Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

FORMACIÓN ÉTICA Y CIUDADANA
“NO MATARÁS”

Ofelia Ochoa y Gómez Elizalde

            Es imposible no sentirse convocado a participar de este encuentro después de haber leído su lema:  No matarás.

Son dos palabras que al pronunciarlas hacen vibrar parte de nuestro interior en una dimensión que posee alcances no sólo sonoros, pues repican con ecos que nos remontan a nuestra infancia, cuando nos iniciamos en el conocimiento de los mandamientos o tabla de Moisés.

            Es posible afirmar, además, que no se trata de una resonancia meramente individual, pues son  palabras, que, por su significación, pueden activar la reserva moral colectiva de cualquier habitante de esta parte del planeta[1]. Y no es una afirmación apresurada. Si nos remontamos a la formación e información recibida alrededor de los 7 u 8 años por los niños de estas tierras, veremos que, junto a la narración de cuentos y la literatura que, mirada desde aquí, resulta paradigmática, se encuentran los diez mandamientos de la ley de Dios.

            Como dato o componente perteneciente a los procesos históricos de nuestra cultura, se puede observar que esta se desoculta en un  tejido o trama donde el Evangelio y la presencia de Cristo dió lugar a una moral que sostuvo, en gran medida, los procesos independentistas, los de organización institucional de las naciones latinoamericanas y, posteriormente, los llamados de modernización y progreso.

 La referencia anterior se sustenta en la mirada a los proyectos políticos de las naciones lationamericanas, los cuales iban acompañados, por derivación, de políticas educativas que, en mayor o menor grado, se adecuaban al núcleo de valores existentes. Cuando se pretendió modificar exageradamente el núcleo mencionado, para salir de la barbarie de manera acelerada y copiando modelos europeos en nombre de la llamada civilización, estos pueblos, como era de esperar, hicieron su propia síntesis asimilando lo posible y rechazando lo ajeno.

            No se desconocen tampoco en este análisis, los llamados procesos de secularización que emergen históricamente en grados progresivos y acompañando las etapas mencionadas.

            Pero no es el propósito de esta comunicación actualizar viejas polémicas: educación laica versus libre o clericalismo versus anticlericalismo. Éste último, me parece un debate insoslayable para quienes pertenecen, hoy, al seno de la Iglesia Católica en América Latina, pues considero que debe redefinirse el perfil de sus integrantes. De lo contrario, los rasgos agonizantes de la Iglesia Católica Europea se profundizarán en estas latitudes.[2]

            Continuando con el análisis anterior, más allá de la diversidad de discusiones pendientes en nuestra sociedad, y basándonos, especialmente, en la observación empírica de los fenómenos religiosos, tanto en su vertiente sociológica como individual, es posible reconocer en nuestra tradición latinoamericana un cierto núcleo de normas, valores y expectativas de opciones o cursos de vida a alcanzar. Y, también, comprobar, que ellos han obrado a modo de soporte de la educación sistemática y asistemática .

            Desde los últimos 10, pero todavía más, desde los último 5 años, venimos asistiendo a una transformación mundial en lo geográfico, político, económico y, fundamentalmente, en lo moral, aunque, desde un orden jerárquico, debiera plantarse justamente al revés, o sea, desde lo moral. América Latina no se sustrae de esta transformación; más aun, es arrastrada por los cambios sin poder acertar a ponerse al frente de ellos.[3]

            Es otra vez el espejo roto[4], pero con niveles más abstractos que demandan multiplicidad de roles, los cuales derivan también en múltiples formas de entender la moral[5] entre los hombres y en cada hombre frente a cada situación de vida.

            La realidad de nuestros establecimientos educativos en la actualidad se presenta, por lo señalado anteriormente, con diversidades notables. Reina cierto desconcierto en las mentes de nuestros docentes, y no es sólo por la novedad y los cambios provenientes de los nuevos diseños curriculares y su inadecuación a los procesos económicos que se manifiestan en una creciente y generalizada pauperización. Se trata de algo más personal y profundo.

             En una primera mirada, la inadecuación a la que nos referimos consiste en que los nuevos diseños plantean, por su contenido y formas de aplicación, una propuesta de máxima que conduce a un cierto optimismo si se atiene sólo a la letra de la Ley Federal. Pero en la medida en que se van analizando sus posibilidades concretas, se abre una brecha entre su contenido y la        heterogeneidad de realidades existentes.

            La brecha se profundiza cuando se miran las características que presentan los alumnos ingresantes al sistema educativo, las de los maestros y, sobre todo, cuando se constatan las “nuevas formas de vida familiar” y sus consecuencias en la crianza de los niños, expuestos casi siempre, y en su mayoría, al cuidado del televisor.[6]

No es aventurado afirmar que la idea inicial de esta comunicación desplegada desde la fuerte significación que poseía el no matarás,[7] hoy se la percibe desdibujada en contornos indescifrables para las nuevas generaciones de niños y jóvenes.

            Por su parte, el maestro o profesor se encuentra con un torrente de nuevos contenidos científicos que primero debe comprender y, después, procesarlos mediante estrategias adecuadas y volverlos significativos para sus alumnos. Quizá, esto se constituya en un esfuerzo personal que la mayoría de los docentes están dispuestos a realizar, y de hecho realizan.

            El tema se vuelve más complejo cuando se trata de la disciplina o contenido transversal denominado Formación Ética y Ciudadana (FEyC). Y no es sólo por el tiempo de reflexión y prácticas específicas que requiere.

            La incorporación  y usos de buenos hábitos[8] en el amplio marco que abarca lo corporal, psíquico, mental y espiritual es el denominador común desde el cual habrá de nutrirse un comportamiento ético[9]. Y el dato empírico señala que los niños de todas las edades llegan a las escuelas con ausencia total, en la mayoría de los casos, de los hábitos mínimos.

            Subyace, por otra parte, en la conformación del obrar moral y ético, la importancia de ayudar a reconocer la diferenciación de los “límites” propios y ajenos en los niños más pequeños, que dará lugar a la futura distinción entre el bien y el mal. Esto ha de constatarse en un mayor y progresivo autocontrol del  propio cuerpo por parte de niños y jóvenes en formación hasta lograr el dominio de sí mismos en etapas de madurez.  Este proceso implica un largo recorrido que es necesario reconocer como uno de los factores básicos a tener en cuenta por parte de la escuela. Ésta,

 en muchos casos, ha de ir convirtiéndose en la reserva  moral de la sociedad, ya que ha de posibilitar que se forjen las fases de identidades propias de los alumnos desde edades muy tempranas.

             Es necesario considerar que la escuela siempre ha cumplido este rol social. Allí, los jóvenes y niños han podido reconocer y reconocerse en el encuentro intersubjetivo que implica la situación de aprendizaje.

            La cuestión que pretendemos advertir es que, por las características políticas, sociales, y económicas que circundan a la escuela en la actualidad, esta va quedando, al parecer, como la única capaz de hacerse cargo y contribuir formalmente a que los niños y jóvenes recorran el camino de apropiación de sí mismos.

            La apropiación de sí no corresponde sólo a niños y jóvenes. Es tarea de toda la vida y está rodeada de diferentes connotaciones a lo largo de toda su extensión.[10] Se constituye en la primera tarea si se miran los diferentes matices o complejidades de la vida humana, pues abarca a todos ellos en un haz que se puede comprender bajo la denominación de: yo, sí mismo, interior o deseo.

            Nuestra sociedad, fragmentada a modo de espejo roto y con una esplendorosa oferta de formas de consumo, genera distracción hacia objetos que, con visos de jerarquía y valor, conducen invariablemente a un deterioro espiritual del hombre con respecto a sí mismo, a los demás, a la naturaleza y al producto de su trabajo.

            Pero lo más comprometido en este mundo azaroso[11] es la falta de cuidado de sí. La demanda social coloca al hombre ante la imposibilidad de detenerse para hacerse cargo de su propia existencia.

            Se trate desde una perspectiva laica o religiosa, la categoría “cuidado de sí”[12], empleada por Platón, debe ser motivo de análisis por parte de filósofos y educadores. Recordemos que las indicaciones de Sócrates invitan –aunque desde un tono eminentemente intelectual- a revisar la propia vida del joven Alcibíades para que comprenda que gobernar, conducir u orientar a otros implica, primeramente, conducirse a sí mismo. Esto significa, muchas veces combatir consigo mismo[13] hasta lograr evitar las faltas o errores. Cuidar de sí significa, además, entre otras cosas, orientar las acciones hacia el bien.

            Aunque no podamos precisar a priori “lo bueno”, pues casi siempre es motivo de opiniones diferentes[14], es posible, sin embargo, que las instituciones educativas, mediante el diálogo y los sucesivos consensos, puedan acordar ciertos códigos de convivencia, donde el bien, en su más genuina  significación, se traduzca en permitir  y promover el crecimiento[15] de todos y de cada cual. Es decir, alentar aquello que se aleje lo más posible de la destrucción y la violencia de cualquier tipo, desde la perspectiva individual o del conjunto de la comunidad educativa.

            Podemos preguntar ahora, ¿cómo es posible lograr algo aparentemente tan sencillo y obvio pero que, si miramos la cotidianeidad,  resulta paradojalmente tan difícil?. Cómo es el cuidar de sí, o desear una vida buena.

            Las formas clásicas [16], practicadas desde antaño, aconsejan frugalidad en las comidas y los  alimentos en general, actividades físicas que permitan “sudar” diariamente. Y la conocida revisión de lo actuado durante cada día, que puede llevar veinte minutos al acostarse o al levantarse, o en ambos momentos. Esta revisión se mejora si se toman notas sobre las faltas o los logros, es decir,  mediante la escritura, la lectura y la meditación sobre las propias acciones. También, el hábito de la oración para aquellos que poseen fe suele ser un momento excelente cuando va acompañado de auténtica devoción. La palabra orante, en su reiteración sonora-significante, ayuda a “tejer la trama del alma” o el interior humano.  

            En los momentos dedicados al “cuidado de sí”, es factible retener el recorrido de toda una vida y darse cuenta de su prioridad frente a todo y a todos. Su valor, donde a través del amor y la práctica de las buenas acciones, conquista su paz. Fuente de toda posible paz externa, o sea, en la consideración intersubjetiva.[17]

            La dificultad de aprender a cuidar de sí, y donde se muestra más la paradoja, está es en que la sociedad actual demanda acción, éxito, consumo en sentido amplio, competencia entre pares. Es decir, todo lo contrario de volver sobre sí. Es facilitadora, pero para estar fuera de sí o para salir de sí. En cambio, la tarea de ocuparnos de nosotros mismos implica momentos de soledad. Tiempo de repliegue o de escucha de nuestro interior.

            El interior humano reclama “su tiempo”, porque es esencialmente deseo, es palabra, es amor, y el yo o sí mismo crece, sube y se eleva cuando se le otorga el cuidado conveniente. Como se señaló, a veces con sólo media hora basta, pero el recogimiento debe ser constante y en serena calma; poco a poco, así, puede  recuperase la profundidad del mundo interior, del yo o del deseo, que es fuente de las acciones o del obrar humano, objeto de la ética.

La presente comunicación tiene como propósito advertir en un triple sentido:

            1. El docente, mediante el “cuidado de sí”, puede recuperar su autoestima y lograr más fortaleza desde sí mismo. Sin abandonar las luchas por mayor reconocimiento social acorde con sus méritos y, por ende, mejor remuneración en el campo económico, cada docente sabe de la relevancia de su rol en una sociedad caracterizada por las crisis y los cambios. En este sentido, hay un compromiso o responsabilidad ineludible por parte de los sectores docentes.

            2. Los niños y jóvenes necesitan encontrar en las instituciones educativas el amparo que, muchas veces, no encuentran en otro lugar de la sociedad. En este amparo o refugio han de aprender a cuidar de sí durante las etapas de escolaridad para dejar incorporados esos hábitos, de modo que cuide de sí durante toda su vida.

            3. De todas las disciplinas que configuran los diseños curriculares actuales Formación y Etica Ciudadana, ya se considere como eje transversal o como segmento de un campo disciplinar, emerge naturalmente como el lugar apropiado y propicio para enfatizar y organizar estos aprendizajes con las estrategias adecuadas a cada etapa del desarrollo moral del niño.

            Por último, si pensamos y queremos educar para la paz, donde el “no mataras” recobre su significación más originaria en la impronta de la sociedad que nos toca vivir, es indispensable la recuperación y construcción de la “paz interior” mediante el “cuidado de sí” en docentes, niños jóvenes y padres. Es decir, en la comunidad educativa en su conjunto. Sólo desde una mirada al interior de cada uno, que permita y abra a una nueva significación de lo exterior, es posible alcanzar una visión superior de sí y de todo lo existente.

 


[1] Si nos retrotraemos dos décadas, puede sostenerse con más fuerza esta afirmación, dado que en el presente se observa en los niños la enorme influencia negativa de la TV., que sustituye los juegos, los cuentos y las lecturas de otros tiempos.
[2] A pesar de los esfuerzos realizados por la cabeza de la Iglesia en su peregrinaje por los pueblos del mundo buscando la paz y la concordia.
[3]Los países latinoamericanos aceptan, de manera desigual, el mandato del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional sobre  los lineamientos de política internacional en el marco de la Globalización.  Brasil, por ejemplo, los timonea de modo diferente, y pareciera que con mejores resultados. En el campo de la Educación, es minucioso el cumplimiento de las directivas de los organismos internacionales, con las consecuentes dificultades,  sobre todo, para los gobernantes y cuerpos de conducción en general.
[4] Expresión empleada por Teresa de Jesús de Ávila para referirse a la fragmentación política social y económica de su época. Y por autores posmodernos para referirse, en el mismo sentido, a la fragmentación actual.
[5] El vocablo moral está usado en su doble acepción: interioridad y exterioridad, que funda la intersubjetividad a través de conductas sustentadas en valores y/o virtudes.
[6] Aunque se pueda contar, en los mejores casos, con la presencia simultánea de los padres.
[7] También  desde un sentido amplio, el núcleo de valores que podía reconocerse anteriormente, o en épocas pasadas, se diluye sin poderse descifrar todavía qué otros valores lo sustituyen. En este proceso de disolución, sólo se verifican antivalores o disvalores, con la consecuente y natural preocupación de los docentes, que se van convirtiendo en los observadores legítimos de estos cambios y, muchas veces, en los destinatarios o receptores de sus consecuencias.
[8] Soporte disciplinar indeclinable de (FEyC).
[9] La afirmación puede responder a cualquiera de las teorías existentes desde Aristóteles en adelante.
[10] Aquí, coincidimos en parte con  M. Foucault cuando afirma que la preocupación de sí se ha convertido en un principio universal ( “Tecnologías del yo”; p. 66-67)
[11]La complejidad y lo azaroso de nuestra sociedad –en una segunda mirada a ella-  es un dato y, por lo tanto, sobre él hay que trabajar. Nuestra preocupación radica en la situación de la existencia humana misma, en un mundo que muchas veces se muestra incontrolable e impredecible. ¿Cómo recuperar el talante o el yo para que él mismo no se vuelva azaroso o incontrolable? ¿Cuál es el aporte de la escuela a este problema y sus derivaciones?
[12] PLATÓN;  “Obras completas” : Alcibíades I; Aguilar; 1977.
[13] Feuerbach afirmaba que el mayor triunfo radica en  “ vencerse a uno mismo”. Nuestros niños y jóvenes no tienen noticia acerca de estas reflexiones. Los adultos, además, tampoco damos muestras del valor que ellas tienen.
[14] Tanto en el nivel teórico como práctico.
[15] En todos los ámbitos o dimensiones de lo humano: corporal, psíquico y espiritual.
[16] PLATÓN; op. cit; FOUCAULT; op. cit; A. GABILONDO; Rev. Archipiélago N25, 1996.
[17] Es necesario volver sobre estas cuestiones porque, aunque poseen carácter milenario, se encuentran apartadas del cuerpo de necesidades reconocidas por nuestra sociedad. Los docentes, los padres, los educadores, en general, tendrán como misión actualizarlas. Si se está dispuesto a no traicionar la condición humana misma.

Volver al índice