INTRODUCCIÓN
Ana Zagari
Directora de la Escuela de Filosofía
Facultad de Filosofía, Historia y Letras
Universidad del Salvador
Definir nuestra época como una época de crisis es
ya un lugar común no sólo en el ámbito de las ciencias humanas, sino también en el
mundo de las finanzas, de los organismos internacionales, de los gobiernos.
La crisis pone en CUESTIÓN la subjetividad. Es
necesario volver a pensar desde dònde nos rehabilitamos como sujetos.
La respuesta, ya en el terreno de una subjetividad
que ha diseñado el mundo a su imagen, no puede ser ni la del optimismo de los siglos
XVIII y XIX, ni la del pesimismo de muchas teorías del siglo XX.
Ambos formalizaron una subjetividad excluyente,
fundada en el racionalismo autocentrado, que desplaza la ética de la responsabilidad
hacia una valoración del poder de la ciencia y la tecnología despersonalizadas.
Un humanismo inmanente y etnocéntrico se apodera de
las ciencias, las artes y la filosofía. Recién con los grandes desastres bélicos del
siglo XX vuelven a aparecer los dilemas que suponen las teorías del remplazo de lo
trascendente infinito, que siempre es misterioso, y la voluntad de representación
racional de todo lo que es.
Hoy, ante la crisis estructural de nuestra
civilización, es imprescindible recuperar una subjetividad que ancle en la pluralidad y
en la diferencia, y es preciso que se valore tanto la actividad de la razón teórica, que
corre la frontera del conocimiento, como la razón practica, sin que ello suponga romper
el velo del misterio.
La figura del hombre reducida a la del individuo es
uno de los males contemporáneos. Las teorías que privilegian las libertades individuales
por sobre el lazo social suponen que sólo el deseo y la fruición constituyen al sujeto.
Cuando las desventuras de los totalitarismos, el
holocausto y los terrorismos de Estado ceden lugar a las democracias, y cuando los
derechos humanos deberían realizarse en todo el mundo, aparecen las ideologías del fin
de la historia y de la posmodernidad, que obturan el camino de la solidaridad humana.
El fin de la historia y la globalización del modelo
económico liberal juegan con la amenaza constante de borrar el rostro humano, bajo el
manto de una igualdad ficticia, sobretodo cuando ese rostro es diferente o pertenece a
otra cultura.
Los posmodernos se ufanaron durante los ´80 de
entender la diferencia como imposibilidad de vínculo con el otro. Sus tesis planteaban la
siguiente paradoja:afirmo y acepto la diferencia, pero sólo puedo ocuparme de mi deseo,
dado que no hay ningún proyecto histórico que nos re-una.
Es interesante subrayar el abismo teórico,
ideológico y de valores que existe entre el humanismo, que ve en el otro a su
semejante-diferente, y la posmodernidad, que transforma la diferencia en indiferencia y
propicia el indiferentismo ético y el esteticismo de la vida.
Desde América Latina, el rostro humano es siempre
diferente de los patrones establecidos. Esa es nuestra virtud y nuestra riqueza. Apostar a
ella es apostar a la diversidad cultural, fuente del pluralismo. Pero, además, el rostro
de América Latina muestra las huellas del sufrimiento, la desolación y la indigencia.
Aquí, la apuesta es a la ética de la solidaridad y a un humanismo que vea en el rostro
de ese otro la traza misteriosa e infinita del Otro.
Por eso "No matar" no es sólo el lema de
nuestra Jornadas, sino la clave constituyente de una subjetividad que se aleje de todo
irracionalismo y de cualquier forma de nihilismo.