Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

ÉTICA, POLÍTICA Y BIOTECNOLOGÍA: ALCANCE Y LÍMITES DE LA CRÍTICA Y DE LOS MARCOS NORMATIVOS

María José Rossi

            Una de las falacias más comunes en el discurso político contemporáneo deriva de escindir la ética y la política. Si bien es frecuente que los debates en los foros académicos consideren el dispositivo ética-política como unidad indisociable, los análisis políticos sobre la propia realidad están lejos de admitir su íntima vinculación, sobre todo, cuando por doquier se imputan los horrores del sistema a la inmoralidad de algunos y se intentan establecer por todos lados tribunales de ética. La crítica moral está a la orden del día.

            También, en el terreno de la biotecnología, se multiplican los intentos infructuosos por poner límites (éticos y legislativos) al desarrollo de las investigaciones en ese campo. Pero si –como dijimos- los intentos resultan infructuosos, y parecieran estar sólo destinados a crear la imagen de una auténtica preocupación altruista (ya sea de parte de los gobiernos como de otras organizaciones con fines eticistas), es que algo falla en el análisis de esos temas. Sin embargo, no podemos seguir dándonos, por mucho tiempo más, el lujo de esa falta de rigor: es evidente que cualquier legislación en ese campo va muy a la zaga de la praxis real. Y es también evidente, como dijo Nietzsche, que los intereses están siempre antes y son mucho más veloces que el propio pensamiento y sus pueriles intentos de legitimación, con las consecuencias, a veces nefastas, que eso puede tener para el fenómeno mismo de la vida.

 No quisiera ir tan atrás en el tiempo, pero es una determi­nada interpretación del dispositivo moral kantiano la que permite, aún en medios intelectuales, derivar esta falacia que conduce a la escisión positivista entre una ética normativa y una teoría empírica de la sociedad. Merced a este divorcio, puede apelarse alegremente a lo que “se debe” ¾parámetro implacable desde el que se juzga la corrección u honestidad de la conducta moral de los actores sociales¾  sin conmover en absoluto el “es”, es decir, la realidad desde la cual se actúa. Tales análisis encuentran en el filósofo Kant el justifica­tivo para separar, a mi modo de ver, de modo inconsecuente, la ética de la política y obtener de la primera la clave privilegia­da para la interpretación ¾y resolución¾de muchos de los problemas que aquejan a la vida contemporánea.

            Voy a detenerme un instante en esta consideración para luego mostrar cómo este modo de interpretación toma cuerpo en ciertos análisis contemporáneos que se hacen de la realidad política y social.

            Es sabido que para Kant la ética es del orden del “deber ser”, deber ser cuya forma está modelada por la universalidad.[1] El supuesto de unas normas derivadas de una razón incontaminada por los avatares de la sensibilidad, le permitió al filósofo funda­mentar la realidad de una moralidad absolutamente pura, de una libertad no sometida a las peripecias y al capricho que supone derivarla de un ideal sensible ¾la felicidad¾ y de una sensibili­dad anárquica de suyo.

            Pero lo cierto es que esta moral resulta significativa para los sujetos morales si funciona de hecho en el contexto de una sociedad determinada. ¿Podría, acaso, ser significativa la premisa de la universalidad de las acciones morales para el sujeto de una sociedad segmentada como la feudal o la esclavista, para las que no todos los hombres son seres racionales? No por nada fijó Kant la realidad del Estado ¾del Estado burgués¾ como condición de moralización de las generacio­nes futuras.[2] Sólo en ese “ser” de las leyes positivas de un Estado pueden los sujetos percibir como necesario el “deber ser” de la universalidad de las acciones. En otras palabras, la validez y la legitimidad de principios tales como “universalidad”, “igualdad”, “libertad” en sentido moral sólo pudieron surgir con la conformación de la sociedad moderna. De modo tal que el concepto y el ejercicio de la libertad (en principio exterior, como adecuación simple a la ley) derivan su necesidad de las coacciones impuestas por la sociedad civil, la que domestica a los hombres en la adecuación obediente de su capricho a leyes externas.

            No parece entonces ¾como el propio Kant sostuvo en un principio¾ que dichas leyes morales fueran evidentes por sí mismas para cualquier ser racional, sino que, por el contrario, dicha percepción está conformada del modo en que nos conforma el “todo”, como sujetos sociales. Que la “voz interior” que inspira mis acciones no es otra cosa que la voz social internalizada; que el deber ser de la razón es el deber ser de una razón social. Lo que hace evidente, al mismo tiempo, que ninguna moralidad ¾o inmoralidad¾ es al margen de un sistema, que es político, social, económico y cultural a la vez.

            Pues bien, las críticas morales a ciertas conductas que se consideran desviaciones de un sistema dado suelen echar de menos esta sutil eventualidad (el que toda moralidad crece al amparo de un sistema). Lo que nos permite decir, simplificando un poco: al tal sistema, tal moralidad (y no a tal moral, tal sistema).

            En efecto, escuchamos, hoy, por doquier, voces indignadas desde todos los espectros (desde el tribunal de la prensa al púlpito de los sacerdotes y los despachos de la oposición) clamar por una mayor “transparencia”, una menor corrupción, una “moralización de las costumbres” como requisitos de una vida honesta frente a lo que se percibe como un caos.

            Quizá, valga la pena aquí recordar algo imposible de olvidar para quien haya pasado alguna vez por una lección sobre moral kantiana: que la ética es siempre del orden de lo individual, y que cuando hacemos a la moralidad de los actores la auténtica responsable de todos los desórdenes de la vida pública, nos estamos remitiendo a la particularidad y no a la totalidad. Pues bien, resulta que este tipo de análisis, al encarnizarse con la particularidad, tiene la virtud de dejar intacto el orden de lo general. En otras palabras: creer que todo depende del hacer individual de los sujetos implica, subrepticiamente, legitimar el statu quo, es decir, determinada forma del ser de lo social, eso que escapa a la voluntad particular, privada, subjetiva de los agentes (a no ser que pensemos que la totalidad no es más que el agregado de las partes).

            Pero, además, este modo de leer la realidad tiene la “virtud” adicional ¾valga la paradoja¾ de eludir cierto tipo de corrupción que funciona, de hecho, “como resorte de supervivencia de la estructura y función global del sistema económico”, como tan bien lo expresó el profesor Enrique Marí en un artículo de la revista Doxa[3]. Lo que quiero decir con esto es que la corrupción, lejos de aparecer como su trasfondo irracional o indeseable, es inherente a lógica misma del sistema (capitalista). En ese sentido es que suele aparecer como vía de escape y como elemento complementario a la apropiación de plusva­lía en momentos de fuerte caída de la tasa de ganancia por parte del capital.

Observa el economista Pablo Levin: “  La novedad que ofrece la estructura del capital diferenciado es la institucionalización supranacional del sistema de extorsión dineraria [que es, para el autor, la que practican las grandes empresas transnacionales, es decir, aquellas que dominan poblaciones, territorios, recursos naturales, rutas y mercados, influyen en la vida política, llevan a cabo maniobras financieras, controlan los poderes públicos, la prensa, la educación, etc.]”. Y continúa: “La tragicomedia acompaña como una sombra la consumación del nuevo sistema: las denuncias de corrupción administrativa no son más que otros tantos episodios de la institucionalización del sistema de corrupción universal”. El párrafo culmina con la explicación de los efectos que el “sistema de corrupción universal” tiene sobre el sistema políti­co: “El problema teórico que plantea no es sólo que la coacción dineraria disuelve las formas propiamente modernas del Estado y, con ellas, la legitimidad de una soberanía popular ilusoria, pero verosímil, sino el cómo y porqué esa disolu­ción dejó de ser un escándalo”.[4]

            Como vemos, con la subsunción obscena de lo político en lo económico, poco y nada es lo que podemos esperar del dictado de nuevas leyes de ortopedia moral emergidas de los tribunales de la virtud. Lo mismo puede decirse de los descomedidos e infructuosos intentos por frenar, a través de la legislación y de “llamados clamorosos” a la comunidad científica, la especulación que involucra a las empresas privadas dedicadas a la biotecnología.[5] De cualquier modo, aunque ineficaces, las medidas éti­cas están a la orden del día y se han vuelto un clisé seductor susceptible de ser explotado con fines meramente electorales. El lenguaje de la política se engalana nuevamente con los pertrechos verbales de los guerreros. Pasadas las guerras que comprometen el cuerpo, los buenos pugilistas de hoy levantan barricadas hechas de palabras nobles para combatir a los nuevos malos del frente opuesto. Sólo que el enemigo es, hoy, difícil de localizar, porque su camuflaje lo hace inmune a los arietes verbales de sus adversarios de turno. Sabemos, sin embargo, que esas barricadas honestas son el último sortilegio de los políticos que, habiendo perdido todo el terreno, sólo les queda librar batalla en el espacio del símbolo. Es un recurso cómodo, cuando hay intereses determinados que intentan preservar un orden, apelar a los mecanismos de la denuncia ética. Sólo que, a contrapelo de esos mismos discursos edificantes, la preservación de sistemas determinados parece exigir que cierto grado de corrupción se mantenga,a fin de garantizar su propia supervivencia. Es decir, que tales hierbas morales crecen en el terreno un sistema posible, y que no es posible extirpar uno sin el otro. Lo que le da legitimidad a la denuncia ética, hoy en día, -a pesar de toda la verborragia falaz-, es que se trata de un discurso del sentido común, del que nadie parece poder sustraerse por el tono enfático de sus convicciones morales y la fuerza indignada de sus argumentaciones.


[1] El  imperativo categórico: “Obra de modo tal que la máxima de tus acciones pueda ser convertida en ley universal de la naturaleza”, implica precisamente esto: la necesidad de someter  toda intención subjetiva y particular al baremo de la universalidad.

[2] “Puede observarse esto en los actuales Estados, imperfectamente organizados aún; los hombres se aproximan, en su conducta externa, a lo prescrito por la idea de derecho. Sin embargo, no es seguramente la  moralidad la causa de esa conducta, así como la moralidad interior no es seguramente la que ha de producir una buena constitución, sino más bien ésta la que podrá contribuir a educar moralmente a un pueblo”; cf. I.KANT, La paz perpetua, México, Tecnos, 1985, p.38, subr.mío. Kant anuncia -o mejor dicho preanuncia- con ello la gran tentativa hegeliana de unir otra vez los ámbitos de la ética y la política, cuyo divorcio era patente en la nueva sociedad burguesa. Hegel demuestra -señala Wellmer- "la nihilidad de una conciencia moral que se haya separado de la eticidad concreta de una comuni­dad política; pero, por otro lado, muestra también la nihilidad de las instituciones que vulneren el derecho a la subjetividad: el problema de la vida buena sólo puede solucionarse mediante la reconciliación de lo particular y lo universal en la eticidad concreta del Estado"; en Wellmer, ALBRECHT, Ética y diálogo. Elementos del juicio moral en Kant y en la ética del discurso, Barcelona, Anthropos, 1994.

[3] PRESTIPIO, P. y  MARÍ, E., “Los intrincados lazos entre ética y política”, en revista Doxa-Cuadernos de Ciencias Sociales, 1996, n.15, pp.20-30.       

[4] LEVIN, Pablo, El capital tecnológico, Buenos Aires, Catálogos, 1997, p.340, subr.mío.

[5] Recientemente, se publicó en el suplemento Zona del diario Clarín una nota que subraya no sólo el defasaje entre la praxis efectiva en relación con la investigación genética y los intentos de legislación en ese campo, sino también el cinismo de ciertas declaraciones supuestamente altruistas. En efecto, la autora del artículo explica cómo, a raíz de la proliferación de empresas privadas de biotecnología (como la Celera Genomics, Incyte Pharmaceutical, Human Genome Sciences, etc.) cuyas ganancias extraordinarias se cifran en la patentización y venta de información no publicada, como es obvio, a terceros, Clinton y Blair sacaron un comunicado conjunto en el que instan a la comunidad científica a hacer públicas sus investigaciones, basados en el principio altruista de que “el mapa genético de la vida le pertenece a la humanidad”. Sin embargo, añade la autora, “una lectura detenida de la declaración conjunta indica que Clinton y Blair hacen una distinción entre el descubrimiento de un gen y un invento genético”, lo que “abriría las puertas a la privatización de las curas genéticas [toda vez que se tratara de descubrimientos, y por tanto, susceptibles de ser patentados] y al verdadero negocio multimillonario”; cf. Ana Barón, “La guerra por patentar genes”, diario Clarín, supl. Zona, 2 de abril 2000, p. 3.

Volver al índice