Sobre la moral y el derecho

Nicolás Zavadivker

En el presente trabajo intentaré contribuir a la clarificación de los fenómenos del derecho y la moral a partir de su contextualización en un marco más general, aquel referido a la constitución misma de las sociedades humanas y a los riesgos que tal tipo de agrupación trae aparejados. En un segundo momento me centraré más bien en las diferencias específicas entre ambas instituciones, desde una perspectiva tanto lógica como sociológica, tratando de hallar no tanto su género común como sus diferencias específicas.

1.- la COHESIÓN social en sociedades animales y humanas: un enfoque comparativo

Es sabido que en las sociedades no humanas la cohesión social viene garantizada por la programación genética de cada especie. Esto se explica por el hecho de que los genes que configuran los rasgos anatómicos de un animal configuran asimismo su conducta. Un hormiga recolectora, por caso, no llega a serlo luego de un proceso de especialización para cumplir esa función, sino que esa conducta viene inscripta desde sus genes. No es esperable, por tanto, que un conjunto de hormigas decida por ejemplo realizar un paro demandando mejores condiciones de trabajo al hormiguero.

Debido a esta garantía genética, en las sociedades no humanas –especialmente en aquellas donde el instinto gregario prácticamente no se ve contrapesado con algún principio de individuación- los miembros de la misma están enteramente subordinados a su sociedad. El altruismo, en la diferente medida en que aparece en cada especie, es forzado por el mismo programa que constituye a la especie como tal, y por tanto no puede fallar. Así, si una colmena es atacada, las abejas automáticamente saldrán a picar a los agresores, resignando sus vidas –a través del sacrificio de sus aguijones- en defensa de su sociedad.

Se advierte rápidamente que en el caso del hombre esta conducta es marginal, al punto que se reserva la calificación excepcional de "héroe" para quien realiza una acción análoga a la de las abejas. Esto se debe a que, en el caso del ser humano, la mayor parte de su conducta no viene prevista por su armazón genético, como resulta evidente cuando se comprueba la inmensa variedad de formas en que se puede ser un hombre, tal como estas formas plasmaron a través de los tiempos y de las distintas sociedades.

La gran flexibilidad de conductas que nuestro genoma hace posible puede ser vista como un rasgo positivo de nuestra especie, al permitir un margen de libertad impensable en otros organismos; pero esta autonomía se consigue al precio de convertir a cada individuo en un potencial peligro para la sociedad. El hombre puede no aceptar los mandatos que su sociedad prevé para él, puede optar por no subordinarse a la misma. La cohesión social, por tanto, no está garantizada: el estado de sociedad humana es precario y requiere constantemente de mecanismos de defensa contra lo peligros potenciales que la acechan. Como hizo notar el filósofo Samuel Schkolnik, la sola existencia de cárceles y manicomios, esto es, de espacios reservados al aislamiento y neutralización de las personas que manifiestan conductas antisociales, prueba que el comportamiento humano puede constituir una amenaza para la sociedad (nótese la inexistencia de esos espacios en otros animales, debido a la imposibilidad genética en ellos de una conducta verdaderamente divergente).

En este contexto, se advierte que el papel que en otras especies lo desempeñan los genes, en el caso del hombre lo desempeña la cultura. Podría decirse, en una primera aproximación, que la cultura realiza el cierre que limita las posibilidades del comportamiento humano, al proveerle un abanico limitado de creencias y acciones, más allá del cual se extiende la irrealidad, la locura y la inmoralidad. Una buena parte de este límite se fija a través de normas y costumbres, que pretenden regular la conducta, y que son aprendidas e internalizadas en el curso del lento y penoso proceso de socialización, de resultados no siempre exitosos.

La cohesión social depende entonces de que la sociedad pueda llevar a cabo exitosamente el proceso de socialización sobre las nuevas generaciones, de suerte que éstas aprehendan y acepten el orden social vigente y logren integrarse al mismo. En esta tarea -acaso la más importante de todas, pues de ella depende la supervivencia de la sociedad misma- juegan un papel destacado dos instituciones normativas y exclusivas de nuestra especie: la moral y el derecho.

Adviértase que ambas instituciones son posibles (y necesarias) al menos por dos factores de origen biológico: la precariedad ontológica de la especie (el hecho de que su conducta no venga pre-determinada por sus genes) y un cierto egoísmo natural, que hace que cada individuo tienda en principio a procurarse lo que resulta útil para sí mismo y eventualmente para los suyos.

2.-algunas relaciones entre el derecho y la moral

Vistos desde una perspectiva sociológica general, el derecho y la moral pertenecen a una misma familia de instituciones sociales: aquellas que pretenden regular el comportamiento de las personas (dividiéndolo en obligatorio, optativo y prohibido) y evitar las conductas anti-sociales. En este sentido, el derecho y la moral concurren de forma complementaria bajo el propósito general de mantener el estado de sociedad frente al siempre latente peligro de la anarquía y el desorden.

Pero la moral y el derecho concurren en esa función de maneras diversas. La moral se limita –mediante un extenso proceso de convencimiento iniciado en la niñez- a recomendar una conducta por considerarla buena u obligatoria, o a recomendar la abstención de un acto por entenderlo reprobable. A su vez, prevé para la transgresión de estas acciones sanciones informales, como la reprimenda u otras formas la desaprobación social. Estos castigos, a su vez, pretenden inhibir futuras transgresiones generando sentimientos de culpa o de vergüenza, esto es, dirigiendo sus ataques hacia el fuero más íntimo de las personas.

Pero cuando la moral resulta insuficiente para regular los comportamientos, cuando su prédica fracasa y las conductas alcanzan grados altos de peligrosidad, la sociedad prevé –particularmente a través del derecho penal- una segunda instancia de control, esta vez no exenta del uso coercitivo de la fuerza. Así, por ejemplo, mientras la moral pretende convencernos del valor de la vida humana y nos exhorta a respetarla, el derecho amenaza con encerrarnos entre 8 a 25 años si perpetramos un homicidio.

Siendo, por tanto, mecanismos diferentes de control social, el derecho y la moral mantienen no obstante diversas relaciones. El derecho, ciertamente, se constituye sobre la base de principios morales y políticos, en el sentido de que incorpora en su seno determinados ideales de conducta y de orden social. En un sentido similar, podemos decir que el derecho es ciertamente ideológico, y que muchas veces resulta de la presión exitosa de diversos grupos sociales, que logran transformar sus intereses y valoraciones en leyes del Estado.

Pero pese a su origen común, los contenidos morales del derecho –una vez transformados en legislación positiva- dejan de ser tales para ser reabsorbidos en la lógica propia de lo jurídico, y pasan a regirse por ella. Así, es propio de esta lógica la existencia de una autoridad reconocible encargada de juzgar las transgresiones (el juez), mientras que las autoridades morales (padres, filósofos, Iglesia) sólo son tales en la medida en que sus seguidores le concedieron tal autoridad, pero carecen de fuerza obligatoria para quien simplemente las desconoce. Es por ello que suele decirse, metafóricamente, que quien actúa inmoralmente debe responder por sus actos ante el "tribunal" de su conciencia, que por cierto suele ser más indulgente que el constituido por los jueces.

Por otro lado, las leyes del Estado se nos imponen con total independencia de nuestros gustos y creencias personales –e incluso de las posiciones personales de los propios jueces-. Las normas morales, en cambio, no están explicitadas en un texto de reconocimiento unánime, son más bien imprecisas y, llegado el caso, pueden ser discutidas y hasta impugnadas por quien las transgrede, especialmente en las llamadas sociedades abiertas, que son más tolerantes con el disenso.

Decía que las leyes jurídicas existen con independencia de nuestra conciencia y que se nos imponen con igual independencia de nuestros gustos y creencias personales. Esa es la razón por la cual me permito afirmar que el derecho posee un fuerte grado de objetividad, si por ésta se entiende justamente aquello que es exterior a nosotros, que ejerce presión sobre nosotros y que no podemos modificar a voluntad. Adviértase que esas propiedades responden a la caracterización de los fenómenos sociales tal como las precisara el sociólogo francés Emile Durkheim, quien destacó la exterioridad de los mismos con respecto a las conciencias individuales y su carácter coercitivo respecto de dichas conciencias. Adviértase también que estas propiedades responden a lo que tradicionalmente se caracterizó como "objetivo": aquello que, existiendo fuera de nosotros, no podemos sencillamente ignorar. Pues bien, de estas premisas podemos concluir que el derecho no sólo es un fenómeno social, sino que por serlo reviste todos los atributos propios de la objetividad, no menos que los árboles y las piedras.

Paradójicamente, el grado de realidad de las leyes no resulta de un supuesto reconocimiento de derechos y obligaciones preexistentes, sino más bien del acto creador por medio del cual la sociedad –a través de la institución legislativa- decide acompañar ciertas conductas con una sanción. Así como la relación entre una palabra y su significado no está soldada en la naturaleza de las cosas, y es justamente ese artificio (que no podemos modificar a voluntad) el que hace posible el habla –fenómeno social por antonomasia-, así el margen de arbitrariedad que el acto legislativo implica es -contra lo que podría pensarse- la condición de la objetividad a la que se arriba.

Volviendo a las diferencias existentes entre la moral y el derecho, restaría señalar que los juicios que una y otra institución establecen revisten de autonomía, lo que hace posible que desde una de ellas se realicen pronunciamientos sobre la otra. Así, por caso, si cabe predicar de una ley que es moralmente justa o injusta, o si cabe sostener que el código moral que exige sacrificios humanos en pos de una deidad es contrario a la ley, es precisamente porque el ámbito del derecho y el de la moral son lógicamente independientes.

No es conveniente, en suma, intentar reducir el derecho a la moral, como propugnan las corrientes iusnaturalistas, al afirmar que sólo constituyen derecho aquellas leyes que concuerdan con los principios morales del supuesto "derecho natural". Pero tampoco es conveniente reducir la moral al derecho, como se intenta actualmente a través –por ejemplo- de su liso y llano reemplazo por códigos de ética, de estructuración cuasi-jurídica.

Adviértase, por ejemplo, que por más extenso y exhaustivo que sea un código de ética, siempre cabrá formular la pregunta –exterior al mismo- por si ese código es moralmente bueno o no. La posibilidad de esta pregunta prueba, con independencia de su respuesta, que la moralidad no puede ser completamente apresada en un texto. Téngase en cuenta que en el caso del derecho una pregunta análoga, por la legalidad de la Constitución Nacional, carece de sentido, puesto que es justamente la Constitución la que funda el orden de lo legal. En tanto que la moral apunta a la corrección en sí misma de los actos, y no por ajustarse a ningún ordenamiento instituido, no puede aceptar su condición de arbitraria, y por tanto no puede alcanzar la objetividad social que alcanza el derecho.

BIBLIOGRAFÍA

  • Kingsley Davis; La sociedad humana, Eudeba, Buenos Aires, 1965.

  • Samuel Schkolnik; Tiempo y sociedad, Universidad Nacional de Tucumán, San Miguel de Tucumán, 1996.

  • Émile Durkheim; Las dos fuentes de la moral y de la religión, Sudamericana, Buenos Aires, 1962.

  • Robin Williams Jr; arts. "Normas" y "Valores", en Enciclopedia Internacional de Ciencias Sociales, Aguilar, Madrid, 1979.

  • Hans Kelsen; Teoría pura del derecho, EUDEBA, Buenos Aires, 1994.

  • Nicolás Zavadivker; Una ética sin fundamentos, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, 2004.