Primeras Jornadas Internacionales de Ética  "No matarás"
Facultad de Filosofía, Historia y Letras - Universidad del Salvador
Buenos Aires, 17, 18 y 19 de mayo del 2000

 

LOS LÍMITES ÉTICOS DEL CAPITALISMO AVANZADO

Jorge E. A. Zubiri

La RELIGIÓN y la moralidad en la FORMACIÓN de la burguesía incipiente

En los tiempos de la formación del espíritu burgués, se pusieron de manifiesto en Occidente los encuentros y desencuentros que la economía capitalista tendría que enfrentar con la tradición cristiana y  con la teología moral que se fundaba en ella. A principios del siglo XX, filósofos de la cultura y de la sociedad – como Weber y Sombart – examinaron y destacaron qué relevante fue la influencia del catolicismo y del movimiento reformado en la ideología y el estilo de vida de la burguesía. En el caso de Max  Weber, este autor llevó a cabo una investigación sobre la influencia del protestantismo calvinista sobre la pequeña burguesía capitalista de la ciudad de Ginebra. En el trabajo, se destacan el tema de la predestinación, ya que el destino final del hombre, según Calvino, depende de un decreto eterno de Dios que, libremente,  dispone la salvación o la condenación  sin que en la decisión divina influyan para nada los méritos personales de cada uno. Y también destaca Weber la obsesiva búsqueda del burgués creyente de signos de salvación personal. Entre esos signos, se destaca el éxito en el trabajo. Por lo tanto, el trabajo se transforma en una actividad apreciada como sagrada y no como profana.  Las virtudes que el calvinismo ginebrino juzga como las más relevantes del pequeño burgués están en armonía con el estilo vital de este; ellas son la modestia, la moderación, la justicia (en el sentido de dar a cada uno lo suyo)  y la religiosidad, que es el lazo que une al hombre con Dios. Destaca, pues, Max Weber la relevancia teológica, ética  y social que tal visión religiosa tuvo en la conformación del espíritu del capitalismo – sobre todo anglosajón - a partir del siglo XVI y en las centurias posteriores.

Adam Smith, la ECONOMÍA liberal y las OBLIGACIONES del soberano

Como la cultura burguesa no se desarrolló sin plantearse problemas de índole religiosa -  espiritual y de carácter ético -  práctico, podemos trasladarnos a los albores de la primera revolución industrial en la segunda mitad del siglo XVIII.  El gran  filósofo doctrinario del liberalismo y de la economía de mercado, Adam Smith, percibe también las ventajas y los aspectos negativos de la nueva cultura económica, así como sus relaciones conflictivas con una madura concepción moral. En su tratado “la riqueza de las Naciones” (1776), en las mismas páginas en las que manifiesta los beneficios del libre cambio, se refiere a la famosa “mano invisible”, metáfora con la cual quiere significar que los afanes y esfuerzos del empresario capitalista – que parece estar motivado por un completo egoísmo – aparentemente tiene por finalidad la ganancia propia e individual, aunque sin que él lo advierta, promueve la riqueza y el bien común con más eficacia que si hubiera seguido los dictados de una planificación estatal. Sin embargo, a continuación, Smith destaca taxativamente obligaciones de índole moral que el estado tiene para con los ciudadanos más débiles, desprotegidos e indigentes; afirma el mencionado autor:

Todo hombre, con tal de que no viole las leyes de la justicia, debe quedar perfectamente libre para abrazar el medio de vida que mejor le parezca para buscar su modo de vivir y sus intereses; y para que puedan salir sus producciones a competir con las de cualquier individuo de la naturaleza humana. “(...) Adam Smith; “La Riqueza de las Naciones”.

Y, a continuación, agrega tres obligación imprescriptibles e indelegables del Estado. Afirma nuestro autor:

“Según el sistema de libertad negociante (o económica), al soberano sólo le queda tres obligaciones principales que atender (obligaciones de gran importancia y de la mayor consideración, pero muy obvias e intangibles): La primera, proteger a la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes; La segunda consiste en poner a cubierto de la injusticia y de la opresión a todo ciudadano de la república por parte de otro miembro de la misma (...)(el soberano), tiene, pues, la obligación de establecer una exacta justicia entre sus pueblos; y la tercera obligación consiste en mantener y erigir ciertas obras y establecimientos públicos, (destinados) a los intereses de toda la sociedad en común, (...) (de tal manera que sus utilidades recompensen superabundantemente (..) al cuerpo general de la nación.”   Adam Smith; “La Riqueza de las Naciones”.

Interpreto, pues, que, en la visión de Smith, el soberano (el Estado) tiene  la obligación de brindar a sus ciudadanos seguridad interior y exterior, protegerlos de la opresión estableciendo una estricta justicia y de constituir instituciones públicas que cubran las necesidades de salud, educación -lo que hoy llamaríamos, asistencia social- del conjunto de los ciudadanos.

Emanuel Kant, moralidad y “reino de los Fines”. El derecho y la armonía de los intereses particulares

En el mismo siglo XVIII, en la Prusia Oriental surgió un filósofo que  se sintió integrado al movimiento de la Ilustración, y que significó un hito fundamental en la evolución del pensamiento filosófico en general y de la filosofía moral en particular. Desde luego, me refiero a Emanuel Kant, quien fue uno de los pensadores que con más fortaleza sostuvo la dignidad de las personas y el  concepto del “reino de los Fines”, y que, además, exaltó la organización del Estado constitucional como  marco de la resolución de los conflictos de intereses privados.

Kant, en la “Fundamentación de la metafísica de las costumbres”, pronuncia esta rotunda frase: “Las cosas tienen precio, las personas dignidad”.Y, en la mismas páginas, el filósofo formula el famoso imperativo de los fines (que, de acuerdo con Paul Ricoeur, no es meramente formal, sino que posee un contenido):Debemos tratar siempre a la humanidad que hay en nosotros y en los demás como fines y nunca como meros medios”.

Kant formula, a continuación, la famosa doctrina del “Reino de los fines”. Entiende por “Reino” el enlace sistemático de distintos seres racionales, de distintas personas, unidas solidariamente por leyes comunes. Y afirma nuestro filósofo que como las leyes, por su validez universal, determinan los fines resultará que, si prescindimos de las diferencias personales de los seres racionales y, también, del contenido de sus intereses privados, entonces, podrá concebirse la totalidad de los fines. Esta comprehensiva y abarcadora  totalidad de personas como “fines en sí” constituyen el mencionado “Reino”:

Los seres racionales pertenecen al Reino de los Fines como miembros cuando son, a un mismo tiempo, colegisladores de leyes comunes que los rigen y se hallan sometidos a tales leyes, lo que no solo los constituyen en  personas libres, sino, asimismo, en personas iguales entre sí. Kant no descarta, pues, que esos miembros, en la medida en que manifiesten una serie de “ diferencias personales”, puedan perseguir sus propios “fines privados”. Pero, como seres racionales, es necesario hacer abstracción de esas diferencias particulares y prescindir de esos fines privados. Pues los fines que determinan su condición de miembros de la asociación no son fines “relativos” (o individuales) que cada uno pudiera proponerse a su capricho, ya que, en rigor, son sólo medios para satisfacer esos   intereses particulares, sino que se refieren a aquellos fines “en sí mismos” que, como tales, ya no podrán servir de meros medios para alcanzar algún fin ulterior. Esto es, justamente, lo que distingue las cosas de las personas o seres racionales. En esta doctrina del “reino de Los fines” se ha querido ver una salto, por parte del pensamiento kantiano, del ámbito de la moralidad al plano metafísico y religioso. El Reino de los Fines kantiano tiene reminiscencias del paulino “Cuerpo Místico de Cristo”. Y en esa concepción está implícita no sólo el respeto por la dignidad de sus miembros, sino también un principio de solidaridad entre ellos.

Para Emanuel Kant, el concepto fundamental del “Reino de los fines se vincula tanto a la moralidad como al derecho.  Mientras que la moralidad es asunto de motivaciones internas,  (asunto de buena voluntad), el derecho y la legalidad tienen que ver exclusivamente con las acciones externas, por lo que el problema de la buena organización del estado se reduce a ordenar las “inclinaciones egoístas contrapuestas”, de modo que “cada una modere o destruya los efectos ruinosos de las otras”. El problema de organizar el Estado es, para Kant, el de una multitud de seres racionales que requieren de leyes universales para ser preservados, en su libertad y en su igualdad, sin embargo, cada uno de ellos, se halla secretamente inclinado a prescindir del cumplimiento de esas leyes racionales, por lo tanto se requiere de una Constitución. De tal manera, aunque cada ciudadano tenga intenciones privadas e inclinaciones particulares que puedan entrar en conflicto entre sí, la finalidad de dicha Constitución  será establecer medidas con el objetivo de que los intereses particulares se contrarresten y equilibren mutuamente; y, por lo tanto, la conducta pública de los ciudadanos termine siendo la misma a pesar de los conflictos que generan los intereses particulares.

La sociedad burguesa, pues, sometida al principio rector de la constitución del Estado, podrá llegar a un equilibrio en sus conflictos y a una justicia en sus desigualdades. Siempre bajo la luz del utópico concepto moral del Reino de los fines.

Los críticos del capitalismo decimonónico

Hegel, la sociedad civil o burguesa y la función del estado.

En su “Filosofía del Derecho”, expresa Hegel que la motivación efectiva del “burgués”, del “hombre económico”, es el interés. La “sociedad civil” o burguesa constituye un sistema inestable en dónde funciona libremente la aspiración de satisfacer las necesidades egoístas. El trabajo “privado” del burgués o del productor de bienes económicos tiene como motor el interés personal, pero, en la medida en que cada uno se mueve por sus intereses egoístas, procura inconscientemente el bien común.

En cambio, para Hegel, el Estado Moderno representará la conciliación o síntesis de la “unidad sustancial” del conjunto social, así como también el respeto de los inalienables derechos humanos de los ciudadanos. A pesar de nuestras particularidades y a pesar de nuestros intereses individuales, el hombre siempre aspira, según Hegel, a lograr el bien general o el bien común. Por lo tanto, si la voluntad de cada uno de nosotros es potencialmente “universal”, dicha voluntad puede perfectamente identificarse con la voluntad “universal” del Estado. Cuando los intereses del individuo coinciden con los intereses del Estado, entonces, es posible la realización de la libertad.

Carlos Marx  y el “mundo de las mercancías” y el “mundo humano”

En  la obra de Carlos  Marx, existiría una ética difusa e implícita tras su critica del trabajo alienado y de la percepción de las injusticias y desigualdades que acarrearía la economía capitalista.  Para este autor, en la economía de mercado capitalista,  se cubren o enmascaran  todas las relaciones interpersonales, todas las relaciones humanas y sociales (incluso las relaciones de poder) por relaciones de mercancías. Estas mercancías son producidas con una meta u objetivo social (por ejemplo, satisfacer necesidades de la población); sin embargo, esos productos tienen un dueño, son propiedad privada de alguien. Puesto que el hecho de ser dueño de mercancías lleva implícitamente la posesión de cierto “poder” social, de cierto “poder” sobre los otros, poco a poco todo se va transformando en “mercancía”.

Afirma Carlos Marx que cuanto más complicado se vuelve el sistema capitalista de producción y más éxito tiene, menos libre es el individuo que trabaja y más se transforma en un “siervo” dentro del proceso productivo. Esto culmina con la transformación del trabajador en un engranaje más de la gran maquinaria inanimada. Contundentemente, dice nuestro autor:

 “El trabajador se convierte en una mercancía cada vez más barata cuanto más bienes crea. La devaluación del mundo humano  aumenta en proporción directa con el aumento del valor del mundo de las cosas.”

Cuando más produce, más pobre se vuelve el trabajador, afirma Marx. Pero, con ello, no quiere decir solamente que el trabajador se empobrece materialmente, sino -lo que es más grave– que también sufre un empobrecimiento “anímico” e “intelectual” como consecuencia del proceso capitalista de producción. En contra del “mundo de las cosas”, Marx coloca el “mundo humano”, cuya influencia va disminuyendo. Las cosas producidas se vuelven más y más importantes. El valor de las cosas aumenta mientras disminuye el valor de las relaciones humanas, la estimación de las relaciones interpersonales que están basadas en la valoración de los talentos del hombre, de sus conocimientos y de sus capacidades. Esta valoración del “mundo humano” por sobre los productos del mercado tiene una indudable connotación ética, que está más allá de las soluciones que el marxismo propone frente a las injusticias del mundo capitalista.

La doctrina social de la iglesia

Desde que el Papa León XIII formuló la encíclica “Rerum novarum”, la Iglesia Católica fue desarrollando un cuerpo de doctrina muy sólido sobre lo que el siglo XIX llamó la “cuestión social” y la situación de hombre trabajador frente a las poderosas fuerzas de la economía de mercado. En el desarrollo de este cuerpo doctrinario, habría que recordar las contribuciones realizadas por Juan XXIII, Paulo VI y el Papa, Juan Pablo II. Algunas de las ideas desarrolladas por la doctrina social – cristiana se pueden definir así: el hombre, y no el Estado, como centro de la vida social; la subsidiariedad de cada nivel asociativo con respecto a su inferior y de todos frente a la actividad libre de la persona humana; la reafirmación de la propiedad privada como derecho individual; la subordinación del provecho privado al bien común.

El Papa ha destacado la dimensión espiritual del trabajo humano y su elevada dignidad. Si bien la consideración del trabajo como mercancía ha ido desapareciendo, dejando lugar a un pensamiento  y valoración más humana del trabajo, existe siempre el peligro de que una visión estrechamente economicista confunda e invierta el orden establecido ya en el libro del Génesis. Nunca el hombre debe ser considerado un instrumento de producción porque él – y sólo él, independientemente del trabajo que realiza – debe ser tratado como sujeto eficiente y el verdadero artífice y creador de la tarea que emprende.

Y, además, también destaquemos el clamor del Papa, Juan Pablo II, dirigido a los acreedores de la deuda pública de los países más pobres, para que, como adhesión al Jubileo del año 2000, condonen dicha deuda que impide no ya el desarrollo, sino, también, la satisfacción de las necesidades más perentorias de las naciones pobres.

Habermas: acción estratégica y acción comunicativa

El filósofo contemporáneo de la Escuela de Frankfurt, Habermas, afirma que el desarrollo de  la historia humana es el testimonio y la demostración del empleo en las relaciones interpersonales de la “acción estratégica”. Mediante el empleo de la acción estratégica, el prójimo ha sido considerado un medio para alcanzar nuestros fines particulares y no como fin en sí mismo. Habermas propone, en reemplazo de la acción estratégica, lo que él llama la “acción comunicativa”. La acción comunicativa implica la instauración en las relaciones humanas de una ética dialógica en la cual el concepto moderno de autonomía que, en la filosofía kantiana, distinguía al hombre como fin en sí mismo, como absolutamente valioso, retorna ahora en la ética discursiva de Habermas a través del reconocimiento recíproco de los interlocutores como personas autónomas que están igualmente facultados para el diálogo. La economía capitalista  deberá proponerse en el siglo XXI entablar relaciones diálógicas con trabajadores y consumidores y procurar que desaparezca para siempre la consideración del hombre como un medio de producción sometido a los vaivenes de los mercados.

La GLOBALIZACIÓN de la economía de mercado

Ya a principios de la década de los años ’80, la economía de mercado se globaliza o mundializa. Ese fenómeno se produce, entre otros factores, por el enorme adelanto en la tecnología informática y de las comunicaciones, Por la abundancia de capitales disponibles, por la desaparición de las tensiones provocadas por la Guerra Fría entre las dos grandes superpotencias y por el asombroso adelanto tecnológico en el ámbito de la producción  agro–industrial (entre otras causas) y, además, por  el creciente reemplazo del trabajo humano por la tecnología cibernética y robótica, etc.

Respecto de los potenciales cambios a los que llevaría el fenómeno globalizador, distintos “propectólogos” han señalado las siguientes “megatendencias”: de la sociedad industrial, se pasaría a una sociedad de la información; de una tecnología “forzada”, se iría a la alta tecnología de elevado nivel cualitativo y cuantitativo; de la economía nacional, se buscaría pasar a una economía mundial, es decir, (todos lo mercados integrados y globalizados mundialmente. Los economistas y políticos comenzarían a planificar y actuar para el largo plazo en detrimento de las necesidades apremiantes del corto plazo; de la centralización, se procuraría pasar a la descentralización. La ayuda estatal e institucional comenzaría a ser sustituida por la autoayuda; se buscaría pasar, de la  democracia formal representativa a una democracia participativa, la inversión de capitales se extendería a todo el mundo, etc.

Los males y las “Miserias” de la GLOBALIZACIÓN

El fenómeno de la mundialización de la economía de mercado y la difundida tendencia a planificar para el largo plazo, así como la actitud de economistas y políticos de no observar ni solucionar la problemática apremiante de las  necesidades y  angustias de la situación concreta ( o de corto plazo) conlleva fallas morales gravísimas: la situación actual manifiesta una creciente pauperización de las clases bajas y medias, un aumento de los abismos sociales entre los más poderosos y los más débiles, una creciente exclusión social por motivos económicos y de discriminación social, una ruptura del tejido social, un aislamiento creciente  y un abandono indiferente de las personas más heridas por el cambio. Agreguemos, además, el pavoroso problema de la desocupación con sus secuelas de hundimiento económico, psíquico y espiritual de los seres humanos que la padecen.

Etica y la GLOBALIZACIÓN

Partimos de la base de que la percepción y el sentido moral constituyen una de las estructuras básicas de la condición humana. Como diría Aranguren, más allá de la moral pensada –producto del esfuerzo especulativo de generaciones de grandes filósofos y pensadores de la Ética–, existe una moral vivida, estructura básica de todo existente humano. Y precisamente hoy, en la altura del tiempo histórico que nos toca vivir, el concepto de la dignidad de la persona humana constituye uno de los fundamentos básicos de la convivencia moral intersubjetiva.

Por lo tanto, desde la perspectiva de nuestra condición humana, y a título de tosco esbozo, proponemos: a) Que los Estados Nacionales (es posible que por el proceso globalizador pierdan gran parte de su soberanía política y económica) contribuyan al restablecimiento de los lazos solidarios que tradicionalmente se generaban en los pequeños grupos de convivencia. Ello significará el rescate de nuestra memoria histórica y el fortalecimiento de la cultura nacional (antídotos necesarios contra la pérdida de nuestra identidad). b) Formación de instituciones solidarias cuyo fin exclusivo constituya el auxilio económico y espiritual de los que padecen necesidades  de todo tipo (a esas instituciones deberán contribuir los grupos intermedios, las Iglesias y el mismo Estado que, al mismo tiempo, procurarán la conformación de una profunda conciencia solidaria); c) La promoción de las pequeñas y medianas empresas por parte del Estado y de la actividad financiera privada, ya que esos emprendimientos, según los entendidos, resultan la forma más urgente de promover la creación de nuevos empleos; d) En el ámbito mundial, la Organización de las Naciones Unidas deberá cambiar sus objetivos, fines y valores, de manera que, más allá de ser  un foro de discusión de los estados nacionales (y de su compromiso con la paz), debería transformarse en un verdadero Estado Mundial cuyo fin y objetivo fundamental sería el de la defensa de los derechos de la persona humana concreta, haciendo abstracción de tiempo y espacio, y de la ayuda solidaria a los pueblos e individuos más desamparados por el Destino por la indiferencia o el egoísmo humano.

Ética de las organizaciones industriales y económicas

También, sería necesario diseñar una ética de las organizaciones (Conf.Cortina:”Ética de la empresa”). Para ello, se deberían recorrer los siguientes pasos:

1) determinar claramente cuál es el fin específico, el bien interno que le corresponde a cada actividad y por el que cobra su legitimación social;

2) averiguar cuáles son los medios adecuados para producir ese bien y qué valores es preciso incorporar para alcanzarlo;

3) indagar que hábitos han de ir adquiriendo las organizaciones en su conjunto y los miembros que la componen para incorporar esos valores e ir forjándose un carácter que les permita deliberar y tomar decisiones acertadas en relación con la meta a la que la organización aspira;

4) discernir qué relaciones deben existir entre las distintas actividades y organizaciones;

5) comprender las diferencias entre los bienes internos y externos de las organizaciones.

Toda organización capitalista desarrolla sus actividades en una época determinada, y no puede ni debe ignorar, si quiere ser legítima, que en la sociedad donde actúa se ha alcanzado un grado determinado de conciencia moral que se refiere no tanto a los fines que se persiguen como a los derechos que es preciso respetar. Esos derechos fundamentales de la persona humana no pueden ser atropellados con la excusa de que constituyen un obstáculo para sus fines.

A esta   altura de nuestros tiempos,  una empresa está obligada a respetar los derechos de sus miembros, de los consumidores y proveedores; no puede atropellarlos aduciendo que su meta es lograr un beneficio económico expresado en el balance de los resultados. Ciertamente, el fin de la empresa es lograr la satisfacción de las necesidades humanas,  para lo cual tiene que contar con la obtención de un beneficio,  pero esto no puede hacerse a costa de los derechos de los empleados, de algunos consumidores o de algunos proveedores. Ni la ganancia ni el beneficio de los miembros de la empresa pueden conculcar los derechos de los consumidores. Cualquier organización -y en este caso, la empresa- ha de obtener una legitimidad social; para conseguirlo, ha de lograr y, a la vez, producir los bienes que de ella se esperan, así como  y respetar los derechos reconocidos por la sociedad  en la que vive y los valores que esa sociedad comparte. En el diseño de los rasgos de una organización y sus actividades, es imprescindible tener en cuenta, además de los cinco puntos mencionados,  los siguientes:

6) cuáles son los valores de la moral cívica de la sociedad en la que se inscribe, y

7) qué derechos reconoce esa sociedad a las personas. Es decir, cuál es la conciencia moral alcanzada por esa sociedad.

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