CRISIS DE LA IDENTIDAD SOCIAL Y CULTURAL. UNA
LECTURA A PARTIR DE LA HERMENÉUTICA
Ana María Cecchetto
Valores, ideología y utopía: conceptos para
pensar la identidad cultural
"La humanidad tuvo que infligirse cosas
terribles
a sí misma antes de que pudiera formarse el sí mismo,
el carácter idéntico dirigido a un propósito."
Horkheimer, Dialéctica del Iluminismo.
A simple vista, puede percibirse
el carácter universalizador del concepto "identidad cultural". Supone, por una
parte, una función cuantitativa - respecto del número y variedad de individuos a
los que unifica- y, por otra, una función disciplinaria -respecto del rol de las
instituciones para producir y conservar discursos de identidad con las reglas de acceso a
ellos y las posiciones relacionadas con el hacer y el representar de los individuos en las
sociedades.
La forma, tal vez, más evidente en que se
muestra la identificación de los individuos con una cultura es en la aceptación de los
valores éticos y morales que actúan como soportes y referentes para preservar el orden
de la sociedad. Su aceptación y cumplimiento hacen más soportable las tareas que los
individuos deben cumplir y, a la vez que conserva a los individuos en el grupo, limita la
acción del indiferente y el peligro de los disidentes. En este sentido, se dice que
los valores expresan la tensión entre el deseo (del individuo) y lo
realizable (en lo social). Tal tensión es productiva mientras los individuos puedan
representarse su propia existencia y darse una imagen estable y duradera de sí mismos, lo
que es posible con una memoria atenta que reactualice e integre de manera
permanente los acontecimientos fundantes de su propia identidad y los proyecte como
orientación hacia acciones futuras responsables y creativas.
Esta tensión es inmanente a todo imaginario social,
ya que las tradiciones heredadas del pasado y las iniciativas de cambio del presente se
expresan en ellos.
La estructura simbólica de la memoria social se
encuentra representada en las ideologías. Estas son las que difunden los
acontecimientos constitutivos de la identidad de las comunidades, de lo que se desprende
su carácter preservante, legitimante e integrador.
"La función de la ideología -dice Paul
Ricoeur- es la de servir como posta a la memoria colectiva con el fin de que el valor
inaugural de los acontecimientos fundadores se convierta en objeto de la creencia de todo
el grupo" (1)
La ideología tiene como contracara la utopía
cuya naturaleza cuestionadora denuncia el carácter distorsionador y encubridor de las
ideologías triunfantes. "Es la expresión de todas las potencialidades de un grupo
que se encuentra reprimido por un orden existente; es un ejercicio de la imaginación para
pensar de otra manera la manera de ser del ser social". (2)
No es casual que se las interprete, muy livianamente
por cierto, como generadoras de desorden, de sin-sentido y de pérdida de credibilidad en
lo fundacional.
El resultado es un ataque deliberado a la
diversidad, el silenciamiento de los discursos diferentes con la enunciación ideológica
de conceptos pseudouniversales para legitimarse como autoridad, domesticando el recuerdo,
creando estereotipos si faltaran y justificando el accionar de la autoridad como garantía
de permanencia y continuidad de los valores. Ante la eventualidad de la pérdida del
sentido del actuar, la eficacia de la retórica de la ideología es abrumadora porque,
como dice Ricoeur, si una sociedad no puede mantenerse sin normas, tampoco puede hacerlo
sin un discurso público persuasivo que codifique toda realidad.
Aun siendo tan diferente el accionar de una y otra,
lo cierto es que la ideología y la utopía se complementan porque parten del mismo suelo
referencial de la identidad cultural, realidad dinámica y no dogmática, por cierto.
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Pero cuando una sociedad se enfrenta ante el
desorden, la ineficacia e incomunicabilidad de los valores y la falta de horizonte al
carecer de objetivos comunes, se hacen evidentes los síntomas de una crisis de identidad
que se manifiesta en todas las instituciones de la cultura: las familiares, las laborales,
las políticas, la estatal, las educativas, las religiosas, etc.
Así, hoy nos enfrentamos diariamente al pesimismo,
al escepticismo de todas las generaciones que conviven en la actualidad y a la
incomunicación existente entre ellas. Falta el discurso vinculante, falta el criterio
unificador con que interpretar la realidad, pero, por sobre todas las cosas, falta la
voluntad social, comunitaria de hacerlo. Cualquier individuo es prescindible y, lo que es
peor aun, como consecuencia de ello, no se sabe a qué grupo se pertenece.
Lo que pudo haber sido utopía para otros, hoy,
sencillamente, resulta insoportable. Si la promesa de un tiempo de ocio era entendida como
el derecho ganado por la dedicación laboral al progreso de la sociedad en beneficio de
las generaciones venideras, hoy se ha convertido en tiempo de desocupación con las
consecuencias que se enfrentan a diario: olas delictivas, inseguridad física, angustia
ante un futuro y un presente inciertos.
Asistimos a un momento sintomático para pensar las
razones de la crisis y para pensar una solución. Es importante, entonces, presentar los
supuestos filosóficos de la actualidad y vincularlos con otras transformaciones
culturales, al menos cercanas temporalmente, para poder comprender si el concepto de
identidad cultural tiene vigencia o si, definitivamente, se ha tornado también él
prescindible.
Supuestos para pensar la identidad en tiempos
posmodernos
Se presentan a continuación algunos de los
supuestos básicos del pensamiento posmoderno que, en rasgos generales, comparten los
pensadores representativos de este período (3):
- Rechazo ontológico de una subjetividad exclusivamente racional y
transindividual a favor de un movimiento de autotrascendencia del sujeto
- Fin de las grandes narraciones y legitimaciones.
- Autonomía y especificidad de los discursos.
- Pérdida de la ilusión y de la necesidad de reconciliación.
- Transformación de los espacios públicos comunes en espacios de
tránsito y no de permanencia.
- Consagración del instante.
Esta caracterización muestra una clara oposición
al proyecto moderno de cultura (y, con él, un cuestionamiento a la noción de identidad
cultural). Lo cierto es que edsto resulta de múltiples transformaciones culturales
vividas por Occidente desde mitad del siglo XX. Es momento, entonces, de presentarlas a
fin de vislumbrar algunas respuestas posibles.
Transformaciones sociales, movimientos
culturales: condiciones de toda creación sociocultural
¿Cómo puedo saber sobre qué estoy hablando?
¿Cómo puedo saber qué quiero decir?
L.Wittgenstein.
3
Como dije más arriba, pertenecer a un grupo es una
de las características de la identidad cultural. En ellos, lo simbólico de las
relaciones atraviesa los capilares de la subjetividad hasta conformar la identidad básica
de toda cultura: la identidad yo-sujeto que inicia la vinculación del sí mismo con el
otro y que, a través de distintas transformaciones, va perfilando esa unidad bipartita
con trazos que irán variando según sean los movimientos sociales que se realicen.
Agnes Heller (4)
analiza estas transformaciones sociales a partir de la posguerra, lo que permite
comprender cómo se fueron dando distintas identidades culturales que son antecedentes y
referentes de nuestra actualidad. Las llama: la generación existencialista, la
alienada y la posmoderna.
Estas generaciones no compartieron el mismo
discurso, sino que, por el contrario, son y fueron generadoras de nuevos significados
imaginarios para las formas de vida, es decir, han generado divisiones culturales capaces
de perfilar nuevas identidades a partir de la erosión de la cultura de clases.
Respecto de la generación existencialista, dice
Agnes Heller, ésta alcanzó su punto álgido en 1950. Surgió enmarcada por las
circunstancias de la guerra como una sublevación de la subjetividad contra la vida
burguesa, sus normas y ceremonias. Su empeño era el liberarse en lo personal, pero por
vía política. La generación alienada tuvo como marco el boom económico de la
ideología de la abundancia que combinaba con el compromiso con el colectivismo social que
generó múltiples movimientos, ya políticos y económicos, ya corrientes artísticas y
conductas sexuales.
Aun así, desde el enfrentamiento contra la
cultura positivista de los existencialistas hasta la generación alienada, en las
sociedades opulentas existía el convencimiento de la necesidad de los valores
comunitarios a pesar de las crisis históricas. Se podía volver a empezar si se
vislumbraba un horizonte por construir. Se trataba de cuestionar valores inoperantes, pero
no se cuestionaba la necesidad de los valores.
La actualidad, que dentro de esta caracterización
responde a la generación posmoderna, sería el resultado de la desilusión de la
percepción del mundo de la generación anterior. Su lectura del mundo se sintetiza en el
lema "todo vale para todos", y esto, según la autora antes mencionada, es
"la rebelión contra la fosilización de las culturas de clase y contra el predominio
etnocéntrico de la única cultura correcta y auténtica, es decir, la herencia cultural
occidental".
Encontramos, hoy, una sociedad en la que las
palabras que son esenciales para pensar la problemática de los valores y de la identidad
han perdido el sentido, a saber, justicia, gloria, virtud, razón, responsabilidad.
Vivimos, entonces, en un período sin referentes para la acción moral.
¿Cómo pensar la identidad sin referentes
históricos y sin la posibilidad de encontrar en las tradiciones el lugar desde donde
proyectarse? ¿Cómo hacerlo si la voluntad parece aletargada cuando no lastimada?
Muchos son los factores que han provocado esta
situación, entre ellos, el surgimiento de una sociedad de masas cuya psicología es la
de la incomunicación "-que no es aislamiento ni soledad-, la de su
adaptabilidad, la de su excitabilidad y carencias de normas, la de su capacidad de
consumo, unida a su incapacidad de juzgar o, incluso, distinguir, y, sobre todo, ese
egocentrismo y esa fatídica alienación ante el mundo" (5).
Otro factor es la influencia de los medios
masivos de comunicación con su carácter narcotizante, generador de un
neoanalfabetismo hiperinformatizado a la vez que acrítico y desapasionado, a lo que se
suma la pérdida de claridad de las funciones sociales de los individuos
ante la reestructuración de las relaciones laborales. Todos ellos son emblemas
de la instrumentalidad de la razón.
Sin rol específico que identifique la pertenencia a
algún grupo social, sin pasión más que para ciertos eventos deportivos y con todas las
posibilidades tecnológicas de comunicación a su alcance, el sujeto de hoy no puede
sentirse expresado en un discurso omniabarcativo a pesar de la transculturalidad de todo
lo recién mencionado. Puede identificarse por lo que consume: noticias, vestimenta,
diversión.
4
Pero los elementos de consumo no están elaborados
para permanecer, sino para ser agotados. Y, así, la elaboración de la angustia ante la
falta de un discurso de permanencia se posterga ante nuevas posibilidades de consumo.
Cuando se vuelve sobre esta realidad, el hermeneuta
se encuentra con que falta el discurso fundante capaz de abarcar el abanico de diferencias
propio de todo imaginario social. Falta el deseo de compromiso porque es imposible
reconocer a qué grupo se pertenece, en consecuencia, las instituciones pierden
credibilidad y la efectividad de las normas se torna cuestionable, cuando no nula e
inconcebible.
Hay más bien una conciencia de estar en tránsito,
sin materiales tabú que puedan interferir en las decisiones particulares, antes que una
conciencia reconciliadora, guardiana del orden y la permanencia de las tradiciones.
Si la lógica de la identidad suponía una
subjetividad constitutiva de significado, ya no se puede seguir pensándola así. La
identidad, hoy, refiere más bien a una autotrascendencia personal y autónoma que a un
supuesto de reconocimiento sustancial de reconciliación política y cultural.
Si de lo que se trata es de vivir al día, ya sea
por cuestiones de falta de estabilidad laboral o por falta de solidez en los vínculos
afectivos o de proyectos personales, el sujeto es incapaz de reconocerse como actor de
su propia vida en donde lo imprevisible - que debería ser sólo un contribuyente al
propio destino- se convierte en el acontecimiento por excelencia.
Sólo cuando el sujeto sea capaz de
reconocer la unidad del relato que es su propia vida, podrá hablarse de una identidad
cultural o identidad ética. Sólo un sujeto con estima de sí puede decidir
sobre lo que es conveniente o beneficioso entre la cantidad y variedad de ofertas que se
le presentan al estar expuesto continuamente y sin de otro referente que no sea su sí
mismo.
Pertenencia, estima de sí y autonomía
La estima de sí supone un juicio moral de
situación y, por lo tanto, un carácter mediador. Esta se complementa con el respeto de
sí como constitutivo básico de cualquier identidad "porque cuando en situaciones
concretas la norma no puede ser una guía para la praxis, la estima de sí no sólo es una
fuente, sino también un recurso para el respeto de sí, y es de esta relación entre
situación ética (estima de sí) y norma moral (respeto de sí) que surge toda sabiduría
práctica del juicio moral en situación" (6).
En consecuencia, sólo cuando se vislumbra un
horizonte donde la prudencia hace de cable a tierra puede pensarse en una obligación
moral que evite la mala acción y el desinterés; por ello, no es difícil comprobar el
bajo y hasta nulo nivel de autoestima de los individuos en cualquier sociedad en crisis,
pero especialmente en la nuestra.
La tarea del hermeneuta es, entonces, repensar los
supuestos que permitan recuperar la posibilidad de la autoestima y de la estima en la
relación con el otro, de vislumbrar un horizonte de sentido que vaya más allá de la
pantalla de televisión y de recrear los espacios en los que la discusión, el debate
público sean posibles. Sin estos requisitos elementales, superar la crisis parece
imposible, y el discurso de la identidad sería mesiánico y no humano.
De lo que se trata, cuando se habla de identidad
cultural, es de aceptar al otro como parte necesaria para un sí mismo y para toda la
comunidad que conforme el imaginario.
Mantenerse en la indiferencia es sólo posible para
un pensamiento que no le interesa el obrar. Desde esta actitud errante, se privilegia lo
fragmentario y la falsa autonomía, condiciones sobre las cuales es muy fácil encontrar
testimonio en la actualidad.
La acción humana requiere siempre proyectos que la
orienten; y así, es posible pensar la identidad cultural cuando me reconozco parte
fundamental, imprescindible y responsable de la efectivización de los proyectos desde el
lugar donde realice mi obrar: educación, política, administración, etc.
Si bien, como dice Adorno, no hay valor para pensar
el todo, porque se duda en poder transformarlo, se trata de seguir intentando. El primer
camino será el reencontrar el sentido de la experiencia de pertenecer a una comunidad
sabiendo que los sistemas de exclusión son tan fuertes que han llegado a erosionar las
bases mismas de la cultura (la cooperación intersubjetiva parece funcionar de maravillas
cuando se trata de luchar contra los peligros de la naturaleza o de los ataques de otros
grupos desestabilizadores y menos desinhibidos, pero esto más como instinto de
supervivencia que como cuidado moral o autocrítica social) (7).
Se trata de reconfigurar la realidad. De hecho, hoy,
se oyen voces que claman seguridad, respeto, orden que quieren ser tolerantes sin verse
maltratadas. Estos son vestigios inconfundibles de una identidad que no quiera verse
asfixiada y que quiere superar la desagradable idea de que el otro, por ser otro, sea el
enemigo.
Se trata de reinstalar la confianza, la esperanza,
la utopía de una vida mejor.
La ideología tecnocrática sólo busca alimentarse
a costa de cualquier sacrificio humano. Ya varias décadas atrás, se había visualizado
el inminente peligro de la tecnocratización de la vida. Lo que ayer era inminente, hoy es
real, está vigente y, si bien han surgido grupos contestatarios que privilegian la vida
por sobre los adelantos tecnocráticos, esto es aún insuficiente desde una perspectiva
humanitaria y ecológica.
Falta el replanteo radical, drástico, del rol del
hombre en una sociedad que ofrezca no sólo oportunidades -cada vez menores- de empleo y
-cada vez mayores- de consumo. Mientras falte la estabilidad política, económica,
educativa y/o laboral; mientras no existan leyes que amparen, protejan y orienten a todos
los individuos por igual sin privilegios y sin encubrimientos; mientras que la vida se vea
amenazada, no se podrá saber con claridad de qué hablamos cuando decimos que hablamos de
identidad cultural.
Si la ideología deforma y la utopía está en
retirada, se trata de alcanzar la convicción, desde uno mismo, de que las soluciones de
los problemas son posibles sin soluciones irracionales o teñidas de odio, sino
respetuosas de la vida por sobre todas las cosas, ya que no hay identidad donde no hay
vida, y la nuestra corre cada vez más serios peligros.
Notas:
1. Ricoeur, P., Educación y
Política, Editorial Docencia, Buenos Aires, 1984, pág.95-97.
2. ibídem. pag.98-100.
3.Wellmer, A. "La
dialéctica de modernidad y posmodernidad", Revista Debats, No. 14.
4. Heller, A. "Los
movimientos culturales como vehículos de cambio", Revista Letras
internacional, invierno 87/88.
5. Arendt, H., Entre el
pasado y el futuro, Editorial Península, Barcelona, pág. 211.
6.Cragnolini, M., Razón
imaginativa, identidad y ética en la obra de P. Ricoeur, Editorial Almagesto, Buenos
Aires, pág. 78.
7. Vattimo, G. El sujeto y la
Máscara, Ediciones Península, Barcelona, 1989, pág. 45.
BIBLIOGRAFIA CONSULTADA
Arendt Hanna, Los movimientos culturales como
vehículos de cambio, Península, Barcelona, 1996.
Castoriadis, Cornelius; El mundo fragmentado,
Altamira, Buenos Aires, 1990.
Cragnolini, Mónica, Razón imaginativa,
identidad y ética en la obra de Paul Ricoeur, Almagesto, 1993.
Foucault, Michel, Saber y verdad, La Piqueta,
Madrid, 1991.
Heller, Agnes, Los movimientos culturales como
vehículos de cambio, Letras Internacional 87/88.
Ricoeur, Paul, Educación y Política, Docencia,
Buenos aires, 1984
Ricoeur, Paul, Discurso, Metafísica y
Hermenéutica del sí-mismo, Revista Anthropos,Nº 181, Barcelona, 1981.
Vattimo, Gianni, El sujeto y la Máscara,
Península, 1989.
Wellmer, Albrecht, La dialéctica modernidad
postmodernidad, Revista Debats, No. 14.