Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

  ESPACIO PÚBLICO Y PLURALIDAD

María Teresa Muñoz

Desde mediados del siglo pasado, pensadores de las más diversas latitudes parecen sostener un inapelable consenso acerca de la crisis de la epistemología y su proyecto fundacional. Dicha tradición epistemológica está conectada con algunas de las ideas morales y políticas que estructuran la vida pública de las sociedades contemporáneas; ponerlas en crisis significa, entonces, abrir la posibilidad de repensarnos, abrirnos a concepciones alternativas no sólo acerca de problemas epistemológicos, sino, fundamentalmente, antropológicos.

El supuesto que se juega en el contexto moderno sostiene que el mundo es como una máquina, con leyes fijas, regido por causas eficientes, que debemos descubrir, al tiempo que rechazamos las causas ocultas. De manera que la idea de la reforma del entendimiento conllevará la reforma de las condiciones morales, éticas y sociales. Se considera necesario proporcionar unos fundamentos racionales y últimos que estructuren el comportamiento moral y político – mismos que se conciben como universales y necesarios -, estableciendo una clara distinción entre la esfera pública, ámbito de la sociedad y el gobierno, y la esfera privada, “espacio metafórico”[1] en el cual se ejerce la libertad. La moral tiene un carácter privado, la política es el dominio de la sociedad. 

Estos mismos supuestos, rastreados a lo largo de los siglos XVII y XVIII, son reinterpretados en términos de representaciones lingüísticas siglos más tarde. Las reglas, entonces, dejan de ser para la dirección del espíritu, y pasan a definir relaciones formales que permitirán conseguir claridad y certeza sobre nuestro pensamiento. Así, en muchas de las teorías clásicas, la nominación ocupa un lugar privilegiado porque se supone que, al nombrar un objeto, el sujeto cognoscente tiene acceso, gracias a un acto mental particular, a un objeto real, un elemento último de la realidad. Al nombrar, se establecería una relación especial entre un signo y un objeto; por tanto, el supuesto de la concepción ingenua de la conciencia se mantiene.

La interpretación clásica de la epistemología lleva aparejadas, pues, una serie de presuposiciones acerca de la imagen de sujeto que sustentamos, la imagen de hombre y, finalmente, la imagen de lo social:

 La primera es la imagen del sujeto como idealmente desvinculado [disengaged], esto es, como libre y racional hasta el punto de distinguirse totalmente de los mundos natural y social, de modo que su identidad ya no puede ser definida en términos de lo que, fuera de sí mismo, descansa en estos mundos. La segunda, que se sigue de esta, es una concepción puntual del yo, idealmente preparado, en tanto que libre y racional, para tratar instrumentalmente estos mundos –incluso algunos rasgos de su propio carácter- como materia susceptible de cambio y reorganización en vistas a una mejora que permita asegurar su bienestar y el de los demás. La tercera es la consecuencia social de las dos primeras: una interpretación atomista de la sociedad como constitutiva o, en última instancia, explicable en términos de propósitos individuales.[2]

Esta concepción homogénea de la racionalidad conduce a la defensa a ultranza de la hegemonía cultural de aquellos más próximos a este modelo de razón, hegemonía que puede conseguirse a través de la integración que supone uniformar las culturas o mediante la dominación explícita.

Pudiera pensarse, de acuerdo con el modelo epistemológico ilustrado que acabo de esbozar brevemente, que las normas de comportamiento, las reglas de conducta son  principios dados a los que accedemos a través del conocimiento, mismos que no podemos dejar de aceptar y seguir una vez conocidos. Esta concepción es la que me propongo criticar a  partir de una idea del lenguaje concebido no como un instrumento por medio del cual ordenamos las cosas del mundo, sino como lo que nos permite tener el mundo que tenemos. Este es su potencial: la interna relación, en el lenguaje, entre desocultamiento y creación, condición que,  que llevándola a la reflexión sobre lo público, ofrece un rico espacio para la  transformación y la imaginación de la sociedad.

¿De las palabras a los hechos?

El tema dominante en el pensamiento occidental moderno es, pues, la visión del hombre racional que disipa la obscuridad que envuelve el mundo para explicar el orden subyacente y, de este modo, invocar el conocimiento y la posibilidad de una vida que es naturalmente buena.

            Al igual que desde la crítica psicológica[3], desde la crítica filosófico-lingüística de la filosofía del sujeto, se descubre “lo otro de la razón” en el seno de la razón. Mientras en la destrucción psicológica del sujeto se trataba del descubrimiento de fuerzas libidinosas (y poder social) en el seno de la razón, en la destrucción filosófico-lingüística del subjetivismo se trata del descubrimiento de un cuasi factum, previo a toda intencionalidad o subjetividad: sistemas lingüísticos de significaciones, formas de vida, un mundo creado lingüísticamente.

Aquí, no se trata de un mundo sin sujetos; se trata, más bien, de un mundo en el que los hombres pueden ser, o no, “ellos mismos” de diferentes maneras en cada caso. Se puede interpretar, también, esa comunidad siempre en curso de realización, la de un mundo accesible lingüísticamente, como un proceso de mutuo entendimiento; lo único que es concebible es algún tipo de convención o consenso[4]. Wittgenstein apela a la uniformidad de reacciones naturales o primitivas de los hombres, cuando se habla de una concordancia, es decir, constata los usos lingüísticos[5]. El modo común de actuar de los hombres es el sistema de referencia para interpretar una cultura extraña, no propia. En palabras del filósofo vienés,

¿Sería correcto decir que en nuestros conceptos se refleja nuestra vida?

Están inmersos en ella.[6]    

No existe ningún ámbito fuera de la experiencia lingüística del mundo. Ahora bien, esta lingüísticidad de la experiencia humana no entraña la objetivación del mundo mismo, una noción de conocimiento que demarca el espacio del sujeto que conoce y la del objeto conocido, o, lo que es lo mismo, el sujeto que nombra y el objeto nombrado. La “esencia” del lenguaje no es la de representar el mundo, “la esencia se expresa en la gramática”.[7] El lenguaje se concibe, pues, como una praxis socialmente compartida. “El operar con conceptos impregna nuestra vida.”[8] Desde esta concepción, es posible establecer espacios de acción común en los cuales se estipulan implícitamente las formas de comportamiento que son “propias”, adecuadas.

La identidad personal no es algo dado, sino la imagen que uno se forma de sí mismo. Ésta cambia y se transforma según las circunstancias históricas, sociales y personales. El otro me cuestiona a mí, cuestiona los límites de mi mundo, me obliga a recrearme. “Nadie es de una pieza.” No se es únicamente mujer, o joven, o universitaria, o hija, o española, etc. Hay que rechazar el esencialismo de la condición humana.

¿Qué pasa, entonces, con la acción política? Toda acción es posible siempre y cuando se asuma de acuerdo con los nuevos sujetos, las nuevas realidades. El carácter de construcción de nuestra identidad implica que está en nuestras manos –con todas las mediaciones y matices que se quiera- determinar el carácter autónomo o heterónomo de nuestra construcción. Saber de la condición de producto de nuestra identidad constituye, realmente, una interpelación que nos fuerza a resolver si queremos participar, o no, de dicha producción, y de qué manera. Nada resulta más conveniente que un sujeto que renuncia a la construcción de su propia identidad.

En el mismo sentido, la imagen que una comunidad tiene de sí misma, y que se muestra en su lenguaje, en su simbolización del mundo, es el resultado de un proceso complejo de construcción constante donde el pasado se integra con la realidad actual. Las formas de vida cambian irremediable y afortunadamente. En ocasiones, en el enfrentamiento con otras comunidades (dominantes o dominadas). En el encuentro con “lo otro”, no se trata de superar nuestro propio punto de vista, el que nos viene dado en el lenguaje de nuestra comunidad, para ponernos dentro del otro. Esta idea presupone que somos capaces de alcanzar la neutralidad absoluta, - ese metaléxico del que habla Rorty[9]-;por el contrario, es necesario asumir el trasfondo propio, asumir que nuestra comprensión es contextualizada o encarnada, recurriendo a la terminología tayloriana.

 El lenguaje debe ser visto, pues, como una actividad que se crea y se recrea en el habla. El lugar primario de este es la conversación, el diálogo. Esta apreciación puede hacerse, también, para el diálogo entre las culturas. La cultura no es una manera uniforme y establecida de vida; debido a la lucha constante entre lo aceptado por la mayoría y las razones y valores que una minoría crítica propone, está constantemente en cambio sin abandonar, por ello, las creencias básicas de esa cultura. Al tiempo que, como señalé, incide el acercamiento a otras culturas con las que la comunidad se identifica o de las que se separa.

Si bien una comunidad cultural es difícil de delimitar, es posible distinguir un cierto modo de vida compartido, el uso de ciertas reglas y costumbres y, además, ciertos rituales institucionalizados. La identidad cultural no es algo dado, como señalé, inamovible, sino una constante creación colectiva que modifica sus “límites” en el contacto con “lo otro”. Tampoco es la misma en todos los sectores de la sociedad, e imágenes distintas de sí pueden coexistir en una misma cultura. En palabras de Luis Villoro, “la identidad no es un conjunto de características peculiares por descubrir, sino una representación ideal por proyectar.”[10]

Es posible, pues, superar los límites de la propia forma de vida o cultura. Esta posibilidad se abre en el momento en que partimos de una noción de razón plural, no de la RAZÓN, sino de racionalidades diversas. No hay un punto de vista privilegiado ni un metalenguaje abarcador de todos los lenguajes posibles desde el cual establecer la verdad o el sentido. El mundo puede ser accesible desde diversos paradigmas, todos igualmente válidos. La realidad, entonces, no es una y única, sino multiforme, dependiente de las distintas maneras de “configurarse”.[11]

 Este primado del contexto y la interpretación, esta lingüístización radical de la realidad nos abre a una concepción del mundo desde la pluralidad, que plantea, también, ciertos problemas en tanto supone una relativización de lo humano al contexto. Y lo que es más, implica un primado de la diferencia que, si bien plausible, no debería ser acríticamente asumido, ya que lo que se pone en juego es siempre la relación entre culturas, más bien, entre nuestra cultura y las otras. Desde la perspectiva wittgensteiniana, el encuentro entre diversas formas de vida no debe implicar, en ningún caso, una actitud valorativa o clasificatoria de lo otro, de lo ajeno, a partir de nuestras propias formas de vida. Tal como señala Rush Rhees,

Cuando estudiamos sistemas éticos distintos del nuestro, nos sentimos especialmente tentados a interpretarlos. Nos inclinamos a pensar que las expresiones, tal como se utilizan en estas discusiones éticas, tienen el significado que nos sugieren, en lugar de mirar lo que aquí se hace con ellas. (…) Al considerar un sistema ético distinto, puede haber una fuerte tentación de creer que lo que nos parece que expresa la justificación de una acción es lo que realmente la justifica en este sistema, mientras que las razones reales son las razones que se dan. Estas son las razones a favor o en contra de la acción. “Razón” no siempre significa lo mismo; y, en ética, debemos abstenernos de dar por sentado que las razones tienen que ser de un tipo distinto a tal como vemos que son.[12] 

De manera que será siempre preciso apelar al sentido de la responsabilidad que nos permita aceptar las otras formas de vida como “modulaciones” de la vida, de la forma de vida, entendiendo ésta como el dato de nuestra <historia natural>, como la forma de vida de los humanos, y no de forma restrictiva, como el conjunto de costumbres, hábitos, normas, instituciones propias de un pueblo[13].

 Siendo así, es preciso que, si bien conscientes de los límites trazados desde nuestra forma de vida, estemos dispuestos no a incluir otras formas extrañas dentro de dichos límites, sino a ampliar nuestra forma de vida, a recorrer los límites que distinguen el sentido del sinsentido.

El desafío

La idea de cultura que potencia la epistemología clásica es esencialmente monológica, lo que se requiere es el fortalecimiento del carácter dialógico. Para ello es preciso hacer explícito que tanto la identidad del sujeto como la de la comunidad a la que pertenece no son una esencia dada, sino una construcción que depende del reconocimiento. Es necesario defender una política igualitaria, como forma de apertura a valores comunes a todos los miembros de una sociedad. La justicia no es un mero procedimiento para la convivencia de puntos de vista diversos. Es necesario apelar a una voluntad común, no como algo dado, sino construido, es más, en constante construcción para la realización del orden ético que no deriva de las elecciones particulares o de grupo. En ningún caso, se está prescindiendo, entonces, de una serie de principios o valores morales que estructuran los comportamientos; lo que se defiende es la pertinencia de concebirlos como una posibilidad, - asumiéndolos como nuestra opción, mi opción –, de forma que se posibilite la coexistencia entre diferentes culturas. El yo totalmente desvinculado es una imposibilidad humana, el modelo atomista extremo es una quimera[14]. El reconocimiento del carácter procesual de la construcción de la identidad, ya sea personal o de la comunidad, y la asunción de nuestra condición compleja, heterogénea e histórica nos reta a asumir esa misma identidad como “escenario del conflicto”, en palabras de Manuel Cruz[15].

También, en el ámbito de la ética es necesario tener presente que nuestra existencia moral más elevada y completa es aquella que sólo podemos alcanzar como miembros de una comunidad. Esta idea nos lleva más allá del contrato o del concepto utilitario de sociedad como instrumento de  felicidad[16].

El hecho de que existan, es más, predominen las relaciones de dominación no debe desalentarnos en el intento de perseguir como ideal regulativo la efectividad del diálogo intercultural. Y no existe otra manera más que la de asumirnos como miembros de una comunidad, que es la que moldea en gran parte nuestro modo de concebirnos; y, lo que es más, conscientes de que la propia comunidad a la que pertenecemos se reconoce a sí misma, fija sus límites u horizontes normativos en el encuentro constante con las otras comunidades. Necesitamos de los otros para la definición de nuestra propia identidad no sólo como personas, sino también como comunidad, como pueblo.

El encuentro con culturas diversas supone un enfrentamiento a los límites de mi propia forma de vida, esos que son meramente implícitos y que la filosofía se ocupa de desenmascarar. Se articulan estos límites para verlos en un nuevo contexto, ya no como estructuras ineludibles, sino como posibilidades. Así, la comprensión del otro cambia nuestra autocomprensión, nos obliga a cuestionar los límites, los bordes mismos de nuestra cultura. Comprender al otro exige relativizar nuestra concepción, la cultura propia. Es necesario superar la tentación de privilegiar uno de los lenguajes, aquel en el que construimos el mundo. Este es el desafío.

Y bien, podría cuestionarme el lector, ¿cuál sería la relevancia extrafilosófica de la problemática desde la cual has abordado el problema de lo público? Considero que, cuando se tematiza o se desatiende estructuralmente algo en la filosofía de una época, cabe la posibilidad de que esto mismo resulte también concretamente practicado o desatendido en esa misma época. Es indudable que lo público requiere ser pensado una vez más, no sólo en lo que atañe a nuestras propias prácticas políticas, sino en cuanto esto nos permite reconsiderar los límites de nuestra propia concepción de mundo.


[1] La expresión es de Helena Bejar, El ámbito íntimo. Privacidad, individualismo y modernidad, Madrid, Alianza Universidad, 1995

[2] TAYLOR, M., “La superación de la epistemología” en Argumentos filosóficos. Ensayos sobre el conocimiento, el lenguaje y la modernidad, Barcelona, Paidós, 1997, pp. 26-27.

[3] Véase, FREUD, S., El malestar en la cultura, Madrid, Alianza ed., 1984, y también desde la teoría crítica, MARCUSE, H., Eros y Civilización, Barcelona, Ariel, 1995.

[4] Véase ALBRECHT, Wellmer, Sobre la dialéctica de modernidad y postmodernidad. La crítica de la razón después de Adorno, Madrid, Visor, 1993. (1a. ed. en alemán en 1985)

[5]Ludwig WITTGENSTEIN, Investigaciones Filosóficas, Barcelona, Crítica/Instituto de Investigaciones Filosóficas, 1988, & 206, &187.

[6] Ludwig WITTGENSTEIN,  Ultimos escritos sobre Filosofía de la Psicología, (Vol. II Lo interno y lo externo), Madrid, Tecnos, 1996 p. 101.

[7] Ludwig WITTGENSTEIN,  Investigaciones Filosóficas, op. cit., & 371.

[8] Ludwig WITTGENSTEIN, Últimos escritos..., op. cit, p. 72

[9] Richard RORTY, Contingencia, ironía y solidaridad, Barcelona, Paidós, 1996, [1ª. Ed. en inglés 1989]

[10] Luis VILLORO, “Sobre relativismo cultural y universalismo ético” en Estado plural y pluralidad de culturas, Paidós/UNAM, 1998, P. 149

[11] Véase, Luis VILLORO, “Estadios en el reconocimiento del otro” en op. cit., p. 168.

[12] Rush RHEES, “La concepción wittgensteiniana de la ética” en Ludwig Wittgenstein, Conferencia sobre ética. Con dos comentarios sobre la teoría del valor, Barcelona, Paidós, 1997, [1ª ed. ing. 1965], pp. 62-63.

[13] En su texto, Vértigos argumentales, Anthropos/UAM, 1994, Carlos Pereda señala pertinentemente, según lo entiendo, que “el uso de la expresión <forma de vida> es equívoco en Wittgenstein, ya que oscila entre: a)<forma de vida> como el dato de nuestra <historia natural>, como la forma de vida de los humanos, y b)<forma de vida> como la Sittlichkeit hegeliana, el conjunto de costumbres, hábitos, normas, instituciones… propias de un pueblo.”, p. 142.

[14] Esta es una idea que recupero de Charles Taylor, Las fuentes del yo, Barcelona, Paidós, 1996.

[15] Manuel CRUZ, Hacerse cargo. Sobre responsabilidad e identidad personal, Barcelona, Paidós, 1999, p. 23.

[16] Asumo, explícitamente, la posición de Taylor en su conocido artículo “La política del reconocimiento”, donde afirma que “nuestra identidad está parcialmente moldeada por el reconocimiento o por su ausencia; con frecuencia, por el mal reconocimiento por parte de otros, de modo que una persona o un grupo de gente pueden sufrir un daño real, una distorsión real, si la gente o la sociedad que los rodea les devuelve, como reflejo, una imagen restrictiva, degradante o despreciable de sí mismos”, en “La política de reconocimiento” en Ensayos filosóficos, op. cit., p. 293. 

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