; pp.39-66.

    [2]G.E.F.HEGEL, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal (Vorlesungen über die Philosophie der Geschichte 1837), trad.J.Gaos, Revista de Occidente, 1974; p.84.

    [3]M.HORKHEIMER, "La función de la teología en la sociedad", 1969, en AAVV, A la búsqueda del sentido, Sígueme, Salamanca, 1976; p.124.

    [4]M.HORKHEIMER, "La añoranza de lo completamente otro", 1970, en AAVV, A la búsqueda del sentido, op.cit., p.103.

    [5]"Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado", documento cuyas partes fundamentales fueron reproducidas en La Nación, 10/III/2000. 

    [6]A.HELLER, Teoría de la historia (A theory of History, 1982), trad.J.Honorato, Fontamara, México, 1993; pp.105-114.

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