Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

FRAGMENTOS DE UNA MEDITACION SOBRE EL PODER

Silvio Juan Maresca

 Resumen
Si el poder es indelegable, la representación política está siempre en crisis porque, en definitiva, es ilegítima. A más representatividad (delegación), menos democracia; a más democracia, menos representatividad (delegación).

Todo reside en no confundir liberalismo y democracia. No es cierto que la democracia “moderna” se vea obligada a poner el acento en la representación, porque la magnitud de la población torna impracticable la democracia directa. Es el principio liberal el que introduce la necesidad de la representación.

En la sorda lucha entre liberalismo y democracia, es vital para esta garantizar la mayor participación directa posible de todos los ciudadanos. El liberalismo la llamará “democracia sustantiva” y la aproximará peligrosamente al totalitarismo para sostener, en cambio, que si se cumplen ciertos requisitos formales como voto periódico, división de los poderes, correctas formas de elección, etc., la democracia estará garantizada. Pero  nadie puede sustituir (representar) legítimamente a otro para ejercer el poder.

El poder rehusa una exposición sistemática. Requiere un discurso fragmentario, no necesariamente aforístico. Quizás, ello obedezca a un rasgo de su naturaleza. En efecto: parece más propio del poder, de su oculta verdad, destellar por instantes que exhibirse duraderamente delante de los ojos. El destello ofrece una faceta.

El poder es omnipresente. Contrasta la afirmación, claro está, con cierta representación vulgar, cara al discurso periodístico, que lo supone habitante de un espacio bien delimitado. Así, se habla de “el poder”. Se lo imagina sustancial, único, personalizado. Domina el odio. Poco cuesta adivinar el origen de la visión corriente: la bajeza, el resentimiento. Que el poder sea omnipresente, omniabarcante, que lo anime todo, no autoriza, sin embargo. a desconocer diferencias cuantitativas y cualitativas.

Nos interesa el poder en la “sociedad”. Su omnipresencia en ese ámbito. Sin embargo, digámoslo al pasar, la naturaleza debe contemplarse desde idéntico punto de vista. Como metáfora, el viejo término griego jusiV atesora la perspectiva del poder. Lo mismo cabe decir de arch.

Lo más insistentemente negado es, otra vez, lo más verdadero: el poder es siempre por el poder mismo. Aristóteles viene aquí en nuestro auxilio. Pues la autorreferencialidad del poder es consecuencia obligada de su ser fin último. Supuesto, es cierto, que lo consideremos instancia suprema, irreferible. Aristóteles -recordémoslo- lo decía respecto de la filosofía y la felicidad, a su juicio, lo más alto: no sirven para nada, son autorreferentes; caso contrario, serían instrumentos de otra cosa, medios, y perderían, así, su condición preeminente, cediéndola a aquello otro. Lo último -lo primero- es, por necesidad, autorreferente. La tendencia del poder a justificarse, a presentarse como medio al servicio de un fin ajeno, radica en otro punto. Lo veremos.

¿Cuál es la naturaleza del poder? El concepto aristotélico de energeia parece ser aquí el más adecuado. El acto, la actividad, la existencia plena; en el límite, pura autoafirmación que se erige desde sí, se refiere a sí, se sostiene en su puro interés por sí, en su autorreferencia. ¿Para qué? Ya lo hemos dicho: para nada. ¿Por qué? Porque sí. El puro decirse sí a sí mismo es inherente al poder.

Sin embargo, el poder es acto hiante. Importa distinguir entre esta escisión-una y el acto inacabado (energeia atelhV), modo como Aristóteles conceptualizó el movimiento. Pues el poder es acto hiante no por ser el acto de la potencia en cuanto potencia (como el movimiento en Aristóteles), sino por ser diferencia. En su más íntimo autorreferirse, en su pleno ser consigo, el poder difiere de sí. En el ser uno consigo, no se extingue la diferencia. Por el contrario, luce, se reafirma. Contraviniendo todos los dictámenes platónicos del Sofista, la diferencia, además de participar en la mismidad, lo hace a su manera, sin perder su condición.

Desde ya, el poder es insustancial y, por ende, evanescente y fluido. No es cosa, ni se identifica por mucho tiempo con cosa alguna. No obstante, gusta seducirnos con mimetizaciones pasajeras, trampa tan mortífera como difícil de evitar. Como buen fluido, “toma siempre la forma del recipiente o vaso donde está contenido” (Diccionario de la Real Academia). Acertaron quienes hablaban de la vanidad del poder, sólo que no estaban tan exentos de ilusión como creían: los deslumbraba la presunta consistencia de lo eterno, anzuelo sagrado del poder.

Acto puro, actividad, realización del fin: el poder se cifra en su ejercicio, sólo por abstracción es posible separarlos. Si lo hacemos, el poder se esfuma. El poder es praxiV. Por eso -en el extremo- es imposible una ciencia del poder. Tampoco en su esencia, en su más puro acontecer, el poder es objetivable. Conoceremos “científicamente” formas de encubrimiento (máscaras) y, sobre todo, mecanismos de reproducción (instituciones). Pero, en su forma primaria, el ejercicio del poder es un arte, todo de ejecución, que admite apenas algunas pocas técnicas y recetas prácticas. En ese arte, se podrá obtener una maestría. La sabiduría inmanente al ejercicio del poder es la “prudencia”, la jronhsiV: la mejor decisión según la coyuntura, el aprovechamiento integral de la oportunidad (kairoV).

El acto hiante es abismo. Huérfano de fundamento, tampoco lo constituye. Si la autorreferencia lo completase al modo de la simple identidad se sostendría consistentemente, como el paradigma de lo amado. Pero aquí no tiene lugar la autocomplacencia de la contemplación aristotélica; tampoco la serena indiferencia de su dios. El hundirse en la propia alteridad, el vértigo de la autorreferencia inconsistente, el desencuentro-uno, compelen a huir hacia adelante y hacia arriba: repetir potenciadamente el gesto placentero e inútil, redoblar la apuesta, es la única jugada permitida.

El abismo reclama la máscara. El poder no tolera ser expuesto a la luz del día en su desnudez. La angustia permanecerá lavada. El monstruo dormitará en las tinieblas. Los fuertes incubarán silenciosamente su destino trágico. Los débiles podrán sobrevivir.

En la imperiosa necesidad de máscaras radica parte de la tendencia del poder a su justificación, pero, antes que nada, su propensión al símbolo, al ornato, a la puesta en escena (representación), que proclaman a gritos la doble exigencia de generar apariencia de solidez y de ocultar el horror en lo bello. Sin embargo, el símbolo, bifronte, apunta también a lo problemático de la procedencia.

Lo cuestionable del cristianismo –quizás de todas las grandes religiones monoteístas- es haber extremado la necesidad de máscara, sobre todo bajo la forma de la justificación. La legitimación ontoteológica del poder –que el racionalismo moderno practica a su manera- es máscara redundante y perversa. ¿Nunca más los brillantes destellos que resplandecen en el diálogo de los atenienses con los melios?

En el catolicismo, sin embargo, proliferan símbolos, ornato y magníficas escenificaciones: se trata de un resto de paganismo que nunca será valorado suficientemente. El rigorismo protestante, en su iconoclastia, da por tierra con toda esta profusión. Jamás hubiera podido engendrar un Renacimiento; es más, constituye su rencoroso reflujo. El poder, sin embargo, ahora como racionalidad económica, sigue su curso.

Los límites del poder: nadie lo supo mejor que los griegos, el poder tiende a la desmesura (ubriV). Nada más natural si, como hemos dicho, sólo le es dado huir hacia arriba, hacia adelante. La repetición potenciada acalla la angustia, posterga el derrumbe, conjura transitoriamente el ocaso.

Mientras los griegos mantuvieron la salud, predicaron la medida. También la mesura (sojrosunh). No desconocían que su frágil sabiduría representaba una apuesta muy desigual. La cultura, la cultura como medida, una cultura de la medida, era el principal recurso. La tragedia, cuyo tema excluyente es la desmesura, fue la estrategia para imponer esa cultura. Alcibíades dejó claro que los Siete Sabios, Esquilo, Sófocles, habían perdido la partida. Sin embargo, ante tan espléndido vencedor, la tragedia se retiró sin una queja, sin apelar a la altisonancia amarga del reproche. Conservó el buen gusto hasta el final. “Muertes más grandes obtienen suertes más grandes” (22 B25), había dicho Heráclito, quien también sentenció: “La desmesura debe ser apagada más que un incendio” (22 B43).

Solamente la demencia nefasta de Sócrates pudo pergeñar el logoV como medida. El escepticismo primero y, más tarde, el fanatismo religioso fueron la herencia de semejante despropósito.

Los intentos de limitar desde afuera el poder fueron tan artificiosos como insuficientes. Y siempre lo serán. A lo sumo, como en el cristianismo, obligarán a cambiar el discurso, pero poco y nada incidirán sobre las prácticas. Secretamente, los viejos dioses paganos seguirán adorándose largo tiempo. Paradigmático, Constantino. Cosmovisiones moralizantes, llenas de odio al ejercicio espontáneo del poder, lograrán que éste reniegue de sí, se presente redobladamente como medio para fines ajenos, pero no impedirán su ejercicio y sus consecuencias típicas. Así, sólo crearán confusión. Confusión que se acrecienta cuando advertimos que aquella moral edificada para limitar el poder y, de ser posible, aniquilarlo, es también expresión de poder. O si se prefiere, de un antipoder que aspira a dominar, lo que abre la puerta a una desmesura infinitamente más peligrosa que la que se buscaba combatir.

El ejercicio del poder implica la desmesura. Sin embargo, hay límites inmanentes que la atemperan. Porque, en primer lugar, el poder es siempre múltiple. No existe, en verdad, el poder, sino múltiples, innumerables poderes. Todo poder singular se ve confrontado con otros poderes que lo limitan, que acotan su tendencia expansiva. Decía Spinoza: “La fuerza con que el hombre persevera en existir es limitada, e infinitamente superada, por la potencia de las causas externas” (Etica, L IV, Prop. III). Y lo que Spinoza afirma  aquí del hombre vale para cada hombre y para cualquier otra cosa. Concluía Spinoza, de allí, que es imposible un crecimiento indefinido de la propia potencia de obrar de un hombre, como asimismo que la totalidad de su obrar se siga de su propia naturaleza finita. Multiplicidad y finitud, diferencias cuantitativas y cualitativas del poder, existencia, ante cualquier poder dado, de otro mayor: he aquí un límite inmanente del poder.

Pero no es el único, para no hablar aquí de la cultura y las instituciones, que también cumplen su papel en este sentido. Tan importante como la multiplicidad, lo es el hecho de que el poder –cualquier poder-, debido a su inconsistencia, está siempre demasiado ocupado en sostenerse a sí mismo, en reproducir el poder alcanzado, como para que su tendencia expansiva no se vea permanentemente obstaculizada. La falta de fundamento, la abismalidad, exigen aquí un trabajo constante. Lo mismo que lleva al poder a huir hacia arriba y hacia adelante le obliga a volver sobre sus propios pasos, a reconstruirse siempre de nuevo, a garantizar el nivel alcanzado. Además, no cabe descartar que cierta autoconciencia práctica de alteridad, de su propia alteridad respecto de sí, juegue algún rol en relación a lo que hemos llamado “límites inmanentes del poder”.

En alguna oportunidad, he escrito que la cultura es política pasada, entendiendo por política la posición del pueblo como poder. La política - al menos a partir de los griegos- es el nombre para el juego explícito del poder; cuanto más extendida esté, más democrática será una sociedad y más colectiva será la práctica del poder, sin suprimir, como es obvio, el ejercicio del poder individual. En el fondo, vale la pena aclararlo, el poder es siempre singular: singularidad de un pueblo, singularidad de un individuo.

Va de suyo que el ejercicio del poder, la política, es práctica de la autonomía. Recíprocamente, no hay autonomía concebible fuera del ejercicio del poder. Interrogado por la esencia de la retórica - forma eximia del ejercicio del poder-, acorralado por Sócrates, Gorgias esboza sin embargo la respuesta correcta, aunque despunte en ella un asomo de desmesura: “procura simultáneamente a cada hombre la propia libertad y el dominio de los demás dentro del Estado” (Gorg., 452 d-e).

Desde el punto de vista del poder, la cultura, muy particularmente las instituciones, representan la sedimentación de prácticas de poder que, al proporcionar una relativa estabilidad a lo, por esencia, inestable y cambiante permiten la reproducción del poder. Asimismo, cultura e instituciones instituyen un orden que, como tal, es siempre un orden de poder. Sin perjuicio de lo dicho, cultura e instituciones también ofician de máscara, de límite. Los rasgos más salientes del poder se solapan; no se trata, por cierto, de propiedades en las que cada una de las cuales comienza donde la otra termina.

La cultura de un pueblo interesa en la medida en que es vehículo apropiado para la reproducción ampliada de su poder. No viene al caso defender las culturas singulares en virtud de ser exotismo. Los contenidos culturales, las instancias institucionales que caracterizan a un pueblo, son trascendentes si su savia es el poder de ese pueblo. De lo contrario, tenemos el folclore, residuo cultural sin consecuencias políticas, hoy por hoy, eficaz complemento del turismo. No está mal, pero no es el tema.

El poder no se deja representar. Admite, mejor dicho, exige, eso sí, su puesta en escena (otro sentido del término “representación”). Nos hemos referido a ello. Pero ni es en su esencia representable (el modo de un objeto), ni es legítima su delegación. Por eso, – paradójicamente-, la democracia es el régimen político más acorde con la esencia del poder. Paradójico, pero no contradictorio. Los arrestos monárquicos del poder no anulan su inexorable multiplicidad. Su darse alcance en círculos cada vez más amplios, su identidad en la no-identidad no alteran su entrañable ensimismamiento.

Cuando se habla de una crisis de representatividad, no se sabe muy bien lo que se dice; si el poder es indelegable, la representación política está ya siempre en crisis. Porque es, en definitiva, ilegítima. En lo que al poder se refiere, nadie puede sustituir legítimamente a otro. La cuestión es conocida: a más representatividad (delegación) menos democracia, a más democracia menos representatividad (delegación).

Todo reside en no confundir liberalismo y democracia. No es cierto que la democracia “moderna” se vea obligada a poner el acento en la representación porque, como suele aducirse, la magnitud de la población torne impracticable la democracia directa. Es el principio liberal el que introduce la necesidad de la representación.

En la sorda lucha entre liberalismo y democracia, es vital para ésta garantizar la mayor participación directa posible de todos los ciudadanos en las decisiones y generar  los mecanismos apropiados para ello. La propuesta ya ha sido condenada por el liberalismo; la llamará “democracia sustantiva”, aproximándola peligrosamente al totalitarismo. Democracia auténtica será, en cambio, para el liberalismo, sinónimo de democracia procedimental. Si se cumplen ciertos requisitos formales (voto periódico, división de los poderes, correctas formas de elección y designación, etc.) la democracia estará garantizada.

La metáfora no es un fenómeno accidental del lenguaje. Lo sabía Nietzsche, lo sabían, mucho antes, los sofistas: el lenguaje es, esencialmente, metafórico. Pero no como consecuencia de su imposibilidad de adecuarse a la realidad, por un límite de tipo cognoscitivo, sino por su naturaleza estratégica. En efecto, la función principal del lenguaje es hacer valer un poder por encima de los demás enmascarándolo convenientemente. Hablar es, primariamente, hablar a..., no hablar de... Sólo un racionalismo errabundo pudo creer que la misión primordial del lenguaje es comunicar la aprehensión de la realidad. El lenguaje es vehículo y máscara del poder. No es su destino reflejar la realidad. El racionalismo procuró apuntalar pretensiones de poder relacionando caprichosamente el lenguaje con algo que le es extraño y no tiene porqué vinculársele. Así, nació la idea de la adecuación (verdad).

Propio del poder es afirmarse, aunque toda la historia del nihilismo lo desmienta. La intuición de Spinoza es certera: todo cuerpo como quantum indefinido de poder,  susceptible de aumento o disminución. Cuanto existe afirma un poder, por mínimo que fuere; mejor dicho, es afirmación de un poder, se agota en ello. No existe de un lado el poder y del otro la impotencia (ficción de esclavo), sino infinitas gradaciones de poder,  desde lo máximo hasta lo mínimo, en cambio perenne. El pensamiento del poder opera por grados, desecha las antítesis. Sobre la base provista por Spinoza, no sólo cabe construir una teoría de los afectos. Nos vemos tentados a transcribir un buen número de proposiciones de la Etica. Leídas desde la exclusiva óptica del poder, son altamente significativas. Renunciamos, por ahora, a hacerlo.

Nos despedimos de Spinoza, no sin antes destacar otra de sus intuiciones fundamentales:  cualquier poder existente, todo cuanto existe, está atravesado de antemano por innumerables otros poderes. ¿No encontramos aquí -entre otras cosas- un nuevo límite inmanente del poder?

Poder, nihilismo, sustancialismo. Nos gustaría decir con Spinoza: en el campo del poder, no hay negación. Sin embargo, históricamente, el nihilismo está ahí para refutarnos. Hemos aludido tangencialmente a él. Desde la estricta óptica del poder, el nihilismo es la impugnación de todas sus manifestaciones espontáneas e inmediatas. Al mismo tiempo, aspira a dominar.

Nos hemos referido más arriba al sustancialismo. Se relaciona con la tendencia del poder a mimetizarse, a asumir configuraciones pasajeras, aparentemente sólidas, identificables que, en ocasiones, constituyen buenos simulacros de concentración, exclusión, monopolio, expropiación. El sustancialismo, ya fue señalado, es consecuencia de la inconsistencia del poder, de su necesidad de máscara.

El vínculo entre nihilismo y sustancialismo es complejo. En su misarquía, el nihilismo quita validez a toda sustancialización inmediata del poder. Gesto inaugural, indefinidamente reiterado. Sin embargo, al menos en sus comienzos, sustenta esa negación estableciendo un sustancialismo secundario, de segundo grado (el poder de la Idea, de Dios, del Estado). Hoy, sin embargo, en la época de su desembozamiento, se revuelve a menudo contra todo sustancialismo (primario o secundario).

Parodia: cualquier imitación burlesca de una cosa seria. Así define el término, en una de sus acepciones, el Diccionario de la Real Academia.

El despotismo, el autoritarismo y la arbitrariedad como parodia del poder: sólo que aquí, la imitación burlesca es cualquier cosa menos consciente. Lo cual le da su aspecto ridículo, grotesco. Así, la imitación burlesca deviene objeto de burla. ¿Hay en el campo del poder, después de todo, algunas leyes?

El despotismo, el autoritarismo y la arbitrariedad tienen que ver con la ilusión sustancialista que el poder promueve. Ilusión quizás necesaria -trascendental, diría Kant-, pero, también, trampa fatal. Sin embargo, hay que distinguir despotismo (autoritarismo, arbitrariedad), sustancialismo, nihilismo. Intersectan, pero difieren. Despotismo, autoritarismo y arbitrariedad -¿siempre sustancialistas, en ocasiones nihilistas?- son, simplemente, parodia.

¿En el autoritarismo (despotismo, arbitrariedad), lo bello se trasmuta en grotesco por imperar una modalidad bastarda de la desmesura?

El teatro se desprende naturalmente del juego del poder. La tragedia y la comedia se alternan en la escena. Por lo general, a la retracción de la tragedia sucede el advenimiento de la comedia. La democracia es desplazada u opacada por el autoritarismo.

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