Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

BIOÉTICA Y PARTICIPACIÓN DEMOCRÁTICA 

Silvia Rivera

En las últimas décadas, asistimos a un renovado interés por la ética. Este interés no sólo se manifiesta en el ámbito académico, sino que atraviesa, también, los diferentes discursos que articulan la trama social. Desde distintos lugares, se alzan voces que solicitan pautas para orientarnos ante conflictos que, en todos los casos, involucran valores. Los especialistas, por su parte, intentan acercar instancias que funcionen como fundamento de nuestros juicios de valor. Recurren, para su justificación, a recursos diversos, desde la postulación de supuestos de la argumentación, que se pretenden universales, hasta la presentación de mecanismos de ponderación de utilidades, pasando por la consagración de procedimientos formales de decisión. En todos los casos, se habla mucho de ética. Tanto se habla que algunos autores consideran que nos encontramos inmersos en el marco de una verdadera "moda ética".

Sin ninguna duda, en el centro de esta moda ética, se encuentra el discurso de la "ética aplicada". Es cierto que, en tanto el objetivo primero de la reflexión ética es la orientación de la acción, podría pensarse que la ética es naturalmente aplicada. Sin embargo, a pesar de que sus orígenes se remontan a la Grecia clásica, tenemos que esperar hasta la mitad del siglo XX, o aún más, para que la "aplicación" en sentido fuerte pase a primer plano. Porque no se trata ya de fundamentar y criticar los principios que nos permiten dirigir y evaluar la conducta de los hombres, considerada de un modo general y abstracto, sino de enfrentar conflictos concretos en los que la vida y también la muerte de personas reales se ubica en primer plano.

El discurso de la ética aplicada se construye en la intersección de disciplinas diversas que vinculan de un modo inédito la filosofía con los distintos ámbitos del conocimiento científico. En el caso de la bioética, una de las ramas más transitadas de la ética aplicada, el abordaje interdisciplinario impone, en un primer momento, una revisión crítica de los supuestos epistemológicos tradicionales, como condición necesaria para la continuidad de un intercambio que no se limite a observaciones vagas e imprecisas, sino que avance decididamente en la construcción de alternativas transformadoras.

Entre estos supuestos, se destaca la afirmación cientificista de la neutralidad de la ciencia. Si creemos que la ciencia -al menos en su nivel básico o también llamado "puro"- es neutral, entonces, su relación con los valores éticos se reduce a una mera vinculación externa. Si el valor epistémico o cognitivo de búsqueda de la verdad es el único valor reconocido como guía de la investigación en su instancia básica, entonces, la responsabilidad social queda relegada al campo de las aplicaciones tecnológicas. De este modo, el debate ético se pone en marcha cuando los productos circulan ya en la sociedad y se venden en el mercado, y la posibilidad de intervención de la ética se limita a una regulación de sus usos, que en ningún caso alcanza a determinar los valores que deben guiar la investigación misma. La inadecuación de promover este atributo de neutralidad que pone a resguardo de intervenciones críticas un espacio de investigación básica se hace manifiesta tan pronto como entendemos que la ciencia es mucho más que un tipo especial o privilegiado de conocimiento. La ciencia es una actividad social compleja que forma parte de los dispositivos históricos de poder y que, por lo tanto, se despliega en contextos institucionales diversos, tales como aulas, editoriales, sociedades científicas, fábricas, empresas, oficinas de ciencia y técnica, además de los clásicos laboratorios. En todos estos contextos, se juegan valores que es necesario aprender a reconocer para enfrentarlos luego, desde una actitud de reflexión y crítica, en vez de consumirlos sin conciencia clara de su función y sus efectos. Es en este sentido que el epistemólogo español Javier Echeverría habla de cuatro contextos de la actividad científica: el contexto de educación, el de innovación, el de evaluación y el de aplicación. De las instancias normativas que articulan cada uno de ellos, existe intelección científica sin aprendizaje previo, y ese aprendizaje responde al imaginario moral vigente en cada sociedad.

Es importante tener en cuenta que estos contextos interaccionan entre sí y se influencian recíprocamente, dado que, en primer lugar, el desarrollo tecnológico no es autónomo, sino que pertenece a la producción del conocimiento científico. A su vez, la investigación básica necesita tecnología para efectivizarse y, obviamente, también subsidios, es decir, capital. El capital se consigue con prestigio, relaciones, poder, es decir, aquello que con tanto cuidado trató de ocultarse durante siglos bajo el velo de la verdad absoluta.

El reconocimiento de los múltiples valores que atraviesan la actividad científica en sus múltiples contextos, me permite afirmar que no sólo cabe referirse en términos de inadecuación a esta pretensión de neutralidad de la ciencia, sino, también, de inconveniencia. Porque promueve la desvitalización del discurso ético al reducirlo a una operación cosmética que se limita a recubrir de un barniz de moralidad el desarrollo tecno-científico, sin avanzar en la revisión de sus condiciones y prioridades.

Sin duda alguna, aceptar el compromiso de trabajar por un fortalecimiento de la cultura democrática debe incluir a la bioética en su programa, es decir, a la ética aplicada a las ciencias de la vida en sentido amplio: medicina, biología, genética, ecología. Pero debe quedar claro que con hablar de bioética no alcanza, sino que es necesario transitar hasta sus últimas consecuencias el camino que ella nos abre, y esto implica, en un primer momento, revisar los supuestos de la concepción heredada en filosofía de la ciencia, aquella que limita la ciencia al conocimiento, reduce los valores a la búsqueda de la verdad y concibe una sola dirección para el progreso científico.

En un segundo momento, implica, también, revisar nuestro modo de entender y, sobre todo, practicar la ética. En tiempos de la modernidad filosófica, la pregunta clave de la ética era ¿"qué debo hacer?". Y la respuesta, absolutamente categórica: "actuar conforme al deber". Esto implicaba dejar de lado todo aquello que, de un modo u otro, nos remitía a lo hipotético, a lo instrumental. El riesgo indudable de tal posición rigorista es que sólo se pueda concebir la motivación ética bajo la forma de imperativos o mandatos, que nos acercan peligrosamente al dogmatismo, aun cuando estos mandatos pretendan surgir del interior mismo de una racionalidad universal. Dogmatismo que, en todos los casos, se erige en disfraz del más completo vacío moral.

La solemnidad con la que, a veces, aún se recubren los conceptos morales hace difícil recuperar el sentido del ejercicio ético, ya presente en sus comienzos griegos, en los que este aparece asociado a otros ejercicios comunitarios, el de la deliberación y el de la democracia. Allí, encontramos la ética unida al compromiso y la participación en empresas colectivas, a la argumentación que discute, persuade y no demuestra o deduce. Por eso, para que hablar de ética no se torne agobiante o incómodo al enfrentarnos, una y otra vez, con palabras cuyas resonancias nos acercan imágenes de pureza y perfección extremas, pienso que es necesario resignificar la ética desde una reflexión y una práctica que estreche sus vínculos con la deliberación y la democracia. También, es necesario hacerlo para que los efectos de la citada moda ética no se tornen estériles o, peor aún, negativos.

En sociedades como la nuestra, en las que hombres y mujeres ven peligrosamente acotado el ámbito de sus decisiones por múltiples mediaciones y por dudosos mecanismos de representación, el potencial de la ética se desvanece si se presenta tan sólo como una fuerza normativa que viene a ocupar los espacios que otros discursos legitimadores han dejado vacantes, la religión o las ideologías, entre ellos. Porque el sujeto de la ética no es un dios omnisciente, ni un sujeto trascendental cuyo atributo distintivo es la razón universal. Tampoco, el indefinido miembro de una supuesta comunidad trascendental de comunicación. El sujeto de la ética es histórico y plural. Somos nosotros, las mujeres y los hombres que, de un modo u otro, nos encontramos sujetados a las prácticas sociales del dispositivo histórico en el que nos toca vivir. Hombres y mujeres que nos vemos implicados en la vida política, económica, profesional o cotidiana y que conformamos nuestras subjetividades en el marco de las reglas establecidas por las instituciones en las que se desarrolla nuestro hacer. Precisamente, es en ese marco que debemos encontrar o crear los espacios que nos permitan ampliar nuestra capacidad de acción comunitaria.

La pregunta acerca de aquello que otorga significado moral a una acción ha encontrado diferentes respuestas a lo largo de la historia. En la línea de esta recuperación de la relación entre ética, deliberación y democracia, me interesa acercar aquí la respuesta que da Victoria Camps a esta pregunta: "El significado ético de una acción viene dado no por la decisión final, sino por la argumentación que pesa los pros y los contras y justifica la elección hecha". Es evidente que, con estas palabras, la autora se aleja de la deontología clásica, pero también del utilitarismo. Porque no es ya la decisión –tomada de acuerdo con el reconocimiento del deber o de una ponderación de utilidades- el lugar de la ética, sino el proceso deliberativo que examina ventajas, desventajas, considera cursos de acción alternativos y justifica luego la elección realizada remitiéndola a principios, convicciones, consecuencias.

Una ética que prioriza de este modo la deliberación puede parecer una ética sin respuestas. Pero, en todo caso, cabe aclarar, sin respuestas absolutas. Es decir, que se trata de una ética capaz de hacerse cargo del carácter contingente y provisorio de todas las respuestas, y capaz, también, de asumir la necesidad de revisarlas constantemente a través de une examen abierto que incorpore nuevas razones y experiencias.

Pienso, sin embargo, que lo que hace a esta posición más interesante todavía es que la prioridad que otorga a los medios sobre los fines -al enfatizar el proceso deliberativo por sobre la decisión alcanzada- no le impide de ningún modo, señalar la miseria del procedimentalismo que, al refugiarse en una serie de mecanismos formales, vacía a la ética de contenido al tiempo que nos acerca una imagen devaluada de democracia que se limita a garantizar libertades formales, pero sin promover su realización efectiva, porque tampoco promueve los valores solidarios que conforman su contenido.

No se trata, pues, de establecer formas tipo de argumentación, o reglamentarlas de acuerdo con procedimientos mecánicos, sino de abrir el juego de una deliberación creativa de valores, fines, objetivos capaces de dar contenido y materialidad a las prácticas democráticas. Pero una pregunta inquietante se insinúa en este punto y es necesario enfrentarla: ¿es posible la participación efectiva?

Porque el reconocimiento de los límites del procedimentalismo no alcanza para superarlo. La conciencia de la necesidad de investir de contenidos valorativos al sistema democrático choca contra imposibilidades concretas. En tanto los objetivos valiosos deben ser el resultado de una producción colectiva, deberíamos fijarlos entre todos a partir de la deliberación y el diálogo. Pero de ningún modo queda claro cómo puede ser esto posible si debido a la dimensión y complejidad de las democracias occidentales la participación cede cada día su lugar a la representación, que aleja a los hombres y a las mujeres de la posibilidad de intervenir en el proceso colectivo de toma de decisiones. Los sentimientos que acompañan a este proceso pueden resumirse en dos palabras: impotencia e incompetencia. Impotencia para lograr el respeto del derecho a la libre participación en asuntos que nos competen directamente porque determinan las condiciones en las que se va a desarrollar nuestra vida, al establecer los alcances y límites de la salud, la procreación, la muerte. Incompetencia para deliberar en torno de cuestiones que se tornan cada vez más técnicas y especializadas.

Ahora bien, ¿qué puede hacer la bioética frente a esta situación? En primer lugar, no perderse en abstracciones que, por acción u omisión, sirvan para convalidar el orden existente en el plano de la ciencia y en el de la política. En segundo lugar, no presentarse como un compendio de recetas que indiquen el modo de resolver conflictos prácticos a la luz de principio formales o valores universales presentes en algún reino inteligible accesible a los expertos. Si bien hasta aquí nos hemos mantenidos en un plano negativo, también hay cosas positivas que la bioética puede y debe hacer. En este sentido, y a pesar de ser una de las ramas de la ética aplicada, pienso que la bioética debe promover un examen de los supuestos presentes en el concepto mismo de "aplicación" que si bien, en una primera instancia, parece enriquecer la reflexión al acercarle la inmediatez y materialidad de casos únicos y singulares mantiene, en definitiva, la tradicional prioridad de la teoría al suponer la existencia de reglas capaces de preexistir a su utilización, y con esto acentúa la distancia entre teoría y praxis.

Además de este aporte teórico, cabe señalar otro importante aporte de la bioética a la radicalización de una democracia sustantiva y no formal: es su colaboración directa en la tarea de abrir espacios para la intervención participativa de los ciudadanos; por ejemplo, a partir de la implementación de nuevas figuras institucionales, entre las que se destacan los comités de bioética. Si bien, en algunos casos, estas presentan un desarrollo incipiente, su número ha aumentado considerablemente en los últimos años. Los riesgos que acechan a estos comités son muchos, pero, por sobre los riesgos, se destaca su fertilidad en la promoción de alternativas. En especial, si estamos atentos a algunos de los puntos que definen la relación entre ciencia, ética y democracia que he intentado presentar en estas páginas. Por evitar la burocratización excesiva y, también, el confinamiento de la decisión a círculos expertos, por abrir el espacio para la participación en un proceso de deliberación creador de valores, por instalar esta deliberación en el comienzo del proceso de producción científica, y no sólo en el momento de la aplicación tecnológica y, sobre todo, por ampliar el debate a la sociedad en su conjunto, entonces, el aporte de los comités de ética a la construcción y fortalecimiento de la democracia hace manifiesta su importancia.

Por último, quiero recordar que problematizar el sentido en que se orienta la práctica tecno-científica no quiere decir, en absoluto, estar en contra de la ciencia y la tecnología y, menos aun, oponerse a su desarrollo. La cuestión no es, pues, si se está a favor o en contra de la ciencia y de la tecnología en términos generales, sino qué ciencia y qué tecnología se pretende. Pero, para abrir este debate, es necesario aceptar que no hay un único camino para avanzar hacia el futuro, y que hay diversas maneras de ponderar los avances científicos. Y aceptar, también, que cada uno de nosotros es responsable de esa ponderación y de ese futuro.

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Notas

Parte de este trabajo corresponde a la comunicación "Bioética y Sociedad", presentada en el II SEMINARIO INTERNACIONAL "POR UNA CULTURA DE PAZ", Universidad Nacional de Entre Ríos, Paraná, marzo 2000.

Cf. CAMPS, VICTORIA Etica, retórica, política, Madrid, Alianza, 1995, p. 9 y ss.

El siguiente pasaje de Larry Laudan ilustra esta posición: "No tengo nada que decir sobre los valores éticos como tales, puesto que no son los valores predominantes en la empresa científica. Ello no equivale a decir que la ética no juegue algún papel alguno en la ciencia; por el contrario, los valores éticos siempre están presentes en las decisiones de los científicos y, de manera muy ocasional, su influencia es de gran importancia. Pero dicha importancia se convierte en insignificancia cuando se compara con el papel  omnipresente de los valores cognitivos". LAUDAN, LARRY Science and Values, Berkeley, University of California Press, 1984, p. XII.

Cf. ECHEVERRIA, JAVIER Filosofía de la ciencia, Madrid, Akal, 1995, p. 51 y ss.

Cf. DIAZ, E. La ciencia y el imaginario social, Bs. As. Biblos, 1996.

Cf. KANT, INMANUEL Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Madrid, Espasa Calpe, 1980.

En este sentido es importante recuperar la categoría de Ernesto Laclau, de "significantes vacíos", que alude a la indeterminación del contenido de estos grandes conceptos que en cada momento histórico se fijan de acuerdo a configuraciones hegemónicas. Fijar el significado de ética, y democracia es pues, una responsabilidad compartida, que excede el marco de la especulación teórica porque, como nos enseñó Wittgenstein, es en las prácticas y ejercicios cotidianos de cada forma de vida social donde construimos nuestros significados. Cf. LACLAU, ERNESTO Emancipación y diferencia, Buenos Aires, Ariel, 1996 y WITTGENSTEIN, LUDWIG, Investigciones Filosóficas, Barcelona, Crítica, 1988.

CAMPS, VICTORIA Op. cit. P. 51.

CAMPS, VICTORIA Op. cit. p. 85.

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