EL CUERPO COMO PATRIMONIO, ¿UNA CUESTIÓN ÉTICA?
Alberto G. Bochatey
Resumen
La superación verdadera del dualismo alma-cuerpo viene dada por una concepción unitaria
del Hombre sostenida por el cristianismo y, antes, incluso, por el judaísmo: entre el
cuerpo y el alma hay una unión substancial y no accidental.
El cuerpo puede ser definido humano por su
conexión con la persona y porque está animado de un alma espiritual, la misma por la que
conocemos y nos hace libres. El cuerpo y el Yo personal (alma o espíritu) son
coprincipios de la persona.
Pero ¿todo esto es válido para el ser humano
en sus inicios? ¿Los estadios o aspectos biológicos primigenios del nuevo ser son ya
humanos en sí mismos? Cada embrión humano mantiene constantemente su propia identidad,
individualidad y unicidad. La falta de manifestaciones racionales en un ser humano no
implica, necesariamente, que no sea una persona. Por lo tanto, el que duerme, el
discapacitado y el mismo feto son personas.
El tema que nos ocupa -el cuerpo como patrimonio,
¿una cuestión ética?- es, sin duda, un tema de profundas y amplias connotaciones en
distintos campos: antropológico, filosófico, teológico, bioético, jurídico, médico,
biológico, social y económico. Trataré, en esta breve presentación, de ceñirme al
campo teológico-filosófico con la perspectiva de la bioética y en relación con el
cuerpo humano.
El cuerpo humano encuentra un lugar central en la
temática médica. Desde siempre, los profesionales de la salud se han esforzado por
comprender la estructura del cuerpo (anatomía), sus funciones (fisiología), su
estructura y funcionamiento celular (biología, bioquímica), sus mecanismos de actividad
y regulación (neurología, inmunología), sus distintos sistemas de órganos y sus
conexiones (cardíaco, pulmonar, renal, hepático, etc.) y la gran variedad de
enfermedades, heridas, influencias ambientales nocivas y condiciones genéticas y
congénitas que gobiernan el desarrollo del cuerpo y determinan la vida personal.
A lo largo de la historia de la medicina, se fueron
dando, según los tiempos, distintas visiones de la corporeidad. Por ejemplo, la visión
"racional" o "dogmática" veía el cuerpo humano, fundamentalmente,
como causal en la naturaleza: distintos eventos dentro del cuerpo eran los que causaban
otros síntomas. Por el contrario, la tradición "empirista" o
"escéptica" contempla el cuerpo como un todo en devenir y con múltiples
interacciones encarnado en el mundo que lo rodea (visión holística). Unos miraban el
interior del cuerpo para conocer estructuras y funciones, los otros miraban la historia
del paciente y la recolección de historias de otros médicos que trataban las mismas
enfermedades o similares.
Estas dos visiones han estado, y siguen estando,
presentes en la medicina moderna. Si podemos remontarnos a los trabajos seminales de
anatomía de Andreas Vasalius (1514-1564) para la primera visión, debemos hacer un salto
a nuestro siglo para analizar lo que podríamos llamar una revolución copernicana, con el
Profesor Pedro Laín Entralgo (1969), en la forma de entender el cuerpo y sus relaciones
con la naturaleza, sobre todo, con la naturaleza del Hombre (varón - mujer). Es allí
donde se realiza su existencia y en donde se encuentra en profunda unidad con la
"persona", que es la que puede gobernar ese complejo sistema de estructuras
fisiológicas interactuantes y de mecanismos gobernados por múltiples controles
interrelacionados en el sistema neurológico que es el cuerpo.
Con suma brevedad, recordemos que René Descartes
(1596-1650) argumentaba que la mente (o alma) (res cogitans) y el cuerpo (res
extensa) debían ser entendidos como substancias: mutuamente exclusivas, auto
subsistentes y ontológicamente entidades distintas, ninguna de las cuales necesita la
otra para ser o para ser conocidas. Este dualismo, bifurcación de la realidad, estará en
la base del pensamiento moderno en general y de la medicina en particular.
Tanto Blaise Pascal (1623-1662) como Benedict de
Spinoza (1632-1677), entre otros, criticarán las dificultades insuperables que creaba
este dualismo cartesiano. Especialmente Spinoza, recurriendo a la metafísica, dirá que
lo que Descartes llama substancia (cuerpo y alma) sólo podrían ser atributos de
una y única substancia, real en sí misma. Mente / alma y cuerpo son esenciales una al
otro, y sólo en su unidad pueden ser comprendidos: "el cuerpo es el espejo
del alma; la mente, la idea del cuerpo".
Max Scheller (1874-1938), quien dedicó serias
reflexiones al tema bajo la perspectiva de la conducta moral (el ego y los actos
del ego), hablará de la experiencia del cuerpo como "mío", pero como
unidad y centralidad de la persona que se experimenta a sí misma. Edmund Husserl
(1859-1938) nos iluminará sobre la experiencia de relación de conciencia de la persona
con su propio cuerpo. El problema fundamental es determinar en qué sentido y de qué
manera o maneras es experimentado por la persona, ya que sólo lo físico, biológico y
cultural puede ser experimentado. Husserl, sin aceptar el dualismo cartesiano, hablará de
una "íntima unión" donde se puede descubrir el "cuerpo como mío".
Pero quisiera dar un paso más. Para acercarnos
desde la bioética a la visión cristiana del personalismo.
Como he hecho notar, en la visión materialista y no
metafísica, el cuerpo es considerado como un objeto que el Hombre (varón - mujer) tiene
o posee: la corporeidad entra en el campo de las posesiones del Hombre. Por lo tanto, el
Hombre puede disponer de él a su voluntad, tanto sea sobre la base de sus exigencia
personales, como de exigencias sociales. La vida humana no es más, en el mejor de los
casos, que una espera del momento en el que se saldrá del cuerpo para dedicarse a la
realidad espiritual e incorruptible de la reflexión y de la contemplación (Platón).
La interpretación personalista es diferente. El
Hombre no tiene un cuerpo, sino que es cuerpo, mejor dicho, es una corporeidad, aunque no
se agota en ella. Ya Aristóteles trató, aunque infructuosamente, de atenuar la
concepción dualista entre cuerpo y alma: el alma está unida al cuerpo en una relación
de forma y materia. El alma es forma substancial del cuerpo, lo que significa que éste es
humano en todas sus partes, en cuanto informado por el alma. Por su parte, el alma anima y
actualiza al cuerpo y lo hace ser cuerpo humano.
La superación verdadera viene dada por una
concepción unitaria del Hombre sostenida por el cristianismo y, antes, incluso, por el
judaísmo, según la cual entre el cuerpo y el alma hay una unión substancial y no
accidental: el cuerpo no es una parte del Hombre, sino que es la expresión y la presencia
de todo el Hombre; o sea, un modo fundamental de ser y existir. De hecho, el cuerpo puede
ser definido humano porque tiene significación en cuanto conectado a la persona y porque
está animado por un alma espiritual, la misma por la que conocemos y que nos hace libres.
El cuerpo y el YO personal (alma o espíritu) son coprincipios de la persona.
Pero, todo esto, ¿es válido para el ser humano en sus inicios?
¿Los estadios o aspectos biológicos primigenios del nuevo ser, son ya humanos en sí
mismos?
El fruto de la concepción (zigoto, morula,
bastocito, etc.), lo que es biológico en el Hombre, no puede ser separado de lo que es
humano.
Los biólogos nos dicen que en el desarrollo del
cuerpo humano no hay saltos de cualidad: es siempre la misma realidad biológica que se
desarrolla y transforma. La célula que se nos presenta como "un nuevo ser humano al
comienzo de su propia existencia o ciclo vital" es el origen de un nuevo y original
cuerpo humano (Serra, Aneglo).
La antropología filosófica contemporánea afirma
que todo lo que es "humano" en el Hombre es inseparable de su
"cuerpo". Y los principios biológicos nos muestran que, desde la
fertilización, la especie humana evoluciona por medio de un principio intrínseco,
unitario, de actualización de sus propias capacidades.
El cuerpo no es algo que poseo: "yo y mi
cuerpo, cuya vida yo vivo"(Prini). Mi cuerpo es la condición indispensable para
realizar y vivir mi vida en el mundo (G. Marcel).
Por lo tanto, el concepto definitivo del cuerpo es
de "sujeto" y nunca de "objeto". No es algo extraño a mi Yo, ni la
cárcel o receptáculo de mi espíritu (Platón).
Históricamente, no encontramos una persona que no
sea, al mismo tiempo, espíritu y cuerpo. Corporeidad que expresa la existencia, una e
indivisa: como queda dicho arriba, cualquier separación u objetivación del cuerpo nos
lleva irremediablemente a una reversión de antropología dualista.
Cada embrión humano mantiene constantemente su
propia identidad, individualidad y unicidad. Él permanece siendo el mismo idéntico
individuo, sin interrupción, por medio del proceso que comienza con la fusión de los
gametos, incluso cuando se transforma en su compleja totalidad.
La famosa expresión de los años 70 "mi
cuerpo es mío" encierra una ambigüedad y una tautología. El verbo
"ser" nos puede llevar a una doble significación:
"mi cuerpo es mío": mi ser, mi
existencia.
"mi cuerpo es mío": me pertenece, lo
poseo.
La primera es mi propio ser, que no poseo, sino que
"soy"; la segunda es algo de que dispongo, que puedo usar a mi capricho y ganas.
La naturaleza humana: el Hombre no es algo ya hecho,
es algo que se está haciendo ( su estructura abierta, dinámica, transformante).
Podemos terminar, entonces, con la antigua
discusión sobre si el Hombre "corporaliza" el espíritu, o el cuerpo se
"espiritualiza". La corporeidad indica el específico modo humano: la
"naturaleza de la persona humana", que es la persona en sí misma en unidad de
cuerpo y espíritu. Precisamente, esta unión substancial es lo que hace al Hombre,
Hombre.
Identidad Humana e Identidad Personal:
¿El embrión es persona?
Para muchos, es demasiado afirmar que el embrión es
persona. ¿ No es suficiente con reconocer que el embrión es un individuo de naturaleza
humana, en orden a justificar su dignidad e inviolabilidad?
Convengamos en que la eliminación del concepto de
persona, a priori, no ayuda a la claridad filosófica del tema. Deja sin resolver
la relación entre naturaleza y persona. Esta relación es muy relevante para la
Bioética, ya que hace explícito lo específico debido al Hombre.
Paul Ricoeur dirá que "la persona sigue siendo
el mejor candidato para confrontar las batallas jurídicas, económicas, políticas y
sociales". ("Meurt le personnalisme, revient la personne", en Espirit,
1(1983) 115). La persona es el individuo humano realmente existente. El Hombre es Hombre,
porque tiene naturaleza humana. El Hombre "es" porque efectivamente posee el
acto de ser, por medio del cual su naturaleza humana subsiste y es sujeto de sus propios
actos, lo que significa que es una persona.
Para el personalismo cristiano, la persona es
sinónimo de "ser humano individual". Retomando (sin desconocer las relecturas
actuales) la perenne definición de Boecio, la persona es una "substancia
individual de naturaleza racional".
Son válidos el viejo axioma "la acción sigue
al ser" y el clásico ejemplo de "Pedro es persona, no por ser Hombre, sino
porque es este hombre. Por eso, no es propiamente correcto decir que el
"Hombre es persona", sino que deberíamos decir "este hombre es
persona"(Santo Tomás de Aquino: "De Unione Verbi incarnati, a. 3, ad 1 y 2).
Analizando los términos de Boecio, podríamos
recordar:
- Substancia es aquello que existe en sí mismo.
Accidente es aquello que existe en otro, o sea, en
una substancia. La persona existe en sí misma; por lo tanto, es una substancia. Una
substancia que existe, un "actus essendi", que sirve de substrato para los
accidentes.
- Individual: lo universal no existe en realidad,
sólo los individuos existen ("subsistens distinctum", "indivisum in
se"). La persona es substancia individual, o sea, subsiste en sí misma y forma una
totalidad completa.
Obviamente, cuando hablamos de "indivisum in
se", no se quiere significar "indivisible", sino unidad interna
substancial. (Por definición, toda materia puede ser dividida cuantitativamente).
- Naturaleza Racional: o sea, posesión de razón,
entendida como la apertura constitutiva de la naturaleza humana. La definición de Boecio,
además de los tres elementos de que hemos hablado (individualidad, naturaleza y
substancia), implica, también, y sobre todo, la "racionalidad", que es la
específica diferencia que distingue al Hombre de otras substancias individuales.
Las otras características y dimensiones en las que
insiste el pensamiento antropológico contemporáneo (libertad, proyecto, vocación,
relación, etc.) están incluidas en la específica diferencia de
"racionalidad", porque la racionalidad es la profunda raíz de la que nacen las
manifestaciones y los actos segundos. La racionalidad no es necesario que esté como una
"operación en acto"; es suficiente que esté presente como capacidad.
La falta de manifestaciones racionales en un ser
humano no implica, necesariamente, que no sea persona. Por lo tanto, el que duerme, el
discapacitado y el mismo feto son personas.
Resumiendo:
- Como la relación persona-cuerpo forma parte de la categoría del
ser, el cuerpo no puede ser considerado una propiedad o una mercancía de cambio. El
cuerpo es un valor subjetivo que hay que respetar, proteger y tutelar. De aquí que nadie
podrá reivindicar el derecho de propiedad sobre el cuerpo de otra persona.
- Reconociendo como imposible una existencia terrena que no sea, sobre
todo, existencia corpórea, afirmamos que la existencia personal no se agota en ser un
cuerpo, excede dicha dimensión para darle expresión humana y simbólica.
- La relación entre un Yo personal y un Tu personal no es una simple
relación de cuerpos, es una relación entre dos sujetos que son diferentes y únicos,
justamente, por ser personas humanas.
- El cuerpo, como encarnación, es el lugar donde el YO personal se
manifiesta y realiza visiblemente en el mundo. Es un valor fundamental para poder vivir
todo los otros valores (la libertad, la amistad, el amor, etc.).
- Es principio de individuación y de diferenciación: el cuerpo tiene
específicas características fenotípicas que nos hace diferentes unos de otros.
- El cuerpo es el medio para entrar en comunicación y en común-unión
con los otros, y nos permite vivir la experiencia de ser con y para los otros.
- Cada cuerpo es capaz de reasumir y comunicar la vivencia personal,
cultural, incluso la conflictualidad, de cada ser. Una sonrisa, el llanto, la mirada,
etc., manifiestan la interioridad y la capacidad de interpretar la del otro.
En definitiva, el cuerpo no es un patrimonio, ya que
el Hombre es libre y no es poseído por nada ni por nadie. Cualquier visión que incluya
la posesión patrimonial del cuerpo levantará, inevitablemente, cuestiones éticas de
difícil resolución y de necesaria reinterpretación y diálogo.