"La perfección en los medios y la
confusión en las metas caracterizan nuestra era".
Albert Einstein
Mientras se apagan los últimos destellos de las
luces artificiales que encendieron el cielo del mundo
para el cambio de año, ( los matemáticos y astrónomos
insisten en que el siglo y el milenio comenzarán el 1º
de enero de 2001), y las consciencias del planeta
empiezan a percatarse que la tan anhelada meta es ya
una realidad -¡llegamos al 2000!-, comienzan a elevar
sus voces los analistas de los fenómenos que impactan
en esta Humanidad.
Es la primera vez en la historia del hombre que
sucede este hecho antropológico de consecuencias
impensadas: desde que abandonamos la caverna, o nos
bajamos de las ramas de los bananos, (según Sir
Charles), el conocimiento que permitía la
subsistencia de la especie, las tradiciones que se
transformaban en conocimiento ancestral, permanecían
como tesoro tribal depositado en las manos de los
ancianos. Los mayores eran los encargados de ir
iniciando a las generaciones nuevas para enfrentar su
lucha por la supervivencia: desde las lecciones de
caza y pesca, pasando por los secretos del cultivo,
hasta, no mucho tiempo atrás, para aconsejar al joven
una carrera que, a lo largo de su vida le permitiría,
el sólo título enmarcado, mantener un status social
del cual, con poco esfuerzo, se podía sustentar una
familia, el orgullo de los viejitos de "m'hijo el
dotor".
Sin embargo, hoy se presenta un fenómeno inédito
en la historia del hombre: son los jóvenes los que
poseen en la punta de los dedos la clave del futuro.
El ser digital es hoy el pasaporte imprescindible para
el milenio que despierta. Y los adultos, una y otra
vez, debemos mirar de reojo (para no pulverizar
nuestra autoestima) cómo nuestro hijo arregla el lío
que se nos armó en la pantalla, o nos hacemos los
distraídos y le pedimos: ¿podrías programar la
video, que no tengo tiempo?
Hoy, los adultos somos pupilos de nuestros hijos.
El grave problema está en que estos jóvenes maestros
tienen otra estructura mental muy diferente de la
nuestra, y muchas veces no logran comprender nuestros
bloqueos frente a la tecnología en la que ellos se
mueven como peces en el agua.
Sucede que la mente funciona sobre la base de
patrones ( si yo siguiera escribiendo esta nota en
africans, probablemente pocos me comprenderían, ya que
no es nuestro idioma). El lenguaje es un patrón. Piaget
habla de esquemas. Así, cuando aprendemos algo nuevo lo
asimilamos a un patrón de pensamiento que ya poseemos;
si no existe tal patrón, esa realidad nos permanece
oscura e incomprensible. Estos patrones mentales son
nuestros paradigmas. Cuando ocurre un cambio de
paradigmas, como el que hoy embarca a la humanidad,
debemos modificar nuestros patrones cognitivos para
poder asimilar los nuevos conocimientos. Y nuestros jóvenes
han nacido y desarrollado sus potencias cognitivas en
este nuevo paradigma que nace de la mano de las nuevas
tecnologías.
Afirma Jordi Adell que "tal vez, uno de los
fenómenos más espectaculares asociados a este
conjunto de transformaciones sea la introducción
generalizada de las nuevas tecnologías de la
información y la comunicación en todos los ámbitos
de nuestras vidas. Están cambiando nuestra manera de
hacer las cosas: de trabajar, de divertirnos, de
relacionarnos y de aprender. De modo sutil, también,
están cambiando nuestra forma de pensar. "
Las tecnologías ya asentadas a lo
largo del tiempo, las que utilizamos habitualmente o
desde la infancia, están tan perfectamente integradas
en nuestras vidas, como una segunda naturaleza, que se
han vuelto invisibles. Las utilizamos hasta tal punto
que no somos conscientes de cómo han contribuido a
cambiar las cosas. Sólo percibimos la tecnología
cuando falla o temporalmente desaparece: una huelga de
transporte público sume a toda una ciudad en el caos;
un corte de suministro eléctrico lo trastoca todo: no
podemos pensar, siquiera, qué hacían nuestros abuelos
sin luz desde el crepúsculo. Sin ir más lejos,
pensemos un minuto en la crisis que produjo el hecho de
que los equipos obsoletos no reconocieran el doble cero
del 2000. ¿Cuánta tinta se desplegó en el mundo
proclamando el Y2K, cuántos millones para prevenir la
catástrofe?
Sin embargo, la materialización de
algunas de las posibilidades que se vislumbran en las
nuevas tecnologías dependerán más de decisiones políticas
y de compromisos institucionales que de avances tecnológicos
o de la disponibilidad de medios. No es una cuestión de
computadoras más o menos sofisticadas, el problema está
en qué hacer con ellas.
Las instituciones educativas tienen
una historia muy larga y un conjunto muy asentado de prácticas.
A lo largo de siglos, se han consolidado una serie de
formas de hacer las cosas que son difíciles de cambiar
a corto plazo. En terminología física, diríamos que
la masa inercial de las instituciones es enorme y que se
requiere una gran cantidad de energía para hacerla
cambiar de dirección o acelerar su marcha.
El paso de la cultura generada en
torno del libro impreso a la cultura del mensaje electrónico
implica cambios profundos en las competencias de las
personas para acceder a los modos de organización,
estructuración y consulta del contenido.
A la lógica del autor, fijada sobre
el papel de una vez para siempre, le suceden
innumerables fragmentos manipulables indefinidamente,
relacionables de múltiples maneras, interpretables en
función de la capacidad del lector para decodificar e
integrar los diversos lenguajes en que aparece cifrado
el contenido posible. Estamos en la era del hipertexto;
como decía Borges: un jardín de senderos que se
bifurcan infinitamente. El contenido adquiere dimensión
espacial.
Nace el homo internetus, dice Sophie Boukhari, el
mutante del ciberespacio, el navegante de los mares
virtuales, y su vida, a la luz de estos nuevos
conceptos, no se estructurará en etapas vitales
sucesivas y bien definidas: infancia, estudios,
trabajo, jubilación. De alguna manera increíblemente
metafórica, su vida también se transmuta, como el
texto, en hipertexto: cada acontecimiento en el
transcurrir vital adquiere dimensionalidad espacial,
se puede elegir infinidad de opciones. El aprendizaje
deberá ser permanente, no una etapa de la vida sino
una forma natural de hiperenlazar lo acontecimientos
de su existencia. El único camino para la nueva
supervivencia.
Necesariamente, cambiará su entorno
de trabajo y surgirán nuevas reglas. Triunfarán los
profesionales versátiles, con mentes flexibles,
adaptables, con excelentes conocimientos de informática,
centrados en los procesos y no en los contenidos, con
capacidad para ocuparse de varios proyectos al mismo
tiempo y de trabajar conectado, en equipo, con gente
que, probablemente, no esté, siquiera, en su hemisferio
geográfico. Deberá tener muy claro que lo único
permanente es el cambio. Y que lo único imperecedero es
el mismo hombre. Como afirma genialmente Michel Ickx :
"será más importante el saber ser, que el saber
hacer."
El mundo entero se pregunta ahora acerca de la
preparación de las nuevas generaciones. ¿Cuál es la
respuesta de la educación ante esta realidad? Ya no
es el futuro. Es el PRESENTE.
Hoy, las instituciones educativas, a
la zaga del proceso de creación del conocimiento, se
cuestionan qué y cómo enseñar, mientras que el mundo
busca encontrar la fórmula que permita aprender a
aprender, estimular las capacidades cognitivas y
emocionales de la persona con la intención de no quedar
al margen del proceso de evolución científica, tecnológica
y cultural. Los medios tradicionales - la palabra, el
texto escrito y la dupla tiza-pizarrón - ya no
alcanzan.
De allí que la demanada que hoy la
sociedad le hace a la educación es un grito desesperado
de transformación profunda: ya no basta cambiar planes
de estudio, ya no basta mudar lo aparente, ya no sirve
quedarse con las discusiones estériles de los nuevos
sofistas: hoy, la educación debe acompañar a la
humanidad para permitirle asimilar este cambio de
paradigmas que enfrenta, que es ineludible, que es
impostergable. Debemos abrir las paredes de las aulas y
dejar entrar la luz del nuevo conocimiento, debemos
conectar los espíritus infantiles con la solidaridad de
los nuevos, siempre eternos, valores. Debemos permitir a
nuestros alumnos comprender la existencia de una
humanidad distante, una antípoda, con una cultura
totalmente diferente, con realidades increíblemente
diversas, pero con la infinita posibilidad de hacer
amigos por todos los confines de la tierra.
Otro de los nuevos problemas que nos
plantea esta sociedad del conocimiento es, precisamente,
la superabundancia documental. Un relevamiento encargado
a la consultora Satchi contabilizaba hasta enero de 1998
algo más de 5.400.000 de servidores aplicados a la
educación. Si consideramos que cada uno de ellos
albergue la exigua cantidad de 10 documentos , este cálculo
arroja un total de 54.000.000 de documentos relacionados
con esta área, sin considerar sus vínculos con otros
sitios. ¿Qué sentido tiene esa riqueza si está
inaccesible para nosotros? ¿No adquiere, frente a esta
realidad, una nueva dimensión el fracaso escolar? Se
puede medir ya el éxito escolar con la apropiación de
contenidos que van desde la página 13 a la 17 de un
viejo manual de escuela?
Surge necesaria la gestión del
conocimiento como un proceso que permitirá acceder a la
documentación, jerarquizarla, evaluarla , volverla
utilizable y disponible, reproducirla, recrearla,
interpretarla. Mediante la aplicación de un conjunto de
tecnologías de búsqueda , estrategias y clasificación,
podemos disponer de un conocimiento que por las vías
convencionales se transformaría en algo decididamente
irrealizable.
Pero la información que podamos
hallar no es conocimiento, el conocimiento implica la
transformación de dicha información a través de los
procesos cognitivos del hombre.
Y el conocimiento tampoco es sabiduría:
así como la civilización no es cultura, ya que la
cultura implica cultivo interior, espiritual, y la
civilización la constituyen las normas, los modales,
las costumbres. Nunca el hombre se civilizó más fácilmente
que en esta época, pero tampoco nunca se cultivó con
mayor dificultad. Vivimos y compartimos la vida de una
manera light , dice el Dr Rojas, sin profundidad, sin
una espiritualidad vivificante que otorgue un
significado trascendente a la pura biología. El
conocimiento no es sabiduría: es información
humanamente procesada, pero sin dimensión
trascendental, aquella que eleva a persona sobre las
bestias. De allí que este conocimiento no implique
necesariamente comunicación, "construcción de
significados compartidos, intenciones primordiales de
todo proceso educativo." Nunca el ser humano ha
estado más comunicado y, sin embargo, paradoja de la
posmodernidad, nunca el ser humano se ha sentido más
solo.
¿La incorporación de las nuevas
herramientas mejorará nuestra capacidad como educadores
y la de nuestros alumnos para gestionar eficazmente la
información? Seguramente, sí. Pero ¿la capacidad de
gestionar eficazmente la información nos transformará
en seres humanos íntegros, con todas nuestras
potencialidades y talentos plenamente desarrollados, con
la sabiduría de aplicar este conocimiento para lograr
un mundo mejor, más justo, más solidario, más
honesto?
Hoy, la humanidad enfrenta un reto comparable al
momento en que abandonó las cavernas; hoy, todos los
pueblos de la tierra están nuevamente a cero, en la línea
de partida del futuro: las posibles riquezas que
aporta la sociedad del conocimiento son infinitas,
inimaginables. Los nuevos mundos palpitan y se gestan
silenciosamente entre los clics de algún mouse.
Seamos capaces de la grandeza y enfrentemos la
historia sin dejar atrás esta oportunidad de situar a
nuestra Nación entre las pioneras de la nueva tierra
de promisión.