¿Por qué "No matarás"? Dialéctica entre identidad y acción ético-política

María Belén Tell

En torno a la Ipseidad

El filósofo Paul Ricoeur aporta, en sus reflexiones antropológicas, un nuevo modo de comprender la identidad humana a saber: la hermenéutica del sí o atestación de la ipseidad del sí.

Dicha hermenéutica muestra que la persona se presenta como un "mixto" y contraste entre dos tipos de permanencia en el tiempo: por un lado el carácter o mismidad, y por otro el mantenimiento de sí en la fidelidad a la palabra dada o ipseidad. El núcleo que obra de nexo entre ambos polos es la narración o la unidad de una vida en el relato.

El concepto de mismidad, como relación, se asocia a la identidad numérica en tanto unicidad, y a la identidad cualitativa en tanto semejanza. El carácter se define como aquellos signos distintivos que permiten identificar una y otra vez a un agente como el mismo, en una continuidad ininterrumpida en el tiempo. El carácter hace referencia a las disposiciones adquiridas y duraderas, en tanto costumbres, en las que se reconoce a un individuo. Estas identificaciones son el puente por el cual lo otro entra en composición de lo mismo. Se advierte, en gran parte entonces, que se estructura y constituye la identidad de una persona o de una comunidad en el reconocimiento de su alteridad asumida: en sus identificaciones-con héroes, ideales, normas, valores, modelos.

El polo del carácter asume una dimensión narrativa, en tanto elemento distintivo que lo identifica, por ejemplo, en una historia narrada al personaje del relato: "lo que la sedimentación ha contraído, la narración puede volver a desplegarlo".

El otro polo del contraste es la palabra mantenida en la fidelidad a la palabra dada. Este ser-capaz-de-mantener-se-en la palabra implica una capacidad de poder mantener-se a sí mismo. Esta dimensión ipse evidencia un nivel ético constitutivo en la identidad. El poder mantener-se a sí-mismo en la fidelidad de una palabra implica un tipo de identidad humana que originariamente tiende a responder-se a sí y también frente a otro o de cara a otro, en una dinámica temporal. De modo que la definición misma de persona implica la cuestión ética y la responsabilidad para con uno mismo y al tiempo para con otro, en orden a dicha hermenéutica práctica.

El contraste entre carácter y promesa abre, precisamente, un espacio o hiato de sentido que requiere de una narración. Y es en este hiato donde se inscribe la narratividad como bisagra vinculante entre estos dos extremos, en un primer límite persiste una confusión entre idem e ipse; y en el otro límite, superior, el ipse se postula ya sin la cooperación y apoyo del idem.

La ipseidad del sí implica una decisión de permanecer en una palabra, en un acto, en el sí, atestando a la existencia. La identidad narrativa radica en el poder permanecer, mediante una acción o moción voluntaria, frente a otro que re-clama, a pesar de los cambios que se sufren en el tiempo y a pesar de las contradicciones y de las estructuras desproporcionadas –i. e. carácter y felicidad– propias del hombre. El relato, al narrativizar, le brinda movimiento dinámico y temporal al carácter, que de lo contrario quedaría neutralizado por las tendencias biológicas innatas, por adquirir involuntariamente ciertas disposiciones o bien por sedimentar identificaciones-con.

Es, entonces, en el intercambio de experiencias (como ejercicio popular de la sabiduría práctica) que opera el relato en tanto arte de narrar, donde las acciones o mociones voluntarias y sus agentes de acción son evaluados, juzgados para bien o para mal, aprobando o censurando-se.

En efecto, la responsabilidad es co-constitutiva de la noción de identidad narrativa, el hombre se define como hombre en su responsabilidad en tanto componente ético originario. La identidad humana radica en este ser capaz-de responsabilidad, en mantener-se en una palabra o en un acto, en tanto el otro distinto de sí puede contar-con el sí-mismo y este ser responsable-de aquel. El carácter y el poder mantener-se éticamente frente a otro como co-responsable definen el núcleo central de la existencia humana.

"(…) "¿Dónde estás?", (…) "¡Heme aquí!". Respuesta que dice el mantenimiento de sí.

(…) "¿Quién soy yo, tan versátil, para que, sin embargo, cuentes conmigo?" "

Este es el movimiento dialéctico de la atestación de sí –ipseidad del sí– y del otro –alteridad pasiva– en el que el primero se vuelve disponible para el otro distinto de sí y este irrumpe en el sí pudiendo quebrar su cierre total sobre sí-mismo. La ipseidad narrativa se determina, de este modo, en dos momentos: en el paso por el "contraste" entre idem e ipse, o entre mismidad o carácter e ipseidad o mantenimiento de sí; y en la dialéctica entre la ipseidad y las distintas alteridades que padece –de pathos– en su relación.

Lo otro y el otro distinto de sí inter-actúan en dos instancias formando parte de la constitución de la ipseidad del sí: a- como siendo parte de la cultura, valores, instituciones en las cuales el carácter pasivo individual se identifica-con y va sedimentando sus disposiciones; y como condición de posibilidad del mantener-se a sí en la promesa, ya que la capacidad de permanecer es siempre una responsabilidad ética ante alguien, ante otro que reclama el estar presente del sí. b- Como alteridad o pasividad-receptiva en orden a la cual la ipseidad tiene que ir realizando distintas y constantes relaciones y dialécticas entre la identidad como ipseidad y las diferentes instancias de alteridad que también co-constituyen la atestación del sí, en tanto pasividades recibidas a las que se tienen que consentir, comprender e interpretar narrándolas con un sentido.

En torno a la Alteridad

El filósofo francés confirma que todo el rodeo antropológico/ontológico de la ipseidad debe acomodarse en relación a las tres dimensiones de la alteridad: el cuerpo propio, el otro, y la conciencia moral. En orden a responder la inquietud del comienzo ¿Por qué "No matarás"?, nos interesa profundizar la alteridad del otro-como-sí-mismo.

A lo largo de los estudios del SMO Ricoeur procura mostrar, en un plano hermenéutico-fenomenológico, que todo lo otro-distinto-de-sí y el otro-como-sí no son sólo una contrapartida de lo mismo sino que forman parte de la constitución íntima del sentido de la ipseidad. Vale decir, no es posible "atestar" a la existencia sin la previa aceptación y re-conocimiento de la alteridad a la que, concientemente o no, se debe consentir.

Dicha alteridad no funciona como un anexo ad extra que complementa la identidad, sino que es parte dialéctica y complementaria sin la cual no es posible la ipseidad misma. El cuerpo propio (con todas las estructuras involuntarias que incluye), el otro y la conciencia moral se vislumbran como aquellas condiciones de posibilidad pasivas a partir de las cuales el sí-mismo existe.

La diferencia entre la ipseidad del sí y la concepción del "ego" moderno radica en la multiplicidad de maneras en que lo distinto de sí afecta a la comprensión de sí por sí. Es esto lo que pone distancia entre ambas nociones antropológicas, en tanto que el ego se pone y el sí se re-conoce mediante sus afecciones.

"Y en cuanto afectado por el poder-sobre él ejercido por el otro, es investido de la responsabilidad de una acción colocada bajo la regla de reciprocidad, a la que la regla de justicia transformará en regla de igualdad. Por tanto, es la acumulación en cada protagonista de las funciones de agente y de paciente la que hace que el formalismo del imperativo categórico requiera la "materia" de una pluralidad de agentes afectados todos por una violencia ejercida recíprocamente."

Lo-distinto-de-sí y el-otro-distinto-de-sí co-constituyen el comprender-se y el re-conocer-se del sí-mismo. La responsabilidad –ética– así como la reciprocidad o la igualdad –"política"– serán componentes constitutivos de la identidad humana en tanto el sí-mismo es como-otro y el otro es como-sí-mismo. En este correlato dialéctico, existencial y originario del sí y del otro se "resuelven", hermenéuticamente, dos cuestiones fundamentales.

La primera es el vínculo de la identidad con la acción ético-política, puesto que en la definición misma de persona la responsabilidad ética y la cuestión de la reciprocidad e igualdad política están imbricadas y co-definidas co-originariamente. El desarrollo propio de la ipseidad incluye lo distinto de sí, la responsabilidad para con el otro y la reciprocidad antropológico/política. Puesto que por una parte el carácter individual se co-identifica con lo distinto de sí, y en la promesa la ipseidad permanece siempre frente a otro en tanto responsabilidad ética; y por otra parte el otro implica el correlato alter-pasivo mediante el cual el sí se comprende y re-conoce, siendo dicho re-conocimiento y reciprocidad también constitutivos desde el principio.

La segunda cuestión primordial es que la razón del ¿Por qué "No matarás"? no aparece como una regla formal y heterónoma de temor o necesidad de defenderse del otro como extraño o enemigo, sino todo lo contrario, se instaura como parte primordial de la trama que conforma la identidad narrativa.

El imperativo categórico formal caduca y carece de sentido práctico sin este contenido o "materia" de una pluralidad de agentes inter-afectados recíprocamente por la acumulación en cada protagonista de funciones de agentes/pacientes. Es esta acumulación y estructura antropológica constitutiva desproporcional entre actividad y pasividad/receptividad, lo que pone de manifiesto la estrecha e inseparable dialéctica entre identidad y acción ético-política, entre la estima-de-sí y el respeto-por-el-otro.

Ricoeur aclara que el otro como alteridad no se revela en un sistema de pensamiento gnoseológico, sino en un marco prioritariamente ético. Si cada otro-como-sí es un sí-mismo que me constituye, y mi ipseidad es co-constitutiva suyo –siempre en un plano práctico– será precisamente este rostro alter-pasivo-activo, en tanto voz frente a mí, que me conminará al: "No matarás".

"Cuando el rostro del otro se alza frente a mí, por encima de mí, no es un aparecer que yo pueda incluir en el recinto de mis representaciones; es cierto que el otro aparece, que su rostro lo muestra, pero su rostro no es un espectáculo, es una voz. Esta voz me dice: "No matarás". Cada rostro es un Sinaí que prohíbe matar."

Dichas afirmaciones son cruciales y re-volucionarias, ya que el "No matarás" se comprende, asume e interpreta desde una específica antropología en la que aparece el otro como otro distinto, pero también afectando directamente a la ipseidad del sí, no como una máxima teórico-práctica heterónoma, sino como condición de posibilidad del existir. El rostro del otro, como otra ipseidad (identidad narrativa) y como voz que me re-clama e interpela, se manifiesta como condición de posibilidad del ser del hombre.

Recapitulando, la ipseidad se determina, primeramente, como una identidad narrativa que dialectiza la mismidad, o carácter, y el ipse, o promesa, en la unidad de un relato dinámico y temporal. Dicho contraste, superado por la narración en una primera instancia, tiene que determinarse en un segundo momento como atestación de sí, por la dialéctica entre la ipseidad y la alteridad como pasividad. La ipseidad, en tanto capacidad de decisión activa, queda determinada como tal en esta etapa, luego de su contraste con el carácter receptivo y de su dialéctica con la alteridad pasiva.

En efecto, el otro interpela y con-voca, como rostro y voz, al sí-mismo como responsable de aquel, como capaz de responder al otro-como-sí. Es porque hay un otro, que in-voca a la responsabilidad, que el sí responde. En vistas a esto la autoimputación es posible porque la palabra del otro –"No matarás"– se coloca en el inicio de la palabra por la que se-imputa a sí-mismo el principio o iniciativa de sus actos. Y porque se inscribe también "en la estructura dialogal asimétrica cuyo origen es exterior a mí". No es posible la autoimputación sin un desde "quién". Y, asimismo, este quién puede auto-imputarse en un doble sentido: como un quién capaz, activamente, de mantenerse por decisión –identidad interna– frente a otro en una promesa, y como capaz, pasivamente, de ser-conminado por la palabra del otro que viene desde fuera.

Lo Otro distinto de sí (carácter, cuerpo propio, otro o conciencia moral) es dialécticamente complementario con el Sí-mismo. De igual modo el movimiento del Mismo hacia el Otro y del Otro hacia el Mismo también lo es.

"Los dos movimientos no se anulan en cuanto que uno se despliega en la dimensión gnoseológica del sentido, y el otro en la dimensión ética de la conminación. La asignación a responsabilidad, según la segunda dimensión, remite al poder de autodesignación, transferido, según la primera dimensión, a toda tercera persona supuestamente capaz de decir "yo". ¿No había sido anticipada, en el análisis de la promesa, esta dialéctica cruzada del sí mismo y del otro distinto de sí? Si otro no contase conmigo, ¿sería yo capaz de mantener mi palabra, de sostenerme?"

La paradoja, entonces, que intenta hallar alguna salida en el análisis ricoeuriano, es que en esta hermenéutica del sí es donde se encuentra –en una gnoseología del sentido, en una dimensión ética y reciprocidad política– al sí-mismo y con este a lo-otro y al-otro como distinto de sí, en tanto dialéctica de pasividad-receptividad y actividad constituyendo, éticamente desde el origen y principio, la identidad narrativa del sí. Dicha correlación y dialéctica entre el sí y el otro, o bien entre actividad y pasividad de un mismo proceso hermenéutico-fenomenológico, es lo que expresa, explica y justifica el por qué del "No matarás".

La conminación a No hacerlo está inscripta como existenciario constitutivo de la trama antropológica de la ipseidad del sí: como atestación de sí, como responsabilidad ante el otro-como-sí frente al que se tiene que constantemente decidir-se internamente –determinando-se– si se le responde o no, y como con-minado exteriormente por el otro. En consecuencia, la ética en Ricoeur, y su posible política, se desprenden de esta identidad antropológica en tanto atestación de sí.

Bibliografía