PALABRAS DE APERTURA
Esc. Juan Carlos Lucero Schmidt
Decano de la Facultad de Filosofía, Historia y Letras
Universidad del Salvador
Señoras y señores:
Vengo con gran satisfacción a cumplir el grato
deber académico de inaugurar estas Primeras Jornadas Internacionales de Etica de la
Universidad del Salvador que, a través de su Escuela de Filosofía, organiza la Facultad
de Filosofía, Historia y Letras.
En mi carácter de Decano y en nombre de su
comunidad académica, deseo expresar un cordial saludo de bienvenida a todos los que,
habiendo aceptado nuestra invitación a participar en ellas, nos honran hoy con su
presencia en esta casa..
Asimismo, expreso mi agradecimiento a los directivos
y académicos de la Escuela de Filosofía y a los miembros de Extensión Universitaria,
quienes han tenido a su cargo, de modo directo, los trabajos preparatorios de estas
Jornadas.
Hago extensivo mi agradecimiento a los señores
expositores que, con su saber, van a enriquecernos en estos días, así como a todos
cuantos nos acompañan y comparten con nosotros la preocupación por la reflexión en
torno de la dimensión ética de los graves desafíos que presenta nuestro tiempo. El rico
programa establecido para esta ocasión reúne, entre ellos, un haz de cuestiones por
demás urgentes sobre dos grandes temáticas: el impacto en la convivencia humana de la
revolución de las comunicaciones y el empequeñecimiento del mundo, y el creciente poder
tecnológico, capaz de incidir en el desarrollo de la vida humana desde sus primeros
momentos hasta los últimos.
La consideración de esos asuntos nos ocupará
durante estos tres días. Por mi parte, deseo solamente formular unas breves
consideraciones, que para esta Universidad son convicciones, acerca del lugar principal
que deben volver a ocupar las humanidades y, con ellas, naturalmente, la reflexión
filosófica en la elaboración del saber, la ciencia y sus aplicaciones técnicas, del
presente y el futuro.
La Universidad es, precisamente, el lugar
privilegiado de la confrontación de los métodos y resultados objetivos de la
investigación científica, confrontación indispensable para sentar las bases de un
humanismo integral, radicalmente diferente de la yuxtaposición artificial de los
conocimientos parciales sobre el hombre.
Los problemas éticos planteados en el temario de
estas jornadas se vinculan, en gran parte, con la crisis de la ideología científica,
entendida como la pretensión de dar desde sí misma respuesta satisfactoria a todas las
preguntas esenciales que el hombre se plantea.
Propuesta como única guía válida del obrar
humano, la finalidad de la ciencia, frecuentemente, se identificó con sus aplicaciones
técnicas, por lo que quedaba, así, reducida a simple instrumento de dominio de la
naturaleza. Sin embargo, avanza en la comunidad científica la convicción creciente de
que no puede haber ciencia sin conciencia; que atender a la relación entre ética y saber
es hoy una urgencia impostergable.
Esta recuperación de la dimensión auténticamente
humana del conocimiento científico se opone no sólo a aquella pretensión totalizante
del cientificismo, sino también a la tentación, que hoy se advierte, de desacreditar la
gran aventura moderna de la ciencia en cuanto tal. Por el contrario, "la toma de
conciencia de los límites de la ciencia es una oportunidad que se ofrece a nuestra
época. Ella orienta hacia una de las principales tareas de la cultura: la de la
integración del saber, en el sentido de una síntesis en la que el conjunto impresionante
de los conocimientos científicos encontrará su significado en el marco de una visión
integral del hombre y del universo"
Al considerar desde una perspectiva ética el haz de
problemas incluido en nuestro temario, la reflexión no puede eludir las más hondas
preguntas en torno a la naturaleza de "lo bueno" y, consecuentemente, remitir al
diálogo que debe establecerse con decisión entre filosofía y teología. La atomización
del saber a que antes me referí pide a la filosofía, ciertamente, un aporte que permita
intentar la recuperación del sentido de unidad de la experiencia humana. Pero ese aporte
resultará incompleto sin esta apertura al saber singular, y al mismo tiempo decisivo, que
procede de la Revelación, Sigue siendo válida la observación de la carta de principios
"Historia y Cambio" en el sentido de que no hay en nuestros días un pensamiento
verdaderamente crítico que no cuente con una dimensión trascendente.
Ante esta realidad, que dejo someramente diseñada,
nuestro lema institucional "Ciencia a la mente y virtud al corazón"- se
nos presenta como singularmente "Actual". La variedad de los tiempos, los
lugares y las personas, la diversidad que nace de los casos y del albedrío no modifica la
naturaleza del obrar humano. Es preciso, entonces, poner fin a la artificial separación
entre ciencias y humanidades para volverlas juntas contra los males de nuestro tiempo.
Quisiera observar, por último, la unidad de
carácter y la interrelación que presenta un conjunto de manifestaciones, actos y aun
creencias de nuestros días, cuyo común denominador parece ser el rechazo de la vida e
incluso, a veces, lo que la tradición cristiana ha definido como acedia.
El desprecio de la vida amenaza no sólo a los
individuos, sino también a los pueblos y las personas, el mal oscurece el sentido de
justicia, el orden legal se divorcia de lo justo y deja de servir al bien común, la
convivencia social queda expuesta a los trastornos y se establece en ella la supremacía
del más fuerte sobre el más débil.
El conjunto configura una verdadera "cultura de
la muerte", definida como una estructura "promovida por fuertes corrientes
culturales, económicas y políticas, portadora de una concepción de la sociedad basada
en la eficiencia" que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones
individuales, sino también las relaciones entre los pueblos y los Estados.
Con razón, se ha podido decir que no estamos
"ante" un conflicto, sino "en medio" de él. Se trata de "un
enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida". "Todos
nos vemos implicados y obligados a participar" (n.28).
Pienso, por ejemplo, en las jóvenes generaciones,
que ven sus proyectos vitales asediados por diversos flagelos, entre los que basta
recordar el extendido problema de la drogadicción y su carga destructiva, con el que
nuestra más inmediata experiencia nos enfrenta, de una manera u otra, cada vez con mayor
frecuencia.
La Universidad no aprecia su propia obra como el
desarrollo de una "función social", sino como el cumplimiento fiel de una
misión de servicio al bien común de nuestro pueblo.
En este sentido, compete al mundo universitario y,
especialmente, a una facultad de humanidades como esta, contribuir con renovado esfuerzo
al logro de aquella integración del saber que sitúe el conjunto de los conocimientos en
el marco de una visión integral del hombre y del universo, del "ordo rerum".
Confío en que, con el aporte de todos ustedes, nos
acerquemos en estos días al logro de tal alto fin, motivo de la organización de estas
"Primeras Jornadas Internacionales de Etica de la Universidad del Salvador", que
declaro inauguradas.