EL CUERPO COMO PATRIMONIO, ¿UNA CUESTIÓN ÉTICA?
Sergio Cecchetto
Resumen:
La biomedicina y la biotecnología remodelan al hombre a
su imagen y no de acuerdo con la naturaleza. Lo hacen según una idea implícita de lo que
el hombre debe ser. La nueva medicina es pigmaliónica.
Las nuevas técnicas del cuerpo y sus nuevos modos de gestión
(rubro bajo el cual debemos incluir los transplantes de órganos y tejidos, la
reproducción médicamente asistida y un largo etcétera) remiten al poder de manipular la
naturaleza humana hasta el punto de volverla acorde con nuestros deseos. Pero menos que
nunca, tenemos hoy la respuesta a la pregunta kantiana que interroga: ¿qué es el hombre?
La apertura enigmática de esta pregunta pasa, precisamente, por el cuerpo, en cuanto ser
del hombre, y por una somatología cuyos lineamientos de una teoría integral reconcilie y
complemente la ciencia y la experiencia del ser y habitar un cuerpo viviente
Disecciones y distensiones del cuerpo humano
Estamos viviendo una situación parangonable, bajo ciertos aspectos, a
la del Renacimiento, en el origen de la modernidad, pues ahora, como entonces, el
desarrollo científico-tecnológico transforma la imagen del hombre del mundo y de
Dios- y genera una epocal crisis de valores.
Paradigma de este horizonte, como desafío específico de nuestro
tiempo, es la revolución biológica, entendida como revolución cultural transformadora
de la naturaleza humana; la biomedicina y la biotecnología constituyen, en efecto, lo
más renovador de las tecnociencias porque remodelan al hombre a su imagen y no conforme a
la naturaleza. Lo hacen según una idea implícita de lo que el hombre debe ser. La
nueva medicina o biomedicina, por mejor decir- es pigmaliónica, del deseo, de
conveniencia o preformativa, en el sentido de que no trata simplemente de reparar o de
trazar una terapéutica dentro de los límites que fija una naturaleza humana inmutable a
la que se trata de remediar en su accidental vulnerabilidad.
Las mutaciones del cuerpo contemporáneo hablan de un devenir
progresivamente más plástico y maleable del ser humano individual y genérico. La
bioética responde a este corrimiento de los puntos de referencia tradicionales de la vida
las nuevas formas de nacer, transcurrir, procrear y morir- con el fin de evitar el
advenimiento de una ciencia sin conciencia.
El gran impacto filosófico de la revolución operada en el cuerpo es
la crisis del sujeto entendido a la manera moderna-, la disolución del sujeto
inducida por las nuevas técnicas del cuerpo. Si la modernidad reemplazó a la naturaleza
cósmica por el cogito sum como punto fijo de referencia ontológica, la
posmodernidad, a su turno, acabó, también, con la idea de una naturaleza humana
especular e invariante, la que deja de ser reparo inmodificable y da lugar a las
inquietantes preguntas por nuestra identidad, nuestra relación con los otros y lo otro,
con las especies vivientes y con la evolución natural. Como resumen, entonces, digamos
que las imprevistas metamorfosis de la tecnociencia generaron, a la par, una crisis en el
sujeto y un tambalearse de la noción de personalización, vale decir, de la adscripción
del carácter de persona al ser humano v.g., en los estadios iniciales y finales de
la vida humana, por citar dos ilustraciones paradigmáticas. Los dilemas morales que
definen a la bioética tienen que ver, fundamentalmente, con el giro plástico que toma el
anthropos y con la comprensión y extensión de la noción de la persona aplicable
a él.
La crisis bioética del sujeto puede ejemplificarse por una disección
y una distensión de los límites espaciales y temporales de la persona humana a partir de
nuevas técnicas biomédicas y biotecnológicas del cuerpo y del cuidado de sí. Una
"disección" del cuerpo, en el caso de los transplantes de órganos y tejidos,
la donación de gametas o embriones y la ingeniería genética, hecho que abre el campo a
una fenomenología de la intra e inter-corporeidad (se trate de intercambio de partes
entre individuos de la misma especie o de una especie con otras).(1)
Una "distensión" del cuerpo, en el caso de las técnicas procreativas y de
cuidados intensivos en los extremos del decurso vital: personas potenciales, latentes,
residuales..., "ser entre nadas" que es el hombre. Pero, también, decíamos, el
tiempo biológico se modifica y la bio-cronicidad se muestra suspendida en el inicio y
final de la vida humana por reproducción diferida, que altera el orden de las
generaciones, y por la extinción de una franja de vida residual, que se acorta de modo
artificial y oficioso en el otro extremo.
Como en época de Descartes, también hoy, la ciencia sometida
ahora a los dictados de las técnicas- obliga a plantearse el problema del cuerpo y el
alma, de la mente y el cuerpo, del organismo y la persona. ¿Qué ocurre con un cuerpo
tal, sometido a surrealistas "disecciones" y a fantasmagóricas
"distensiones"? ¿Dónde queda la tranquilizadora distinción fenomenológica
entre el cuerpo que tenemos y el cuerpo que somos, del cuerpo como materia bruta y del
cuerpo como materia animada? ¿Si poseo un cuerpo, este tener es posesivo o implicativo?(2) Y en este último caso, ¿qué significa estar
implicado con/en mi cuerpo? ¿me permite disponer, sin más, de él? ¿Qué resta de la
antigua summa divisio del derecho: aquel que refería a las personas res
extra commercium- y ese otro que remitía a las cosas?
Kant entendía que el gran aporte de la Ilustración a la humanidad
estaba concentrado en dos divisas: el progreso de las ciencias y el reconocimiento del
carácter inviolable de la persona humana.(3)
Creyó que el progreso de las ciencias generaría una desatada creatividad para la razón
libre de trabas, y este hecho lo conjugaba de antemano con el veto señalado. Al abordar
la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, imaginó el imperativo
práctico de esta manera: "Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu
persona como en la persona de cualquier otro, siempre como fin y no solamente como un
medio". (4) El problema contemporáneo
por antonomasia surge cuando ese progresismo ilustrado se desentiende de su contrapartida,
acontecimiento que se refleja en nuestra bioética, nuestra biopolítica y nuestra
biojurídica, incapaces de mantenerse fieles a ambos postulados. Cuando la tecnociencia
entiende el respeto a la persona y a la inviolabilidad de la vida humana como traba
intolerable al libre despliegue de la razón, la armonía del legado de la Ilustración
salta en pedazos y, con él, nuestra antigua manera de entender el mundo.
Hacia una somatología
Con la palabra corpus, los latinos se refirieron a todo cuerpo
en general, un género al que pertenece también el cuerpo humano. Desde entonces,
partimos de la idea de cuerpo físico para, desde allí, concebir el cuerpo que tenemos y
somos. Terminológica, conceptual y primeramente, el cuerpo humano se nos presenta como la
evidencia misma: un objeto o cosa material prototipo.(5)
Esta cosificación se ha cumplido en la historia occidental gracias a dos procesos
correlativos: la concepción dualista del hombre (ánima-cuerpo, espíritu-materia, etc.)
y la constitución del cuerpo como objeto científico (su estatuto biológico de
organismo, definido por su anatomía y fisiología). Una conjunción, entonces, de
dualismo metafísico y reduccionismo científico como dos caras de una misma moneda.
Ahora bien, las ciencias biomédicas, que han "descubierto"
al cuerpo humano como objeto de estudio, no poseen una teoría sistemática del cuerpo,
sino un conjunto de disciplinas cardinales, cuyos respectivos objetos son la forma, la
estructura, la genética y la dinámica del organismo: anatomía, histología,
embriología y fisiología. Pero estas disciplinas distan de constituir una visión
integrada del ser humano -incluso desde un punto de vista biológico-, y se echa de menos,
junto con ellas, a las ciencias humanas que abordan la dimensión psico-social y cultural
de la corporeidad. En el fondo de este reduccionismo, late también el dualismo, pues se
ha configurado al cuerpo humano iatrocéntricamente, en torno del cuerpo de la enfermedad
o cuerpo médico propiamente dicho.
Husserl introdujo el término somatología para trazar los
lineamientos de una ciencia del cuerpo viviente (Wissenschaft des Leibes).(6) A diferencia del corpus latino, que
refiere a todo cuerpo en general, la somatología es doctrina del cuerpo, entendido este
como soma, a la vez corporeidad, corporalidad y encarnación referida,
primariamente, al cuerpo humano y, sólo de manera secundariam, a toda cosa material. Soma
es la realidad, el fenómeno y el misterio del cuerpo humano, unidad indivisa y
ontológica anterior a los "corismos" que introduce la inteligencia. El soma
griego es pariente del Leib alemán, el cuerpo vivo u organismo animal animado.
De modo que es válida la idea de una somatología en el amplio sentido
de una teoría integral del cuerpo humano que reconcilie y complemente la ciencia y la
experiencia del ser y habitar un cuerpo. Pues la historia de dos cuerpos (Leib y Körper,
cuerpo viviente y cuerpo físico), separados y heterogéneos, reedita a su modo la
ontología del dualismo antropológico tradicional. Es en este registro que ha de moverse
un pensar futuro.
En las últimas décadas, las ciencias sociales denunciaron la visión
naturalista de un cuerpo humano universal e invariante y descubrieron las raíces de su
construcción social e histórica. En este sentido, cabe, también, hacer la historia de
la construcción del cuerpo y no ya la de sus representaciones antropológicas fascinadas
por una realidad a-histórica. Sabemos ya que nuestros cuerpos se configuran por la
cultura, son constructos o productos culturales. Esta visión plantea el problema del
cuerpo en el centro del debate filosófico actual.
¿Estaremos, acaso, frente a una nueva doctrina del cuerpo en la era
tecnológica, y es eso lo que nos permite hoy preguntarnos sobre cuestiones patrimoniales
que le atañen? Las nuevas técnicas del cuerpo y sus nuevos modos de gestión (rubro bajo
el cual debemos incluir los transplantes de órganos y tejidos, la reproducción
médicamente asistida y un largo etcétera) remiten al poder de manipular la naturaleza
humana hasta el punto de volverla acorde con nuestros deseos. ¿Qué debemos hacer?, es la
pregunta del momento, reformulada como ¿qué debemos ser? o ¿qué vamos a hacer del
cuerpo del hombre y, por ende, del hombre mismo? Menos que nunca, tenemos hoy la respuesta
a la cuarta pregunta kantiana: ¿qué es el hombre? La apertura enigmática de esta
pregunta pasa precisamente por el cuerpo, en cuanto ser del hombre, y una somatología,
como oportuna obligación de habeas corpus.(7)
NOTAS
1. Cecchetto, S; Mainetti, J.A. Pigmalión
en pantalla: transformaciones cinematográficas del cuerpo humano, en: Mainetti, J.A. Antropobioética.
La Plata, Quirón, 1995, 99-129.
2. Marcel, G. Etre et Avoir. Paris,
Aubier, 1935.
3. Kant, I. Respuesta a la pregunta ¿qué
es el Iluminismo?, en: Kant, I. Filosofía de la historia. Madrid, Alianza,
1976.
4. Kant, I. Fundamentación para una
metafísica de las costumbres. Madrid, Espasa-Calpe, 1983.
5. Mainetti, J.A. Realidad, fenómeno y
misterio del cuerpo humano. La Plata, Quirón, 1972.
6. Husserl, E. Ideas III. Cap.I "Las
diferentes regiones de la realidad".
7. La presente comunicación está basada en
el artículo de Mainetti, J.A., Cecchetto, S. Introducción a una somatología. XVI
Congreso Argentino de Psiquiatría y I Congreso Nacional de Salud Mental. Mar del Plata,
31-3-2000.