BIOÉTICA Y PARTICIPACIÓN DEMOCRÁTICA
Silvia Rivera
En las últimas décadas, asistimos a un renovado
interés por la ética. Este interés no sólo se manifiesta en el ámbito académico,
sino que atraviesa, también, los diferentes discursos que articulan la trama social.
Desde distintos lugares, se alzan voces que solicitan pautas para orientarnos ante
conflictos que, en todos los casos, involucran valores. Los especialistas, por su parte,
intentan acercar instancias que funcionen como fundamento de nuestros juicios de valor.
Recurren, para su justificación, a recursos diversos, desde la postulación de supuestos
de la argumentación, que se pretenden universales, hasta la presentación de mecanismos
de ponderación de utilidades, pasando por la consagración de procedimientos formales de
decisión. En todos los casos, se habla mucho de ética. Tanto se habla que algunos
autores consideran que nos encontramos inmersos en el marco de una verdadera "moda
ética".
Sin ninguna duda, en el centro de esta moda ética,
se encuentra el discurso de la "ética aplicada". Es cierto que, en tanto el
objetivo primero de la reflexión ética es la orientación de la acción, podría
pensarse que la ética es naturalmente aplicada. Sin embargo, a pesar de que sus orígenes
se remontan a la Grecia clásica, tenemos que esperar hasta la mitad del siglo XX, o aún
más, para que la "aplicación" en sentido fuerte pase a primer plano. Porque no
se trata ya de fundamentar y criticar los principios que nos permiten dirigir y evaluar la
conducta de los hombres, considerada de un modo general y abstracto, sino de enfrentar
conflictos concretos en los que la vida y también la muerte de personas reales se ubica
en primer plano.
El discurso de la ética aplicada se construye en la
intersección de disciplinas diversas que vinculan de un modo inédito la filosofía con
los distintos ámbitos del conocimiento científico. En el caso de la bioética, una de
las ramas más transitadas de la ética aplicada, el abordaje interdisciplinario impone,
en un primer momento, una revisión crítica de los supuestos epistemológicos
tradicionales, como condición necesaria para la continuidad de un intercambio que no se
limite a observaciones vagas e imprecisas, sino que avance decididamente en la
construcción de alternativas transformadoras.
Entre estos supuestos, se destaca la afirmación
cientificista de la neutralidad de la ciencia. Si creemos que la ciencia -al menos en su
nivel básico o también llamado "puro"- es neutral, entonces, su relación con
los valores éticos se reduce a una mera vinculación externa. Si el valor epistémico o
cognitivo de búsqueda de la verdad es el único valor reconocido como guía de la
investigación en su instancia básica, entonces, la responsabilidad social queda relegada
al campo de las aplicaciones tecnológicas. De este modo, el debate ético se pone en
marcha cuando los productos circulan ya en la sociedad y se venden en el mercado, y la
posibilidad de intervención de la ética se limita a una regulación de sus usos, que en
ningún caso alcanza a determinar los valores que deben guiar la investigación misma. La
inadecuación de promover este atributo de neutralidad que pone a resguardo de
intervenciones críticas un espacio de investigación básica se hace manifiesta tan
pronto como entendemos que la ciencia es mucho más que un tipo especial o privilegiado de
conocimiento. La ciencia es una actividad social compleja que forma parte de los
dispositivos históricos de poder y que, por lo tanto, se despliega en contextos
institucionales diversos, tales como aulas, editoriales, sociedades científicas,
fábricas, empresas, oficinas de ciencia y técnica, además de los clásicos
laboratorios. En todos estos contextos, se juegan valores que es necesario aprender a
reconocer para enfrentarlos luego, desde una actitud de reflexión y crítica, en vez de
consumirlos sin conciencia clara de su función y sus efectos. Es en este sentido que el
epistemólogo español Javier Echeverría habla de cuatro contextos de la actividad
científica: el contexto de educación, el de innovación, el de evaluación y el de
aplicación. De las instancias normativas que articulan cada uno de ellos, existe
intelección científica sin aprendizaje previo, y ese aprendizaje responde al imaginario
moral vigente en cada sociedad.
Es importante tener en cuenta que estos contextos
interaccionan entre sí y se influencian recíprocamente, dado que, en primer lugar, el
desarrollo tecnológico no es autónomo, sino que pertenece a la producción del
conocimiento científico. A su vez, la investigación básica necesita tecnología para
efectivizarse y, obviamente, también subsidios, es decir, capital. El capital se consigue
con prestigio, relaciones, poder, es decir, aquello que con tanto cuidado trató de
ocultarse durante siglos bajo el velo de la verdad absoluta.
El reconocimiento de los múltiples valores que
atraviesan la actividad científica en sus múltiples contextos, me permite afirmar que no
sólo cabe referirse en términos de inadecuación a esta pretensión de neutralidad de la
ciencia, sino, también, de inconveniencia. Porque promueve la desvitalización del
discurso ético al reducirlo a una operación cosmética que se limita a recubrir de un
barniz de moralidad el desarrollo tecno-científico, sin avanzar en la revisión de sus
condiciones y prioridades.
Sin duda alguna, aceptar el compromiso de trabajar
por un fortalecimiento de la cultura democrática debe incluir a la bioética en su
programa, es decir, a la ética aplicada a las ciencias de la vida en sentido amplio:
medicina, biología, genética, ecología. Pero debe quedar claro que con hablar de
bioética no alcanza, sino que es necesario transitar hasta sus últimas consecuencias el
camino que ella nos abre, y esto implica, en un primer momento, revisar los supuestos de
la concepción heredada en filosofía de la ciencia, aquella que limita la ciencia al
conocimiento, reduce los valores a la búsqueda de la verdad y concibe una sola dirección
para el progreso científico.
En un segundo momento, implica, también, revisar
nuestro modo de entender y, sobre todo, practicar la ética. En tiempos de la modernidad
filosófica, la pregunta clave de la ética era ¿"qué debo hacer?". Y la
respuesta, absolutamente categórica: "actuar conforme al deber". Esto implicaba
dejar de lado todo aquello que, de un modo u otro, nos remitía a lo hipotético, a lo
instrumental. El riesgo indudable de tal posición rigorista es que sólo se pueda
concebir la motivación ética bajo la forma de imperativos o mandatos, que nos acercan
peligrosamente al dogmatismo, aun cuando estos mandatos pretendan surgir del interior
mismo de una racionalidad universal. Dogmatismo que, en todos los casos, se erige en
disfraz del más completo vacío moral.
La solemnidad con la que, a veces, aún se recubren
los conceptos morales hace difícil recuperar el sentido del ejercicio ético, ya presente
en sus comienzos griegos, en los que este aparece asociado a otros ejercicios
comunitarios, el de la deliberación y el de la democracia. Allí, encontramos la ética
unida al compromiso y la participación en empresas colectivas, a la argumentación que
discute, persuade y no demuestra o deduce. Por eso, para que hablar de ética no se torne
agobiante o incómodo al enfrentarnos, una y otra vez, con palabras cuyas resonancias nos
acercan imágenes de pureza y perfección extremas, pienso que es necesario resignificar
la ética desde una reflexión y una práctica que estreche sus vínculos con la
deliberación y la democracia. También, es necesario hacerlo para que los efectos de la
citada moda ética no se tornen estériles o, peor aún, negativos.
En sociedades como la nuestra, en las que hombres y
mujeres ven peligrosamente acotado el ámbito de sus decisiones por múltiples mediaciones
y por dudosos mecanismos de representación, el potencial de la ética se desvanece si se
presenta tan sólo como una fuerza normativa que viene a ocupar los espacios que otros
discursos legitimadores han dejado vacantes, la religión o las ideologías, entre ellos.
Porque el sujeto de la ética no es un dios omnisciente, ni un sujeto trascendental cuyo
atributo distintivo es la razón universal. Tampoco, el indefinido miembro de una supuesta
comunidad trascendental de comunicación. El sujeto de la ética es histórico y plural.
Somos nosotros, las mujeres y los hombres que, de un modo u otro, nos encontramos
sujetados a las prácticas sociales del dispositivo histórico en el que nos toca vivir.
Hombres y mujeres que nos vemos implicados en la vida política, económica, profesional o
cotidiana y que conformamos nuestras subjetividades en el marco de las reglas establecidas
por las instituciones en las que se desarrolla nuestro hacer. Precisamente, es en ese
marco que debemos encontrar o crear los espacios que nos permitan ampliar nuestra
capacidad de acción comunitaria.
La pregunta acerca de aquello que otorga significado
moral a una acción ha encontrado diferentes respuestas a lo largo de la historia. En la
línea de esta recuperación de la relación entre ética, deliberación y democracia, me
interesa acercar aquí la respuesta que da Victoria Camps a esta pregunta: "El
significado ético de una acción viene dado no por la decisión final, sino por la
argumentación que pesa los pros y los contras y justifica la elección hecha". Es
evidente que, con estas palabras, la autora se aleja de la deontología clásica, pero
también del utilitarismo. Porque no es ya la decisión tomada de acuerdo con el
reconocimiento del deber o de una ponderación de utilidades- el lugar de la ética, sino
el proceso deliberativo que examina ventajas, desventajas, considera cursos de acción
alternativos y justifica luego la elección realizada remitiéndola a principios,
convicciones, consecuencias.
Una ética que prioriza de este modo la
deliberación puede parecer una ética sin respuestas. Pero, en todo caso, cabe aclarar,
sin respuestas absolutas. Es decir, que se trata de una ética capaz de hacerse cargo del
carácter contingente y provisorio de todas las respuestas, y capaz, también, de asumir
la necesidad de revisarlas constantemente a través de une examen abierto que incorpore
nuevas razones y experiencias.
Pienso, sin embargo, que lo que hace a esta
posición más interesante todavía es que la prioridad que otorga a los medios sobre los
fines -al enfatizar el proceso deliberativo por sobre la decisión alcanzada- no le impide
de ningún modo, señalar la miseria del procedimentalismo que, al refugiarse en una serie
de mecanismos formales, vacía a la ética de contenido al tiempo que nos acerca una
imagen devaluada de democracia que se limita a garantizar libertades formales, pero sin
promover su realización efectiva, porque tampoco promueve los valores solidarios que
conforman su contenido.
No se trata, pues, de establecer formas tipo de
argumentación, o reglamentarlas de acuerdo con procedimientos mecánicos, sino de abrir
el juego de una deliberación creativa de valores, fines, objetivos capaces de dar
contenido y materialidad a las prácticas democráticas. Pero una pregunta inquietante se
insinúa en este punto y es necesario enfrentarla: ¿es posible la participación
efectiva?
Porque el reconocimiento de los límites del
procedimentalismo no alcanza para superarlo. La conciencia de la necesidad de investir de
contenidos valorativos al sistema democrático choca contra imposibilidades concretas. En
tanto los objetivos valiosos deben ser el resultado de una producción colectiva,
deberíamos fijarlos entre todos a partir de la deliberación y el diálogo. Pero de
ningún modo queda claro cómo puede ser esto posible si debido a la dimensión y
complejidad de las democracias occidentales la participación cede cada día su lugar a la
representación, que aleja a los hombres y a las mujeres de la posibilidad de intervenir
en el proceso colectivo de toma de decisiones. Los sentimientos que acompañan a este
proceso pueden resumirse en dos palabras: impotencia e incompetencia. Impotencia para
lograr el respeto del derecho a la libre participación en asuntos que nos competen
directamente porque determinan las condiciones en las que se va a desarrollar nuestra
vida, al establecer los alcances y límites de la salud, la procreación, la muerte.
Incompetencia para deliberar en torno de cuestiones que se tornan cada vez más técnicas
y especializadas.
Ahora bien, ¿qué puede hacer la bioética frente a
esta situación? En primer lugar, no perderse en abstracciones que, por acción u
omisión, sirvan para convalidar el orden existente en el plano de la ciencia y en el de
la política. En segundo lugar, no presentarse como un compendio de recetas que indiquen
el modo de resolver conflictos prácticos a la luz de principio formales o valores
universales presentes en algún reino inteligible accesible a los expertos. Si bien hasta
aquí nos hemos mantenidos en un plano negativo, también hay cosas positivas que la
bioética puede y debe hacer. En este sentido, y a pesar de ser una de las ramas de la
ética aplicada, pienso que la bioética debe promover un examen de los supuestos
presentes en el concepto mismo de "aplicación" que si bien, en una primera
instancia, parece enriquecer la reflexión al acercarle la inmediatez y materialidad de
casos únicos y singulares mantiene, en definitiva, la tradicional prioridad de la teoría
al suponer la existencia de reglas capaces de preexistir a su utilización, y con esto
acentúa la distancia entre teoría y praxis.
Además de este aporte teórico, cabe señalar otro
importante aporte de la bioética a la radicalización de una democracia sustantiva y no
formal: es su colaboración directa en la tarea de abrir espacios para la intervención
participativa de los ciudadanos; por ejemplo, a partir de la implementación de nuevas
figuras institucionales, entre las que se destacan los comités de bioética. Si bien, en
algunos casos, estas presentan un desarrollo incipiente, su número ha aumentado
considerablemente en los últimos años. Los riesgos que acechan a estos comités son
muchos, pero, por sobre los riesgos, se destaca su fertilidad en la promoción de
alternativas. En especial, si estamos atentos a algunos de los puntos que definen la
relación entre ciencia, ética y democracia que he intentado presentar en estas páginas.
Por evitar la burocratización excesiva y, también, el confinamiento de la decisión a
círculos expertos, por abrir el espacio para la participación en un proceso de
deliberación creador de valores, por instalar esta deliberación en el comienzo del
proceso de producción científica, y no sólo en el momento de la aplicación
tecnológica y, sobre todo, por ampliar el debate a la sociedad en su conjunto, entonces,
el aporte de los comités de ética a la construcción y fortalecimiento de la democracia
hace manifiesta su importancia.
Por último, quiero recordar que problematizar el
sentido en que se orienta la práctica tecno-científica no quiere decir, en absoluto,
estar en contra de la ciencia y la tecnología y, menos aun, oponerse a su desarrollo. La
cuestión no es, pues, si se está a favor o en contra de la ciencia y de la tecnología
en términos generales, sino qué ciencia y qué tecnología se pretende. Pero, para abrir
este debate, es necesario aceptar que no hay un único camino para avanzar hacia el
futuro, y que hay diversas maneras de ponderar los avances científicos. Y aceptar,
también, que cada uno de nosotros es responsable de esa ponderación y de ese futuro.
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Notas
Parte de este trabajo corresponde a la comunicación
"Bioética y Sociedad", presentada en el II SEMINARIO INTERNACIONAL "POR
UNA CULTURA DE PAZ", Universidad Nacional de Entre Ríos, Paraná, marzo 2000.
Cf. CAMPS, VICTORIA Etica, retórica, política,
Madrid, Alianza, 1995, p. 9 y ss.
El siguiente pasaje de Larry Laudan ilustra esta posición:
"No tengo nada que decir sobre los valores éticos como tales, puesto que no son los
valores predominantes en la empresa científica. Ello no equivale a decir que la ética no
juegue algún papel alguno en la ciencia; por el contrario, los valores éticos siempre
están presentes en las decisiones de los científicos y, de manera muy ocasional, su
influencia es de gran importancia. Pero dicha importancia se convierte en insignificancia
cuando se compara con el papel omnipresente de los valores cognitivos". LAUDAN,
LARRY Science and Values, Berkeley, University of California Press, 1984, p. XII.
Cf. ECHEVERRIA, JAVIER Filosofía de la ciencia, Madrid,
Akal, 1995, p. 51 y ss.
Cf. DIAZ, E. La ciencia y el imaginario social, Bs.
As. Biblos, 1996.
Cf. KANT, INMANUEL Fundamentación de la metafísica de
las costumbres, Madrid, Espasa Calpe, 1980.
En este sentido es importante recuperar la categoría de
Ernesto Laclau, de "significantes vacíos", que alude a la indeterminación del
contenido de estos grandes conceptos que en cada momento histórico se fijan de acuerdo a
configuraciones hegemónicas. Fijar el significado de ética, y democracia es pues, una
responsabilidad compartida, que excede el marco de la especulación teórica porque, como
nos enseñó Wittgenstein, es en las prácticas y ejercicios cotidianos de cada forma de
vida social donde construimos nuestros significados. Cf. LACLAU, ERNESTO Emancipación
y diferencia, Buenos Aires, Ariel, 1996 y WITTGENSTEIN, LUDWIG, Investigciones
Filosóficas, Barcelona, Crítica, 1988.
CAMPS, VICTORIA Op. cit. P. 51.
CAMPS, VICTORIA Op. cit. p. 85.